Guía para identificar a un costeño, SoHo

costeños pumba

¿Recuerda a Pumba y Timón? ¿Los que salvan de los buitres al Rey León en el desierto, y le cambian la vida cantando Hakuna Matata? Ellos son los costeños de esa película de Disney.

“¡Sin preocuparse es como hay que vivir!”, cantan los expresivos animalitos, bailarines expertos en movimiento pélvico acentuado. Comen lo que sea, tanto grillos como bizcochos. “Viscosos pero sabrosos”, dice Pumba. Timón se cree más inteligente que todos, y hace chistes sobre cualquier cosa en cualquier momento. Su filosofía Hakuna es equiparable al postulado costeño: “Cógela suave”.

Hay costeños trigueños, negros, rubios; de ojos claros, grandes y oscuros, o achinados; con el pelo lacio o en forma de un 888. Unos visten guayaberas y camisas de flores; otros, camisetas de tonos intensos. Físicamente son muy distintos entre sí. Como Pumba y Timón: un jabalí melenudo, humilde, leal y un poco belicoso, y un suricato dicharachero, erguido, divertido y algo jactancioso.

Ambos se pasan de valientes y frenteros; se meten incluso cuando el pleito no es con ellos. Quieren estar en todas. Solidarios, podría decirse. “Vive y sé feliz”, repiten los muñequitos. Siempre están listos para “mamar gallo” (bromear en costeño), aun cuando las cosas van muy mal. Les encanta celebrar cuando se arreglan, relajándose en un jacuzzi. Igual al “cógela suave”, su Hakuna aplica para toda circunstancia: implica confiar en que todo se resolverá con la mejor actitud; dejar de pre-ocuparse, y ocuparse cuando toque.

Los costeños también gozan de un inagotable repertorio de chistes y anécdotas, que provoca el arremolinamiento de cachacos (los del interior del país). Su esencia musical trasciende gustos: unos prefieren el vallenato, otros la salsa o el rock; pero tarde o temprano todos harán una fiesta en el edificio, y desvelarán al resto de inquilinos. No necesitan una razón para reír o armar una fiesta, basta estar vivo y tener suficiente respaldo en el bolsillo. O encontrarse con otro costeño, al que saludan con efusivos gritos y abrazos tipo fin de año. Celebran todo, el día que sea, donde sea, a la hora que sea. Cuando beben, sirven el trago bajito en el vaso, y toman varias veces y rápido. Mitifican sus sesiones de bebida, que pasan a la historia como ‘cule’roneras’: una botella tomada equivale a dos, cinco equivalen a diez… etcétera. Llaman “panchita” a la media botella de licor, “pipona” a la completa, y “canillona” a la más grande. Cantan y bailan con fogosidad esa canción que les gusta, apuntando con el dedo la cara de quienes los acompañan en acto de proselitismo rítmico.

Lo de ser frentero se refleja bien en su forma de mirar a las mujeres. Las miran tan de frente como se puede, y por la espalda mucho más. Escanean con los ojos casi al 90% que se les cruza, aunque unas le puedan parecer a usted más grillo que bizcocho; aunque les toque girar de súbito y exponerse a una tortícolis. Un proverbio ancestral de la sabiduría de los bajos círculos populares costeños lo explica mejor. En la costa les dicen “bollos” a las mujeres bellas, despampanantes. Pero el proverbio deja claro que: “Bollo o no bollo, se le va por ese hoyo”.

Si hay varios reunidos, no vaya a creer que están discutiendo. Es normal que se hablen a alto volumen, batiendo los brazos o dándose palmadas con el dorso de la mano. Si son muchos y están bebiendo, no descarte que algún burlón le toque los testículos a otro, y corra, huyendo de una patada. Vale mencionarlo, porque quizá escuchó el escándalo del cantante vallenato que se los agarró a un niño en un concierto, y se “disculpó” diciendo que era normal, una inocente tradición. En realidad es una pesadez que sobrevive en los cánones de la mamadera de gallo costeña, sobre todo entre borrachos, adultos. Pero lo de cogerles los huevos a niños solo pasa en la familia de Dangond, quien confesó que los tíos solían saludarlo en la mañana preguntándole “¿cómo amaneció el pirulí?”. Con seguridad querían decir Piolín, lo que deja conocer otra dimensión sobre su nombre de pila: Silvestre.

A los costeños también los persigue el mito de que violan burras. Ningún cronista lo ha confirmado, nadie lo ha confesado más allá de alusiones burlescas. Parece más una fijación cachaca, relacionada con otra creencia popular: el prominente tamaño del miembro viril costeño.

Además del espíritu festivo y caliente, otros rasgos le ayudarán a reconocer un costeño. Al caminar, sacan el pecho adelante y balancean con amplitud los brazos, recordando al gallo entre los pollitos. Ostentan una oportuna concentración adiposa en las caderas, que les dota de muy abultadas posaderas. En términos costeños, son culones. Resultará sencillo identificarlos si los oye hablar. Como ya debe haber notado, rechazan los refinamientos de lenguaje.

Comparten un acento veloz y melódico. Enuncian las palabras pegadas una encima de otra. Da la impresión de que son cantadas, de que hubieran dejado incompleto un verso. Pero no de rap. Convirtieron el “no, hombre” en un sonoro noombé. Alargan las vocales y añaden énfasis al terminar ciertas sílabas. La intención es expresar la mayor cantidad de ideas en el menor tiempo posible, dado que hay tanto por contar. Añaden significados a las distintas entonaciones: ¡Jér daa! Es distinto al ¡earrrrhdaaa! Ambas derivan del popular mierdazo, pero el primero se usa para lamentar algo (gol en contra, penalti), y el otro para asombro o burla (patada salvaje, autogolazo).

Su más profunda muestra de impresión es el ¡ñercolee!, fusión del ñierda con el mieércole, ambas de menor grado de asombro. En razón de la efectividad idiomática pueden sacrificar la S y la R, y pronunciarla como J o D. Algo así: “Mi hejmano vamoj pa’lla de una”, “cógela suave que el partido ej el viednej”. El ajá es recurrente en el discurso. Sirve para explicar todo: “porque ajá”; para saludar: “ajá y tú qué”; para asentir: “ajá, ya pillé”; o reclamar: “¡ajá!… caraeverga, me quedé ejperándote”.

No se asuste si le dicen vulgaridades. Pocas veces tienen ánimo de ofender. Le dirán: cuadro, llave, loco, papi, brother o valecita. Pero también pueden saludarlo con un: “habla, caraeverga”; luego describir un estado X con la misma combinación: “que frío tan caraeverga”; o nombrar una cosa X: “¡pasa esa verga!”. Si está mal ubicado o adormilado, pueden sacudirlo diciendo “¡muévete nojoa! estás ahí como una verga”. Lo mismo aplica para mondá o copa, otras metáforas del pene.

Para expresar mayor intensidad, anteponen una variación del vocablo culo: “joa cule’ frío caraemondá”. Si quisieran insultarlo, dirían algo como: “no valej mondá” con fuerte entonación al final. Si quieren insultarlo peor: “no valej trej hilachaj e’ verga”. Y si lo ven sin plata, sentenciarán: “estaj ej mondao”. Pruébelo en su contra, verá que no tienen problema para reírse de sí mismos, menos de quienes los imitan. No armarán pleito. Es una de sus diferencias con Pumba y Timón. (Como mucho le dirán: pajodete)

Quizá al principio le cueste trabajo manejar estas variaciones, pero cuando las oiga sabrá que está frente a un costeño. Alguien de la misma tierra de Shakira, el Pibe Valderrama, Gabriel García Márquez, Édgar Rentería, Falcao García, Teófilo Gutiérrez… Pambelé. De la misma región de Diomedes Díaz, Chepe Fortuna, ‘la Gata’ Enilce López o los populares primos Nule. O del que escribe estas líneas, caraevergas.

Por Iván Bernal Marín
Publicado originalmente en la revista SoHo:
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Agroexpo: el campo florece en la ciudad

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Lolita es una rubia de ojos claros a la que le están peinando la cola. Es su turno en una de las pasarelas de arena. Se nota azarosa. Con aplausos y destellos de flash la reciben las 200 personas sentadas en las graderías del pabellón 11 de Corferias. “Además de los criterios que pueda haber, esto es emoción ¡y esta vaca convence!”, se le oye decir por los parlantes al presentador de un concurso de belleza especial.

Están compitiendo vacas lactantes de raza Simmental, de los 12 a 13 meses de edad. La voluptuosa  Lolita vino de Villavicencio, Meta. Lamentablemente, ocupó el segundo lugar. A pesar de señalar su muy bonito desarrollo corporal, el juez estimó que la posición de los pezones y la ubre no están en un lugar óptimo; además, le faltó algo de aplomo en el desfile.

La ganadora del concurso fue la robusta Dorita, proveniente de la hacienda La Trinidad, de Cundinamarca. Ahora la conducen al lado de Roxana, que ocupó el primer puesto de la categoría de 12 a 9 meses, y proviende de la hacienda Sevilla, de Antioquia. Turistas de Bogotá se acercan a tomarse fotos con las rubias ganadoras del certamen, que ni se enteran de lo que está sucediendo.

A unos 200 metros se está celebrando ahora otro concurso de belleza, con vacas de copetes vaporosos y manchas marrones. Son de raza Normando. Entre aplausos se oyen los nombres de Claribella Divina, Bengala, Candy, Cocaloca, Penélope, Gitana, Doncella.

