El Muelle cayó por un tira y afloje de 70 años. Había una solución pero el Atlántico la desechó.

Desidia. Esa palabra se ha utilizado y reutilizado para hablar de la caída del Muelle de Puerto Colombia. El diccionario virtual Wordreference.com la define como negligencia, falta de cuidado y de interés. Pero, ¿de quién fue, y por qué? Los 200 metros de concreto y varilla que se hundieron en el mar han sacado a flote algunas respuestas, que desnudan una historia de 70 años de ‘tira y aflojes’, indolencia y codicia.

Las olas tardaron, pero finalmente partieron el Muelle a la mitad con la soltura de un niño que revienta un gusano con una ramita. Quizá algunos lo habían anhelado por años, según lo explicado por el arquitecto y restaurador Ignacio Consuegra, estudioso de la historia barranquillera y porteña, y furioso por causa de ella.

LA NEGLIGENCIA RECIENTE. 

Como a casi todos los costeños, a Consuegra lo indigna el desmoronamiento de un tramo de esa estructura por la que empezó a entrar la modernidad al país desde 1888, cuando todavía era de madera. Pero su indignación se debe además a que la alcaldesa de Puerto, Martha Villalba, y el gobernador, Eduardo Verano, han dado a entender que la recuperación del Muelle solo “pendía del bolígrafo del Presidente”.

Álvaro Uribe estaba en deuda de firmar el decreto que autorizó al Ministerio de Cultura aprobar el Plan Especial de Manejo y Protección que había propuesto la Gobernación. Lo hizo luego de enterarse de la emergencia, pero Consuegra afirma que no se puede eximir de responsabilidad a los recientes alcaldes del municipio y diputados atlanticenses.

En los 90 la Nación declaró al Muelle monumento nacional. El restaurador precisa que en noviembre de 2005 el Ministerio de Transporte había ofrecido una solución “en especies”, en la que no se entregarían recursos, para una conservación adecuada según su condición.

Planteaba la instalación de pilotes de acero, rellenados de concreto, a cada costado de la estructura cada 100 metros.

Los pilotes habrían actuado como ‘grapas’ a las que se aferraría el Muelle para resistir la embestida del agua, “como un borracho se agarra a un poste cuando se está cayendo”, dice Consuegra. Explica que así, solo se hubiera necesitado reforzar la parte que sale a superficie de las columnas que lo sostienen, ya que bajo el agua estas conservan su fortaleza.

La Nación, asesorada por expertos internacionales, consideraba que debía conservarse como una ruina por tratarse de un monumento. Los dirigentes locales insistieron que estaba demasiado deteriorado y que era necesaria financiar una reconstrucción para darle explotación turística. Consuegra explica que lo que querían hacer es como ‘empañotar’ las paredes destruidas del Coliseo Romano, “pero esos huecos son testimonio histórico”. Tal vez por eso la aprobación del Plan permanecía paralizada.

LA NEGLIGENCIA HISTÓRICA. 


Los dirigentes del Atlántico abandonaron al Muelle a partir de 1940. Tras la construcción de los tajamares de Bocas de Ceniza, y un puerto barranquillero en el río Magdalena, se restringió el desembarque en Puerto Colombia.

Habitantes de Puerto en esa época, como Cástulo Colina, revelan hechos que siguen sin explicación. Isla Verde, una ensenada natural que protegía al Muelle de la corriente del mar, fue bombardeada en ensayos militares y luego perforada en una búsqueda de petroleo. Desapareció y dejó a la estructura expuesta a la cada vez más grande carga contaminante del río. Se desaprovechó la posibilidad de enlazar a los dos puertos, ya que la Nación ordenó desmontar la línea ferroviaria que conectaba al Muelle con Barranquilla.

Al Muelle solo se le hizo mantenimiento una vez en 1989, por gestión de Eduardo Santos, primer alcalde de Puerto elegido popularmente. Después solo hubo ingratitud, en forma de sal, que corroyó y dejó como un dulce mordisqueado por hormigas a la que se consideró la más importante obra de ingeniería colombiana.

Muchos hilos quedan por fuera de esta madeja de historias entretejidas, que muestran que la mejor definición de desidia no la ha dado ningún diccionario. La definición más precisa la dio Colombia. De ella solo quedan escombros, unos enterrados en el fango, otros flotando alejados en un mar negro. Ese color no es por luto, puesto que bate sus olas como si nada hubiera pasado.

VIEJA PROMESA INCUMPLIDA Y EL HUECO DE LA IGNOMINIA

Hace 10 años el Gobierno Nacional cedió el lote del Distrito 20 de carreteras para que se inicien trabajos de recuperación del Muelle con los dineros de su venta. Se abre una licitación pero se declara desierta.

Estando como alcalde de Puerto el ahora diputado Camilo Torres, y de gobernador Ventura Díaz, asignan el lote para vivienda de interés social, lo que deprecia su valor y bloquea el proceso, según Ignacio Consuegra.

Solo hasta 2007, al final de la administración de Guillermo Hoenigsberg, le devuelven el uso original y restituyen el valor, con lo que se retoma como alternativa de financiación para un proyecto.
Consuegra considera que el daño del Muelle debe llamarse el “Hueco de la ignominia”, y conservarse por su valor histórico.
La Nación quería al Muelle como monumento. El Atlántico lo quería explotar turísticamente. Nunca se pusieron de acuerdo.

CAYERON MÁS DE 40 AÑOS DE PROSPERIDAD PARA LA COSTA CARIBE

El Muelle empezó a funcionar desde 1888, pero a partir del 15 de junio de 1893 se inauguró como el más largo de América, y el tercero del mundo, tras una inversión de dos mil toneladas de hierro, asegura el historiador Helkin Núñez. El desembarque era las 24 horas. Simultáneamente podían atracar cinco buques a cada lado del malecón y contaba con una línea de ferrocarril.

Estos dos perros tal vez se olieron lo que dijo el gobernador Eduardo Verano, y se acercaron a comprobar que tan cierta era su afirmación de que el Muelle es un ‘lomo fino’ que entregarán para su explotación turística. Pero tuvieron que quedarse aburridos a un extremo, como están los caseteros que han visto la disminución de la visita de turistas tras el cierre de la playa por la caída de 200 metros. Foto Aleydis Coll

LA DESESPERACIÓN ESTALLA EN LA PLAZA DE PUERTO COLOMBIA

El fruto de la desesperación por la caída del Muelle estalló en la plaza Cisneros de Puerto Colombia al final de una protesta el viernes. Un muñeco relleno de pólvora, que colgaba de un árbol y personificaba a la Ministra de Cultura Paula Moreno, fue encendido en llamas por Cecil Avendaño, que representaba a la alcaldesa Martha Villalba en una obra de teatro.

Unos 30 porteños se habían acercado a la manifestación, en principio pacífica, de dolor y desesperanza. Avendaño le prendió fuego al muñeco ante los ojos de todos, pero, según ellos, sin haberles informado.

La Policía llegó y la comunidad la increpó por no haber acompañado la protesta y capturado al actor que los puso en peligro a todos. “¿Ahora, porque se cayó el Muelle, van a quemar la Plaza?”, reclamó un porteño. Él sabe que muchas elegías fueron escritas, canciones compuestas y cuadros pintados para clamar que no cayera. Pero se derrumbó, y ahora se incendian árboles. Los artistas vivían el sueño de verlo resplandecer otra vez, pero ese sueño moría. De él solo quedan cenizas, como las que mancharon la Plaza.

Por Iván Bernal Marín

Publicado el 15 de marzo de 2010 en El Heraldo

Publicado en Críticas y opiniones, Interés, Reportajes | Etiquetado , , , , , , | 1 comentario

El viejo Muelle de Puerto, un supuesto ‘lomo fino’ servido

Es casi mediodía, y tiene el cuerpo enterrado en la arena de Puerto Colombia. Su protesta atrae a un grupo de curiosos, que le ofrecen bebidas para refrescarlo. Pero el estudiante de derecho Carlos Ariza se niega a recibirlas, como si el calor no le causara ardor en la piel. Lo que sí lo hiere es que solo queden en pie algunas ruinas del Muelle.

Ariza promete que no saldrá de allí hasta que la alcaldesa Martha Villalba haga “algo” por recuperar la vieja estructura. Lo que él no sabe, es que ella dice que ya lo hizo; y que, paradójicamente, solo faltaba que el Muelle se cayera para que se despejara el camino para su reconstrucción, según lo explicado por la mandataria.

Villalba asegura que tan pronto como se enteró de la emergencia de la caída de un tramo del monumento, el presidente Álvaro Uribe firmó el decreto que le da autorización al Ministerio de Cultura para aprobar el Plan Especial de Protección para el Muelle, que había entregado la Alcaldía conjuntamente con la Gobernación del Atlántico.

La firma de ese decreto era lo que tenía paralizado el proceso para la reconstrucción. “Sin eso estábamos atados de mano para intervenir”, dice Villalba, dado que el Muelle es un bien que le pertenece a la Nación. Aunque las condiciones cambiaron tras el derrumbe, perduran los criterios de protección que establece el Plan .

La Alcaldesa de Puerto fue notificada de la autorización ayer por el gobernador Eduardo Verano. Juntos definieron un cronograma de actividades que inicia la otra semana con la convocatoria a concurso para la entrega en concesión del lote del Distrito 20 de carreteras.

La Nación había definido que esos recursos se usarían para financiar las obras. Pero en un consejo comunal hace 6 meses en Santa Verónica, la Gobernación propuso que le permitan a quien asuma el lote, usufructuarse también del Muelle, con tal de que reconstruya la estructura. Ahora, Uribe dio vía libre a esta propuesta, que permitirá la utilización comercial del monumento reconstruido.

PLATO SERVIDO. “El que coja el lomo fino del Distrito 20 tendrá un poquito de hueso, que sería el Muelle. Pero si lo restauran, prácticamente le estamos dando dos lomos finos”, dice Verano.

Se refiere a los jugosos dividendos que daría la explotación turística no solo del lote, sino de la obra misma. Hay 4 grupos que han mostrado interés en comerse el plato servido en que se convirtió el monumento destruido, según el Gobernador: la Zona Franca, la Sociedad Portuaria Regional, el grupo Nule y los empresarios del Hotel Windsor.

Tal vez cuando se lo coman y reconstruyan el Muelle, Carlos Ariza halle razones para salir de su hoyo de arena caliente. Pero si los contratistas no respetan al ‘lomo’, y la obra no rememora lo valioso que fue, tendrá que volver a enterrarse, o desistir de su protesta.

PARÁLISIS DEL PROCESO

La Nación exige como requisito fundamental para la intervención del Muelle un Plan Especial de Protección y Manejo, por tratarse de un bien del estado con valor histórico. La Gobernación y la Alcaldía de Puerto habían entregado dicho estudio al Ministerio de Cultura, pero este estaba a la espera de la autorización presidencial. Ahora que fue concedida, el Plan deberá ser puesto a consideración del Consejo de Monumentos el jueves. “Aspiramos que el viernes ya esté firmado para iniciar el proceso. Mientras tanto, ya estamos diseñando los pliegos de condiciones para abrir la convocatoria”, precisa Martha Villalba.

