Del Magdalena a los Urales con los puños | La llegada (1/3)

Un hijo del Magdalena duró casi dos días surcando el planeta para llegar al corazón de los montes Urales rusos, y defender este viernes 5 de mayo su cinturón como campeón Intercontinental de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) ante una gloria local.

“Pedí un tinto en el avión, de Moscú para acá, y me dieron un vino tinto“, dice Hugo Berrío y suelta una sonora carcajada en una mañana soleada en el centro de Ekaterimburgo, Rusia. Está trotando a las orillas de la presa del río Iset. Lleva más de dos meses preparándose y no quiere bajar la guardia en la víspera de la que describe como “la pelea más difícil de mi vida”.

En una sudadera azul celeste cerrada al cuello, y con gorra de reggaetonero, el hombre nacido hace 30 años en el municipio ribereño de Plato lanza veloces jabs a su sombra. Patos de cuello verde y pico dorado que recuerdan a las decoraciones de la vecina se sumergen en el agua plateada a sus espaldas. Tipos fornidos chapotean practicando una carrera de canotaje. Al fondo, figuras geométricas multicolores ondulan y brillan en las paredes de dos rascacielos, y al frente una joven rubia que daba vueltas en bicicleta se detiene para tomarse una foto al lado de Berrío.

Una rusa se detuvo en su camino para tomarse una foto con los boxeadores Hugo y Déiner Berrío.

Su piel se ve más pálida al lado de la del boxeador, marrón como las aguas del Magdalena. Un triunfo lo pondría a las puertas de una pelea por un campeonato mundial, el sueño que le terminaría de cambiar la vida, a él y a sus tres hijos.

En varias esquinas de Ekaterimburgo hay afiches que anuncian la velada. Uno de los que encabeza el cartel es Evgeny Gradovich, el rival de Berrío. Es un excampeón mundial que alcanzó a defender su título exitosamente en cuatro ocasiones y que viene consolidando su regreso a los cuadriláteros después de dos años de sanción por romper las reglas antidopaje, según reportes de agencias noticiosas. “He visto sus videos, me estoy preparado para él“, dice el plateño, finalizando la segunda vuelta de su trote.

Los europeos son echados pa adelante“, advierte, mientras mece la cabeza hacia atrás, Álvaro Mercado, el entrenador de Hugo. Sentado en el malecón del Iset, el veterano del equipo Cuadrilátero explica que el entrenamiento de cara a la pelea ha sido “todos los días. Como un trabajo. Lo mantenemos ahí, arriba“. Alza la mano derecha a lo alto y con la izquierda cierra un manotazo. Suelta una carcajada cuando cuenta que viene de Londres, donde estaba acompañando a Darley Pérez, y la próxima semana estará en Palmar de Varela, con nuevas promesas que está entrenando. “Joda, qué cambio“, dice anticipándose a cualquier comentario.

Álvaro Mercado, entrenador de la cuerda Cuadrilátero, a la cual pertenece Hugo Berrío.

Una ráfaga de viento frío lo ataca de repente. “Contra el clima no hay entrenamiento. Sí te afecta, pero es menos si estás preparado“, responde. La temperatura suele fluctuar entre los 20 y 16 grados, pero en las noches desciende a 1 grado. Estamos en primavera. El invierno acaba de terminar.

 

Desde la ventanilla del avión podía vislumbrarse la naturaleza de estas tierras. Lo que desde el aire parecían largas alfombras de un verde grisáceo, al acercarse se revela como tupidos bosques de pinos. Hileras de pinos y más pinos lanzan sus punzantes copas al cielo de Ekaterimburgo en casi todas las calles. Se enfilan en torno al río, en los bulevares y en medio de los condominios.

A un barranquillero podría parecerle que aquí la Navidad florece todo el año. Hay por doquier pájaros petirrojos, ramas puntiagudas con estilo de guirnaldas y piñones que se abren como una flor diminuta y rígida con pétalos de madera. Los elementos que componen ornamentos del tradicional “arbolito navideño”, como lo conocemos, andan regados por ahí.

