Ada Luz, la de la casa en el aire

Ada Luz

Al pie de la Sierra Nevada, entre sus llanuras laterales y un río de aguae’panela llamado Guatapurí, queda una ciudadela de musas. Las esposas, novias y cachos de aquí, de Valledupar, llevan un siglo inspirando borbotones de vallenato, inundando de acordeonazos los bares, discotecas y busetas de toda Colombia, del mundo. La equivalente a ‘la mamá de las musas’ vive al final de un pasillo de flores amarillas, blancas y moradas. Y aborrece su propio nombre. Ese que ha conmovido la imaginación de miles de enamorados, siempre inalcanzable, en un letrero de nubes blancas sobre la casa en el aire: Ada Luz.

Ese es el único reproche de la hija de Rafael Escalona hacia su padre. Ahora, está sentada en la sala de su casa en la tierra. La rodean retratos de él, fallecido hace casi dos años. Llevamos una hora hablando, suficiente para que surjan de cuando en cuando carcajadas a interrumpir sus palabras, cada vez menos tímidas. Se sigue sonrojando. El reproche ya se lo había expresado en vida, con esos chistes que disimulan las verdades difíciles de decir.

—¿Por qué el nombre?

—¡Ada Luzzzz! —dice aumentando el tono. Acomoda mejor los cojines del sofá beige que ocupa media sala. Se arregla las mangas de su blusa de seda atigrada que le deja al descubierto los hombros.

—Exacto, ¿así se llamaba su abuela, o un familiar

—No. Él dice que es por una señora que se llamaba así, lo escuchó, le gustó y me lo puso. Yo siempre le preguntaba que por qué me había puesto ese nombre… porque a mí no me gusta.

—Ah, a ti no te gusta?

—¡Noooo! —en esta ocasión Ada alarga las vocales más de lo que suele hacerlo al final de cada frase, clave del cantadito que define su acento de la costa norte de Colombia. Se cubre la risa con las manos—. Yo le preguntaba y le preguntaba: ¿por qué me pusiste ese nombre? Y él, por molestarme, me decía que era de una comadre, pero solo era una señora muy amiga.

—¿Qué hay de malo en Ada Luz

—¡Nooo! —para esta ocasión también aplica todo lo descrito en su respuesta anterior—. Me parece horrible (risas)… no me gusta… Jum, ni sé cuál me hubiera gustado. ¡Cualquier otro!?

—Y si hubieras tenido una hija, ¿cómo la habrías llamado

—A una hija mía, un nombre horrible.

—¿Cuál?

—Contadinella.

Ada creció con ese nombre en la cabeza: Contadinella. Así se llamaba la primera muñeca que recuerda haber tenido: “Cuando tuve uso de razón y ya sabía leer, el Niño Dios me trajo una muñeca inmensa, inmensa”. En cada uno de sus tres embarazos, familiares y amigos cruzaban los dedos para que no naciera niña. Le advertían que mataría a su hija con ese nombre. Entonces, Ada insistía. “Sea feo, sea lo que sea, ese es un nombre que ninguna lo tiene. Y te cuento que así le hubiera puesto”. Y ahora no responde qué encuentra de malo en Ada Luz.

Bautizó José Juan al primero de sus hijos, que ahora es un ingeniero industrial de 27 años y vive en Bogotá. En Valledupar ella vive con Camilo, un zootecnista de 24, y Sergio José, un estudiante de Ingeniería de Sistemas que tiene 22. “Son mi vida. Me hacen una mujer muy feliz”. Sus amigos los conocen como ‘los hijos de la casa en el aire’. A veces, cuando sale a caminar con el mayor, le dicen “joda, José Juan, tu mamá no parece tu mamá, parece tu hermana”. Eso cuenta Ada. Conserva un aire de vitalidad y juventud; con su cabello largo y rojizo, su collar de conchas, su figura estilizada y el pantalón ceñido. Pómulos, nariz y ojos perlados, son exactos a la imagen recordada de su padre. No acepta revelar su edad, ni la fecha de su matrimonio ni del divorcio. Luego, gracias al oráculo de nuestros días, Google, me enteraré de que nació en 1951. La cuenta da 60 años.