CUESTIONAN FALTA DE VOLUNTAD DE LA NACIÓN

“Lo que no resuelve la voluntad de manera oportuna, lo resuelve el tiempo. Aquí lo resolvió la naturaleza”. El que habla es Kenneth Loewy, hijo de Puerto Colombia. Su padre fue un inmigrante que llegó de Austria en el año 1938. Entró por allí, por ese Muelle devastado en pedazos que ahora flotan lejos, inalcanzables.

Fue uno de los últimos barcos que llegó, puesto que desde 1940 fue desmontado. Desde entonces quedó abandonado, explica Loewy, quien ha estudiado la historia de la estructura que luego, a finales de la década del 90, fue nombrada monumento nacional.

La falta de voluntad que denuncia es, principalmente, de la Nación, por “no haber intervenido oportunamente”. Reconoce que el financiamiento de una recuperación escapa de la capacidad del Municipio y el Departamento, como lo reafirman los mandatarios seccionales.

Loewy denuncia la falta de voluntad por su experiencia. Dado los altos costos que tenían los proyectos de recuperación, ideó una alternativa más económica para la conservación del monumento, y la propuso en el 2003, con un estudio de prefactibilidad financiado por Cementos Caribe en esa época. Salía por $7 mil millones, casi $10 mil millones menos que los demás proyectos.

Contemplaba convertir el Muelle en un gran espolón, con la instalación de un enrocado a su alrededor, que serviría para proteger unas 25 hectáreas de playa hasta Pradomar.

“Esa alternativa ahorraba el costo de hacer gran parte de los espolones que hay que hacer ahora para recuperar playa. Esa propuesta se perdió por estar con los aplazamientos”, dice Loewy, resignado.

Por Iván Bernal Marín

Publicado en 2010 en http://www.elheraldo.co

Publicado en Denuncias, Interés, Noticias | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Ni los gobiernos ni las ONG están a la talla de las necesidades: Jon Lee Anderson

Diálogo con el periodista internacional Jon Lee Anderson, recién llegado de un cubrimiento del terremoto de Haití. Se declaró fanático de la exposición de la cultura costeña, el Museo del Caribe.

Hilva Chogó y Jaime Abello Banfi, presidente de la FNPI, guiaron a Jon Lee por el Museo del Caribe

Jon Lee Anderson escucha voces ancestrales, sumergido en un olor a palma seca fijado en el aire acondicionado. Luego prepara un rondón sanandresano con pescado, coco, yuca, y cola de cerdo virtuales. “Se ve rico”. Baja las escaleras y baila entre una comparsa de hologramas que le sonríen. “Nunca había visto algo así. Es muy natural, como si estuvieran aquí”.
Debe ser un alivio para él.

Llevaba las últimas dos semanas viendo escenas que lo impresionaban en otra dirección. “El terremoto de Haití fue como si 500 aviones hubieran chocado en Manhattan el 11 de septiembre, en lugar de dos”.
Eran escenas con las que costaba más trabajo interactuar. “Me daba horror pensar que estaba en una ciudad donde había un sinfín de personas agonizando, y enterrados vivos bajo los escombros, sin que yo pudiera ayudarlos”.

El periodista estadounidense especializado en zonas de conflicto, escritor de The NewYorker, llegó a la isla dos días después del terremoto. Salió rumbo al Hay Festival de Cartagena el sábado anterior, tras días caminando entre ruinas, muerte y hambre esparcidas en las calles. Describir el panorama del horror que dejó atrás le invade la cara de rojo, y corta el ritmo de su español fluido.
Sintió la “necesidad de ir a ser testigo” de la catástrofe natural que aplastó a esa “sociedad desencajada”, donde nació la mayor de sus cinco hermanos, Michelle Dominique. “Hasta le dieron nombre haitiano”, revela sentado en una banca a afueras del Museo del Caribe, que acaba de recorrer con Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi.

Anderson vino a Barranquilla expresamente a conocer el Museo. Se sentó a escalar la Sierra Nevada con los ojos y los oídos, a aprender de los grupos étnicos raizal, kogui, wayuu y palenque a través de conos de caña flecha, y a reír frente a la pantalla con la historia del Hombre Caimán contada por un pescador de un solo diente. Cada cierto tiempo interrumpía su silencio, volteaba y confirmaba lo que su concentración anunciaba: “Es fascinante, que ingenioso. Las videos están muy bien realizados”.
Le tomó cerca de 3 horas oxigenarse con los cinco pisos de “cultura viva” del Museo; tonificante si se compara con la sobredosis de tragedia que golpeó su sensibilidad en Haití.

“Es una situación de desesperanza. Es terrible. Lo único que puedes hacer es tratar de mantener tu humanidad. No caer en el morbo. Y hacer tu trabajo, pero ayudar”. Lo dice porque considera que la desolación ha sido “banalizada y sensacionalizada”, por muchos que no han mostrado su realidad completa. Se refiere a las imágenes de disturbios que han bombardeado pantallas y páginas. El caos es solo una “parte mínima” de todo lo que allá vivió.
Cree que las ayudas demoraron demasiado. Cree que ahora falta autoridad y organización, porque ya la ayuda sobra. Cree que el terremoto demostró que el mundo no está preparado para manejar emergencias así.
Y está convencido que se debe aprovechar para replantear las cosas, puesto que algo similar puede ocurrir en cualquier momento en cualquier lugar.
Eso incluye Colombia.

Anderson escudriñó la situación de Haití desde las entrañas. Así fundamentó sus opiniones. Tal como hizo con el Museo, del que ahora sale rumbo al parqueadero.
Aprender gozando. “Es como un organismo que respira”, Anderson describe así el Museo, del que se declara “fan”.
Le puso las manos a teléfonos clásicos, acordeones y gaitas; identificó las zonas que ha visitado en la Costa, y la proporción del macizo de la Sierra.
“El joven que entre aquí aprende, disfruta, y a la misma vez sale con las pilas cargadas”, insiste Anderson. “Lo puedes oler, lo puedes sentir, lo puedes escuchar. Hasta terminas bailando. No es un lugar inerme”, como los muchos otros museos tradicionales que ha visitado en el mundo.
“Lo único es que no nos dio de comer”, lamenta y se va a almorzar, quizá pensando en el suculento plato que preparó en la mesa de recetas virtuales.

Mitos sobre Haití
Anderson salió de Haití el sábado, estuvo en Cartagena el domingo y el lunes visitó Riohacha. Cuando dejó la isla ya había “vuelto un poco el comercio. Todavía estaba la ciudad entera desmembrada (Puerto Principe), ya no hay agonizantes, ya se han muerto o rescatado los que quedaban. Es cuestión de limpiar los escombros y atender el millón y más que lo necesitan. Ya no hay parques ni plaza pública, se han creado barriadas nuevas de gente viviendo en la intemperie. Hay inseguridad y problemas de epidemia”. No obstante, advierte que el caos y los alborotos no son generalizados. “Haití desajustó todo. Demostró una vez más que no logramos hacer las cosas bien, aunque queramos… No estamos acostumbrados a prepararnos para lo que no imaginamos que puede venir”.

Mensaje a los periodistas
Además de ser profesor de la Fundación Nuevo Periodismo, Jon Lee Anderson ha investigado en zonas de conflicto como Afganistan, Irak, Uganda, Israel, Irán y Suramérica. Ante la crisis de los medios por el Internet, le advierte a los periodistas jóvenes que “tienen un reto. Esforzarse para convencer al público de que lo que hacen es válido, legítimo, y que debe perdurar. No todo el mundo va a dejar de leer periódicos, revistas o libros para mirar pantallas. Una historia bien contada, y profundidad en las cosas, siempre va a ser necesario”.

 

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en http://www.elheraldo.co

Publicado en Comida, Crónicas, Interés, Periodismo | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

La arepae huevo en la era de la globalización

En el pecho ostenta uno de los más grandes símbolos de la cachaquidad, mientras pasa por su garganta uno de los más grandes símbolos de la costeñidad.

Camilo Rueda es hincha del Independiente Santa fe y de la arepae’huevo. Sobre todo de esta variedad que está comiendo; trae granos de mazorca y tajadas de queso mozzarella. Y sí, claro que tiene huevo.

En Bogotá han sido transgredidos los cánones de esa, la insignia de la gastronomía de la Región Caribe, en favor de estómagos con exigencias de todo el país. Se puede encontrar arepae’huevo reforzada con pollo, carne desmechada, salchicha, chicharrón, mazorca o fritanga, entre otros. Si uno sabe dónde preguntar, incluso puede conseguir con langostinos.

Los primeros efectos de la globalización-capitalina sobre este manjar popular son de carácter gramatical: en los carteles se anuncia con el mal corregido título de arepa de huevo, sin el apóstrofo que representa la unión de las vocales en la pronunciación genuina del nombre original.

La evolución que ha atravesado en el campo culinario se debe a dedos boyacenses. Comenzó en 1972, en un local no más grande que un garaje casero en la carrera 9 con calle 51, frente a la Universidad Santo Tomás. Hasta aquí llegó Camilo a buscar su versión de mazorca y queso; la encontró expuesta en una vitrina de cara al enladrillado rojo y los ventanales verdes de la tradicional institución. “El Recreo de los Tomasinos. Especialidad en arepas de huevo”, se lee en un letrero sobre la puerta del negocio.

Adentro hay saleros, una nevera, una barra, una olla de aceite bullendo, un extractor de humo, 10 cajas de gaseosa al clima, y dos torres de canastas de huevos blancos, enmarcados por escudos de equipos del fútbol colombiano. En las paredes hay calcomanías de Santa Fe, Millonarios, Nacional, América y hasta del Tolima, aunque no se vendan platillos de esas tierras. En cambio no hay rastro del Junior, el Unión Magdalena o el Real Cartagena.

La fundadora, como Camilo, es hincha del “Santafecito lindo”. Se llama Lucila Martínez. En su juventud vino desde Chiquinquirá, municipio del departamento de Boyacá, a buscar trabajo en Bogotá. Comenzó como cocinera en un restaurante. Otra mujer le transmitió el sencillo secreto de la preparación de las arepae’huevos. Instaló una vitrina en la calle ante la universidad. Gracias a la gran acogida entre los estudiantes rolos, fue adueñándose de una propia tradición. El dinero le alcanzó para costearles la educación a sus 3 hijos. Estudiaron contaduría, justo allí donde sus vecinos de enfrente.

Quien cuenta la historia es la mayor de las hijas, Issela Martínez Pineda. Además atiende y cocina, tal como le enseñó su madre. Desde las 8 de la mañana hasta las 9 de la noche está surtiendo de arepae’huevo a los estudiantes. Con huevo solo cuestan $2.600, las reforzadas, $3.500. Dice que son muy populares, y que Manuel Teodoro, Julio Correal y otras figuras y actores visitan “El Recreo” una vez por semana.

Camilo viene con menos frecuencia, una que otra vez en un mes. Vive en el barrio Quinta Paredes, no tan cerca. Estudió Sociología en la Universidad Nacional. Tiene 28 años, y un historial gastronómico plagado de changuas (sopa de leche, cebolla y huevo), ajiacos (sopa con 4 tipos de papa, y pollo), y cocidos santafereños (otra especie de sopa con carne, longaniza, cubios, papa morada y un montón de ingredientes).