Mientras, otras decenas de vacas y toros y cebús esperan, reposando sobre el aserrín de una serie de caballerizas dispuestas a lo largo de un corredor. Por el medio transita un río de curiosos, niños, policías, vendedores de obleas, mangos, vasos de whisky y latas de cervezas; la mayoría visten sombreros de todo tipo y ponchos de todos los colores. Más allá, se presenta ante otro jurado una camada de caballos de paso, sacudiendo la arena entre un pasillo formado por flores.

El campo se trasladó desde las montañas y los valles hasta la capital del país, e invadió de vida y verde el corazón gris de la gran urbe.

Los concursos de belleza animal son parte de la programación de Agroexpo, que se celebra en Bogotá del 14 al 24 de julio. Además de pesebreras equinas, el evento del sector agropecuario presenta al público las más recientes innovaciones en manejo de cultivos, maquinaria agrícola para cosechar y sembrar con alta precisión gracias a sistemas de ubicación satelital, atención de mascotas, ganadería, biotecnología, porcicultura, producción limpia, y proyectos con especies menores.

La mitad de la plaza de banderas de Corferias está ocupada por un caballo gigante, de unos 6 metros de alto; imponente, como debió verse el que llegó a Troya en la historia mitológica. Pero en vez de estar lleno de guerreros griegos, la peculiaridad de este es que está formado por lechugas y repollos de hojas moradas. Y como cola tiene ramas de palmeras.

El principal propósito del caballo con piel de ensalada es mostrar cómo se pueden aprovechar al máximo los espacios externos, incluidas superficies verticales. También lo representa una “casa ecológica” rodeada de una huerta orgánica casera, con una gran gallina verde a un lado. En la huerta se exhiben sistemas de aspersión, y cómo se debe regar con agua potable la tierra para cultivar hortalizas, plantas aromáticas, medicinales y condimentarías, empleando fertilizantes naturales como el compost o el estiércol.

Agentes de policía se encargan de explicar que el techo, cubierto de vegetación, se puede emplear para cultivar frutas o verduras y flores; así mismo, para filtrar contaminantes y metales pesados de agua lluvia; o para capturar dióxido de carbono y producir oxígeno, y así ayudar a mitigar el calentamiento por los rayos solares. Las paredes también son una forma efectiva de agricultura urbana, dado se puede recoger lluvia para el riego de los cultivos.

Además enriquecen mucho el paisaje. Como prueba, esta versión vegetariana de la casa del cuento de Hansel y Gretel es una de las preferidas por los visitantes para captar una foto de recuerdo de Agroexpo.

La historia de la ganadería en el país, desde el descubrimiento de América por Colón hasta nuestros días, está representada en una serie de páneles instalados por Fedegan. Otro pabellón, en manos de Fedepapa, está acondicionado como una especie de gran nave, en la cual una papa con bigotes y sombrero explica a través de un video las bondades y posibilidades de cocinar a los demás miembros de su raza.

En un invernadero de 50 metros cuadrados presenta un cercado verde y amarillo, con plantas de maíz de 2,60 metros de altura. Es la primera vez que crece este espectáculo de verde y amarillo en medio de la urbe. Estas plántulas fueron traídas de zonas de clima caliente, para mostrar líneas en genética de semillas de maíces, hortalizas y leguminosas de la Compañía Internacional de Semillas Tropicales. Lo que busca la empresa colombiana es romper la barrera climática, que sea una alternativa sacar las hortalizas de la zona de altura.

En los pasillos de Agroexpo también hay lugar para leñadores de sierra eléctrica, corceles, gansos, tortugas y serpientes. O para proyectos con aves como la codorniz. Uno de los expositores, Avícola Capital, está presentando la posibilidad de transformar y aprovechar la carga orgánica que dejan estas aves en sus desechos, durante la producción de sus huevos.

“Sus huevos tienen solo 0,7% de colesterol, contra el 7% de los de las gallinas”. Por medio de un estimulador bacteriano, la gerente Daisy Piedrahíta explica que además los desechos se pueden transformar en proteína, y eventualmente usarse en la alimentación de cerdos.

Sobre los cerdos, la Asociación Colombiana de Porcicultores eligió otro tipo de muestra. Solo se encuentra uno vivo, que pasa el día descansando en un pequeño corral muy fotografiado; en cambio, se ofrecen degustaciones de lomo en mostaza, perniles, ciruelas envueltas en tocineta y chorizos asados.

En las exposiciones del segundo piso están los cachorros de labradores y otras mascotas. También hay todo un pabellón para chaquetas, cinturones, sillas de montar, sombreros, guantes botas y otros productos de cuero. Incluso, cabezas de ganado como decoración.

Y casi a la salida de Agroexpo, el visitante se topa con los restaurantes. Donde humean ante un esporádico sol mazorcas, chuletas, costillas y filetes mastodónticos. Esos en que terminan convertidos las vacas. Por bonitas que sean, en el desfile al sartén todas pierden.

 

Por Iván Bernal Marín

Léa la versión original en El Heraldo:

http://www.elheraldo.co/econom-a/el-campo-en-la-ciudad-con-agroexpo-30228

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Así fue el adios a Facundo Cabral

El legado de un artista como Facundo Cabral, su música, es a prueba de balas. Perdurará hasta cuando el episodio de su trágica muerte no sea más que un pequeño recuerdo, desvanecido en el oceano de su obra. La eterna llama de ese legado fue encendida en su despedida por miles de personas, cuyas  vidas fueron tocadas por sus palabras. Así lo retrató el cronista colombiano Óscar López, radicado en Buenos Aires. IBM

“Si esta es la última vez que subo al escenario, pinten el cajón de rojo y celebren porque mi vida fue una fiesta”. Estas fueron las últimas palabras del trovador Facundo Cabral al finalizar su presentación en suelo bonarense a principio de este año. Y paradójicamente sus restos, que llegaron ayer por la mañana desde Guatemala, regresaron al teatro ND Ateneo para que sus seguidores le dieran el último adiós hasta las 10:30 de la mañana de hoy; cuando partirá hacia el cementerio Jardín de Paz, según el comunicado expedido por los familiares del cantautor.

Buenos Aires no amaneció tan fría, más allá de los vellos erizados y las pieles heladas de los cientos de seguidores que hacían fila para entrar y acercarse al féretro— que no estaba pintado de rojo— y cerciorarse de la cruda realidad mencionada en todos los medios de comunicación: que Facundo, su cuerpo, yacía dentro del ataúd cubierto con dos grandes nubes celestes, las banderas de la Argentina y de las Naciones Unidas.

Ya hizo un ‘milagro’. Mientras los miembros de seguridad del teatro vestidos de negro, con saco y corbata, guiaban a los periodistas locales y extranjeros que llegaron en masa para cubrir el adiós de Facundo, Inés Prado, una septuagenaria seguidora, salía con sus ojos ‘aguados’ y rojizos, que secaba sin prisa, mirando al techo infinito de lo indescifrable como su trágica muerte: “Terrible, me tomó tan de sorpresa que no podía creer lo que le habían hecho”.

Con voz pausada acentuaba su reclamo ante los periodistas y los curiosos que se le acercaban, y de nuevo al cielo recordándolo, homenajeándolo, le endilgaba un milagro: “Escuchar a Facundo era escuchar a un Dios, anoche (lunes) cuando veía el partido (Argentina vs Costa Rica) le pedí: Faco, mandá un golcito, poné un poquito de alegría a los argentinos, y cuando puso el gol quedé estupefacta”.

Se persignó no sin antes parafrasear al cantautor para exigir justicia: “Estoy sentada en la puerta de mi casa viendo pasar el cadáver de mi enemigo. Es lo único que digo y vas a ver que se cumple… para el que sea”, puntualizó acelerando su caminar.

Corona de Julio Iglesias. Adentro del teatro convertido en funeraria con ocho coronas de flores, entre rosas y claveles, enviadas por la Secretaría de Cultura de la ciudad, el mismo recinto que hizo gala de sus presentaciones, también sobresalían otras coronas firmadas por la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner y Julio Iglesias mientras que desde el fondo del recinto las bocinas de un parlante oscuro dejaba sonar las notas de una guitarra que nunca sonó más reflexiva, más melancólica, más visceral.

Esa que acompañaba la voz de Facundo con el siempre clásico ‘No soy de aquí ni soy de allá’, que permitió ver en los rostros de los visitantes, que entraban en grupos de a doce personas entre frías vallas metálicas que trazaban el camino, lágrimas que en esta ocasión bajaban lenta y silenciosamente.

A los pies del féretro, se erigía un raído vinilo de Facundo Cabral entre el paisaje lúgubre de flores puestas o lanzadas por los visitantes que iban y venían. El vinilo tenía un mensaje firmado con un marcador negro en el que podía leerse “para el ciruja más grande del mundo, con amor Fernando Celenca”. La dedicatoria es de un joven de 29 años que no llora por la trágica partida de su ídolo.

“Lo que más me emociona hoy es que le traje un vinilo, de mi colección que tengo de él, y pude colocarlo debajo del féretro que sólo tenía flores, porque creo que lo mejor que nos dejó son sus canciones y su poesía, sus mensajes. No estoy triste porque él vivió como Jesús, de paso por ésta tierra, y como todos debemos vivirla sin estar tan preocupados en el futuro o si nos va a pasar algo por la inseguridad él no se preocupó. Le pasó esto a él, era el destino”, dice el estudiante de docencia para niños.

A la morada final. La ceguera de las balas asesinas se llevaron a un trovador recordado por el continente entero, y que hoy muchos de sus dolientes  acompañarán en un cortejo fúnebre que saldrá desde las 10:30 de la mañana hacia su última morada.