No los aparenta. Menos por teléfono, con su hablar descomplicado y su voz suave. Habíamos hablado a lo largo de la semana para concertar el encuentro de hoy, tarde del sábado, en su casa. Ya no es requisito ser aviador ni llegar en una nube, como exige la canción; ahora es una agenda copada de viajes y visitas planeadas con días de antelación la que se interpone en el camino a los que quieren hablar con ella. Muchos aspiran a un minuto con la más grande de las musas. Es apenas justo llamarla así en esta tierra de apelativos especiales, donde nació el “Papá de los amores”, Peter Manjarrés; donde se agotan al instante los lanzamientos del autonombrado “Papá de los pollitos”, Diomedes Díaz; y donde los que quieren expresar su superioridad ante un grupo de amigos se proclaman “el chivo que más mea”.

Y así, Ada le concede una cita. Usted aterriza en el Olimpo Caribeño que es Valledupar, y en lugar de túnel de descenso del avión pasa por un corredor de laureles arqueados. Lo reciben iguanas curiosas, asomadas desde ramas sin intimidarse a su paso, mirándolo verde y desafiante. Siente el calor como un peso en las mejillas, y el sol cayéndole desde arriba y reflejándose desde abajo.

En la tarde el sol se pierde, el clima se vuelve gris y las nubes revientan en un aguacero. Durará hasta el lunes; a ratos amaina, a ratos se vuelve a intensificar. Los abanicos y las luces se apagan en su hotel; la energía eléctrica deja de funcionar. Y llega a considerar que la canción de Escalona es una especie de maldición aún vigente. Que el cielo se empecina en mantener aislada a Ada Luz, oponiéndosele a usted. Aunque ella ya no sea señorita, ni pretenda conquistarla como advierten las estrofas que también se sabe.

Ponte a pensar cómo será’e bonito vivir arriba de todo el mundo, allá en las nubes con los angelitos, sin que te vaya a molestar ninguno. Si te preguntan cómo se sube, decile que muchos se han perdido. Para ir al cielo creo que no hay camino, nosotros dos iremos en una nube. Porque si no vuela no sube a ver a Ada Luz en las nubes… quiero hacer mi casa en el aire, pa’ que no la moleste nadie.

No todas las ciudades de la costa son como Barranquilla. En Valledupar no hay arroyos que arrastren carros y ahoguen gente; los cerca de 350.000 habitantes de la capital del Cesar están acostumbrados a caminar bajo paraguas, acompañados de un ruido de crispetas que explota sobre su cabeza, y el alcantarillado pluvial que ruge bajo la calle. Cualquier sitio está a 15 minutos a pie, o a 4000 pesos de distancia: es lo que cobran los taxis a todos lados. Eso cobra un gordo canoso y de piel tostada llamado Adanín Barrios rumbo a casa de Ada; la de muros, no la etérea.

—Esa dirección creo que es por el barrio Los Ángeles —Adanín sigue serio, mirando hacia el frente mientras habla, mientras el limpiavidrios baila con el agua—. Está raro, porque la carrera 13 llega apenas hasta la calle tercera.

—Espere yo llamo a ver.

—Sí, pregunta porque eso no sale —dice y sigue andando.

Es como para convencerse de la maldición de la canción. Llamo y Adanín reconoce pronto que hablo con Ada—. Ahhh, vas pa’ la casa de la hija de Escalona… eso sí queda por la cuarta pero con calle 13, no carrera. Eso es el barrio Nogalito —su explicación destruye mi pretensión de escribir una bonita figura, que hubiera intentado si Ada viviera en Los Ángeles, como mi mal anotada dirección indicaba.

Ada está en la Calle 13, grupo que musicalmente hablando no le gusta. Se disfruta las versiones que han hecho de La casa en el aire artistas mexicanos como Linda Vera, la de ritmo gitano interpretada por la española Lola Flores, incluso una titulada versión cósmica, la electrónica del compilado Colombian Chill. Pero el reguetón no le va.