Su iniciación en la arepae’huevo fue por allá en 1999. La comió por primera vez en una salida de campo, en el Parque Tayrona. Allí, al lado del mar, nació su devoción. “Es algo rápido, y uno queda bien alimentado en estos afanes de la vida universitaria”, dice, luego de tragar.

Todavía hay quienes no se les acercan por recelo, temerosos de un pedacito de cáscara incrustándose en una encía. Pero según Camilo las calles de Bogotá han sido escenario de una creciente proliferación de arepae’huevos en los últimos 4 años. Lo considera un reflejo del aumento de la idiosincrasia Caribe.

Caminando por zonas centrales como Chapinero, Teusaquillo y la Candelaria, la certeza de sus palabras se le atraviesa a uno en el camino. Pronto el recién llegado, de donde sea, debe acostumbrarse al smog, la llovizna, los trancones, los ríos de transeúntes, los cientos de vendedores ambulantes y las arepae’huevos. Cualquiera las vende al lado de empanadas y chorizos; desde tipos arrastrando vitrinas con rueditas hasta tiendas y restaurantes.

Es más fácil conseguir una arepae’huevo en Bogotá que en Barranquilla; una abundancia que quizá vaya en detrimento de la calidad. Una cocinera le fue enseñando a la otra, y esta a la otra. La conexión con la sazón original se perdió hace décadas. De todos modos, si se trata de un costeño merodeando ‘la nevera’, siempre cuenta con una a la mano para disipar la nostalgia estomacal.

La cuna

Luruaco tiene una embajada en la capital del país. El municipio del Atlántico, reconocido como la cuna de la arepae’huevo, le da nombre a un pequeño local en la calle 18 con carrera 6 del centro. “Un rinconcito tradicional y delicioso en Bogotá, desde 1968”, dice un aviso de letras rojas y blancas. Entre chicharrón, morcilla y longaniza hay 8 arepas sin más aditamento culinario que el huevo, ofrecidas a $1.500. Suenan canciones de Ana Gabriel, y al fondo cuelga un afiche que reseña un festival en ese Luruaco a más de mil kilómetros de distancia.

Tras la caja registradora está Julia Tolosa, fundadora, administradora y cocinera. Tiene 73 años, es de Boyacá y nunca ha estado en Luruaco, ni en el Atlántico. La vez que se propuso ir a conocer el lugar de origen del platillo que popularizó su negocio, hace 24 años, apenas llegó hasta Santa Marta. A su hijo de 12 años le dio sarampión en medio del viaje, y se tuvo que devolver. “Me fue tan mal que se me quitaron las ganas de volver. Traje un atado de huesos”. Se refiere a la salud de Juan Carlos, quien sobrevivió.

En el 68, su esposo la había abandonado. “Inventé algo para defenderme en la vida. Vi a una costeña preparando esas arepas en Boyacá y cuando vine a Bogotá me dije, Ave María voy a aprender”. Sufrió las respectivas quemadas con aceite en el proceso autodidacta. Cuando las tuvo listas, costeños que estudiaban en la Universidad de Los Andes se convirtieron en sus clientes fieles. Ellos la convencieron de bautizar el negocio como Luruaco.

En la década de los 80 el sitio alcanzó su máximo apogeo. Julia lograba vender hasta 400 arepas en un día. Ya dejaron de ser exclusivas. Se globalizaron. Ahora el promedio diario no sobrepasa las 150, en las que Julia emplea 14 canastas de huevos. “La vida ha cambiado”.

Degradación de una tradición culinaria, o evolución, las combinaciones exóticas han ganado terreno. Pero siempre habrá clientes con gustos tradicionales, así no sean costeños. Acaba de comprar una clásica Luisa Ciro, economista de 26 años, de la Universidad del Tolima. Es hincha del equipo pijao, de los tamales, de la lechona y de las arepas con queso. Cuando llegó a la capital hace 5 años, se cansó de buscar las de su tierra. “No encuentro con queso, como que la cultura costeña ha llegado más fuerte que la tolimense”.

Antes conocía el huevo y la arepa, pero por separado. “Es bueno, es crocante, es frito, es grasa, quita el hambre”, dice. En sus manos humea la fusión. Ahora le gusta el vallenato, pero sigue detestando al Junior. La costeñidad entró a invadir para siempre la capital desde los platos; la venganza de la cachaquidad fue modificarla, apropiarla. Al final no queda puro ni lo uno ni lo otro. Ambos permanecen en algo nuevo, enriquecido. Como cuando el huevo entró por primera vez en la arepa.

 

Y cómo se hace

La arepae’huevo se prepara como una arepa de maíz con sal, un poco más gruesa de lo normal. A medio freír bañada en abundante aceite bien caliente, cuando se infla, se extrae, se abre y se vierte un huevo de gallina crudo. Luego se vuelve a meter la arepa en el aceite hasta fritar.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en El Heraldo
www.elheraldo.co

Publicado en Comida, Crónicas | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Élber Rodríguez y su cañón de voluntad

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Saluda con fuerza estrechando los cuatro dedos de la única extremidad que le queda, la que le ha bastado para alzarse dos veces como campeón de natación, cursar seis semestres de Derecho, y escribir su historia en un libro titulado: Fuerza. A simple vista parece un brazo izquierdo, pero lo que le quedó a Élber Alfonso Rodríguez Moreno fue un cañón cargado de fuerza de voluntad.

¿Ha intentado usted escribir con la mano contraria a aquella con la que lo hace normalmente? Ese minúsculo pero complicadísimo desafío fue uno de los primeros que tuvo que superar este oficial del ejército a partir del 3 de marzo de 2003. Antes era diestro. Pero ese día, la explosión de una mina antipersona lo despedazó.

Tenía 27 años, y cumplía una operación militar en los Montes de María. Lo cargaron al Hospital Naval de Cartagena. El explosivo contenía materia fecal, además de tornillos, tuercas y trozos de metal. Perdió las piernas, un brazo y un ojo, a causa de la infección que se expandió en las heridas.

Estuvo tres días en coma, asistido por equipos médicos. El cuarto día lo desconectaron, pronosticando lo peor. Pero despertó, “hablando más que un secuestrado cuando lo rescatan”, dice ahora, en una silla de ruedas en el Cantón Norte en Bogotá. Sus ganas de vivir resultaron ilesas en el atentado.

Rodríguez tiene ya 36 años. Fue ascendido de Teniente a Capitán, y recibió la Medalla al Valor, de manos del Presidente de la República. Mientras aprendía a caminar con prótesis, los rehabilitadores físicos le dieron la idea de contar su historia. Contaba con el apoyo del Ejército para publicarla, dado que no se retiró. Pero esperó hasta poder lanzar el libro en forma independiente, desligado de la institución militar. “Quería que la gente se diera cuenta de que no es un libro institucional sino humano, un testimonio de cualquier ser humano. No tiene fórmulas ni recetas mágicas. Es un testimonio que busca llevar el mensaje de que todo se puede realizar mientras haya vida”.

Fuerza fue presentado el 14 de mayo en la Feria del Libro. Y el pasado jueves 2 de junio, Rodríguez fue elegido como figura de la campaña ‘Fe en la causa’, lanzada por el Ejército. “Ha habido muchas cosas difíciles. He querido mostrar cómo las cosas se pueden lograr con empeño”, dice el capitán, con una amabilidad, una despreocupación y un buen genio contagiosos.

Entró a la escuela militar a los 17 años. Su vocación germinó en la niñez, en una foto del libro se le ve de 4 años disfrazado con un uniforme. Su papá, Santos Alfonso, fue policía por 32 años. De esa vocación surge también su deseo de convertir su tragedia en un mensaje de motivación. “Quiero mostrar que derrotarnos es muy difícil. Si hay vida hay mucho por hacer. Nos pueden quitar los miembros pero seguimos peleando; no solo los que tenemos uniforme si no todos los colombianos. Somos más los buenos, que aquella minoría que quiere hacernos daño. Mientras uno sea bueno, las cosas tienen un objetivo que nos va a hacer salir adelante”.

Con esa intención aprendió a caminar empleando dos prótesis y un bastón. Aunque prefiere la silla de ruedas.

El piso mojado se convirtió en un peligro. En medio del ajetreo universitario, estudiantes que pasan corriendo por su lado lo han tropezado y ha caído un par de veces. Su único brazo apenas le ha ayudado a amortiguar el golpe. “Hay unos días que uno se siente frustrado porque no puede hacer lo que quiso desde el principio, Pero son momentos en que uno toma valor, saca de alguna parte fuerza para volver a enfrentar y ya, sube otra vez”.

Son las 9 de la mañana de un sábado en el Cantón Norte, y resuena un vallenato. Rodríguez ríe, y dice que a todo militar le gusta ese género, antes de ordenar que le bajen un poco el volumen. La última unidad que tuvo era un 60% conformada por costeños, desde Planeta Rica hasta La Guajira. Dice sentir una empatía especial hacia los nacidos en la Región Caribe, pese a ser “cachaco rolo, más rolo que Transmilenio y Millonarios juntos”.

Los compañeros le decían que era “pura marihuana y rock”; toda su vida había sido un fiel rockero. Pero después del atentado descubrió un nuevo valor en ese vallenato que escuchaba la tropa a su cargo. “Resulté escuchándolo y comprando discos. Todo lo costeño como que se pega y lo mueve a uno. Tienen un folclor distinto al de todas partes, algo que atrae. Los pelaos que yo tenía salían con sus cuentos y me hacían reír. Hasta se me pegaba el hablado y les decía cara’e…”, termina en una carcajada enrojecida.

Dice que vive sus días con la misma naturalidad de cualquier persona “común y corriente”. Estudia, entrena natación, asiste a conferencias y eventos protocolarios, y los fines de semana rumbea, y de vez en cuando toma aguardiente. “Voy a sitios donde no pongan ‘ñeretón’. Eso sí no lo tolero, es tan mañe, tan bajo prefiero un clavo en una…”, dice el hombre que sobrevivió a la tortura de una mina antipersona.

También pasea. Le gusta viajar por carretera, para “bajarse y chismosear el paisaje”. Ahora se alista para viajar a Medellín, donde viven sus papás. Irá con su novia, Anny Ortegón; compañera de estudio que se enamoró de él por verlo “tan capaz, tan echado para adelante, tan verraco, tan alegre. El hecho de ver la vida desde una silla de rueda ni le quita ni le pone”, dice la esbelta joven rubia de ojos azules. El brazo izquierdo de Élber le alcanza justo para rodearla completa, fuerte, por la cintura.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud, diario El Heraldo, 13 de junio de 2011
http://www.elheraldo.co/cronica/elber-rodriguez-y-su-canon-de-voluntad-25053

Publicado en Perfiles | Etiquetado , , , , , , | 3 comentarios

Desechos hospitalarios en las playas

desechos playas

Residuos considerados de riesgo biológico fueron encontrados en el arroyo ‘El Platanal’, en Punta Astilleros, en Salgar, en Sabanilla y en el Muelle

Un bañista de una playa del Atlántico sale a revisarse el pie por un pinchazo repentino. No se encuentra una espina de eri­zo incrustada, sino una vieja jeringa. EL HERALDO descu­brió que la posibilidad de que eso le suceda a cualquiera no es tan remota; como tampoco que una resbalosa alga que se le enrede en la pierna resulte ser una bolsa de transfusiones sanguíneas, de un desconocido con quién sabe qué enferme­dades, de nadie sabe dónde.