Facundo Cabral, quien en otros de sus clásicos Entre pobres permite rescatar su herencia musical y mantenerlo con vida siempre: “No pierdo tiempo en cuidarme la vida es bello peligro, del peligro del amor mi madre tuvo tres hijos, si ella se hubiese cuidado de mi padre y su fervor, a la reunión de esta noche le faltaría un cantor”.

 

Por Óscar López Lobo,
Especial para EL HERALDO desde Buenos Aires.

http://www.elheraldo.co/tendencias/argentina-recuerda-y-llora-al-trovador-facundo-cabral-29160

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Un recorrido por el país del baile afro

Falta más de una hora para que se inicie oficialmente el concierto de tributo a la cultura afro, negra, raizal y palenquera, pero la fiesta ya está en pleno furor en las tribunas del Palacio de los Deportes de Bogotá.

Mientras comienza el evento organizado por el Ministerio de Cultura, suena por los parlantes una champeta africana con arreglos electrónicos; un idioma que une a los negros del Pacífico y el Caribe. Sus cuerpos traducen los tamborazos inflados y guitarrazos afilados en una marejada de sonrisas brillantes, trencitos rumberos y coreografías que parecen de aerobics.

A su entrada, la ministra Mariana Garcés es rodeada por una docena de mujeres con turbantes y mantones multicolores; imagínelas como una docena de Piedades Córdoba, aunque en realidad, Piedad las emula a ellas. Vinieron de San Andrés, de Chocó, de Palenque, de Buenaventura, a participar del homenaje a su cultura en el Día de la Independencia Nacional.

“Peleamos con Bolívar en la gesta libertaria, pero eso no lo cuenta la historia americana”, suena una estrofa salsera-currulera de la orquesta Saboreo de Quibdó.

Acaban de subir al escenario. Son los primeros en presentarse en vivo, encargados de oficializar la iniciación de un evento que ya arrastra varias horas de baile.

Las gradas ya están llenas de unos 2.600 asistentes, que no han dejado de zarandear hombros y caderas.

Un sonido grave y percutante, como gotas de lluvia, da la bienvenida a José Antonio Torres, ‘Gualajo, el pianista de la selva’. Su marimba baila entre tambores acompasados. Silencio de súbito. El presidente Juan Manuel Santos está en la casa. Toma el micrófono como otro cantante y recorre la pasarela para acercarse a la multitud. Vino a darle “un saludo con el alma y el corazón a toda la población afro”; señala que Colombia el tercer país con mayor población afro del continente, y luego se despide en un gesto que todos le agradecen con aplausos: “no quiero interrumpir más una música tan maravillosa”.

En dos pantallas gigantes se les recuerda a todos que el jazz surgió de descendientes de africanos; luego aparecen figuras como Muhammad Alí, Luther King, Mandela y hasta Obama.

El baile en las tribunas es reemplazado por una gran ovación, para recibir a Leonor González Mina, La Negra Grande de Colombia. Es la primera de las cuatro cantadoras que serán homenajeadas hoy. Enfundada en una larga túnica y teñida de blanco en las canas, la negra llena cada rincón del coliseo con un vozarrón que opaca los instrumentos musicales que la acompañan.

Una armonía de acordes brillantes, un punteo de ukelele, introduce un ritmo de olas cristalinas y chispazos sobre arena amarilla bajo palmeras. Como se ve en las camisas de los que lo interpretan, el Coral Group de la isla de Providencia. Con instrumentos como violines y una quijada de burro alternando con cajas y maracas, suenan como The Beach Boys reviviendo aires del folclor colombiano.

Es la primera vez que invitan a estos isleños a un evento de esta naturaleza. Wilberson Archbold, su director, dirá al final que “se necesitan más intercambios culturales, para mejorar”.

Luego una estampida de tambores retumba en el coliseo, y lo corta una voz agudísima. Petrona Martínez, La Reina del Bullerengue, baila dando pasos cortos y alzando una pollera adornada con la bandera de Colombia. La segunda homenajeada agradece que le hayan rendido el homenaje en vida, para poder recibirlo, porque “después de muerto uno ni ve ni siente nada”.

“Me siento como una niña chiquita”, diría luego de su presentación, en una rueda de prensa. Allí pediría “más apoyo, más atención para los jóvenes que quieren seguir nuestra tradición”. En el escenario es el momento para el hip-hop de La Etnia, cuyo cantante agita al aire una bandera amarrada al brazo, cual toalla envuelta al puño de un boxeador.

Luego de la presentación de Son Palenque y sus latigazos de brazadas al frente, sube una anciana delgada y arrugada con un pañuelo amarrado a la frente, a pasos tambaleantes y apoyados en un bastón. Libera un grito ronco y profundo, mientras van ascendiendo unos tambores lúgubres y el bajo da puñetazos al pecho. Es Chimancongo, un lumbalú tradicional cantado por la tercera homenajeada, la palenquera Graciela Salgado. “Los hombres se están muriendo por la cosita e’ la señora”, canta con una voz mucho más fuerte que su humanidad, y debe sentarse para la segunda canción.

Entre silbidos de flauta llega Totó La Momposina, Sonia Bazanta Vides. “Suena ese instrumento de cachaquilandia”, le grita al que toca el tiple. Su melena crespa emerge como fuego negro sobre su turbante, mientras se balancea de un lado a otro.

El público le pide a gritos una cuarta canción a la cuarta homenajeada. El evento es transmitido por televisión en directo a todo el país, y por programación no es posible. En su lugar, obtienen la orquesta bogotana La 33.

Vienen a representar un legado de la cultura afro, la salsa. Un moreno de rasta, otro de boina, un flaco alto de pasamontañas y gafas, y un barbón melenudo con la camisa como un reguero de chicles bailan tirando patadas acompasadas. “Quiero contarle mi hermano, un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra”, las palabras de Joe Arroyo suenan en boca de Juan Carlos Coronel. Al ritmo de La 33, el cartagenero interpreta la composición de su coterráneo, La Rebelión. “¡Oye men no le pegue a la negra!”, grita, fundido con las gargantas de la multitud. Qué mejor canción para el momento.

“¡Que viva la raza negra, carajo!”, grita Coronel, y besa una bandera. Deja el escenario, y suben todos los demás músicos. Esos que por tres horas llevaron los oídos de miles a recorrer esa otra nación que es libre dentro de Colombia, cuyo idioma es la música negra. Totó, Petrona, Leonor, se abrazan y se alternan para darle vuelo a un mismo verso: “negrita veeeen, prende la vela”. Se expande una nube de brillos metálicos y globos amarillos, azules y rojos. La vela estaba ya prendida desde hace mucho. Y no se apaga. Todos la bailan, la libertad.

En 2011 se cumplen 160 años de la abolición legal de la esclavitud en Colombia.

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en el diario El Heraldo.
http://www.elheraldo.co/tendencias/un-recorrido-por-el-pa-s-del-baile-afro-30220


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Un foco de la Independencia inspirado en el Caribe

Todo eco del grito de la independencia ha sido disipado en la Casa del Florero de Llorente, donde resonó hace 201 años. Aquí, entre muros a un extremo de la Plaza de Bolívar, lo que se oyen ahora son los gritos de un niño de 6 años llamado Maicol Felipe. A chillidos, le advierte a sus compañeros del kínder Howard Garden que no se vayan a quemar la cola en la chimenea imaginaria que acaba de construir con bloques de madera.

En esta vivienda, escenario de un episodio simbólico en la historia de Colombia, no hay chimenea. Aunque por dentro está invadida por brillos de todos los colores.

Siguen aquí los balcones de barandas de madera verde, el tejado rojizo cubierto de musgo, las jardineras verduscas y redondas de pizcas púrpura, rosadas y naranja, el piso de piedras lisas, las columnas de roca áspera, las paredes blancas, y las palomas. Entran y salen, gorjeando entre los pies de los guardias que custodian las rejas; como mensajeras del eterno bullicio de vendedores de minutos y tintos, paleteros y fotógrafos de llamas, que viene de esa plaza considerada el corazón de Bogotá y el país.

Las palomas entran sin pagar boleta. La vieja edificación en la calle 11 con carrera séptima cobró vida como el Museo de la Independencia Casa del Florero, reinaugurado en julio del año pasado. A las personas adultas les cuesta 3 mil pesos visitarlo. Desde entonces, han venido 118.833 a conocer de primera mano la historia del grito y la pelea por el florero; historia que con los años se ensanchó hasta alcanzar matices míticos. Para contar lo que de verdad pasó, la muestra fue renovada, modernizada con proyectores, pantallas táctiles y otros dispositivos. Cambios tras los cuales ha mantenido un promedio de 9.903 visitantes mensuales, sin contar las palomas.

Maicol y sus compañeritos llegaron en una visita educativa. Probablemente no tengan la menor idea de lo que quieren decir las exposiciones, ni la trascendencia de lo que ocurrió aquí un 20 de julio como este, dos siglos atrás. Pero quizá en el fondo sí; y ríen, corren y no dejan de gritar y es evidente que se gozan esta nueva versión de la historia, contada a modo de un gran videojuego interactivo, con sensores de movimiento tipo Nintendo Wii. O, más bien, tipo Museo del Caribe.

El Caribe Libertador.

El Museo del Caribe inspiró a los encargados de rediseñar la Casa del Florero, proyecto que inició en 2002. Su ejemplo los movió a independizarse, del yugo de la muestra estática y lóbrega que mantenían desde 1960; se basaba en la conservación de los antiguos muebles de la vivienda.

“La manera como se presentan los contenidos en el Museo del Caribe le interesó mucho al Ministerio de Cultura. Le consultamos y la gente nos respondió: queremos un museo interactivo, dinámico y moderno”, afirma Daniel Castro Benítez, director del Museo de la Independencia.

