Los titanes del color (Reunión en Barranquilla)

Un titán de esmeralda cayó desde el espacio sideral a un vecindario de murales y grafitis que empieza a brotar en el Barrio Abajo. Nació en la imaginación de Kid Kreol & Boogie, para pintarle un pasado a la isla en que nacieron.

Si los vieras bailando el rap ‘Así es el velorio de un coleto’, en el patio de la Alianza Francesa, no los distinguirías de ningún otro. Pantalonetas, camisetas negras, barbas sembradas de incipientes canas y pases a rodilla flexionada. Como cualquier local.

Pero, a menos de que un historiador de ocasión tenga pruebas para desmentirlo, son los primeros hijos de la isla francesa de Reunión en poner sus pies en Barranquilla. Y están dejando una huella a lo grande: un mural de unos 30 metros.

Un gordo de melena amarrada a la cabeza y collar de cráneos diminutos le coloreaba de rojo las venas al titán al mediodía. “En Reunión no tenemos ninguna historia ni mitología antes de la esclavitud”, decía Boogie, Yannis Nanguet, explicando los matices que esconde su pintura.

rriba, Kid Kreol desde la grúa. Abajo, Boogie. Trabajan juntos desde 2004

Antes de tropezarnos en la fiesta, conversamos unos 40 minutos allí, a la sombra del gigante. Una palabra se repetía con claridad para describir su isla, en el mano a mano de ingleses de acentos atropellados: “a mix”, “a mix”. Mezcla en la comida, mezcla en las lenguas, mezcla en las tradiciones, mezcla en la música.

Mezcla el DJ en el escenario esta noche, con la cara pintada por proyecciones y neón. Con un mixer enlaza dos tornamesas; salta de un viejo vinilo de champeta a otro de hip-hop. Pasa sonidos de un lado a otro, de un LP a otro, en la fiesta de despedida del festival Killart. La sonoridad en ese antiguo formato sigue teniendo más cuerpo, más textura que cualquiera. El oído puede profundizar en él. Distintas capas se entrelazan, y si te concentras un poco puedes distinguir cada cosa que lee la aguja.

Y el mixer es la llave para combinar uno con otro, para traer ese legado de los abuelos al presente. A su manera, eso es lo que Kid Kreol y Boogie hacen con su arte.

Las raíces

El titán de esmeralda se derrumba a un costado de la carrera 50, en una pared negra orbitada por planetas y cometas. Visto de rapidez, a quienes conducen por aquí les puede parecer también el policía acostado más canalla de la historia.

Está en el par vial de Transmetro, a pocos metros del encuentro con la calle Murillo. Las obras de ampliación de este corredor costaron unos $20.000 millones, para complementar el funcionamiento del sistema de transporte masivo barranquillero. Por el fondo se llega al edificio de la Aduana y la Vía 40. Este año se convirtió en la galería urbana a cielo abierto más grande de la Región Caribe. En ese barrio donde los vecinos todavía se sientan en las terrazas, y ollas humeantes salen a poblar las esquinas en los fines de semana.

Ahora la lengua de concreto resplandece con el sol. Arroja fuego a las caras. Kid Kreol y Boogie llevan espejuelos redondos, unos negros, los otros un arcoíris tornasolado.

Un corazón emerge aplastado entre la piel de roca del mural. Su rojo palpita a lo largo del dibujo; una especie de alimaña pisoteada que se resiste a morir. Hablan del recorrido que los ha traído hasta aquí. Vienen de una isla francesa en el Océano Índico, cerca de Madagascar.

En los mapas es un pequeño lunar en la esquina inferior del continente africano. No tiene más de 800.000 habitantes. Pero reúne por igual a hijos de India, África y Asia. “No tenemos historia antes de la llegada de los franceses. Para nosotros es importante crear un pasado. Un pasado con todas las cosas que tenemos en nuestra región, pero que no vemos”, dice Boogie, con las latas de pintura en las manos.