El periodista de este diario encontró dese­chos hospitalarios injertados en la arena de cuatro playas del Departamento ampliamente distanciadas entre sí: Punta Astilleros, en Piojó, y Salgar, Sabanilla y Muelle en Puerto Colombia. También halló en el arroyo El Platanal, en Soledad.

Grave y totalmente ilegal, es el concepto unánime entre las autoridades de salud y medio ambiente al conocer el caso. Anunciaron investigar el ha­llazgo, ya que es indicio de un alarmante delito que podrían estar cometiendo algunas clí­nicas y hospitales del Atlánti­co: el vertimiento al mar y a los arroyos de residuos peligrosos para la salud.

No sería el primer problema causado por el mal manejo de la basura clínica, pero sí la pri­mera vez que se extiende como una infección hasta el mar. El 22 de julio de 2008 diez tone­ladas encontradas en Las Mal­vinas y otros barrios del sur de Barranquilla desencadenaron un escándalo nacional.

Hallazgo.

Never Avendaño dice que todos los días de sus 44 años ha hecho eso mismo que hace ahora a las 7:30 a.m. de un viernes, recoger y car­gar cuatro baldados de la ba­sura que escupen las olas, para mantener limpio el pedazo de playa Salgar frente a su caseta.

No solo recoge chancletas, troncos y botellas de detergen­te. “Siempre vienen inyeccio­nes y bolsas médicas de toda clase. Las arroja el Río”, dice, y eso que no se ha dado cuen­ta de que a pocos metros está una prueba que respalda sus palabras. “Diálisis”, se alcanza a leer en una bolsa de plástico que tiene dentro una mancha carmesí opaca, casi marrón, como las olas que la zarandean entre las piedras. Está en un costado del montículo de bra­sieres rotos, latas de sardinas y otros desperdicios apilados en el espolón número dos.

Es igual a la que estaba tirada en las ruinas de las obras de canalización del Platanal, solo que esa era más limpia y estaba acompañada de una jeringa. Es, además, muy parecida a la que yacía sobre los palos se­cos que cubren la playa gris de Punta Astilleros. Allí, la man­cha carmesí era más grande.

Por allí pasó el lunes el gober­nador Eduardo Verano. Aunque no se percató de la bolsa clínica, pidió a Cormagdalena, autori­dad del río Magdalena, un plan de limpieza y protección para los municipios costeros afec­tados por la basura que el río lanza a bocanadas, y por la que quizá llegó el saco plástico.

Acciones.

Alberto Escolar, di­rector (e) de la Corporación Autónoma Regional del Atlán­tico, CRA, vio las fotos de los desechos y envió una comisión de funcionarios a recorrer la zona costera, y visitar las posi­bles fuentes de contaminación: puestos de salud y clínicas.

Escolar no desestima que los desechos hayan llegado con el Río, como cree el casetero Ne­ver, pero advierte que también puede ser que las instituciones médicas de la zona no estén adoptando los mecanismos de disposición de sus residuos, establecidos por Ley. Es decir, que no los entreguen a una de las dos empresas autorizadas para hacer su transporte y tra­tamiento, sino que los viertan en cualquier lado.

Esta preocupación de la auto­ridad surge por los hallazgos en Punta Astillero, cuya contami­nación generalmente proviene del arroyo de Juan de Acosta, y en El Platanal, que apenas va rumbo a desembocar al Río.

Vengan de dónde vengan, hay esperanza de que la sal y las olas hayan destilado cualquier infec­ción, y la poca sangre se haya dis­persado en la espuma que sisea.

Desecho salgar

Este pulpo de plástico que flotaba en Salgar habría sido uti¬lizado para tratar pacientes con enfermedades de riñón.

¿Desactivados?

Puede que no solo las clínicas en muni­cipios ribereños en Atlántico y el país sean responsables de que sus desperdicios estén ti­rados allí, al lado de la salada piscina de cientos de niños y adultos. También podría ha­ber sido irregularidad de las empresas contratadas para su tratamiento, o perdidos de ba­sureros, precisa Luis Moscoso, Secretario de Salud.

El funcionario asegura que algunas de las bolsas pueden ser de líquidos endovenosos, y no de sangre aunque parezcan. Con la información que traen impresas es posible, además, determinar quién la produjo y quién la aplicó para qué.

Le pide a los bañistas y case­teros que detecten algún im­plemento médico en el mar remitirlo a las Secretarías de Salud, que pueden identificar su origen para hallar a los res­ponsables de la irregularidad.

Aunque el riesgo de los resi­duos es innegable, el funcio­nario sostiene que es bajo el peligro de que contaminen a un bañista, entre muchos mo­tivos, por el arrastre del mar. “Probablemente no contienen infecciones”, tranquiliza.

Lo que nadie puede determinar es la cantidad de estos desperdi­cios que puede haber a lo largo de toda la costa atlanticense. EL HERALDO encontró los que cualquiera vería a simple vista. No se sabe si hay más debajo de las pilas de basura amontonada por los caseteros, o sepultados por la brisa en la arena húmeda, que muchos usan para construir castillos, o enterrar su cuerpo hasta el cuello para una foto.

puntac

5.000 salarios mínimos mensuales puede imponer de multa la CRA a los que no cumplan el manejo adecuado de sus residuos.

La Ley fue endurecida

El director (e) de la CRA, Alberto Escolar, sostiene que verificarán los puntos donde se acumula la mayor cantidad de desechos del Magdalena, así como ca­da clínica de la zona, para identificar si los desechos vinieron o no del interior del país. Coordinará con las corporaciones ribereñas para, en cualquiera de los dos casos, identificar a los responsables, y proceder a la investigación sancio­natoria. Explica que con la Ley 1333 de 2009 cuentan con nuevas herramientas para el comando y control de los delitos ambientales, y el incumplimiento del adecuado manejo de los residuos constituye uno. Ahora le podrían imponer multas de 5 mil salarios mí­nimos legales vigentes a los contaminadores, así como cierre definitivo. Además, puede aplicar medidas pre­ventivas a los que apenas están siendo investigados.

67 IPS investigadas por manejo de residuos

La Secretaría de Salud Distri­tal informó que la mayoría de las instituciones prestadoras de servicios de salud (IPS) de Barranquilla han acogido pla­nes de mejoramiento para ga­rantizar el adecuado manejo de sus residuos. Esto luego de que en 2008 la autoridad hu­biera detectado 216 entidades que incumplían con esta res­ponsabilidad.

De estas, 149 presentaron pruebas que demostraron que ya ajustaron sus procedi­mientos a lo exigido por la Ley. Pero a otras 67 se les inició un proceso administrativo para imponerles sanciones. Si hay mérito para una sanción final, puede ser una multa de hasta 300 salarios mínimos mensua­les legales, o el cierre del esta­blecimiento.

La autoridad de salud se en­carga de vigilar el manejo in­terno de los residuos en la ins­titución. Vigilar el vertimiento final corresponde a la autori­dad ambiental, que en el caso de Barranquilla es el Damab.

Medidas. El Decreto 2676 defi­ne las responsabilidades de las clínicas y hospitales en el tra­tamiento de sus desperdicios. En 2008 los funcionarios de la Oficina de Garantía de Ca­lidad efectuaron 670 visitas a las IPS, para verificar el tema. Visitaron clínicas de alta com­plejidad y puestos de salud de bajo nivel. A los investigados se les comprobó que no tenían manuales de manejo, biosegu­ridad, esterilización, y uso y reuso de dispositivos médicos.

puntin

Sindicados en hallazgo de 10 toneladas en Las Malvinas rinden declaraciones

Hay 4 instituciones barranquilleras, las otras 9 son de Medellín.

Las 13 empresas investigadas por el descubrimiento de mon­tañas de jeringas, bolsas con restos de sangre, tubos de en­sayo y mascarillas de oxígeno en un lote de Las Malvinas en 2008 se encuentran esta se­mana rindiendo declaracio­nes ante el Damab, en la etapa probatoria, precisa Hughes Lacouture, director de la auto­ridad ambiental de Barranqui­lla. El 90% de las 10 toneladas de desechos hallados habían sido entregados a la empresa Asear por clínicas y hospitales de Medellín que tenían contra­to de la compañía Asei Ltda.

Tanto el Damab como la CRA, autoridad ambiental en los municipios, ordenaron la suspensión de los servicios que prestaba esta empresa.

Sin embargo, hay cuatro ins­tituciones barranquilleras im­plicadas. El Damab tendrá 60 días después de escuchar las declaraciones para determinar quienes fueron los responsa­bles del mal manejo de los re­siduos, y dictar la resolución sancionatoria.

La Secretaría de Salud Dis­trital ya absolvió a tres de las IPS barranquilleras en la par­te que le correspondía de la investigación. Los declaró no responsables del depósito fi­nal, pues demostraron que ha­bían contratado una empresa autorizada y se los entregaron debidamente para que se en­cargara de su tratamiento.

Las autoridades habían en­contrado en el botadero a cielo abierto instrumentos quirúr­gicos ya utilizados, que prove­nían de la Fundación Clínica Campbell, la Fundación Hos­pital Universitario Metropoli­tano y la Clínica Julio Enrique Medrano de Saludcoop. Por es­to, iniciaron un proceso para imponerles sanciones. Pero el 22 de diciembre la Secretaría las exoneró de los cargos, ya que tampoco halló pruebas de que los residuos hubiesen cau­sado daños en la comunidad o los recursos naturales.

Respecto a los residuos en las orillas de las playas y arroyos, Lacouture teme que la res­ponsabilidad también sea de clínicas del interior del país. “El río Magdalena es bañado por muchos otros ríos. Es posi­ble que en un municipio hayan arrojado los desechos, y la co­rriente lo traiga hasta nuestras costas”, dice el funcionario.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en El Heraldo
http://www.elheraldo.co

Publicado en Denuncias, Noticias, Reportajes, Salud | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Vallenato en el páramo: un ventarrón de brisa helada

Ventarrón en acción

Armando, Aníbal y Carlos en acción

A cada verso, Armando Ramírez deja ver que la única caja que tiene es esa de madera que golpea entre las piernas.

En el lugar de la caja de dientes solo queda una larga encía. Junto a dos viejos flacos de sacos descosidos interrumpen, a las 9:30 de la noche, una bachata romanticona que lloraba desde una rockola en la tienda La Manduca, barrio Chapinero. Revienta un “¡perdone morenita que venga a estas horas!” a voces roncas y agudas. El resoplido metálico del acordeón se riega entre mesas llenas de cervezas, con 19 clientes sentados. El único que baila es el ojo de vidrio de Armando.

El cantante y cajero del conjunto “El Ventarrón” carece del instrumento esencial para comer. Y el guacharaquero-corista tiembla, con la boca torcida. Pero no desafinan, mientras el acordeonero Carlos González toca momificado. Un par de versos y en las mesas empiezan a mover los hombros. Carlos apenas mueve los brazos, sin evidenciar emoción; da la impresión de estar dormido, en un ataque de sonambulismo vallenato. Varios de los que escuchan ya se han levantado, les manotean e intentan acompañarlos en los coros. Sin éxito.