Habla entusiasmado, mientras camina por un bosque de árboles de luces; cada uno representa a los grupos poblacionales involucrados en la independencia, y tienen frutos como videos o la brida del caballo de Antonio Nariño.
Castro se siente orgulloso de compartir la nueva forma de dialogar con los públicos, comenzada en Barranquilla. Le enorgullece que el centro del país miró a la Región para renovarse. “Siempre hay un reclamo de que se mira al centro, y no a las regiones; pero el Museo del Caribe es un pionero en Colombia en la forma de vincular a sus visitantes con los contenidos, y se convirtió en la guía para desarrollar la nueva fase de uno de los museos más importantes del país”.

Caminando por las salas de la casa se encuentra una recreación de la tienda de Llorente, con todos los productos que vendía entonces: sal, algodón, telas, joyas. En un panel táctil se puede ver que vendía cajas de herramientas a 160 reales, unos 4 días de trabajo de un soldado, y que eso equivaldría hoy a 25 mil pesos.

Cuando se realizaron las consultas al público para renovar el lugar, una petición fue que contuviera más contexto sobre la independencia. En respuesta, en paneles dirigidos por la sombra del brazo se ven los cambios políticos y militares que experimentaba el mundo en esa época; o cómo ha cambiado la zona de la Plaza a través de los siglos. Tirado en una hamaca, puede verse en el techo una animación sobre el concepto de independencia.

Al salir, un gran muro hace una pregunta suelta y directa: ¿de qué quieres independizarte?. Una visitante llamada Rubiela Vargas dejó en una hoja su respuesta: “de la corrupción de nuestros grandes mandatarios”. Todas las piezas de la exposición lanzan preguntas como esa, conducentes a la reflexión. El propósito es que ese grito de la independencia que se conmemora hoy, se considere de manera más amplia.

“La independencia es un asunto que no se agota. Tal vez ni fuimos realmente independientes en 1810, ni tampoco lo fuimos al 100% en 1819, cuando Bolívar vence a los españoles en la Batalla de Boyacá. Cuando preguntamos al público si se siente realmente independiente, dicen que tal vez no tanto; sea por factores políticos, sociales o afectivos”, explica Castro, sobre su intención de mantenerse como un foco del mensaje inicial de la independencia.

Ese es el trasfondo de la experiencia histórica y sensorial de recorrer la casa. En cuya sala más alta está el eje de la exposición y de la celebración de hoy: la verdad sobre el florero.

La verdad.

El florero de Llorente es en realidad una especie de base chata de porcelana, con una incomprensible figura de merengue alado. Como un ramillete que no desentonaría en el centro de una mesa con mantel de encajes e individuales de flores. Pero nadie podría imaginar que por culpa de algo tan difícilmente bello se haya independizado un país.

En el museo tienen la explicación. Todo fue un hecho planeado por un grupo de notables bogotanos. Un viernes 20 de julio buscaron una disculpa para que se convocara al pueblo a un cabildo abierto y extraordinario, y revisar el rol de los criollos en Bogotá.

Los criollos llegaron a la tienda del español José González Llorente, quien al parecer no tenía muy buen genio. Castro dice que “hicieron un complot para pedirle el florero, para darle la bienvenida a un comisionado que venía de España. Logran molestarlo, sacarle la piedra”. El español se niega a prestarlo, argumentando que de tanto hacerlo se va a dañar. Lo exasperan tanto que les dirige palabras soeces, y se arma una trifulca. En ese momento había plaza de mercado, así que los criollos salen, acusan al español de estarlos tratando mal y convocan al pueblo.

“Lo que había en España entonces era una invasión francesa. El pobre rey estaba secuestrado. Lo que los criollos querían era que volviera a su trono. El malo en ese momento era Napoleón”. Las primeras declaraciones de los cabildos eran a favor del rey español. Pero la ley decía que cuando no hay rey, el poder vuelve al pueblo. Por esa rendija comenzaron a llegar las declaraciones de independencia absoluta; se desataron los procesos para convertir las colonias en naciones libres.

“La independencia no nació por un florero. Hubo un complot”. Bogotá era la capital del virreinato, por eso se ha identificado que aquí se dio un grito de independencia, uno único. “Hubo muchos otros gritos de independencia, entre comillas, en otros lugares antes y después del 20 de julio”.
Esos otros gritos quedaron anónimos, porque ninguno estuvo asociado a un símbolo tan contundente como la ruptura de un hermoso adorno. El símbolo mítico de un supuesto florero destrozado, estallando en cientos de añicos que luego habrían tenido que ser barridos a un lado, como la hegemonía española. La verdad, es que el florero sigue intacto.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en El Heraldo
http://www.elheraldo.co/tendencias/un-foco-de-la-independencia-inspirado-en-el-caribe-30155

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Epidemia de investigaciones contra las EPS

Realicé esta investigación en el 2009 para el diario El Heraldo. Encontré entonces una serie de denuncias graves contra las Entidades Promotoras de Salud en el Atlántico y el país, sobre pactos para negar servicios incluidos en el Plan Obligatorio de Salud, anomalías en cobros de medicamentos, y una preocupante tendencia que señalaba que las EPS más violadoras eran las que más dinero facturaban. El reportaje terminó siendo una antesala, local, a los escabrosos hallazgos nacionales develados este año por el gobierno de Juan Manuel Santos, fundamentalmente centrados en la intervenida Saludcoop. Lo comparto aquí, con el propósito de que ayude a dimensionar los estragos causados por el sistema de salud actual, que convirtió los derechos en productos. Cabe recordar que las EPS fueron consideradas alguna vez el remedio para la corrupción que devoró al Seguro Social. IBM

El Juez Primero Civil Municipal de Barranquilla ordenó tres días de arresto en contra del representante legal de la EPS Coomeva, Rubén Romero Mouthon, por desobedecer un fallo de tutela que le exigía entregar medicamentos retrovirales originales a 29 pacientes de VIH. Además, le impuso una multa de un salario mínimo mensual por cada uno, es decir, más de $14 millones.

Lía Patricia De la Cruz, la abogada que interpuso la acción y su veedora principal, no alcanzó a conocer la decisión de la Justicia. Su vida acabó hace 24 días por el Sida, la complicación final del VIH.

Ha pasado más de un año y 5 meses desde que falló a favor de los pacientes la tutela que les ampara los derechos a la vida, la salud y la seguridad social. Algunos dejaron de recibir la medicación hasta por 8 meses, por los avances y retrocesos del proceso. Además de Lía, otro murió esperando la notificación y el cumplimiento de la sanción impuesta a la entidad promotora de salud por incurrir en desacato.

El caso de esta EPS sería poco más que una mancha en el sistema de salud, si se mirara aisladamente. Pero no es solo una mancha, es manifestación de una grave enfermedad que afecta a la atención tanto de los pacientes de régimen subsidiado como de contributivo: el rechazo masivo y continuado de servicios, incluidos o no incluidos en el Plan Obligatorio de Salud (POS), y por ende la violación de la Sentencia T-760 de la Corte Constitucional, que busca frenar esta situación.

Atisbo.

Un asomo al panorama plagado de inconvenientes: organismos de control investigan a 16 EPS de todo el país que se habrían puesto de acuerdo sobre qué servicios negar clandestinamente; investigan cuáles niegan más, y la triste congruencia que han detectado entre la violación del derecho a la salud y la rentabilidad.

EL HERALDO registra, además, casos de otros 12 barranquilleros que sufren esperas similares a los 29 pacientes de VIH. Aunque es por reclamación a diferentes EPS por distintas atenciones, de mayor o menor gravedad, la salud de todos se acerca al límite. Mientras, los derechos que les negaron se hunden en interminables filas frente a ventanillas. Martín Indabura es el nombre de uno de ellos. Tiene 67 años y una radiografía negra que usa para explicar que necesita otra operación en la rodilla, pues asegura que le dejaron elementos quirúrgicos dentro desde el 31 de mayo. “La EPS me ha bailado el indio”, resume él.

Defensa.

La Oficina Jurídica de Coomeva EPS sostiene que ya ha actuado para demostrar el cumplimiento del fallo, y que interpuso un recurso de nulidad. Asegura estar a espera del pronunciamiento del Juez, que afirma podría revocar la orden de arresto. Informa, además, que Rubén Romero renunció a su cargo, y que ya no tiene vínculo con la entidad.

El presidente de la veeduría de usuarios de la EPS, que pide reserva de su nombre, dice que aunque haya renunciado “el desacato fue en sus funciones, por lo que deberá responder”. Muestra, así mismo, la notificación del arresto al DAS.

El fallo de la tutela que solicitaba el suministro de medicamentos originales había sido el 7 de marzo de 2008, ya que los pacientes denuncian que empezaron a recibir hace 2 años imitaciones de medicamentos. “Ni si quiera eran genéricos”.

En octubre instauraron el incidente de desacato, ya que en septiembre habían comenzado a darles imitaciones otra vez.

El Juez Primero Civil del Circuito ordenó la sanción en abril 22 de 2009, y el Juzgado Octavo la confirmó el 19 de mayo, tras revisar el recurso de nulidad de Coomeva. La radicación al DAS, sin embargo, solo se produjo en julio 29, y fue notificada la semana pasada.

Vidrio incrustado

A Carlos Santana, de 12 años, le dejaron un vidrio incrustado en el brazo desde febrero hasta julio. Sufrió un accidente en el patio de su casa. Su mamá, Shirley Polo, lo llevó a que le cosieran la herida. En mayo le apareció un absceso.

En Salud Total le hicieron una radiografía, en la que salió el cristal. Temía que se infectara y perdiera el brazo. Pidió una operación. “Me la negaron porque no aparecía el pago del mes. Luego dijeron que eso no era urgencia”. Otra caída expulsó el vidrio, que salió, cortando la piel nuevamente.

