Punta Canoa, de paraíso a cloaca de Cartagena

Punta Canoa

Con una mano se cubre la frente y le da sombra a la mirada, y con la otra señala un lugar donde el mar brilla como el sol, las olas estallan en chispazos de sal y las gaviotas surcan el cielo. “Allí es donde va a salir toda la mierda”, dice y voltea la cara para otro lado. Es su voz la que habla, pero expresa la rabia de un pueblo de mil habitantes. Punta Canoa, una pequeña y gris población que sabe que se acerca la muerte y la espera resignada. En dos años pasará de ser destino turístico a ser destino de las aguas del alcantarillado de Cartagena.

Desde los 13 años Luis Leal vive de la pesca y de vender cervezas y gaseosas. Ya tiene 62, y una cantidad de nietos que no recuerda. Lo que sí tiene claro en su memoria es lo que le explicó Acuacar, la empresa que construye el tubo submarino que regará deshechos allí, donde las gaviotas hacen espirales que rozan el agua. Donde él y su familia consiguen comida. “Eso echa a diario 30 toneladas de porquería a 3 kilómetros mar adentro. Pero el viento y la corriente hace que se venga para la tierra. Va a dañar la pesca. Contaminará el agua, los peces y el aire”. El negro tostado sella sus palabras con latigazos de los brazos, robustos como los troncos que sostienen el techo de su caseta.

La empresa le ha dicho que limpiará las aguas sucias antes de verterlas. Luis siente que lo quieren engañar y convencerlo de que no habrá peligro. “Para Cartagena es muy bueno, pero a nosotros nos va a matar. ¿Qué haré yo que tengo 62 años? Me moriré porque nadie me va a dar trabajo”.  Habla con fuerza por encima del silbido de la brisa, que arrastra arenilla y lo obliga a entrecerrar los ojos.

“Nos dijeron que cerdo mierdero es más sabroso. Que no nos preocupáramos porque el pescado así va a saber más rico. Nos han ofendido”. Luis, descamisado y de pelo gris, cuenta los 15 mil pesos que le entregan por la ventanilla de un carro que a las 2:15 de la tarde se va de la playa con dos parejas. Esta no es más grande que una cancha de futbol. Hay 5 casetas y decenas de kioscos esqueléticos, armados con palos grises recogidos del mar y hojas grises de palma seca. Con sillas plásticas azules y rajadas, que se hunden en la arena gris. Nadie toma fotos, ni hace masajes, ni trenzas.

Solo hay una pareja que toma cervezas al lado de una moto. Miran tres canoas tapizadas de arena, y otra que va y viene con las olas. “Compa, yo no sería capaz de meterme más en estas playas. Menos de venir a comer”, dice el mototaxista Carlos Quintana al enterarse de que lo que echa todos los días en el inodoro, va a terminar en el mar en el que acaba de bañarse. Para llegar allí viajó 30 minutos desde el centro histórico de Cartagena por la vía al mar.

Edwin, el segundo hijo de Luis, recoge las botellas vacías y las lleva a la caseta. Tiene 36 años. Es pescador en la madrugada y mesero en el día. Afirma que la desembocadura de la tubería queda en el punto donde se concentran más peces. Hace 2 años la empresa les dijo que para realizar las obras habrá que tumbar todo. “No han vuelto más. Vivimos aquí mismo, de lo que nos da el mar. Más nada”. Masca un palillo y escupe. Sostiene a una de las 200 familias que dependen del mar. Trabaja sábados, domingos y días feriados.

Desde las 6 de la mañana, alrededor de 30 vecinos del pueblo arman los quioscos y amarran hamacas. Otros sacan del agua los troncos y plantas que ensucian la orilla. Otros salen a cazar lo que irá en los platos de comida. Uno es Norberto Carmona, pescador de 22 años, que escucha atento a su tía Escilda Gómez, de 54, en un lugar donde la experiencia es la educación.