Ekaterimburgo es una de las ciudades más importantes de Rusia, y la cuarta más poblada. Es la principal capital de la región montañosa. De estas tierras provino el primer presidente de la Federación de Rusia, Boris Yeltsin.

La cordillera de los Urales opera como frontera natural entre Asia y Europa. El territorio de Rusia cubre parte de ambos continentes. Es el país más grande del mundo, con una extensión de más de 17 millones de kilómetros cuadrados.

Una actividad turística en Ekaterimburgo es pararse en la línea que divide los dos continentes. Otro lugar para visitar es la ‘Iglesia Sobre la Sangre en Honor de Todos los Santos, resplandeciente en la Tierra Rusa’. Cuentan los locales (si tiene la suerte de encontrar uno que hable inglés) que en ese templo de brillantes cúpulas doradas asesinaron al zar Nicolás II.

La ‘Iglesia sobre la Sangre en honor de todos los Santos, resplandeciente en la Tierra Rusa’.

Tiene su propia épica esta ciudad en la que el magdalenense quiere escribir un capítulo crucial de su historia con los guantes. Aquí tuvo lugar el asesinato de toda la familia imperial rusa, los Romanov. En la iglesia no solo fusilaron a Nicolás, sino también a su esposa, sus cinco hijos y algunos de sus empleados. El cuarto del sótano donde supuestamente sucedió se conserva intacto, como un museo. La leyenda es que Anastacia, una de las hijas, sobrevivió al embate de la policía secreta bolchevique en medio de la guerra civil por la Revolución Rusa.

Hay que tomar mínimo cuatro vuelos para llegar desde Barranquilla. Uno de ellos de más de nueve horas, cruzando el océano; los otros, entre tres y cuatro horas. Es como perseguir el sol, pues está más de 10 horas adelante en el tiempo. Cuando en Colombia apenas marcan las 9 de la noche del 3 de mayo, en esta parte de Rusia ya son las 7 de la mañana del día siguiente. El avión va buscando, cazando, el amanecer del nuevo día. Y al bajarte sientes que una aplanadora te pasó por la espalda.

Me subí solo una libra. Y eso que no estaba entrenando“, afirma Hugo, de nuevo sonriendo. Intentó hacerles el quite a los ganchos de comidas engordantes que le servían las azafatas ojiazules, pero al final admite que comió bastante.

Joda, yo me sentí como mareado, pero este apenas llegamos se bajó como si nada y salió a trotar y entrenar“, dice sonriente Déiner Berrío, otro boxeador costeño que también vino para sostener un combate contra los rusos. A pesar del apellido, no es familia de Hugo. Solo comparten el reto, la actitud vigilante y el optimismo, sin llegar a estar confiados. Ahora estaban lanzando golpes contra sandbags que cuelgan en un rincón gélido del gimnasio del hotel.

La cadena amarrada a la viga se estremecía y chirreaba con cada puñetazo de Hugo. Termina bañado en sudor frío. En respuesta al comentario que lo halaga, no dice nada. Pero deja flexionar los músculos de su cara en una sonrisa tímida. “Tú sabes que a mí si me quieren ir por los 12, voy por los 12, mi hermano“, concede al final.

Se quita los guantes y aparece la bandera de Colombia. Se había amarrado los nudillos y las manos con vendajes tricolores. El entrenador y su compañero siguen hablando. Él calla. No necesita decir mucho y lo sabe. Acá en la tierra de los zares, el hijo de Plato se ve decidido, dispuesto a dejarlo todo en el ring para mantener en alto su título y seguir construyendo su propia leyenda. Y esa la escriben los puños, no las palabras.

 

Por Iván Bernal Marín
Texto y fotos

Crónica publicada originalmente en el diario El Heraldo, el 3 de mayo de 2017
https://www.elheraldo.co/deportes/de-plato-los-urales-la-pelea-de-hugo-berrio-356433

 

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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