Distrito ha sancionado 3 y tiene otras 8 en la mira

La Secretaría de Salud Distrital ha sancionado tres EPS de régimen subsidiado en Barranquilla, y anunció que ha abierto investigaciones contra 8 del régimen contributivo en los últimos dos años. Dos de estas han sido sancionadas por la Superintendencia de Salud.

Luis Moscoso, funcionario a cargo de la Secretaría, explica que solo puede multar o cerrar a las subsidiadas, que cubren la salud de los más pobres, puesto que está a cargo de Supersalud las sanciones a las contributivas, cuyos afiliados pagan mensualmente su atención.

Sin embargo, cuando cualquier EPS incumple una tutela por negación de servicio la autoridad Distrital puede realizarle requerimientos para coadyuvar en la investigación. Posteriormente notifica el caso a Supersalud.

La Secretaría también ha abierto investigaciones preliminares por presuntas desatenciones y fallas en procedimientos médicos contra 8 IPS, es decir, clínicas y hospitales. Solo ha encontrado responsable a una institución.

 Sancionadas.

Las EPS subsidiadas Humana Vivir, Emdi Salud fueron sancionadas por el Distrito luego de investigar 40 quejas presentadas por usuarios barranquilleros. Les impusieron multas por negar atenciones y desacatos de tutela. Humana Vivir deberá pagar $368 millones, mientras que la sanción a Emdi Salud es de $418 millones.

Los funcionarios de la Secretaría de Salud encontraron que tenían deficiencias en el cumplimiento de los soportes contractuales. Los pacientes no recibían atención oportuna en la asignación de citas a especialistas.

Comparta fue la otra entidad sancionada. Pero el motivo fueron algunas fallas en los soportes contractuales, puesto que no se han reportado quejas de parte de sus afiliados.

¿Complot?.

Moscoso sabe de la investigación contra las 16 EPS que habrían acordado secretamente asumir o no responsabilidades, y se declara preocupado ante la gravedad del hecho. “Esperamos el resultado. Ojalá no sea cierto que se pusieron de acuerdo para inducir elementos fuera del POS, pero si lo es, perjudica mucho a todos en el sistema. Es como si la tarifa de bus fuera libre y los operadores se unieran para fijar la que les convenga”.

MÁS INFORMACIÓN

¿Por qué la Corte profirió la Sentencia T-760 de 2008?

La Corte Constitucional profirió la Sentencia T-760 de 2008 por la ‘tutelitis’ que se deriva de la negación de servicios por algunas EPS. En esta resolvió 22 acciones de tutela en las que solicitaba proteger el derecho a la salud. 20 fueron presentadas por personas que requerían un servicio. Las otras las presentó la EPS Sanitas, que pedía se ajustara la regulación de recobros al Fosyga.

Autoridades de Bogotá han sancionado a tres por $2.698 millones

Tal como en Barranquilla, la Secretaría de Salud de Bogotá sancionó a tres EPS del régimen subsidiado debido a la falta de atención a los usuarios. Las sancionadas fueron Humana Vivir, SolSalud y Salud Cóndor. La autoridad constató que estas empresas no hicieron las campañas exigidas para la atención de los usuarios, y además presentaron inconsistencias en la información.

Carlos Iglesias tiene un cálculo en la vesícula biliar, pero le dijeron que eso no lo cubre el POS

Solo puede tomar líquidos. Con frecuencia siente escalofríos y se le hincha la barriga. Carlos Iglesias Gómez está así desde hace un año, cuando los exámenes que le hicieron en el Hospital General de Barranquilla le diagnosticaron un cálculo en la vesícula biliar. “Pero la EPS me ha dicho que no cubre eso”. La encargada de responder por su atención es Salud Vida, del régimen subsidiado. “Todo lo que me manda el médico responden que no lo cubre el POS”, se refiere al Plan Obligatorio de Salud. Otra que cumple meses en una lucha por obtener servicios es Vera Judith Penso, aunque paga sus aportes de salud y sufre problemas parecidos a los subsidiados. Ella y otras 8 personas sostienen que Coomeva los somete a riesgos innecesarios por no entregar oportunamente medicamentos. Ha interpuesto dos tutelas, y sigue en la lucha jurídica.

Posible pacto para negar servicios

Salud Total es una de las 16 EPS investigadas en todo el país por la Superintendencia. Foto: Jairo Buitrago

La Superintendencia Nacional de Salud ordenó en 2008 la apertura de 28 investigaciones administrativas contra EPS e IPS que incumplieron las normas de prestación de servicios. Además, sancionó a otras 20.

Comunicaciones cruzadas entre 16 EPS y Acemi, gremio que las agrupa, apuntan a que estarían ejecutando acuerdos para coordinar las negaciones de servicios a los usuarios, y unificar criterios de variación de costos y gastos. Así lo establece la Superintendencia de Industria y Comercio en la investigación que inició el 6 de marzo de 2008, mediante la resolución 10958 del 2009.

La autoridad analiza si escogían qué prestaban y qué no, con base en acuerdos para su beneficio.

Las investigadas por este motivo son: Colmédica EPS, Coomeva EPS, Famisanar, Cafam Colsubsidio EPS, Salud Total. EPS, Servicio Occidental de Salud, Compañía Suramericana de Servicios de Salud, Susalud Suramericana Medicina Prepagada, EPS Saludcoop, Cruz Blanca EPS, Cafesalud EPS, Ecoopsos, Compensar, EPS Sánitas, Comfenalco Antioquia, Caja de Compensación Comfenalco Valle del Cauca, Humana Vivir y la Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral Acemi.

Así mismo, la Defensoría del Pueblo realizó un estudio en 2007 sobre la tutela y el derecho a la salud que reveló un dato sorprendente. El 56% de las tutelas entre 2003 y 2005 se interpusieron para reclamar servicios que se encontraban dentro del Plan Obligatorio de Salud (POS), negados inexplicablemente por las EPS.

Ulahy Beltrán, miembro de la junta directiva de la Asociación Colombiana de Hospitales y Clínicas, Achc, advierte que la normatividad es clara respecto a las obligaciones de los actores del sistema de salud, y quienes están “haciendo trampa” a los colombianos se exponen a investigaciones y sanciones. Si ignoran la normatividad, “están violando el derecho de los usuarios a tener acceso a los servicios”, precisa.

La Contraloría General de la República realizó un profundo examen y encontró que el monto de los recobros que realizan las EPS ante el Fondo de Solidaridad y Garantía, Fosyga, ha mostrado un incremento considerable. Es el reflejo del aumento en la cantidad de servicios negados, ya que el fondo pasa a asumir el costo de esas atenciones rechazadas.

Una auditoría realizada en 2007 señala que hay un ostensible crecimiento en los recobros por medicamentos no POS y fallos de tutela. Pasaron de $3.456 millones a $226.843 millones, lo que representa un incremento del 6.464%. Es decir, 66 veces más.

En su análisis, la Contraloría presume que se niegan procedimientos o medicinas para obtener recursos adicionales del Fosyga. IBM

Igualación del POS

La igualación del POS para el régimen contributivo y subsidiado es una de las responsabilidades que la Sentencia T-760 le ratifica al Gobierno, y que todavía está en mora de cumplir, según Ulahy Beltrán.

“Es preocupante para las IPS privadas y los hospitales públicos que les haya asignado responsabilidades a los departamentos en el pago de las atenciones No POS, y las gobernaciones no tengan recursos suficientes para poder cumplir con dichas obligaciones. Si siguen así las cosas, los departamentos serán embargados por los prestadores que reclaman el pago de estas acreencias, las IPS seguirán desfinanciados y a los usuarios se les verá amenazado el acceso a estos servicios”.

¿Las EPS más violadoras, las que más dinero ganan?

Informes de la Contraloría General, la Defensoría del Pueblo y el programa Así Vamos en Salud revelan una relación entre las negaciones de servicios y ventajas económicas para las EPS. En resumen, las cifras parecen indicar que las que más violan el derecho a la salud tienen los mayores ingresos.

La Contraloría encontró en su auditoría que los recobros ante el Fosyga se concentran en 5 EPS. De los $138 mil millones pagados por 167 mil solicitudes de recobro por fallos de tutela en 2006, la EPS Sanitas recibió $43 mil millones, el 31%. Le sigue Coomeva con $15 mil millones, Saludcoop con $14 mil, Susalud con $14 mil y Colmédica con $9 mil. En conjunto acapararon el 70% de los recursos, unos $97 mil millones.

La Defensoría del Pueblo halló que más del 90% de las negaciones de servicios incluidos en el POS en 2008 fueron por entidades del régimen contributivo. De acuerdo con su informe, el año pasado encabezaron el listado de las que más niegan: Saludcoop, Cruz Blanca y Cafesalud, que concentraron el 36% de los recobros. “Unidas a Coomeva y Famisanar, han pretendido obtener del sistema más de $100.000 millones en recobros”.

El programa Así Vamos en Salud precisa que en 2005 Colsánitas obtuvo $28 mil millones de ganancias, seguida de Saludcoop con $27 mil en 2005 y $68 mil en 2006, y Coomeva con $1.375 millones de utilidad operacional. Juntas, recibieron $4 billones de ingresos brutos y $14 mil millones de ganancias netas en 2007, mostrando una congruencia entre violaciones y ganancias.