Su casa blanca está al final de una calle que es igual a todas las de Valledupar, enmarcada por árboles de mango, laureles y flores. Un corredor de sombra que llena la nariz de un aroma dulce y fresco.

Ada sonríe al lado de una palma en una matera, que deja afuera todas las noches y que nadie le roba. La terraza está protegida de la lluvia por las hojas de un olivo; lo rodeó de ‘corazoncitos’, enredaderas que apenas le están subiendo por la cintura al tronco. Me recibe en la puerta, y mientras hablamos, la mantiene abierta con una ahuyama seca, más amable que una piedra.

Alguna vez hubo una finca en el aire.

La sala del hogar terrenal de Ada son 40 metros cuadrados despejados, listos para una fiesta. El techo alto le da aspecto espacioso, como si cupieran parlantes de más de dos metros. A los lados hay tres cuartos. Más allá una cocina, llena de vacas lecheras regordetas y sonrientes: dibujadas en el reloj, en los cubiertos, en las vajillas, en las servilletas. Además del sofá y dos sillas, la sala es apenas ocupada por pinturas de frutas y mochilas abstractas, un comedor de madera oscura, un par de floreros y una mesa de centro de cristal, con fotos de un Rafael Escalona veinteañero. Parece un galán de una vieja película mexicana. También hay dos obras literarias: El Quijote de la Mancha al lado de La casa en el aire. No tiene nada que ver con la canción de Ada, es un libro que su padre escribió sobre vivencias y cuentos que le narraba su abuelo. Solo comparten la magia del título.

Ada aterrizó aquí desde que se casó, hace unos 30 años. Antes, su vida había transcurrido en casas en el aire, al lado de su papá y su mamá, Marina Arzuaga, ‘la Maye’.

Desde su nacimiento vivió en Chapinero, no el barrio bogotano sino una finca a 20 minutos de Valledupar, por la vía al municipio de Fundación. “Esto era muy sano, no había atracos, ni guerrilla, ni paracos, ni delincuencia común, vivíamos divinamente, no había nada”. Su papá cultivaba algodón. Ada recuerda que en las vacaciones de diciembre veía hasta 150 trabajadores recogiendo esos manojos esponjosos y blancos que rodeaban la hacienda, con la inmensidad azul al fondo. En mi vuelo de regreso, caeré en la cuenta de que allí en el aire, donde su papá soñaba un hogar para Ada, las nubes son idénticas a algodón regado. Infladas y de un blanco sin mancha, como el cultivo de la finca. Aunque cuando el avión se eleva más, las nubes también parecen esas crispetas que resuenan en los paraguas.

La familia Escalona se vino a vivir al cuarto piso del edificio Montero, ante el aumento de la inseguridad. Ada vivía con sus cinco hermanos de padre y madre: Rosa María, Rafael, Margarita, Juan José y Perla. En total, al prolijo compositor se le atribuye la autoría de 19 hijos y 200 canciones. Ada trabajó muchos años en la organización del Festival Vallenato, en la Oficina Departamental de Turismo. Su padre no pudo evitar que se casara y se mudara a ras de piso, a esta casa de hoy.

Al fondo se escuchan relámpagos, que obligan a la musa a hablar más fuerte. “Encarna el amor de ser padre por primera vez. Pienso que es esa emoción, la sensación de tener algo nuevo. Y nazco yo, una niña. Imagino que él no quería que nadie la tocara, que nadie le hiciera daño cuando creciera, y se le ocurrió la magia de esa canción”. Escalona fue un mujeriego consagrado, les compuso a decenas de novias. Quizá cuando tuvo su hija, lo primero que se le ocurrió fue protegerla de otros como él. Aún así, los enamorados llegaban. Todos le decían que eran el piloto, que iban a tocar las nubes. En realidad, nunca fue pretendida por ningún aviador.