“El Ventarrón” suma 183 años de vallenato cachaco. Aníbal Echeverri, el guacharaquero, nació hace 68 años en Venecia, Antioquia. Armando hace 55 en Facatativa, Cundinamarca. Y el acordeonero Carlos es un bogotano modelo 1951. De ese año parecen sus desteñidos Hohner y vestido a cuadros.

Red.

Estos tres viejos cumplen 15 años recorriendo los fríos rincones de Bogotá, mercadeando en las calles el género musical costeño. Su ritmo pegadizo, su lírica, sus figuras y hasta su desfiguración, irrumpieron hace rato en la capital de Colombia.

Ya es historia: el vallenato colonizó emisoras y estaderos con un ejército de poesías sobre la realidad social. Hasta alzarse como el principal género del país, arrasó a su paso con el bambuco y la cumbia, típicos aires nacionales. No se libra aún de cierto rechazo por su origen popular; de que le llamen despectivamente “yuca”; pero con su vasta difusión el folclor de los acordeones ha conseguido permear todas las esferas sociales.

La red de discotecas especializadas es un indicio de esa penetración. Hace unos años solo había 3 Trampas Vallenatas, ahora hay 6 de estos establecimientos diseminados en Bogotá. Una en Galerías, en la calle 53 con 26, sector predilecto de los estudiantes. Cerca la acompañan Petra, el bar karaoke Maité, y Villanueva. En la avenida séptima hay 6 discotecas vallenatas desde la calle 47 a la 60, entre ellas: Tierradentro y Pa’ la vuelta. El dominio se expande más al norte, hacia la Zona T, sector de rumba estrato 6. Por la calle 85 están Trompeta y Acordeón, el Rincón de Rafael Ricardo y La Trampa VIP. Y en la 93, Matilde Lina y La Leyenda entrampan a los “yuqueros play”.

Además hay decenas de conjuntos que hacen lo mismo que “El Ventarrón”: ir de tienda en tienda ofreciendo “yuca” en vivo. Los hay de jóvenes como Jota Castro, con doble ventaja: por la edad y por ser costeños. Podría deducirse que el trabajo de los tres viejos es cada vez más complicado. Al contrario, su rancio producto es más popular que nunca.

El ventarrón

Peregrinaje.

“Aquí es que uno arranca, es patrimonio”, dice un tipo de sombrero vueltiao y mochila con el escudo del Atlético Nacional. El guacharaquero antioqueño Pedro Marengo se refiere a la calle 57 con Caracas; un amplio andén al pie de dos puestos de fritanga. Aquí se reúnen los músicos a esperar que los vengan a buscar o los llamen para un trabajo. Le llaman “La Playa”. A las 6:30 de la tarde hay 120 mariachis, boleristas y acordeoneros charlando, mientras pasan al frente olas de Transmilenios atiborrados.

Pedro es hijo de un barranquillero que terminó en tierras paisas por su trabajo como domador de caballos. Cobra $250 mil por una hora de serenata “con 5 músicos y sonido”. Si “El Ventarrón” lograra tocar 50 canciones en una noche, podría ganar lo que Pedro cobra en una hora.

Sentado en una tienda, esperando al acordeonero, Armando explica que cobran $5 mil por canción. Irán caminando de aquí hasta la calle 75, por la carrera 13. Hay unas 20 tiendas en el recorrido. Si tocan 3 canciones en la mitad de ellas, cada uno podrá llevarse $50 mil al bolsillo. Todo el alcohol que les brinden es un extra. Habla como canta, exagerando los gestos.

Sus rasgos, profundizados por las arrugas, se comprimen y estiran igual que un acordeón. Sobre su ausente caja dental, el cajero solo dice que “me descuidé y se me cayó”, y ríe develando a plenitud la encía desocupada. Canta canciones de Diomedes Díaz, Aníbal Velásquez y su favorito, Alfredo Gutiérrez.

“Comenzó tocando en los buses, y le calló la jeta a todo el mundo”, dice. “Este no tiene pata de gallo sino de avestruz”, dice el guacharaquero al lado, y empuja con un dedo la sien a su compañero. Ambos ríen y ríen. Él se había presentado ya como “Aníbal Echeverry Montoya, con una pata aquí y la otra en la olla”.

Sufrió un ataque de trombosis hace 8 años. “Cómo me habrá quedado de torcida la boca que yo mismo me oigo los secretos”. Las palabras se oyen atascadas. Desde los 8 años empezó a tocar acordeón; la parálisis lo condenó a la guacharaca. ¿Por qué vallenato? Sus razones son las mismas de Armando. “Lo escuchaba de pequeñito y me prendía”, dice sacando la lengua, abriendo las manos y revolviendo la cabeza tanto como puede. Vivió 20 años en Valledupar. Vino a Bogotá y conformó un conjunto. Dos de sus cuatro hijos murieron, y uno vive allá en la Costa.

“Ya que más quiere uno de la vida”, dice Aníbal, canoso y casi sin carne en los huesos. “Ya que carajo”, agrega Armando, bigotudo y sin dientes. Y sin un peso, los dos ríen.

Llega el acordeonero y parten a cazar costeños borrachos o nostálgicos cachacos. Encorvados van Armando y Carlos con un tinto. Aníbal va arrastrando la pierna tras de sí, también la mano con la guacharaca. Alta y delgadísima, se estira su sombra por la calle. Va despacio, pesado, casi a medio lado, y con los extremos del saco negro volando atrás. Se ve cual parca cinematográfica.

El tercer rechazo lo reciben en la tienda Lourdes, en la calle 64 con carrera 11, después de unos 20 minutos caminando. El cuarto lo reciben en una discoteca costeña, el Muelle Mackenzie.

En La Manduca, en la calle 68, una joven de Sahagún, Córdoba, convence a sus 5 bogotanos acompañantes de pagar una tanda al “ventarrón”. “Suenan excelente. El ritmo no se lleva en que se sea rolo”, dice la morena Pamela Cuadro. “Uno no paga, pero uno se mete como sapo”, dice el rolo Roland Galvis. Desde su silla en otra mesa, ondea las manos al compás del acordeón. Alguien grita el coro, dos segundos antes de que el ritmo llegue a ese momento.

Las caras de Aníbal y Armando parecen a punto de recibir una inyección mientras cantan. Reciben una cerveza y un trago de aguardiente, y se distienden. El alcohol surte un efecto conservador.

Les pagan tres canciones. $5 mil para cada uno. Seguirán caminando, y a las 11 de la noche ya estarán en la calle 73 con 10.

Estarán cansados; dos de ellos preferirán beber aguardiente en una tienda, mientras Carlos da pasos apartados. Él, el callado, fuma mirando el piso. A unas 18 cuadras de su punto de partida, quizá piense en lo lejos y desgastados que están. Como lo está el vallenato acá en el altiplano, de su cuna, por allá en Valledupar.

 

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud
Diario El Heraldo, 5 de junio de 2011

http://www.elheraldo.co/cronica/vallenato-en-el-paramo-un-ventarron-de-brisa-helada-24123

Publicado en Crónicas | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Manuel Hernández, visto por Serrano

Eduardo Serrano

El primer curador de arte de Colombia ha convertido su apartamento en una curiosa galería; donde hay un sonriente Mickey Mouse de barro sodomizando a Minie por siempre, compartiendo espacio con un cóndor fornido y rectangular, un trompo de cobre, una escultura acaracolada que da la impresión de haber sido extraída del neolítico, y un busto enclavado en lo que parecen panes de $200.

“El principal enemigo de la creatividad es el buen gusto”, diría Pablo Picasso para aplacar a los posibles espantados. Cada pared, cada rincón del hogar de Eduardo Serrano, es matizado por otra expresión, otro color, otra forma de fascinación.

Esta exposición permanente organizada por el que llaman “el decano de los curadores” está frente al Museo Nacional de Bogotá, en el sexto piso de una torre que se alza entre mallas verdes y brazos mecánicos, que cumplen varios meses bosquejando la calle 27. La más grande de las obras está en la sala, un lienzo de más de dos metros colgado a espaldas del sofá donde recibe las visitas.

Su tono sombrío, neutral, contrasta con el resto de piezas y adornos, algunos tan alegres como un cacique precolombino con cara de Homero Simpson. En el cuadro aparecen unas figuras nebulosas, indefinidas entre violetas y dorados arenosos, nadando en un fondo gris casi negro; algunas líneas las contornean, y se puede interpretar una especie de “m” o de puño frío. No solo es la más grande en tamaño, también en importancia. Se llama Tres formas, pintura que le regaló en 1992 su amigo el maestro Manuel Hernández Gómez, baluarte del arte abstracto en el país.

“Él es la figura más importante de la abstracción en la segunda parte del siglo XX y lo que lleva del XXI en Colombia”. Serrano tiene un acento costeño y fresco. Nació hace 72 años en Santander, pero desde los 3 meses de edad vivió en Barranquilla, adonde su papá se trasladó luego de comprar una finca bananera.

Es canoso, viste jeans y tenis Nike, y usa gafas de monturas púrpura. Estudió en el colegio Biffi. Tras graduarse de bachiller, vino a Bogotá. Fue muy amigo de Álvaro Cepeda Samudio y Alejandro Obregón, quien le regaló el cuadro del cóndor con una dedicatoria. Sus primeros artículos sobre arte los escribió para el desaparecido Diario del Caribe.

El maestro Hernández tiene 83 años, y sigue produciendo a pesar de los quebrantos de salud. Para comprender la dimensión de la obra de Manuel Hernández, el aporte que ha representado para el abstraccionismo, el curador Serrano se remite a los orígenes de esta corriente en el país puesto que sus precursores e introductores, fueron otros artistas.

El abstraccionismo cubre dos acepciones: “por una parte se refiere a la estilización; a volver las formas de la vida real más abstractas, menos rigurosamente reales, a deformar los objetos de la naturaleza. Por otra parte se refiere a aquellas figuras que salen de la mente del artista, que no parten de la vida real sino que son concepciones intelectuales”.

La abstracción comienza internacionalmente a principios XX, aproximadamente en 1910. Surge a partir de “dos movimientos muy importantes; el cubismo, de Pablo Picasso y Georges Braque, y el fauvismo con el trabajo de Kandinsky”. Si bien estos movimientos siguen siendo representativos del mundo, empiezan a desfigurar las cosas, “a no ser tan realistas”. El fauvismo a través de colores intensos, vibrantes, violentos, y el cubismo a través de la geometrización de la realidad. También jugaron un papel importante los artistas rusos, con los movimientos del constructivismo y el rayonismo, en épocas de la revolución.

El primer pintor importante que aparece en Latinoamérica es el uruguayo Joaquín Torres, que esparce las ideas de abstraccionismo en el sur del continente en los años 40. En esa década también comienza en Colombia, en la obra de Marco Ospina, el primer pintor abstracto del país. “Es un artista muy muy importante. Hizo sus primeros cuadros cubistas en 1943, y solo los mostró en 1947. Eran cuadros que partían de la naturaleza. Veía un paisaje, lo iba esquematizando, deformando, cada vez volviendo más geométrico, hasta que hacía un cuadro completamente abstracto”.