“Iremos a quedar como los africanos, con las costillas pegadas en playas desiertas”, dice la mujer que lleva 12 años negociando con el mar, y que no tiene hijos pero sí 35 sobrinos. El mar siempre ha sido bondadoso con ella y con el pueblo. Tira su gordura en una silla y lo grita con su boca grande. “Todos los días nos metemos nuestras 3 balas (comidas) bien buenas. Pescado fresquecito, recién cogido”. Los pescados más baratos los venden a 7 mil pesos, dependiendo del tamaño y de la negociación con el cliente. Venden langostas de 25 y hasta 50 mil. Hay quienes llegan a comprarles y se van, sin mirar la playa. Cuando pescan bastante llevan al mercado de Cartagena. Temen dejar de recibir los 100 mil pesos que dicen que ganan al día.

“Tenemos puesto de salud, colegio, todo”, dice Escilda. Usa una gorra azul con el nombre de un candidato político, que deja escapar resortes de pelo negro que le salen de todos lados. Para llegar a la playa se pasa por el pueblo, donde se ven unas 100 casas. Todas con gente en las terrazas, que saludan a los turistas sentados en mecedoras bajo la sombra de los árboles.

Bajo uno de mango le arreglan las uñas a una señora morena, que habla con otras señoras morenas que se le parecen. “Todo se afecta, pero ¿quién se pone con el Gobierno? No se puede hacer nada”, dice Isabelia Leal, la única enfermera del puesto de salud. Le deben 3 meses de sueldo. Isabelia, de 45 años, es hija de Irenia Gaviria, de 69. Ella nació, se crió, se casó y tuvo 11 hijos en el pueblo, y ahora refunfuña. “Cuando venga toda esa porquería no va a haber ni peces, ni agricultura ni gente. Tenemos tristeza. Pongan eso donde quieran menos aquí. Pónganlo en la ciénaga virgen que ya está sucia”.

Son las 3:20 P.M. y Fanny Aguilar, la esposa de Luis y madre de Edwin, cree que no va a llegar más nadie a la playa. Es hora de volver a casa. Carga los pescados en una nevera plástica sobre la cabeza, estirando el rostro de la reina de belleza de Bolívar de 1998, que como ella, sonríe desteñida en su camiseta. Aparece una camioneta último modelo, seguida de otra menos lujosa. Baja un vidrio oscuro y con un movimiento de una mano sin rostro pone a correr a los pescadores. Edwin arrastra 20 sillas plásticas por la arena, su papá guía los vehículos y su mamá pone la nevera en el suelo y se devuelve a la cocina.

Desde otra caseta, Luis Jiménez observa sentado. El casetero de 32 años y barba desaliñada se alza la camiseta y se soba la barriga. Tiene los ojos rojos por la arenilla. Está malgeniado. “Estamos listos para lo que sea. No vamos a dejar que vengan a poner ese tubo aquí. Nos vamos a alzar. Vamos a ver quién es más grande, si ellos o nosotros”. Habla con su rabia, pero habla por todo un pueblo al que dice, “se vinieron a cagar”. Al frente de él, Edinje Carmona, de 17, toma sopa. “Si van a echar ese poco de agua sucia, no la puedo echar para atrás”, dice despreocupado, se empina el plato y baja la cara.

Luis lo mira, y afirma furioso: “Que traigan una funeraria de una vez para que entierren al pueblo entero”. Se levanta y se va.

 

Por Iván Bernal Marín

Crónica realizada durante el taller ¿Cómo se escribe un Periódico?
Dictado por el maestro Miguel Angel Bastenier
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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2 respuestas a Punta Canoa, de paraíso a cloaca de Cartagena

  1. Cristina dijo:

    Hola, una pregunta: ¿usted volvió a hacerle seguimiento a este caso? ¿Sabe qué pasó finalmente con el proyecto de Acuacar?

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