Salud Total responde a señalamientos en su contra

Georgina Polo es una niña autista de 7 años que requiere unas terapias especiales, denominadas ABA, para aprender a comportarse con otras personas. Si no las recibe bien, su trastorno neurológico empeora. Yahaira Gutiérrez, su mamá, asegura que los médicos tratantes le han diagnosticado un desmejoramiento de la salud desde junio de 2008, cuando Salud Total decidió cambiar la IPS donde le realizaban el tratamiento, de una fundación especializado a un instituto de rehabilitación física.

Ella interpuso una tutela, y el juez falló en octubre del año pasado que la EPS podía contratar las terapias con el instituto. Pero si se demostraba que no las hacían bien, debían volver a ingresar a la niña a la Fundación Aprende, dónde las recibía hace dos años, antes del cambio. Las valoraciones mensuales de los médicos muestran un desmejoramiento de la niña.

“Sabía que eso iba a pasar. Que la metan a un instituto físico cuando se tronche un pie. Ellos no están especializados en las terapias para mi niña, ni tienen la experiencia”, dice Yahaira.

Sostiene que apenas le realizan 4 terapias diarias, y ella requiere 6. “No pido una cura, como ellos sarcásticamente me lo insinuaron, solo mejorarle la calidad de vida, que pueda vivir bien”.

El 29 de abril instauró el incidente de desacato con pruebas del desmejoramiento en el Juzgado 13 Civil. Como ella hay otras 5 madres, con el respaldo de la Personería Distrital. “La EPS me pidió tiempo. Pero cada día Georgina empeora”.

Las directivas de Salud Total responden a estos señalamientos que la niña no ha mostrado un desmejoramiento de su condición, como cree la mamá, y que por el contrario ha tenido avances. Dicen, además, tener la manera de demostrar que están cumpliendo con el fallo.

La EPS afirma que no puede contratar con una entidad educativa, por no estar habilitada para servicios de salud. Sin embargo, admite que están revisando el tema y revisando alternativas ante la insistencia de Yahaira. “Le damos 120 terapias al mes. Nunca hemos negado los documentos, no hay desacato de la tutela”, afirma Salud Total.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en el diario El Heraldo
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Felipe Noguera: el actor de los colores

Julio Flórez

El poeta de la muerte, Julio Flórez, volverá a la vida en la cara de Felipe Noguera. Quizá usted recuerde haberla visto en televisión, personificando a un director de una escuela de fútbol en el seriado noventero ‘De pies a cabeza’, o un ciego en ‘Mesa para tres’. Él es un actor de sangre costeña que nunca ha representado el papel de un costeño, y que es almirante del Arca de Noé en Bogotá; esta sí una escuela real.

Aunque no tiene ni el más mínimo rastro de acento o aspecto caribe, Felipe es uno de los ocho hijos de Hernando Noguera Noguera, un abogado samario que vino a estudiar a la capital del país y se quedó a pasar el resto de su vida. Felipe aún pasa todas sus vacaciones en Santa Marta. Pero esa aparente falta de costeñidad juega a su favor para encarnar a Flórez.

“Una de las cosas interesantes del poeta es que vivió los últimos 13 años de su vida en Usiacurí (municipio de Atlántico) y nunca adquirió nada del acento costeño, para nada; y era muy pintoresco porque mantenía su pinta, de montañero, de aquí”, dice en el ático de una casona, al norte de Bogotá. Aquí, entre muñecos de Bob el constructor, Nemo y rinocerontes sin bautizar, colgó un atuendo que le acaban de traer: el gabán, la corbata y el sombrero negro que usará en la obra que se presentará el 10 y 11 de agosto en Barranquilla.

Julio Flórez nació en Chiquinquirá. Municipio de Boyacá, donde “de pura causalidad yo voy mucho, porque la familia de mi esposa, Catalina Pizarro, tiene una finca allí. Vamos bastante y siempre paramos en el parque Julio Flórez. Lo había oído nombrar mucho”. Una estatua y uno que otro poema era lo poco que conocía de esa figura a la que le dará vida en el teatro.

Preparándose para el papel, ha descubierto que Flórez era un ídolo de los años 20 en Colombia; hablando en el lenguaje de la popularidad.

Ha encontrado un “personaje fantástico, un poeta increíble con unos poemas bellísimos y una vida muy interesante”. Pero lo que más lo ha cautivado es que “para el momento en que vivió era como decir en este momento un Ricky Martin . Un poeta en ese entonces era el gran ídolo, la gente se enloquecía por verlo, llenaban teatros para oírlo declamar. Su poesía era bastante popular y le llegaba a todo el mundo. Fue coronado, se le hacían homenajes, viajaba y lo recibían grandes personalidades del mundo”.

 

Navegando el arca.

Felipe Noguera lleva cerca de año y medio alejado de las cámaras y los escenarios. Tiempo en el que se ha entregado de lleno a representar el papel que más disfruta, ante un público que oscila entre los dos y cuatro años de edad. Es el alma de un sueño de colores y juguetes y diversiones: el jardín infantil Arca de Noé, que fundó hace 17 años. Una casona de ladrillos y tapias opacas, enmarcada por arbustos, y que esconde un arco iris por dentro; mil metros cuadrados divididos en tres pisos, que bien podrían formar parte de esa fábrica mágica de chocolates dirigida por Charlie Wonka.

“Esta es mi mayor entretención”. Felipe eligió la mansarda para atender esta entrevista, dado que es donde se desarrollan la mayoría de sus clases. Cuando está grabando telenovelas activamente, siempre coordina que le dejen dos mañanas libres para venir. Se desempeña como profesor “de jugada; la clase se llama gimnasia, pero es de jugar, de brincar, de montar en triciclo, subir por un lado, bajar por el otro”.

Además de ser el inversionista es el constructor, puesto que cada año dirige una nueva obra en el jardín: la instalación de columpios y pasamanos, o la siembra de grama artificial en el segundo piso. “Me toma mucho tiempo diseñar, conseguir los materiales. Son todas cosas nuevas, no se van y se compran, tengo que buscar el que hace una cosa, el que hace otra”.

La luz entra a la mansarda por grandes ventanales. Se refleja cálida en el piso y las paredes de madera. Entre peluches y naves intergalácticas, hay un armario lleno de disfraces: piratas, ositos cachetones y cumbiamberitas, por supuesto. Hay una habitación de lavadoras miniatura, de unos 30 centímetros. Arriba hay un sistema de redes y cabuyas para escalar a compartimentos secretos en el techo. Aparecen enormes tuberías de plástico que rodean las escaleras. Los niños pueden deslizarse por allí para caer en una piscina de colchones en el segundo piso.

“La vida de los niños es jugar, así es que aprenden, así se relacionan con el mundo. Yo he aprendido más de ellos que ellos de mí”. Cada año se gradúan unos 45 niños, y asisten a clase un promedio de 120. Noguera trabaja con un equipo de 35 personas, entre profesores de música, psicólogas, terapistas y fonoaudiólogas. “Lo que hacemos es intentar por todos los medios que sean felices, que se diviertan y se rían aquí”.

En el Arca de Noé los cursos reciben nombres de grupos de animales: hay ardillas, lagartijas, delfines, tucanes, tortugas, osos de anteojos. Cada rincón parece extraído de un sueño infantil. Hacia el primer piso, los pasillos están tapizados de papeles blancos para que el que quiera raye lo que quiera. Una pecera sirve de bulevar.

A un lado de anaqueles de libros hay una choza de sábanas para oír cuentos. Dos terodáctilos de cartón, risueños y dentones, sobrevuelan un curso; en otro sonríe una gallina gigante con una cola de hojas secas; y otra la ocupa una estampida de dinosaurios sobre una alfombra de flores. Por un camino de piezas de rompecabezas se llega a un baño de lavamanos e inodoros miniatura.

“A raíz de mi conocimiento de los niños, de estar jugando con ellos tantos años, he aprendido a saber qué les gusta para estarles diseñando cosas”. Las hermanas de Felipe son mucho mayores que él; por eso desde que tenía 11 años tuvo muchos sobrinos, a quienes les inventaba cuentos y juegos. Cuando terminaba el bachillerato en el Gimnasio Moderno trabajó en recreación. Cuando empezaba a estudiar economía en la Universidad de los Andes era voluntario en una escuela que había para los hijos de los empleados. Cuando tenía el primero de sus tres hijos, le peoponía a su esposa fundar una escuela. Así nació el arca que navega entre olas de sonrisas.

A Noguera le había gustado la actuación desde que estaba en el colegio. Confiesa sin tapujos que estudió economía “como por entrar a los Andes, sin saber mucho qué hacer”. Luego, en 1987, sufrió la conversión. Volando por los aires en una cometa, se estrelló. Un mes hospitalizado, cuatro meses en silla de ruedas, y cerca de tres años en recuperación. “A raíz de eso dije, no, vamos a hacer algo más rico que ser economista, y empecé a estudiar actuación”.

Hace 21 años comenzó su carrera actoral, protagonizando una serie llamada ‘El Carretero’. Vino ‘El Gato’, de ‘De pies a cabeza’, un papel en una novela llamada ‘Pocholo’, y muchos más. La obra que protagonizará ahora se titula ‘El poeta y las luces’.

Se trata de cinco momentos de la vida de Julio Flórez. Desde que llegó a vivir a Usiacurí por motivos de salud, en busca de sus aguas medicinales. Cuando sufrió una conversión. “Empieza otra faceta, había tenido una vida muy bohemia, de tragos, de fiesta y muchas mujeres. Pero llega y se enamora perdidamente de una niña de 15 años, se casa con ella y tiene 5 hijos. Cambia las visiones que había tenido toda su vida. Tiene los años más felices de su vida”.