Luego siguieron Eduardo Ramírez Villamizar y Edgard Negret, que eventualmente se convirtieron en escultores. Para el desarrollo del arte abstracto también fue importante la obra de Guillermo Wiedemamm, un alemán que trajo a Colombia influencia del arte europeo. En un principio centró su obra en la raza negra, en las mujeres del Chocó y la zona selvática de esa región, pero al final de su vida se volvió abstracto. Todas estas figuras ya han fallecido.

A partir de 1950 aparece el maestro Manuel Hernández, que comienza como artista figurativo. Incluso, en 1961 se ganó el primer premio en pintura en el XIII Salón Nacional, con el óleo Flores en Blanco y Rojo. En los 60 se vuelve artista abstracto, dando los primeros pasos de lo que pronto sería reconocido en todo el país como “una obra realmente extraordinaria”. Logra crear un lenguaje “muy particular, con unos colores muy específicos, que no se parece a la abstracción de nadie en el mundo”. De acuerdo con el curador Serrano, Hernández trabaja a partir de un lenguaje de signos, con los que ha conformado una especie de alfabeto que le permite expresarse a través de la abstracción.

“A través de esos símbolos él expresa unas cosas que no son visibles en el mundo, pero que son reales. Por ejemplo: suspensión”, dice Serrano, señalando los óvalos o bandas que parecen levitar en el lienzo gris en la sala del apartamento. “Se aproximan unas a otras, se tocan y no se tocan, como que flotan en el espacio, en equilibrio. Su obra tiene un color muy particular, siempre expresa serenidad, calma”.

Luego muestra un catálogo con las principales obras del maestro Hernández. Se ven figuras que parecen neones alumbrando titilantes a lo lejos, hundidas en una bruma de oscuridad. En todas las imágenes es muy evidente la manera como aplica el color, los brochazos decididamente irregulares pero de apariencia suave.

“Ese idioma abstracto que establece tiene unos valores plásticos importantísimos, por el color tan característico y tan de él; por la atmósfera que logra crear; por todo lo que expresa a través de la abstracción, que son verdades del mundo aunque no sean visibles: el movimiento, equilibrio, suspensión. Son verdades del hombre, verdades abstractas, que logra expresarlas en la pintura”. Dichos signos aparecen flotando de diversas maneras, en distintas composiciones de colores contrastantes, luminosos o vaporosos.

Es reconocida también su destreza como dibujante. En algunas obras mezcla dibujos con pintura, y en la mayoría realiza técnicas mixtas que incluyen acrílico y óleo.

Serrano trabajó 20 años como curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá. El primer curador de arte que hubo en el país luego trabajó como crítico de arte de la revista Semana, por 5 años.

Después fue director de asuntos culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, y posteriormente director de artes del Ministerio de Cultura. “Después me pensioné”. Ha escrito 20 libros sobre el arte colombiano. Ahora hace curadurías como freelance, para la Cámara de Comercio, la Alianza Francesa y el Museo Nacional. Precisa que un cuadro de Hernández, como el que cuelga en su sala, está avaluado en unos 100 millones de pesos.

“Los signos de Manuel tienen en el fondo un poquito de geometría, pero son imprecisos. Esa imprecisión de los bordes logra como una bruma, una atmósfera indescifrable, muy bella, que habla de aproximaciones, incluso movimiento. Signos que son la base de su lenguaje abstracto”.

Serrano señala algunas de las diferencias por las cuales el maestro Hernández es considerado el máximo exponente del abstraccionismo en Colombia, por encima de sus predecesores. La obra de los otros fue muy corta en comparación, “ya cuando estaban al final de su vida”.

En cambio Hernández viene trabajando la abstracción ya por más de 40 años, y logró desarrollar su propio lenguaje y ser reconocido.

“Tú ves una obra de él y no lo confundes con nadie más, por más abstracto que sea, tiene su idioma abstracto inconfundible. Eso es muy importante”.

Otro aspecto que marca una escisión respecto a los otros artistas que contribuyeron al desarrollo del abstraccionismo en el país, es que es un abstracto fundamentalmente expresionista, con un carácter preciso. “En el sentido de que no es geométrico; él expresa lo que tiene dentro a través de la pintura. Quizá parte muy lejanamente de una geometría, en cambio todos los demás son artistas geométricos. Donde ya no es la expresión personal de sus sentimientos, emociones, visiones, sino que es una cuestión muy lógica, matemática e intelectual”.

Hernández ahora está haciendo esculturas, conservando los signos que suelen estar presentes en sus etéreas pinturas. Incluso en ellas, mucho más concretas, es “sensual, sensitivo, va a los sentidos. La escultura abstraccionista de Negret y Ramírez es intelectual”.

Es por eso que el experto curador afirma que todos los pintores abstracto que siguieron en las generaciones posteriores a Manuel Hernández están influenciados por él. Con frecuencia se celebran en Bogotá exposiciones con sus obras, así como homenajes. “Al fin y al cabo fue el que abrió el camino. Influenció en todos los artistas que desde entonces hicieron abstracción no geométrica”.

Aparte del perdurable impacto estético que permitió el desarrollo del movimiento en el país, Serrano encuentra otra forma de simplificar la importancia de este artista bogotano: “Además ha ganado muchos premios, muchos”.

Sobre el maestro Hernández

Manuel Hernández estudió en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, en Bogotá, y en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Chile. Fue director de la Escuela de Bellas Artes de Ibagué. Estudió en la Academia de Bellas Artes de Roma, y se especializó en el Art Students League de Nueva York. En 1967 obtuvo mención en el XIX Salón de Artistas Colombianos.

En 1968 recibe una mención de honor en la Bienal Iberoamericana de Pintura.

En 1969 fue declarado fuera de concurso en el XX Salón Nacional. Ganó el concurso público organizado por el Ministerio de Obras Públicas, por lo que realizó en 1981 el mural ‘Signos y Leyes’ para el edificio del Congreso.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en la revista Dominical
Diario El Heraldo, 5 de junio de 2011
http://www.elheraldo.co/documento/manuel-hernandez-visto-por-serrano-24138

Publicado en Cultura, Interés, Perfiles | Etiquetado , , , , , , , , | Deja un comentario

Liliana Saumet: la chica de fuego

Liliana Saumet

Canta cumbia y no rock, aunque pareciera por el cabello rapado a un lado y largo en el otro, las gafas negras, los tenis atigrados, la actitud: “nunca me formé en música, no tengo ni idea de cuáles son las notas que canto”. La samaria Liliana Saumet vive en el piso 17 de un edificio en Bogotá, en lo alto del páramo. Pero su voz insiste en llevarla más alto; la tiene paseando por la estratósfera musical, al lado de estrellas como Shakira y Calle 13. Su voz es una mecha, que ha logrado que Bomba Estéreo estalle en chispazos electrónico-folclóricos por todo el mundo.

Liliana llegó hace 5 años a la capital del país. La intención: viajar a París u otra parte afuera a estudiar diseño. En los últimos 2 años ha recorrido Europa, Asia, Estados Unidos y Latinoamérica. “Desde que estoy en Bomba no he parado de viajar”. Fue seleccionada por el canal MTV Iggy como la mejor banda nueva del mundo en 2010. Los medios comparan a Liliana con cantadoras como Totó La Momposina y raperas como M.I.A. La proclaman como la embajadora del electro-vacilón, del folclor-psicodélico; como la reina de esa fusión entre rap, champeta, tambores tropicales, aullidos, beats, guitarras y sintetizadores, que cada quien baila como se le da la gana.

“Me gusta vacilar desde que estaba pequeña”, canta gritando, dando manotazos, desafiando. La potencia de su voz, y el estilo beligerante pero divertido que le imprime, también provienen de su niñez caribeña. “Jumm, es que mi mamá me dio todas las mañanas de desayuno guineo verde con queso y aguaepanela”. Recuerda que los momentos en que pintaba, escribía y actuaba en actos culturales de colegio, superaban aquellos en los que cantaba. Nunca formó parte de sus sueños infantiles el ser una cantante, por lo que su recorrido por los escenarios musicales se ha dado como una gran sorpresa, sin pretensiones. La sigue moviendo el impulso por el ‘vacile’; sigue siendo la misma “solo que dejé de viajar en bus, ahora viajo en avión”.

De niña llenaba cuadernos con poesías, en las noches, cuando el miedo no la dejaba dormir. La entusiasmaba la idea de ser escritora. Una profesora que alguna vez revisó sus textos la alentó; no recuerda si en el Ateneo Moderno o La Presentación, en los que estudió. Vivía en el barrio Taminaca, Santa Marta. Unos vecinos llegados de New York le solían mostrar canciones de rap, y con ellos jugaba a convertir a este ritmo canciones románticas, tipo Pimpinella. Puede ser por eso que no tiene problema para componer una canción en 45 minutos, como Huepajé, que marcó el inicio de su trabajo con Simón Mejía, el combustible detrás de Bomba Estéreo. Él tenía la música, ella puso los versos. La grabaron, él se la llevó a New York y allá la seleccionaron para un compilado de National Records. En menos de un mes estaba sonando en las emisoras de EU.

¿Herencia?

Pese a la diversidad de géneros en los que ha incursionado, Liliana se ha mantenido casi al margen del vallenato. A no ser por su primo, Sergio Rodríguez, acordeonero de Peter Manjarrez. Aún así, ella no está muy convencida de eso de llevar el arte en la sangre. Aunque ha encontrado evidencias de lo contrario, en su intento por rearmar el rompecabezas que compone su sabor para la música. “Los artistas siempre tratan de buscar la manera de justificar su arte. Pero yo ni sabía que en mi familia cantaba todo el mundo”. Su hermano se dedica a otro tipo de composiciones, también con mucho sabor. Es chef.

Los orígenes de la familia de su papá, Gustavo Saumet, se remiten a un tatarabuelo francés que llegó a Plato, Magdalena, y se casó con una indígena. Liliana indagó por el lado de su mamá, Elizabeth Ávila, a quien escuchó cantar varias veces. El día que iba a participar en un acto público, le dio pena. Para excusarse, “dijo que había pasado el día planchando, y ese día había llovido”.

Un día, sin preguntar, se enteró de las probables raíces de su talento. “A mi abuela le decían la ‘Voz de Oro’ de Aracataca. Ella cantaba en la radio, en el pueblo. Mi abuelo la escuchó, se enamoró, la esperó a la salida del programa, y le preguntó si quería casarse con él”. Fueron felices y tuvieron 12 hijos. No es una página arrancada de un libro del Nobel de Literatura nacido en esa tierra, Gabriel García Márquez. Es la historia, tan mágica como real, que le contó su mamá acerca de su abuela, Antonia Miranda. Está por cumplir los 90 años. El pasado sábado 12 de marzo, “mamá Toña” escuchó la música de su nieta, que se presentaba abriendo el concierto de Shakira en Bogotá. “Estaba feliz, orgullosísima, aunque creo que no entiende nada de lo que hago”.

Bomba Estéreo

Vaci-Li Saumet, la voz de Bomba Estéreo.

