La agridulce batalla de dos costeños en la tierra de los zares | La pelea (3/3)

“En el cuadrilátero los hombres no recuerdan su infancia, sino la infancia de la humanidad”: Joyce Carol Oates.

“Aquí venimos a morir, hermano, ¡tenemos que morir aquí!”, le grita el entrenador en la esquina. Le da una cachetada de agua y lo lanza de regreso al ring. A la guerra, como tantas veces le advirtió que sería. Suena la campana. Round 12. El magdalenense Hugo Berrío tiene los ojos negros inyectados de rojo sangre. El ruso Evgeny Gradovich está todo reventado, hinchado y cortado, pero sigue yendo adelante como un tanque pálido.

— Si él tira yo tengo que tirar más que él. Sé que puedo ganarle. Trompá es lo que va a llevar — Había dicho Hugo, el plateño, en una conversación previa en el camerino.

Por unos minutos, la conquista total pareció al alcance de la mano. Los jueces se demoraban en revelar su decisión final y el murmullo del desespero circundante iba in crescendo en el coliseo de Ekaterimburgo, en los montes Urales. Dos costeños apellidados Berrío, surgidos de la nada, estaban asestándole un golpe histórico a una superpotencia deportiva. Colombia se estaba llevando a casa no uno sino tres cinturones. Y en tu cara, Rusia.

— Empecé a los 16 años en el boxeo. Ya tengo 14 años metido de lleno. Nunca me he retirado, lo más han sido dos meses, para descansar. Del boxeo vivo. Desde que comencé a practicarlo es lo que me ha dado para sostener a mi familia.

El recinto estaba forrado de veteranos de guerra. No solo de la segunda Guerra Mundial, también excombatientes de la vieja Yugoslavia y de Afganistán, entre otros. Tipos de barbas largas y colecciones de medallas indistinguibles en el pecho. Este año se conmemoran 100 años de la Revolución Rusa, y la velada era una especie de homenaje. Música de tambores y trompetas ampulosas. Videos de bombarderos y batallones movilizándose en pantallas. La hoz, la estrella. Todo sumaba a la atmósfera nacionalista y militarista.

— A mí papá realmente no lo conozco. Desde los 6 años no sé de él. Lo conocí a los 17. Nos saludamos pero el cogió por aquí y yo cogí por acá. No lo he visto más. Mi mamá trabajaba como empleada (de aseo) en casa de familia.

Ese día había nevado desde la mañana, por primera vez en un par de semanas. Copos blancos cabalgaban ráfagas de brisa gélida trayendo un mal presagio para los competidores visitantes: el clima amaneció a favor de los rusos. La nieve fue una de sus grandes aliadas en la victoria que le propinaron a la Alemania Nazi. El campeón intercontinental Hugo Berrío y el contendiente Déiner Berrío no eran los únicos invitados extranjeros al espectáculo que estaba por darse. Este parecía tener el propósito de representar fantasías de dominación old fashion, de arios machacando a negros e indígenas, y recrear los triunfos que el país más grande del mundo ha logrado en varios frentes. Había filipinos, mexicanos, lituanos y griegos en el exótico cartel, enfrentados contra un escuadrón de pugilistas locales, divido entre viejas glorias y jóvenes promesas. Varios de ellos con corte estilo Iván Drago en Rocky IV.

— Ya yo a los 12 años era uno de los mejores jugadores de billar de mi barrio. A toda hora andaba peleando. Ahí conocí a Crisanto Maestre, fue quien me crió y comenzó a meterme en el deporte. Comencé jugando fútbol. Pero necesitaba plata para el arbitraje, para el uniforme, para esto y lo otro. En el boxeo solamente era poner los puños.

A ritmo del reggaetón subió al cuadrilátero el negro sucreño que estaba destinado a dañar la fiesta rusa. Era la quinta pelea de la jornada. “A ella le gusta”, decía el coro que bailaba desafiante Déiner Berrío en su entrada. Tiene 26 años. En los costados de su pantaloneta púrpura brillan dos nombres bordados, Léiner y Bréiner. Son sus hijos. Llegó en el viaje prácticamente como acompañante de Hugo, sin mayores expectativas ni aspiraciones. “Vaya duro, Chorote, con todo”, fue lo único que le dijeron a la salida del camerino. Según él mismo, su apodo significa “algo que no está maduro, que no está listo”. Nadie en la prensa hablaba de él. Por azar del destino y sin previo aviso, fue elevado a contendiente para un cinturón que estaba vacante en su peso, el Campeón Ligero Asia de la AMB. Seguro había varios rusos babeando por ese título, más allá de su rival, el peleador Rustam Nugaev, también conocido como ‘la mangosta’.

