Élber Rodríguez y su cañón de voluntad

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Saluda con fuerza estrechando los cuatro dedos de la única extremidad que le queda, la que le ha bastado para alzarse dos veces como campeón de natación, cursar seis semestres de Derecho, y escribir su historia en un libro titulado: Fuerza. A simple vista parece un brazo izquierdo, pero lo que le quedó a Élber Alfonso Rodríguez Moreno fue un cañón cargado de fuerza de voluntad.

¿Ha intentado usted escribir con la mano contraria a aquella con la que lo hace normalmente? Ese minúsculo pero complicadísimo desafío fue uno de los primeros que tuvo que superar este oficial del ejército a partir del 3 de marzo de 2003. Antes era diestro. Pero ese día, la explosión de una mina antipersona lo despedazó.

Tenía 27 años, y cumplía una operación militar en los Montes de María. Lo cargaron al Hospital Naval de Cartagena. El explosivo contenía materia fecal, además de tornillos, tuercas y trozos de metal. Perdió las piernas, un brazo y un ojo, a causa de la infección que se expandió en las heridas.

Estuvo tres días en coma, asistido por equipos médicos. El cuarto día lo desconectaron, pronosticando lo peor. Pero despertó, “hablando más que un secuestrado cuando lo rescatan”, dice ahora, en una silla de ruedas en el Cantón Norte en Bogotá. Sus ganas de vivir resultaron ilesas en el atentado.

Rodríguez tiene ya 36 años. Fue ascendido de Teniente a Capitán, y recibió la Medalla al Valor, de manos del Presidente de la República. Mientras aprendía a caminar con prótesis, los rehabilitadores físicos le dieron la idea de contar su historia. Contaba con el apoyo del Ejército para publicarla, dado que no se retiró. Pero esperó hasta poder lanzar el libro en forma independiente, desligado de la institución militar. “Quería que la gente se diera cuenta de que no es un libro institucional sino humano, un testimonio de cualquier ser humano. No tiene fórmulas ni recetas mágicas. Es un testimonio que busca llevar el mensaje de que todo se puede realizar mientras haya vida”.

Fuerza fue presentado el 14 de mayo en la Feria del Libro. Y el pasado jueves 2 de junio, Rodríguez fue elegido como figura de la campaña ‘Fe en la causa’, lanzada por el Ejército. “Ha habido muchas cosas difíciles. He querido mostrar cómo las cosas se pueden lograr con empeño”, dice el capitán, con una amabilidad, una despreocupación y un buen genio contagiosos.

Entró a la escuela militar a los 17 años. Su vocación germinó en la niñez, en una foto del libro se le ve de 4 años disfrazado con un uniforme. Su papá, Santos Alfonso, fue policía por 32 años. De esa vocación surge también su deseo de convertir su tragedia en un mensaje de motivación. “Quiero mostrar que derrotarnos es muy difícil. Si hay vida hay mucho por hacer. Nos pueden quitar los miembros pero seguimos peleando; no solo los que tenemos uniforme si no todos los colombianos. Somos más los buenos, que aquella minoría que quiere hacernos daño. Mientras uno sea bueno, las cosas tienen un objetivo que nos va a hacer salir adelante”.

Con esa intención aprendió a caminar empleando dos prótesis y un bastón. Aunque prefiere la silla de ruedas.

El piso mojado se convirtió en un peligro. En medio del ajetreo universitario, estudiantes que pasan corriendo por su lado lo han tropezado y ha caído un par de veces. Su único brazo apenas le ha ayudado a amortiguar el golpe. “Hay unos días que uno se siente frustrado porque no puede hacer lo que quiso desde el principio, Pero son momentos en que uno toma valor, saca de alguna parte fuerza para volver a enfrentar y ya, sube otra vez”.

Son las 9 de la mañana de un sábado en el Cantón Norte, y resuena un vallenato. Rodríguez ríe, y dice que a todo militar le gusta ese género, antes de ordenar que le bajen un poco el volumen. La última unidad que tuvo era un 60% conformada por costeños, desde Planeta Rica hasta La Guajira. Dice sentir una empatía especial hacia los nacidos en la Región Caribe, pese a ser “cachaco rolo, más rolo que Transmilenio y Millonarios juntos”.

Los compañeros le decían que era “pura marihuana y rock”; toda su vida había sido un fiel rockero. Pero después del atentado descubrió un nuevo valor en ese vallenato que escuchaba la tropa a su cargo. “Resulté escuchándolo y comprando discos. Todo lo costeño como que se pega y lo mueve a uno. Tienen un folclor distinto al de todas partes, algo que atrae. Los pelaos que yo tenía salían con sus cuentos y me hacían reír. Hasta se me pegaba el hablado y les decía cara’e…”, termina en una carcajada enrojecida.

Dice que vive sus días con la misma naturalidad de cualquier persona “común y corriente”. Estudia, entrena natación, asiste a conferencias y eventos protocolarios, y los fines de semana rumbea, y de vez en cuando toma aguardiente. “Voy a sitios donde no pongan ‘ñeretón’. Eso sí no lo tolero, es tan mañe, tan bajo prefiero un clavo en una…”, dice el hombre que sobrevivió a la tortura de una mina antipersona.

También pasea. Le gusta viajar por carretera, para “bajarse y chismosear el paisaje”. Ahora se alista para viajar a Medellín, donde viven sus papás. Irá con su novia, Anny Ortegón; compañera de estudio que se enamoró de él por verlo “tan capaz, tan echado para adelante, tan verraco, tan alegre. El hecho de ver la vida desde una silla de rueda ni le quita ni le pone”, dice la esbelta joven rubia de ojos azules. El brazo izquierdo de Élber le alcanza justo para rodearla completa, fuerte, por la cintura.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud, diario El Heraldo, 13 de junio de 2011
http://www.elheraldo.co/cronica/elber-rodriguez-y-su-canon-de-voluntad-25053

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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3 respuestas a Élber Rodríguez y su cañón de voluntad

  1. Alexa Supertramp dijo:

    Interesante !!

  2. Anita Natural Art dijo:

    Muy interesante. Nos hace reflexionar y estar muy agradecidos por lo afortunados que somos de ser personas totalmente sanas, pero que desafortunamente no valoramos todo lo que la vida nos ha dado, todas las facultades y habilidades. Y nos pasamos quejandonos: “Ay es que si tuviera…”, ” Ay es que si pudiera…” Tenemos que agradecer día a día, porque somos seres bendecidos con miles de dones y facultades, que no utilizamos completamente.
    Muchas Felicidades Iván, tienes un don excelente, siempre lo supe!
    Exitos y lo mejor para ti! 🙂

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