La historia se la contaron luego de que se uniera a Bomba. Tal vez la música sí venía inscrita en sus genes, solo que faltaba un detonante que activara su propensión a desarrollar el talento. De niña “no tenía ni idea de cómo tocar la guitarra. Las notas musicales eran demasiado complejas para mí. Nunca entendí el pentagrama, Sol, Re. Para mí es que me hablan en chino”.

Liliana estudió publicidad en el Politécnico de la Costa, en Barranquilla. Cursó 8 semestres y se graduó como tecnóloga. En 5 años se volvió militante fiel de la comparsa carnavalera “La Puntica No Más”. Además, fue su primera experiencia lejos de sus padres. Ellos le pagaban la matrícula, “yo me mantenía vendiendo bolsos y accesorios pintados a mano”. A su llegada a Bogotá siguió diseñando sus propias piezas. Empezó a trabajar en vestuario y escenografía para programas de televisión pública educativa. “No me gustaba ese mundo. Todos pisaban a todos con tal de llegar adonde querían. Para mí era muy fuerte, todo bien pero no era lo que yo quería, no tenía nada que ver conmigo”.

En sus ratos libres entrenaba Ultimate Frisbee. Un compañero le dijo que estaban buscando una cantante costeña. Así se vinculó a la banda Mr. Gómez en Bombay. Su primera presentación fue en SUB, un burdel convertido en discoteca, en una esquina del barrio Chapinero. “Era chévere, como reggae, pero no era tan mío. Éramos muchos y no cantaba mis propias canciones”. Presentándose de bar en bar, conoció a Simón Mejía. Él le propuso grabar una cumbia, Huepajé. Cuando volvió de EU, Liliana le presentó 4 canciones que había compuesto. Todas clasificaron para la grabación final de ‘Estalla’, el álbum que hizo explotar a Bomba en las emisoras de todo el mundo.

De este se desprende la canción ‘Fuego’, incluida en el soundtrack del videojuego FIFA 2010. “Es algo muy global, así la conocen y cantan jugadores como Messi”. En el videoclip, Liliana rapea y bailotea entre un arcoíris de chancletas y pescados en el mercado del centro de Barranquilla. Supera las 1’490.000 reproducciones en You Tube. Parecerá lugar común, pero ella insiste: “nunca en mi vida pensé que iba a ser cantante. De cualquier cosa que hubiera podido imaginar, esto nunca lo pensé”. Y le da mayor relieve a todo lo que está logrando, casi sin quererlo.

Al final, ese desenfado debe ser lo que hace tan contagiosa su música. Igual, a los que la bailan poco les importa. Mientras cumpla el designio de su coro “…mantenlo prendido, no lo dejes apagar…”, su llama costeña seguirá yendo más alto; quemando con su sabor espontáneo más y más oídos, agradecidos de que no tenga ni idea de qué notas canta.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud
http://www.elheraldo.co

Publicado en Cultura, Perfiles | Etiquetado , , , , , , , , | 3 comentarios

Vuelve a arder el debate sobre la hierba

Maryjane

En el Hospital Universitario Cari se registran a diario dos sobredosis por droga. El 1.5% de los atlanticenses entre 12 y 17 años ha probado al menos una vez la marihuana. En cambio, el 65% ha tomado o consume regularmente alcohol, según una encuesta del Ministerio de la Protección Social

La marihuana había empezado a circular de boca en boca, luego de que los candidatos presidenciales de derecha e izquierda confesaran haberla consumido. La bocanada de honestidad de Santos, Petro y Pardo en la carrera por ocupar la presidencia en 2010, encendió el debate sobre las políticas prohibicionistas para encarar el problema de las drogas en Colombia, el mayor productor de cocaína en el mundo.

El Congreso aprobó en diciembre pasado prohibir que se porten las ‘dosis mínimas’ de droga, permitidas desde 1994. Aunque no se contempla cárcel para quien sea detenido llevándolas, sino la obligación de someterse a tratamientos.

Los legisladores acogieron un proyecto de ley presentado por el gobierno de Álvaro Uribe. Va en contravía de sentencias de la Corte Suprema de Justicia, que ha señalado que la posesión o consumo de estupefacientes no puede ser penalizado; lo considera lícito por corresponder al ámbito exclusivo de libertad de la persona, y no lesionar derechos a terceros.

Expertos  coinciden en advertir que se ha escuchado muy poco de las propuestas de los candidatos para afrontar el candente debate, pese a toda la sangre que ha exprimido la lucha contra el narcotráfico, financiada principalmente por el mayor consumidor: Estados Unidos.

Analistas. Cada día se abre más campo la despenalización de las drogas y la opinión pública toma más conciencia de que la lucha policiva ha fracasado en el mundo entero, según Jaime Castro, reconocido ex ministro y ex constituyente.

En especial con la marihuana, cuyo uso está reglamentado en Holanda, Portugal, y al menos 14 estados norteamericanos.

El experto cree que todos los candidatos deberían responder si la han consumido, e incluso someterse a comprobación por pruebas de laboratorio. Así mismo, responder si continuarán la línea de las fumigaciones, o la de la despenalización.

Castro es partidario de eliminar las sanciones para los consumidores, puesto que lo considera “un problema de salud pública. No es un delito, es un flagelo social”.

Para desestimular el consumo, “en una democracia se deben emplear métodos disuasivos mucho más amables que el castigo”, opina también el ex magistrado Carlos Gaviria, ponente del fallo de la Corte Constitucional que había despenalizado la dosis mínima.

“No hay derecho que porque alguien se fume un ‘porro’ lo metan a la cárcel o lo obliguen a someterse a un tratamiento como si estuviera enfermo”.

El ex candidato presidencial cree que poco a poco se ha dejado de ‘satanizar’ el consumo de alucinógenos. El que los candidatos lo hayan confesado incluso les podría traer votos de ciertos sectores de la población. No los inhabilita, y envía un mensaje de honestidad.

“El narcotráfico está muy vinculado a la ilegalidad”. Suena obvio, pero Gaviria explica el trasfondo de sus palabras: la prohibición genera carteles, el mercado se controla con plomo y los mecanismos clandestinos vuelven costosa la droga.

Gaviria se pregunta por qué el licor, sustancia psicoactiva como la marihuana y la cocaína, no solo no está penalizado sino que es estimulado en ciertas formas. La adicción al alcohol puede ser igual de destructiva, por eso le extraña que nadie se alarme ni les pregunte a los candidatos si toman whisky.

Efectos medicinales

Estudios clínicos de la Universidad de California, en San Diego, Estados Unidos, revelaron a principios de este año que la marihuana es efectiva en la reducción de espasmos musculares asociados con la esclerosis múltiple, y el dolor causado por ciertas lesiones neurológicas y enfermedades. Cinco estudios financiados por el Estado involucraron voluntarios, a quienes se les repartió al azar marihuana y placebos, para determinar si la hierba proporcionaba un alivio distinto a las medicinas tradicionales. Los investigadores aseguran que hay evidencia sólida, pero faltan estudios sobre los efectos colaterales.

14 entidades de Estados Unidos han legalizado el consumo de marihuana con fines médicos. California celebrará un referendo en noviembre para equipararla legalmente con el alcohol y cigarrillo.

Origen del consumo

Un estudio antropológico de la Universidad de Granada, España, señala que en el Atharvaveda, un texto sagrado del hinduismo, se menciona el cannabis como una planta mágica y medicinal en India, 1.400 años antes de Cristo. Aunque hay reportes de la continuidad de usos medicinales desde Marruecos a India, el descubrimiento moderno en Occidente se dio de la mano del colonialismo, en torno a 1800. Algunos soldados de Napoleón se aficionaron al consumo de cannabis en Egipto. En 1842, el médico O’Shaughnessy lo llevó a Gran Bretaña, e intentó popularizar su uso terapéutico.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en plena carrera presidencial, en El Heraldo.
Antes de que Gaviria empezara a sonar como una abuela cantaletosa.

Publicado en Críticas y opiniones, Interés | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Así se vende una alcantarilla en el mercado negro

Proceso de ventaEn cada tapa de alcantarilla los recicladores ven 8 mil pesos al alcance de la mano. Y también, el riesgo de que los lleven presos.

Uno de ellos rechaza cargar una en su carretilla a las 10:15 de la mañana, arrugando la boca mientras se aguanta su cachucha roja con la mano. Va trepado en una montaña de cartones, rasguñando la carrera 50 en el barrio Abajo como si el cajón de tablones con llantas de lija fuera una patineta.

Quizá fue por miedo, o por prisa. Jonás no tiene ni lo uno ni lo otro. Lo que tiene es más espacio en su carretilla que el reciclador de hace 5 minutos. Lleva menos cartones. La empuja hasta mitad de cuadra, donde la descarga. El otro se queda allí, mirándolo devolverse por la tapa metálica.

Ambos parecen la misma persona: las mismas chancletas rajadas, el mismo cajón robusto a pesar de su tembladera, la misma bermuda y la misma camiseta blanca con nombres de marcas extranjeras. También, la misma piel de profundos surcos negros y la misma gorra, solo que la de Jonás es azul.

Con ayuda de otros cuatro brazos levanta de una jardinera el trozo de hierro, perfectamente redondo pese a unos cuantos mordiscos de óxido en los bordes y la superficie.

Deja caer la tapa en la cuna de madera y la cubre con una manta, un vacío saco de arroz. Así la oculta en su camino a las cajas de cambio del hierro.

Calcula que le podrá sacar de 8 a 15 mil pesos. Hay dos cosas que ni él ni nadie puede calcular: por cuántos años ese platillo macizo cubrió el paso a las tuberías por las que circulan todas las porquerías de los barranquilleros, ni cuántas personas sufrirán accidentes por el hueco de 70 centímetros de diámetro que deja en el pavimento.

A Jonás lo que le preocupa es que lo vean. “Aquí llevamos la cárcel, pero vamos a hacer la vuelta”. Toma el timón de la cuna y maniobra con fuerza para que el peso no se la quite en la bajada por la carrera 50.

La deja en la calle, corre y pregunta a cuánto compran la tapa en una chatarrería. Se devuelve dudando. “Compa’ eso ya nadie lo compra. Han cogido a un poco por estar vendiéndolas”, pero sigue empujando. “Vamos más abajo pa’ ver qué es lo que es”.

Otra vez corre a preguntar, y otra vez le dicen que no. Pero ahora se devuelve entusiasmado. Le dijeron que en Barlovento seguro consigue comprador, no sin antes advertirle lo que ya sabe: “vas a terminar encanado”.

Se quita las chancletas para que sus pies tengan más agarre en los charcos de agua negra a espaldas del edificio de la Aduana. Apestan y resbalan, como los que cubría el redondel de hierro al que le tira encima las chancletas; escudo contra el mal olor, accidentes y ese tipo de regueros.

Cruza la Vía 40 de un solo empujón veloz. Evade camiones, taxis, motos y llega directo a un local. Un hombre barbón habla sentado delante de un patio. “Yo no compro eso. Más bien lléveselo de aquí hermano, que eso es un peligro”. A sus espaldas se alzan cordilleras de pedales de bicicletas, tostadoras, y otras piezas metálicas que ya no sirven, ni brillan tras un velo naranja.

Confiesa que una vez le pusieron una multa de 200 mil pesos por comprar una. Dice que las tapas son propiedad del estado, por lo que la policía escarba regularmente entre sus cordilleras a buscarlas. Dice que ni siquiera son rentables, y no vale la pena.