— Olía como a zaino. Yo dije, este es un palo de coco, lo tengo es que mochar por la mitad. Le hice el pasito de la culebra – dijo Déiner, el de Tolú, en el camerino al final.

Pero Déiner pega duro. Bam, una vez, desde el primer round. Confianza. Bam, tres veces. Bam siempre que quiso en los 10 asaltos. La decisión de los jueces fue unánime: 100-90, 99-91 y 97-93 fueron los puntajes a su favor. Chorote era el nuevo campeón. Su entrenador lo alzó en brazos. Algo parecido al sudor empezó a empapar sus ojos. Una sonrisa gigante apareció para no borrarse más. Todas las luces se centraron en él. El sudor hacía resplandecer sus músculos negros. Nugaev, de 34 años, aguantó y aguantó, pero nunca descifró las mordidas que lanzaba el nuevo monarca asiático.

Con sus bromas, Déiner daba a entender que no tenía muchas aspiraciones. Siempre sacaba un jab de humor para bajarle el tono a los pleitos que disputarían. Quería que todo pasara rápido para volver a su casa a comer arroz de pollo (“el ‘cucayo’ con salsita -en el caldero”), y seguir cuidando la finca que tiene a su cargo. La combinación de gracia y modestia solo disimulaba una verdad de fondo: también anhelaba el oro. De sus ojos nunca se ausentó la admiración cuando veía a Hugo y su cinturón. Y es fácil imaginar una recepción en su pueblo, con caravana y carro de bomberos. Aquí, los rusos no dejaron de aplaudirlo por un par de minutos.

— Adrenalina, ansiedad. Uno quiere que pase todo para saber si va a ganar o qué.

No se ve hinchado, ni golpeado, aunque dice que “el hinchao está por dentro”. Sus dientes destellan blancos en una risa a lo Apollo Creed. “Si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que aguantar los golpes”, decía en las películas de los ochenta Rocky Balboa, el boxeador interpretado por Sylvester Stallone que vino a Rusia a vengar a su amigo. Los paralelos son inevitables con esa épica hollywoodense. Esta vez, el Berrío toludeño estaba vengando por anticipado al Berrío plateño.

— Pienso en mi familia y en todo el sacrificio que he hecho para llegar acá. Eso me fortalece. Es mi motivación — había dicho, muy serio, antes de consagrarse campeón.

La pelea de Hugo fue muy distinta. Toda la expectativa pesaba sobre sus espaldas. Era el campeón reinante Intercontinental en el peso supergallo de la AMB, y el favorito para quedarse con el cinturón de la OMB, que estaba en disputa. Caminatas de un lado a otro, rezos y promesas de último minuto antecedieron su salida al ring tras bambalinas. Subió entre aplausos, con los dientes apretados y las cejas enterradas en el ceño. Descansar y estar tranquilo para “pensar bien las posibilidades” fueron las primeras palabras que dijo cuando le pregunté sobre su estrategia para enfrentar a Gradovich, un veterano de estos combates. Un ruso flaco con la cara contenida de un niño indisciplinado en la visita de los abuelos. Un excampeón mundial, que regresa tras una sanción. En un video lo mostraban como un soldado más de las tropas soviéticas, antes de salir al escenario.

— Yo vivía en la calle peleando.— prosigue su relato Hugo — Peleaba con todo el mundo. Me iban a buscar a la casa solamente para pelear. Mi hermano siempre me decía que por qué no practicaba boxeo, pero yo decía que no, que eso es pa’ locos. Hasta que una vez me convencieron y me pusieron a hacer sparring. Me hincharon el ojo. Y seguí volviendo para desquitármela.

Hugo conecta un jab a la cara de Gradovich. Gradovich se lanza hacia delante y conecta a Hugo de vuelta. Repite su técnica. Aguijonea, sale lanza en ristre y presiona. Hugo no logra un golpe claro. Gradovich se le arroja encima, lo abraza y le puñetea los riñones, la cabeza. Hugo es arrastrado a las cuerdas a punta de empujones. Hugo conecta, dando un paso atrás. Gradovich impacta un recto y camina adelante. Se abrazan de nuevo. Se pegan abrazados. Un gancho a la barbilla de uno, un upper al mentón del otro. Y así toda la pelea. “Tienes que cambiar si quieres ganar”, se escucha la voz de su apoderado en un minuto de silencio.

A Hugo le falta el aire después del octavo asalto. Le pesan los puños. “¡Vivo, vivo!”, le gritan desde la esquina. Gradovich no baja el ritmo. Bam, el plateño logra un izquierdazo a la frente. Pero no suelta el 2 de ese 1-2 de puñetazos que tanto había entrenado en los minutos previos a la pelea. “¿Y el otro qué?”, le grita Álvaro Mercado, su entrenador. Gradovich se le viene encima otra vez. Ovaciones retumban en el público. Suena la campana. Round 12. Son las almas de los boxeadores las que salen al ring y no dejan que los cuerpos caigan a la lona. Las caras de los dos se deforman con magulladuras e inflamaciones. Ambos terminan molidos. Ambos alzan los brazos al final, ambos creen que ganaron.