Boogie muestra el boceto, realizado en Photoshop.

Kid Kreol y Boogie han recorrido varios países investigando, intentando recrear la conexión. La historia oficial no dejó rastros de lo que llaman la “criollización”, el mestizaje, la mezcla. “Encontramos que hay una especie de nexo entre todos los mitos: los titanes. Por eso para nosotros son muy importantes, porque cayeron del espacio para crear el universo”. De hecho, los llaman ‘los titanes del color’.

Antes de todos los dioses”, agrega Kid Kreol, Jean-Sébastien Clain. Usa una grúa con brazo mecánico para terminar los detalles del cosmos que rodea al coloso, en la parte más alta del mural. Con un trazo negro convierte una bola de oro en una luna.

Desde que se conocieron en 2004 en la escuela de arte, conformaron un dúo que ha recorrido el mundo pintando criaturas y gigantes con pieles de montañas, árboles, planetas y oro. Antes eran grafiteros que marcaban las calles con sus nombres. Ahora tienen un sentido, un intento de romper las reglas del sistema colonial, dice Kid. “Lo que creamos ya no es solo un pasado para nosotros, sino para todos”.

Hace 33 y 34 años comenzaron sus vidas en esa pequeña porción de tierra llamada Reunión. Una isla donde una sola familia puede tener un mix de pieles, con blancos, negros, indios y asiáticos compartiendo el desayuno. Donde una sola persona puede tener un mix de fe con hasta tres religiones, y además rendirles rituales a ancestros de Madagascar. Donde muchos, como Kid, desconocen su origen. “Es muy difícil saber quién es quién. Y a la gente no le importa”.

Cuentan que en su tierra no hay problemas de racismo. “Es normal tener todas las mezclas. Creo que es lo mejor que tenemos”. A pesar de las reuniones que confluyen allí, ellos descartan que el nombre responda a algún sentido “poético”. Antes se llamaba la Isla de Borbón, en honor al apellido de la familia real. Cuando llegó la revolución fue rebautizada con un nombre que reflejara el espíritu de la flamante democracia.

Mientras que Boogie es moreno, con los ojos rasgados, Kid tiene los ojos claros y el cabello castaño. Son el Ying y el Yang del arte callejero. “Barranquilla tiene el mismo tipo de sensación que tenemos en Reunión. La mezcla”.

En la isla francesa también hubo alguna vez un carnaval. El único recuerdo que queda de él es una foto en blanco y negro, que descubrieron en sus indagaciones. Aparecían tipos con máscaras africanas, como las que vieron en Barranquilla. “La gente en mi familia no sabe nada de eso”.

El coloso verde está terminado. Solo falta culminar la constelación de astros a su alrededor. La gente que pasa se lo queda viendo. “Bacano”, se limita a decir un tipo con camiseta de Junior recostado a un poste, que mira con boca de pato.

Kid Kreol dándole los últimos retoques al titán.

 

Mestizaje en el horno

En la isla de Reunión no hay esmeraldas. La gente vive del turismo y de la explotación de la caña de azúcar. Sí hay un volcán, el Pitón de la Fournaise. “El más activo del mundo”, asegura Boogie. “Fournaise es como el fogón. Es algo que produce mucho calor. Barranquilla es la Fournaise”, dice Philippe Mouchet, el director de la Alianza Francesa. Acaba de traer tintos y café a la sombra del coloso.

El volcán alcanza más de 2.600 metros de altitud. Cada año hay constantes erupciones. Pero no ponen en riesgo a la población. Nadie le teme. Lo admiran. La lava se derrama en el mar, en una orilla donde el fuego y el agua se mezclan y se desafían perpetuamente. Del otro lado están los cascos urbanos. Kid los describe como un cuadrado alrededor de la gran montaña. En una hora en carro puedes pasar de colinas selváticas de 5 grados de temperatura, a playas que arden a 30 bajo sombra.