Cada acto, cada momento, tendrá una canción y un color. Plasmará lo que vive internamente el poeta. Un baño cromático para reflejar su transición a la plenitud y la felicidad. Un caleidoscopio de tonos mágicos, ensoñadores. Como esos que ahora llenan la vida de Noguera, desde que empezaron sus años como actor y profesor.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud, diario El Heraldo, 10 de julio 2011
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Exorcizando tambores

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Hay unos tipos tocando tambores a las 12:45 de la madrugada en la plaza Lourdes. “… se llama Chaestás, es una yegua muy buena, por eso no la vendo… ¡arré-Chaestás! ¡arré-Chaestás!”, retumban sus voces en la desértica llanura de cemento, ante la mirada ciega y para siempre consternada de Jorge Luis Borges.

La foto del escritor argentino es parte de una exposición instalada por la Embajada de México. Al frente, un barranquillero con pasamontañas y bufanda toca el cencerro, esa campana que cabe en la mano; un bumangués de ruana nariñense y mochila arhuaca sacude la guacharaca; una bogotana delgada y bajita agita las maracas; un metalero golpea el bongó, y una especie de rastafari rolo de origen barranquillero ataca la tambora.

“¡Ole le le! ¡ola la! Junior tu papá, los demás valen mon…”, el coro iniciado por el barranquillero, Abel Meza, resuena en los muros de la iglesia Lourdes. En sus 110 años de haber sido fundada, debe haber albergado toda clase de descargas sónicas en son de alabanza. Nunca semejantes prédicas. Hace unos meses entró en la onda que se ha extendido en toda Bogotá: está sembrada de andamios, bolsas de cemento y cintas amarillas, por una obra de restauración y reforzamiento.

Abel batea el cencerro abriendo cara y ojos al máximo, meciéndose, sacudiendo hombros, demostrando lo que llaman ‘sabor’. Estuvo trabajando de la 1 de la tarde a las 11 de la noche. “Me iba pa’ la casa, pero escuché y… ajá”, explicó al llegar, hace ya una hora. Tiene 27 años, y hace 3 arribó a esta ciudad. Hace 3 años que sus manos no se batían con más ritmo que el necesario para preparar perros calientes. Nació en el barrio Limoncito. En Barranquilla, trabajó en sitios de comida rápida como Dónde está Javier y Betos.

Y también era músico. Pero es el sabor culinario el que le da para vivir en la capital del país; el musical permanecía coartado.
Antes acompañaba la comparsa La Revoltosa; tocaba en el desfile de La Guacherna, y en la Batalla de Flores. Está entrenado para resistir largas jornadas de rumba nocturna, tras largas jornadas laborales diurnas. Pero “desde que estoy acá no rumbeo. Para que alcance la plata”. Esta rumba improvisada, gratuita, callejera, le sienta perfecto; un destello de Carnaval surgido de la nada en junio, sin maicena ni calor.

Disfruta profanar los alrededores del templo. “El gato volador, el gato volador, kumbara, kumbara…”, canta ahora (una voz aguda que nadie sabe de dónde sale agrega “fue horrible”). Procura que el ritmo penetre a los que a esa hora pasan. Los que van saliendo de los bares de la carrera 11. En un solo callejón, frente a la iglesia en medio de la plaza, convergen bares de rock, salsa, reguetón y rumba LGBTI. A una cuadra hay burdeles. Neones de todos los tonos rodean la penumbra naranja que cubre Lourdes. Esta tiene reputación de ser una zona de alta peligrosidad; además, es un reconocido punto de ventas de cocaína y marihuana, camufladas en carritos de tinto. La plaza está en el corazón de Chapinero, barrio declarado como zona de tolerancia.

De un bar crossover salieron dos de los bogotanos que tocan con Abel. “Los tambores nos llamaron, y llegamos acá”, dijo hace un rato Diana Samboni, 25 años, hija de un santandereano y una huilense. Es blanca como el cuero de los bongoes. Estudia licenciatura en artes, y allí conoció amigos que “me llevaron por el camino del folclor costeño”. Sacude las maracas sin perder el ritmo. Se le nota que ha estudiado.

No tanto a Félix Vargas, 28 años, hijo de paisas. En las mañanas es guitarrista de una banda de trash metal, SoutKai. Esta noche experimenta una agresiva transformación a bongocero, aunque a cada minuto parece tocar una canción diferente al resto del combo. Acaba de confiar algo, que quizá ignoran sus compañeros metaleros. Para hacerlo usó términos costeños: “desde que era pelao empecé a escuchar a Carlos Vives; empecé a tocar guitarra a los 11 años”.

“Se encojó, se encojó, se encojó mi caballito, le le le le leiiii, cogió un trago y se lo empujó”, se le oye a la 1:10 a.m. de este sábado a la voz principal, Jenni Hernández, el moreno de piercings y trenzas rasta rubias. El dueño de los instrumentos. Está aquí sentado en las escaleras desde las 10:30 de la noche del viernes. Cada 20 o 30 minutos ha repetido el coro del ñato “mama-ron… mama-ron”. Mientras el grupo piensa a qué nueva canción pasar, suena el loop hipnótico del “mama-ron”.

En torno se han agolpado unas 150 personas. No hay frío ni llovizna, solo una brisita que arde en las mejillas. Se han formado islas humanas que beben cerveza en la plaza o vino en los bordillos. Parejas bailan cumbia como si fuese vals de quinceañero.

Una joven con media cabeza rapada bosteza, y un tipo de moña crespa y sonrisa imborrable propaga un olor a incendio forestal. Un indigente demuestra más ritmo que muchos, sin desplazarse de una baldosa; tiene el pelo como un acordeón negro, y su cara flaca se ve diminuta en un cuerpo gordo por las múltiples capas de buzos que viste. El lenguaje de la música une a todos, y los mantiene hipnotizados a base de ritmo.

De pronto suena el silbido de una harmónica, que para todos los efectos termina siendo la trompeta de la velada. El músico callejero Jimmy Aponte desencadena una tanda de media hora de salsa con sus pulmones. Por segundos fugaces se detiene como si fuera a tomar aire, pero saca y empina una botellita de aguardiente guardada en el bolsillo de la chaqueta.

“Descanse, que le va a salir es callo”, le grita a Jessi. A las 2:05 a.m. el moreno se aparta de la percusión y se levanta, solo porque se le estaban encalambrando las piernas. Jessi tiene 23 años. Nació en Bogotá, pero su mamá, Luz Meza, es caleña; y su papá, un músico barranquillero: Reinaldo José Hernández. “De ahí viene el revuelto. Él tocaba con Totó, y conoció a mi mamá en el Ballet Colombia. Ella fue la primera bailarina”.

Jessi es músico desde los 3 años. “Lo primero que toqué fueron las maracas”. Ha estado en los carnavales con El Gran Carajo. Vive a 6 cuadras de la plaza, con dos compañeros. Con ellos estaba practicando en casa, cuando “se nos dio por salir a tocar al aire libre, para ver la respuesta de la gente”. Es la primera vez que lo hace. Podría decirse que sintió un llamado de sus raíces costeñas; o que lo hizo para evitar que el alboroto causara problemas entre los vecinos. Acá, ni las estatuas de santos en la iglesia, ni las fotos al frente, se quejan.

Mientras habla llega un acróbata, se monta una bicicleta en la barbilla y empieza a pedir monedas. “¿Y vas a cobrar?, …todo el mundo me debería a mí la casa”, le responde Jessi. En la noche de este sábado que apenas empieza, después de que el sol salga y se vuelva a ocultar, tendrá una presentación con una orquesta de salsa. El conjunto cobrará $300 mil por hora, de los cuales él ganará unos $70 mil. Por las más de cuatro horas que lleva tocando en la plaza, como mucho ganará un espasmo, un resfrío o una laringitis.

Igual vuelve, se sienta y sube el nivel. “La vamoa entuba… entúbenla pero que entúbenla”, canta riendo, hacia una joven apretujada por su pareja en una sinuosa agachada. Entre los presentes, solo Abel y otro más entienden el modismo barranquillero.

Además de la probable convalecencia a punta de aguapanela caliente, he allí otro trofeo para Abel y Jessi: podrán decir que se parrandearon la peligrosa plaza Lourdes. Son los sacerdotes de este rito, organizado para reprender la gris monotonía capitalina, la austeridad, la formalidad, la solemnidad. Son los exorcistas del espíritu de la cachaquidad.

Una moto de policía pasa, pero se hacen los Borges. Y vuelve y suena… “mama-ron”.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud, diario El Heraldo, 3 de julio de 2011
http://www.elheraldo.co/reportaje/exorcizando-tambores-27831

 

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Dolores Salinas: los entierros son eternos en Palenque

Les comparto un texto para transportarnos a Palenque, un pedazo de África incrustado en Colombia. Alguna vez denominado por un colega como el «Laboratorio sónico del Caribe», en Palenque se conservan casi intactas las tradiciones, costumbres y forma de vida de los cimarrones recién llegados a América. Mi antiguo compañero, el cronista Pedro Plata Acevedo , logra plasmar esa naturaleza por medio de un conmovedor ritual que tuvo oportunidad de presenciar. Naturaleza que hoy la civilización hace parecer mística. IBM

 

Los entierros son eternos en Palenque

Nueve días de baile, comida, canto, rezos, lágrimas y procesión, recibió como homenaje Dolores Salinas, ‘La Maldita Vieja’.

Por Pedro Plata Acevedo

I

Ay santo del día lloro…

El silencio sepulcral de las dos de la madrugada huye ante un lamento desgarrador. Es un himno fúnebre  que corta la noche oscura como un filoso cuchillo.

Salida de la boca oscura de este domingo 22 de mayo que aún se despereza, una procesión, como una aparición espectral, recorre los callejones polvorientos de San Basilio de Palenque. Una mujer es la guía. Su aguda voz, como la de una niña, se percibe lastimera. Canta por el alma de Dolores Salinas, canta por la que hace nueve días derrochaba alegría.