— Ahora mi mamá está en la casa cuidando a los hijos. Yo le decía que no trabajara más en casa de familia, y estar ahí, como quien dice, aguantando humillaciones de otras personas. Porque realmente cuando el patrón amanece aburrido, le tira a todo el mundo. Y yo no estoy para que me estén humillando a mi familia.

Entonces se confirmaron los miedos. Los héroes pierden en la vida real. Muchas veces los sueños no se cumplen, solo se acaban en un súbito abrir y cerrar de ojos, sin que entiendas nada de lo que está pasando. “La muerte siempre es un desenlace posible”, y así lo es la derrota. El coliseo estalla en júbilo cuando, luego de unos minutos, anuncian el triunfo de Gradovich en decisión dividida. Los uniformados se levantan a aplaudir de pie. Dos jueces lo dieron ganador por estrecho margen, y otro dio empate. 115-114, 114-114 y 117-111 fueron los puntajes. “Papi, local es local”, sentencia Mercado, el preparador del gimnasio Cuadrilátero que andaba brincando y gritando desesperado en una túnica brillante, dorada y morada al estilo del Joe Arroyo. El soviético se cruza los cinturones en el pecho como municiones de fusil.

— Lo que uno piensa en el ring es en la familia. El que diga que no siente nervio es mentira. Más que todo en mis hijos, pienso yo. El futuro que les voy a dar. Si gano la pelea es que les voy a brindar un buen futuro.

Hugo Berrío regresa al camerino hundido en un silencio sepulcral. No abandonó la pelea, aunque se intuía la superioridad del local. Fue campeón por 175 días, desde aquel triunfo en noviembre de 2016 en Francia. Llevaba el tricolor amarrado al cuello mientras esperaba la decisión en esta, la primera defensa de su fugaz fajón. Hoy, 5 de mayo, el tercero de sus hijos cumple dos meses de nacido. En su camino a las sombras, Déiner Berrío le da un par de palmadas en la espalda. Nadie de su equipo dice nada. Nadie sabe qué decir. Están deshechos. Las ilusiones evaporadas como las gotas del sudor regado detrás de  nada. Luego de un rato, dos miembros de la Asociación Mundial de Boxeo entran al camerino. Encuentran a Hugo encorvado en una esquina. Quieren felicitarlo en la derrota. “Fue una buena pelea, muy reñida. Vas a regresar, vas a ser campeón de nuevo”, le dice Jesper Jensen, de Dinamarca. Estrecha su mano. Otro le asegura que ha dejado el nombre de su país en alto. Hugo no responde nada. Ni sonríe. Solo calla, sentado en quietud, con la bandera de Colombia arrugada a un lado.

A Déiner también llegan a buscarlo: una joven rusa miembro del equipo de logística del evento. De piernas largas y delgadas, mejillas rosadas y cabellos lacios y dorados. Quiere una selfie. Se abraza a los hombros macizos del negro de ojos saltones y chivera encrespada como una esponja metálica. “A ella le gusta” el flamante campeón.

Colombia ganó pero perdió. La gloria se escapó entre los dedos, después de tenerla  unos minutos en las manos. La nación suramericana pagó un precio alto por poner contra las cuerdas a la madre patria del comunismo. Dos boxeadores provenientes de humildes poblaciones a orillas del Magdalena y el Mar Caribe brillaron entre lejanas cordilleras del viejo imperio de los zares, en un frío bajo cero. Emanando vapor helado en cada golpe, le detuvieron la respiración a un público ajeno. Por un momento estaban logrando la gesta de dos títulos en una sola velada, hasta que los locales se sacudieron y mandaron a la lona los sueños de grandeza. Los dos dejaron el corazón. Los dos se batieron sin ceder un milímetro a los porrazos, las presiones, o los dramáticos cambios de horarios, como máquinas de pura voluntad. Solo uno regresa como campeón. Al final, los dos Berrío habían intercambiado lugares en una violenta montaña rusa.

— Ese HP Gradovich me dio un cabezazo en el ojo y duré como tres round sin poder ver – fue lo primero que dijo Hugo cuando salió del trance.

 

Por Iván Bernal Marín
Texto y fotos

 

Publicado originalmente en el diario El Heraldo, el 6 de mayo de 2017.
https://www.elheraldo.co/deportes/la-agridulce-batalla-de-dos-boxeadores-costenos-en-rusia-357527

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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