“Por eso yo prefiero dejarlas allí tiradas, así las vea ya sacadas”, lamenta Jonás tras el tercer intento de venta. No desiste. “Vamos a buscar por aquí. Otro la compra”. Lleva cerca de 30 minutos así, empujando, con la contradicción en sus palabras. Avanza en contravía a un costado de la Vía 40, con el sol pesándole en la frente. Descubre que no casan las otras piezas del engranaje del mercado negro.

Solo entonces pregunta cómo fue sacada y porqué no está partida. “¿Fue con una varilla por el borde qué?”. No le responden.

Igual, toma aliento y sigue.

Decepción. Jonás entra en una bodega de fachada rayada con graffiti. De una caverna de cartones y papeles sale el dueño. Compra tapas de alcantarilla, pero trituradas en pedacitos para que no puedan ser rastreadas. Enteras, paga el kilo de su hierro a 80 pesos; destrozadas, paga el kilo a 200 pesos.

Ambos precios son menores a los que Jonás imaginó, cuando decidió vender la tapa que un periodista de EL HERALDO y un actor tenían a sus pies.

La empresa Triple A aportó la pieza, con el fin de corroborar adónde y cómo los saqueadores de alcantarillas le sacan el jugo al hierro de los barranquilleros.

El dueño de la chatarrería ofrece una mona a Jonás, para que la reviente. Pero un policía motorizado pasa a sus espaldas y se estaciona a un par de metros.

“No van a ser más vivos que yo”, dice entre dientes apretados en el instante que corre la carretilla a la puerta de la bodega. La atraviesa y la voltea, para tapar con sus tablones el descargue. El chatarrero oculta la tapa debajo de los cartones. Allí en la sombra de la bodega, pesan el hierro. Afuera pasa brillando el casco blanco del policía.

Después de pesar la tapa y de 15 minutos de regateos apurados, acuerdan un pago de 5 mil pesos por 45 kilos. Jonás jala su billete y saca su carretilla con violencia.

“No aguanta”. El comprador abre con amplitud brazos y ojos y trata de consolarlo. ¿Cómo? Le dice que le traiga cobre, de cables. Salen más rentables: a 10.500 el kilo. No tiene que triturarlos, son más fáciles de ocultar y no hay riesgo de que caiga y le tronche un pie. Solo de electrocutarse cuando vaya a cogerlos.

Se roban 16 cada mes

En 2008 fueron robadas más de 200 tapas de alcantarillas en Barranquilla, precisa la Triple A. En los últimos años, ese promedio anual se ha mantenido. Para la empresa el costo de las que son totalmente de hierro es de $250 mil. Son las que más se roban, explica Ramón Hemer, gerente de operaciones. Luego de ser trituradas, en las chatarrerías las funden para comercializar el hierro a un precio mayor del que pagan a los carretilleros, Por eso considera que estos sitios clandestinos son el verdadero problema. “Compran a sabiendas del perjuicio que causan. Nos preocupa el riesgo para la gente”, al tropezar con los huecos que dejan. Las 12 cuadrillas de la empresa van cargadas con 3 tapas para reemplazarlas una vez la comunidad informa de que una ha sido robada. Afirma que la Policía es la que debe investigar y combatir la situación, pues han entregado carretilleros a las autoridades “pero salen al día de ser capturados. Hay que buscar a los que compran”.

Víctima fatal

El mototaxista Jair Cantillo Iglesias, 30 años, falleció el 30 de noviembre de 2007 como consecuencia de un accidente de tránsito. Su llanta se atascó en un hueco destapado en la carrera 1E con calle 45E. Perdió el equilibrio y la caída fue fatal. Un día después el hoyo que provocó su muerte fue sellado

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en el diario El Herado
www.elheraldo.co

Publicado en Alternativa-Mente, Denuncias | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Punta Canoa, de paraíso a cloaca de Cartagena

Punta Canoa

Con una mano se cubre la frente y le da sombra a la mirada, y con la otra señala un lugar donde el mar brilla como el sol, las olas estallan en chispazos de sal y las gaviotas surcan el cielo. “Allí es donde va a salir toda la mierda”, dice y voltea la cara para otro lado. Es su voz la que habla, pero expresa la rabia de un pueblo de mil habitantes. Punta Canoa, una pequeña y gris población que sabe que se acerca la muerte y la espera resignada. En dos años pasará de ser destino turístico a ser destino de las aguas del alcantarillado de Cartagena.

Desde los 13 años Luis Leal vive de la pesca y de vender cervezas y gaseosas. Ya tiene 62, y una cantidad de nietos que no recuerda. Lo que sí tiene claro en su memoria es lo que le explicó Acuacar, la empresa que construye el tubo submarino que regará deshechos allí, donde las gaviotas hacen espirales que rozan el agua. Donde él y su familia consiguen comida. “Eso echa a diario 30 toneladas de porquería a 3 kilómetros mar adentro. Pero el viento y la corriente hace que se venga para la tierra. Va a dañar la pesca. Contaminará el agua, los peces y el aire”. El negro tostado sella sus palabras con latigazos de los brazos, robustos como los troncos que sostienen el techo de su caseta.

La empresa le ha dicho que limpiará las aguas sucias antes de verterlas. Luis siente que lo quieren engañar y convencerlo de que no habrá peligro. “Para Cartagena es muy bueno, pero a nosotros nos va a matar. ¿Qué haré yo que tengo 62 años? Me moriré porque nadie me va a dar trabajo”.  Habla con fuerza por encima del silbido de la brisa, que arrastra arenilla y lo obliga a entrecerrar los ojos.

“Nos dijeron que cerdo mierdero es más sabroso. Que no nos preocupáramos porque el pescado así va a saber más rico. Nos han ofendido”. Luis, descamisado y de pelo gris, cuenta los 15 mil pesos que le entregan por la ventanilla de un carro que a las 2:15 de la tarde se va de la playa con dos parejas. Esta no es más grande que una cancha de futbol. Hay 5 casetas y decenas de kioscos esqueléticos, armados con palos grises recogidos del mar y hojas grises de palma seca. Con sillas plásticas azules y rajadas, que se hunden en la arena gris. Nadie toma fotos, ni hace masajes, ni trenzas.

Solo hay una pareja que toma cervezas al lado de una moto. Miran tres canoas tapizadas de arena, y otra que va y viene con las olas. “Compa, yo no sería capaz de meterme más en estas playas. Menos de venir a comer”, dice el mototaxista Carlos Quintana al enterarse de que lo que echa todos los días en el inodoro, va a terminar en el mar en el que acaba de bañarse. Para llegar allí viajó 30 minutos desde el centro histórico de Cartagena por la vía al mar.

Edwin, el segundo hijo de Luis, recoge las botellas vacías y las lleva a la caseta. Tiene 36 años. Es pescador en la madrugada y mesero en el día. Afirma que la desembocadura de la tubería queda en el punto donde se concentran más peces. Hace 2 años la empresa les dijo que para realizar las obras habrá que tumbar todo. “No han vuelto más. Vivimos aquí mismo, de lo que nos da el mar. Más nada”. Masca un palillo y escupe. Sostiene a una de las 200 familias que dependen del mar. Trabaja sábados, domingos y días feriados.

Desde las 6 de la mañana, alrededor de 30 vecinos del pueblo arman los quioscos y amarran hamacas. Otros sacan del agua los troncos y plantas que ensucian la orilla. Otros salen a cazar lo que irá en los platos de comida. Uno es Norberto Carmona, pescador de 22 años, que escucha atento a su tía Escilda Gómez, de 54, en un lugar donde la experiencia es la educación.

“Iremos a quedar como los africanos, con las costillas pegadas en playas desiertas”, dice la mujer que lleva 12 años negociando con el mar, y que no tiene hijos pero sí 35 sobrinos. El mar siempre ha sido bondadoso con ella y con el pueblo. Tira su gordura en una silla y lo grita con su boca grande. “Todos los días nos metemos nuestras 3 balas (comidas) bien buenas. Pescado fresquecito, recién cogido”. Los pescados más baratos los venden a 7 mil pesos, dependiendo del tamaño y de la negociación con el cliente. Venden langostas de 25 y hasta 50 mil. Hay quienes llegan a comprarles y se van, sin mirar la playa. Cuando pescan bastante llevan al mercado de Cartagena. Temen dejar de recibir los 100 mil pesos que dicen que ganan al día.

“Tenemos puesto de salud, colegio, todo”, dice Escilda. Usa una gorra azul con el nombre de un candidato político, que deja escapar resortes de pelo negro que le salen de todos lados. Para llegar a la playa se pasa por el pueblo, donde se ven unas 100 casas. Todas con gente en las terrazas, que saludan a los turistas sentados en mecedoras bajo la sombra de los árboles.

Bajo uno de mango le arreglan las uñas a una señora morena, que habla con otras señoras morenas que se le parecen. “Todo se afecta, pero ¿quién se pone con el Gobierno? No se puede hacer nada”, dice Isabelia Leal, la única enfermera del puesto de salud. Le deben 3 meses de sueldo. Isabelia, de 45 años, es hija de Irenia Gaviria, de 69. Ella nació, se crió, se casó y tuvo 11 hijos en el pueblo, y ahora refunfuña. “Cuando venga toda esa porquería no va a haber ni peces, ni agricultura ni gente. Tenemos tristeza. Pongan eso donde quieran menos aquí. Pónganlo en la ciénaga virgen que ya está sucia”.

Son las 3:20 P.M. y Fanny Aguilar, la esposa de Luis y madre de Edwin, cree que no va a llegar más nadie a la playa. Es hora de volver a casa. Carga los pescados en una nevera plástica sobre la cabeza, estirando el rostro de la reina de belleza de Bolívar de 1998, que como ella, sonríe desteñida en su camiseta. Aparece una camioneta último modelo, seguida de otra menos lujosa. Baja un vidrio oscuro y con un movimiento de una mano sin rostro pone a correr a los pescadores. Edwin arrastra 20 sillas plásticas por la arena, su papá guía los vehículos y su mamá pone la nevera en el suelo y se devuelve a la cocina.

Desde otra caseta, Luis Jiménez observa sentado. El casetero de 32 años y barba desaliñada se alza la camiseta y se soba la barriga. Tiene los ojos rojos por la arenilla. Está malgeniado. “Estamos listos para lo que sea. No vamos a dejar que vengan a poner ese tubo aquí. Nos vamos a alzar. Vamos a ver quién es más grande, si ellos o nosotros”. Habla con su rabia, pero habla por todo un pueblo al que dice, “se vinieron a cagar”. Al frente de él, Edinje Carmona, de 17, toma sopa. “Si van a echar ese poco de agua sucia, no la puedo echar para atrás”, dice despreocupado, se empina el plato y baja la cara.

Luis lo mira, y afirma furioso: “Que traigan una funeraria de una vez para que entierren al pueblo entero”. Se levanta y se va.

 

Por Iván Bernal Marín

Crónica realizada durante el taller ¿Cómo se escribe un Periódico?
Dictado por el maestro Miguel Angel Bastenier
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano

Publicado en Crónicas, Denuncias | Etiquetado , , , , , , , , | 2 comentarios