“Mi papá era celosísimo, no aceptaba enamorados ni novios, era tenaz”. Una vez le mandó a averiguar la vida completa a un enamorado proveniente de Sincelejo. Cuando la veía hablando con amigos en fiestas, se acercaba a preguntarle qué le estaba diciendo. Pretendía que a los 17 años siguiera usando media tobillera, como las niñas, y desaprobaba el maquillaje y la depilación de cejas. Lo que Ada sabe sobre cómo compuso la canción es que una tarde el maestro silbaba una melodía en el río Urumita, La Guajira. Le confesó a su compadre Carlos Aponte que pulía un paseo, para dejarles claro a los hombres que su hija iba a tener una casa arriba, a salvo de todo el mundo.

La Ada de ahora tiene 349 amigos en Facebook. “Tengo amigos por todas partes. Todos me solicitan porque quieren saber sobre la música de mi papá”. Ha escampado, y suena un pájaro cuyo nombre vulgar imita el sonido de su canto, pero termina siendo grotesco: una chuchafría. Ada relata cómo chatea con contactos de 24, 25 y 26 años en México o en Italia. “Yo acepto a todo el mundo en Face”. Les cuenta su sencilla percepción sobre ese hito del folclor. Comenzó como una canción de cuna cuando apenas tenía un mes de nacida, por lo que no recuerda haberla escuchado en cierto momento por primera vez. “Crecí con esa canción. Era mi hermanita, me llevaba agarradita de la mano siempre. Para mí nunca fue nada nuevo. No es como que estés grande y te compongan una canción y digas: huy, qué rico”. Se acostumbró a ella; se la cantaban los compañeros y amigos en todas las fiestas a las que llegaba. Como ahora hacen sus hijos. Nunca llegó a molestarle. Siempre incitó comentarios agradables hacia ella. Su recuerdo más grato asociado a la canción sucedió en Barranquilla, donde estudió primaria y bachillerato. Un día pidió una paleta a un carrito de helados, y cuando fue a pagar, salió un señor de una casa al frente y la pagó por ella; había reconocido que se trataba de la dueña de la Casa en el aire.

“Mi sobrinita, por ejemplo, me pide que vaya al colegio con ella, porque sus amiguitas me quieren conocer. A los niños les gusta mucho”. Cuando es así, va. Por un instante Ada deja de verse orgullosa. Es cuando habla de las hijas de la última pareja de su papá. Ellas eran apellido Zambrano, y su papá biológico está vivo. Sin embargo, se cambiaron el apellido a Escalona tras la muerte del compositor. “Lo hicieron para sacar provecho, para hacerse pasar por hijas de él —dice Ada, pero la solemnidad no le dura mucho—. Ellas sí están en el aire”, termina sonriendo.

Ada se levanta y me conduce al patio, al fondo de la vivienda. Trabaja independiente, vendiendo joyas y mochilas de La Guajira. “Me gusta rebuscarme como sea, soy muy aterrizada”. De vez en cuando dicta conferencias sobre el folclor vallenato, y practica la jardinería. Se queda mirando la lluvia que cae otra vez, y reconsidera. Ahora más que nunca le gustaría tener una casa en el aire. “Con los maremotos y los terremotos y con estas lluvias, ¡estaría bien para la ocasión! ¡Protegida!”, da un aplauso antes de cubrirse una carcajada que estalla.

El patio es casi el doble de grande que el resto de la casa. Pasa las tardes ahí, cuidando una galería de palmas, pinos y coralitos; arbustos que recuerdan arrecifes, con sus tumultos de diminutas flores rojas, amarillas y púrpura. No hay nubes, ni angelitos, y está bastante lejos de la bóveda celeste. Pero es todo el cielo que Ada necesita. Hace rato entregó en arriendo su Casa en el Aire. La dejó disponible para todo el que quiera soñar con amores imposibles. Nunca faltan.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en la revista SoHo
Parte del especial: Visita a las Musas

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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2 respuestas a Ada Luz, la de la casa en el aire

  1. Claudia Pérez-Velázquez dijo:

    Hola, necesitaba comunicarme con algun familiar del maestro Rafael Escalona. Queria saber si alguien me podria proporcionar esta informacion. Muchas gracias

  2. Constanza Melo Bermudez dijo:

    Buena historia Ada vive en un paraíso esa es la vida que muchos al final deberíamos vivir

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