Ni los gobiernos ni las ONG están a la talla de las necesidades: Jon Lee Anderson

Diálogo con el periodista internacional Jon Lee Anderson, recién llegado de un cubrimiento del terremoto de Haití. Se declaró fanático de la exposición de la cultura costeña, el Museo del Caribe.

Hilva Chogó y Jaime Abello Banfi, presidente de la FNPI, guiaron a Jon Lee por el Museo del Caribe

Jon Lee Anderson escucha voces ancestrales, sumergido en un olor a palma seca fijado en el aire acondicionado. Luego prepara un rondón sanandresano con pescado, coco, yuca, y cola de cerdo virtuales. “Se ve rico”. Baja las escaleras y baila entre una comparsa de hologramas que le sonríen. “Nunca había visto algo así. Es muy natural, como si estuvieran aquí”.
Debe ser un alivio para él.

Llevaba las últimas dos semanas viendo escenas que lo impresionaban en otra dirección. “El terremoto de Haití fue como si 500 aviones hubieran chocado en Manhattan el 11 de septiembre, en lugar de dos”.
Eran escenas con las que costaba más trabajo interactuar. “Me daba horror pensar que estaba en una ciudad donde había un sinfín de personas agonizando, y enterrados vivos bajo los escombros, sin que yo pudiera ayudarlos”.

El periodista estadounidense especializado en zonas de conflicto, escritor de The NewYorker, llegó a la isla dos días después del terremoto. Salió rumbo al Hay Festival de Cartagena el sábado anterior, tras días caminando entre ruinas, muerte y hambre esparcidas en las calles. Describir el panorama del horror que dejó atrás le invade la cara de rojo, y corta el ritmo de su español fluido.
Sintió la “necesidad de ir a ser testigo” de la catástrofe natural que aplastó a esa “sociedad desencajada”, donde nació la mayor de sus cinco hermanos, Michelle Dominique. “Hasta le dieron nombre haitiano”, revela sentado en una banca a afueras del Museo del Caribe, que acaba de recorrer con Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi.

Anderson vino a Barranquilla expresamente a conocer el Museo. Se sentó a escalar la Sierra Nevada con los ojos y los oídos, a aprender de los grupos étnicos raizal, kogui, wayuu y palenque a través de conos de caña flecha, y a reír frente a la pantalla con la historia del Hombre Caimán contada por un pescador de un solo diente. Cada cierto tiempo interrumpía su silencio, volteaba y confirmaba lo que su concentración anunciaba: “Es fascinante, que ingenioso. Las videos están muy bien realizados”.
Le tomó cerca de 3 horas oxigenarse con los cinco pisos de “cultura viva” del Museo; tonificante si se compara con la sobredosis de tragedia que golpeó su sensibilidad en Haití.

“Es una situación de desesperanza. Es terrible. Lo único que puedes hacer es tratar de mantener tu humanidad. No caer en el morbo. Y hacer tu trabajo, pero ayudar”. Lo dice porque considera que la desolación ha sido “banalizada y sensacionalizada”, por muchos que no han mostrado su realidad completa. Se refiere a las imágenes de disturbios que han bombardeado pantallas y páginas. El caos es solo una “parte mínima” de todo lo que allá vivió.
Cree que las ayudas demoraron demasiado. Cree que ahora falta autoridad y organización, porque ya la ayuda sobra. Cree que el terremoto demostró que el mundo no está preparado para manejar emergencias así.
Y está convencido que se debe aprovechar para replantear las cosas, puesto que algo similar puede ocurrir en cualquier momento en cualquier lugar.
Eso incluye Colombia.

Anderson escudriñó la situación de Haití desde las entrañas. Así fundamentó sus opiniones. Tal como hizo con el Museo, del que ahora sale rumbo al parqueadero.
Aprender gozando. “Es como un organismo que respira”, Anderson describe así el Museo, del que se declara “fan”.
Le puso las manos a teléfonos clásicos, acordeones y gaitas; identificó las zonas que ha visitado en la Costa, y la proporción del macizo de la Sierra.
“El joven que entre aquí aprende, disfruta, y a la misma vez sale con las pilas cargadas”, insiste Anderson. “Lo puedes oler, lo puedes sentir, lo puedes escuchar. Hasta terminas bailando. No es un lugar inerme”, como los muchos otros museos tradicionales que ha visitado en el mundo.
“Lo único es que no nos dio de comer”, lamenta y se va a almorzar, quizá pensando en el suculento plato que preparó en la mesa de recetas virtuales.

Mitos sobre Haití
Anderson salió de Haití el sábado, estuvo en Cartagena el domingo y el lunes visitó Riohacha. Cuando dejó la isla ya había “vuelto un poco el comercio. Todavía estaba la ciudad entera desmembrada (Puerto Principe), ya no hay agonizantes, ya se han muerto o rescatado los que quedaban. Es cuestión de limpiar los escombros y atender el millón y más que lo necesitan. Ya no hay parques ni plaza pública, se han creado barriadas nuevas de gente viviendo en la intemperie. Hay inseguridad y problemas de epidemia”. No obstante, advierte que el caos y los alborotos no son generalizados. “Haití desajustó todo. Demostró una vez más que no logramos hacer las cosas bien, aunque queramos… No estamos acostumbrados a prepararnos para lo que no imaginamos que puede venir”.

Mensaje a los periodistas
Además de ser profesor de la Fundación Nuevo Periodismo, Jon Lee Anderson ha investigado en zonas de conflicto como Afganistan, Irak, Uganda, Israel, Irán y Suramérica. Ante la crisis de los medios por el Internet, le advierte a los periodistas jóvenes que “tienen un reto. Esforzarse para convencer al público de que lo que hacen es válido, legítimo, y que debe perdurar. No todo el mundo va a dejar de leer periódicos, revistas o libros para mirar pantallas. Una historia bien contada, y profundidad en las cosas, siempre va a ser necesario”.

 

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en http://www.elheraldo.co

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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