En Colombia puedes hacer lo mismo. De la cordillera al mar, de los Andes al Caribe, de Bogotá a Barranquilla. Solo que a 1.000 kilómetros y 24 horas en carro de distancia.

Kid Kreol & Boogie ‘evolucionan’ su trabajo a medida que viajan. Siempre toman algo de las culturas que visitan, y dan un paso con eso. Por eso este titán es de esmeraldas, las piedras preciosas que conocieron aquí. Es la primera vez que usan el verde en sus dibujos. Antes solo usaban blanco, negro, dorado y rojo.

Es una evidencia para nosotros, tomar este color de las esmeraldas y traerlo a nuestro trabajo. Así damos un nuevo paso”. Boogie dice que, así, la gente en Reunión que vea su trabajo se sorprenderá al ver ese color y eso dará pie para que entiendan algo de Colombia. Kid lo llama “the way of the Kreole. Kreole is mix people”. Habla del principio de la criollización, del encuentro. “Siempre tomamos algo de ti, y te damos algo de nosotros. Es la comunicación de las culturas”.

Son un mixer de carne y hueso. Su arte es un mezclador de culturas. Unos DJ de mitos, creencias y leyendas. De cosas viejas que parecen haber caído en el olvido, pero que conservan varias capas de historia.

El arete en su oreja izquierda es un candado con un triángulo en el extremo. El derrotado coloso de esmeraldas tiene un triángulo por cara. Todos sus criaturas llevan una máscara de triángulo, un símbolo simple con mucho significado. En el mapa de Reunión representa el volcán. “Para nosotros es como una puerta al imaginario”, dice Niño Criollo.

Los titanes del color no dibujan caras. “Para no bloquear la imaginación de la gente”, dice Boogie. Así nadie se previene. Depende de cada cuál considerar buenos o malos esos descendientes mitológicos de la raza de Cronos, el tiempo, y Gea, la tierra, que emergen de sus latas.

El triángulo del titán verde apunta al río. Tiene por vecinos a un indigente tamaño King Kong que duerme a lo largo de una bodega. Una negra amamantando un bebé debajo de unos calados, con unos senos en los que cabrían hasta cinco personas. Un soldado oliendo una flor en una fachada de tres pisos de ladrillos corroídos. Desde el lienzo urbano serán testigos de la rumba en años venideros. Aquí, en esta zona de tiendas de repuestos industriales donde miles de locales y extranjeros bailaron a la calle en el pasado carnaval.

Con un trazo, Boogie hace nacer una luna en la pared.

Los vecinos se han contagiado de la ola multicolor y han empezado a pintar sus casas. De fucsia, zapote, pistacho. Como en los viejos barrios cuando llegaba el nuevo año. El dibujo de la nueva mitología reunionés pasará a ser solo uno más en la galería.

No habrá manera de descifrar la impronta mística que la isla de La Rényon dejó en Barranquilla con ese mural.

La postal, ya completa, tiene algo de apocalíptica. Como si toda la creación se desparramara de pronto y escogiera esta ciudad como su tumba, para transmitir un mensaje. Y en el estallido final pintara de colores las paredes, para sellar para siempre el panteón carnavalero de Joselito.

Kid Kreol y Boogie no quisieron subir a escena cuando Philippe tomó el micrófono y los llamó en la noche, en la fiesta de folclor electrónico en el patio de la Alianza. Prefirieron seguir sudando como dos más entre los que se reunieron a bailar. Lejos de las cámaras y celulares. A ritmo del bajo y la percusión, a la luz de una luna encendida de blanco, cobijados por árboles y palmeras teñidas de neón. Y parecían eso, unos caribeños propositivos más. Otros ‘coletos’, solo que franceses.

 

Por Iván Bernal Marín
Fotos César Bolívar

 

Publicado originalmente el 12 de marzo en el diario El Heraldo.
https://www.elheraldo.co/entretenimiento/los-titanes-del-color-reunion-en-barranquilla-336086

 

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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