Ay Dolores se murió…

Una cadena y dos pulseras de cuentas de madera se mueven al ritmo de las piedras dentro de la ponchera plateada que ella, Emelina Reyes Salgado, menea de arriba hacia abajo. Su figura, vestida por una pollera azul y un pañolón amarillo en la cabeza, parece la de una sacerdotisa yoruba. Sus cantos buscan que el alma de la que en vida fue su compañera en el grupo las Alegres Ambulancias llegue al Paraíso prometido por curas y anunciado por los viejos cimarrones.

El grupo se detiene frente a una de las 421 casas que se levantan en Palenque, ese que goza desde 1713 del reconocimiento de ser el primer pueblo libre de América, pero que sufre falencias que lo tienen estancado en el pasado.

Emelina sube dos escalones tan derruidos como la pared de bahareque con la que se encuentra de frente. Entrecierra los ojos mientras interpreta su tonada fúnebre.

La multitud grita y golpea la tierra lo más fuerte que puede con unos báculos de madera. No quieren que Dolores Salgado descamine sus pasos, por eso van uno a uno a los lugares que visitó cuando sus dientes esbozaban sonrisas de alegría y no eran el complemento burlón de la calavera en la que se convertirá con el paso de las lunas.

Tampoco quieren que llegue al más allá con hambre, ya que en el más acá nunca le faltó así fuera una tajada de yuca-harina o un plátano cosido. Por eso esta madrugada, luego de nueve días de cantos, rezos y bailes, el rito del pilado del arroz tiene razón de ser.

II

Ay la muerte del hombre, no hay quien la sienta…

La muerte, desvalorizada en estos tiempos de juzgados donde un asesinato vale lo mismo que mil, es tan importante en la comunidad palenquera que velorio y entierro no bastan.

Dolores Salinas fue una de las fundadoras de las Alegres Ambulancias, uno de los símbolos más importantes de Palenque, casi tanto como el boxeador Kid Pambelé y tambolero Paulino SalgadoBatata. No tanto como Benkos Biohó, precursor de este palenque poblado por esclavos libertos que huían de las garras de los despiadados negreros asentados en la colonial Cartagena de Indias.

“Dolores viajó a Estados Unidos, España, Brasil y muchos otros países que ahora no recuerdo. Fue reconocida y admirada“, cuenta, a las cuatro de la tarde del viernes 20 de mayo, séptimo día del novenario, Manuel Cassiani Salinas, el mayor de los 9 hijos que tuvo la difunta.

La casa de los Salinas es de color mandarina y dista mucho de lo que uno pensaría fuera la vivienda de una mujer tan famosa. Los cuartos tienen cortinas en vez de puertas.

En la sala se ve a Dolores. Cabello cenizo, brazos delgados, micrófono en mano. Todos los visitantes pasan frente a la fotografía. Al verla, unos sonríen con esa mueca entre cariñosa y dolorosa que da el recuerdo. Otros cierran los ojos ante su imagen de negra piel.

Al patio pareciera no caberle más gente, aunque el domingo se demostraría lo contrario. Se escucha el repicar de tambores. Las mujeres apuran sus pasos de chancletas llenas de arena. Manuela Herrera revisa las 20 libras de arroz que se cocinan. Revuelve el cereal, acomoda la leña en el fogón. Sipriana Torres hace lo propio con 10 libras de cerdo. Todo el que llegue a dar el pésame recibirá una porción.

En un rincón Juana Torres fuma un cigarrillo, lo hace al revés, con el cabo encendido dentro de la boca y la colilla fuera, como lo han hecho por generaciones las mujeres en Palenque. Cuando saca el cilíndrico vicio de la boca este resplandece rojizo, alumbrando macabramente el rostro de Juana, el cual permanecía en las penumbras que el único bombillo amarillento del patio no logra vencer.

III

¿Ay pa´ onde va? Se va…

De todas partes salen conocidos que quieren garantizar que Dolores no descamine y pueda descansar en paz. La romería cruza una esquina del Barrio Abajo. Focos, como cocuyos, se prenden a su paso.Tum, tum, pá, retumban los tambores. Un borracho alegre observa y empieza a bailar. Nadie le presta atención. Todos parecen sumidos en un trance.

Un par de cuadras más allá la procesión fúnebre se encamina hacía un lote de cruces derruidas. Se enrumban al ‘barrio de los acostaos‘.

Desde que enterraron a Dolores, muy pocas lágrimas se han derramado. Pero ahora, a las 3:30 de la madrugada sus dolientes estallan en llanto.

Sobre una bóveda sin flores y con un nombre garabateado sobre el rugoso cemento gris, cae un leve sereno. El rostro de hijos, sobrinos, nietos y amigos de Dolores se encharcan por el agua que brota desde sus almas. Los tamboreros repican los cueros. Una canción, de sonidos guturales imposibles de entender, se mezcla en el aire con lamentos electrizantes.

Sobre el suelo marrón la lluvia se escurre, dejando pequeños charcos. Jacinto Cassiani Salinas cae de rodillas frente a la tumba de su madre. Sus facciones fuertes se transforman en las de un niño triste. Acaricia delicadamente la tumba sin lápida mientras sus rodillas descansan sobre la maleza de este cementerio donde vive el abandono.

Poco a poco los dolientes salen del panteón. El cronista repara en el panal de avispas que está justo en el techo de la puerta que franquea la multitud. Su mente se rebobina a dos días atrás. “No te acerques mucho. Eres blanquito. Están alborotadas y si te pican te vas a poner colorado”, le advirtieron entonces dos niñas de moñitas burlonas. Ahora, pese al ruido de los tambores, no asoma ninguna abeja. ¿Entenderán ellas, nacidas en este pueblo místico, que este escándalo representa en realidad el luto?

IV

La vida de Dolores Salinas siempre tuvo contrastes. Viajó por grandes avenidas en las giras de las Alegres Ambulancias, pero caminó por las calles destapadas de su pueblo. Cantó el lumbalú para despedir muertos y también lo hizo para que los vivos bailaran. Murió a los pocos días de cumplir 78 años, un derrame cerebral se la llevó.

Casada tres veces, la canción que la hizo famosa la compuso para ‘defender’ a uno de sus hombres.

La Maldita vieja, en el callejón…

“Veníamos de una presentación. Era tarde. Caminábamos por el Callejón del Peligro. De repente Dolores se frena y ve que a su marido una mujer le está coqueteando. Así que se acerca y le grita: ¡te voy a sacar una canción pa´ que respetes! Entonces, como ella ya la había escrito y nos la había enseñado, comenzamos a cantarla y a burlarnos de la mujer: la maldita vieja, en el callejón. La vieja, en el callejón. Jajajajá, jajajajá, jejejejé, jejejejé. Dame la chu, dame la chu, la chu chu chú.

Lo de la chu hacía referencia al aparato reproductor femenino (risas)”, recuerda con melancolía Emelina Reyes Salgado frente a la casa de Dolores antes de irse a cambiar para pilar el arroz.

V

El martes 17 de mayo, en el Archivo Histórico de Cartagena, Jarold Manuel Salas Cassiani, un joven historiador de 27 años, explica que en San Basilio, su tierra, no existen diferencias de clases. Que esto se debe a que desde niños se crea un vínculo especial entre los de la misma edad, el cual llegará hasta la tumba. En Palenque transcurre el cuarto día del novenario de la Maldita Vieja.

“Se llaman kuadros. Sí, con K. Esta es una especie de organización social que se dio poco después de que Benkos fundó el pueblo. Su objetivo era entrenar a los jóvenes para defenderse de los españoles que los querían secuestrar.

La conformación ocurre de la siguiente manera: los niños y niñas de un mismo sector, que tengan una edad similar, se unen y hacen todo juntos. Con el paso del tiempo le colocan un nombre. El mío se llama Los Belicosos.

Cuando nace un niño, los compañeros del papá y la mamá ayudan para el bautizo. Cuando muere un familiar los miembros del kuadro aportan para el entierro y el novenario”, explica Jarold. Su figura juvenil choca ante la imagen de hojas mohosas que contienen el recuerdo de una Cartagena que conmemora el bicentenario de su independencia.

Ay dolores mi hermanita…

En un documental de la Universidad del Norte llamado El Pueblo Bendito de la Maldita Vieja, Graciela Salgado sentenciaba que moriría primero y que Dolores Salinas la seguiría al poco tiempo. Se equivocó.

Desde niñas la vida unió a las futuras cantadoras. “Eran como hermanitas”.

Aunque discutían por cualquier cosa, nunca lo hacían para permanecer bravas. ¨Cuando Dolores estaba en otra ciudad, y yo no podía viajar, me conseguía donde fuera $200 para llamarla, así sólo me alcanzara para saludarla¨, contaba Graciela 8 días después de la muerte de su amiga.

Ahora, cuando transcurre la última noche del novenario, La Batata está sentada revolviendo el arroz blanco y el pedazo de carne que le mandaron desde la casa de La Maldita Vieja. Se lleva un poco del cereal a la boca, a duras penas lo traga. Suelta la cuchara y lanza un suspiro. Unos cuantos granos caen sobre su vestido blanco. No quiere comer. Tampoco hablar. Su hijo Tomas la mira con ternura y dice: “Ya no volverá a cantar. Sin Dolores, ella ya no le encuentra sentido”. Graciela era la primera voz. Dolores la segunda.

Si hay una imagen que puede describir el juego de galanteo que a diarios se hacen la tristeza y la alegría es esta: los ojos de La Batata, tristes como los de un Timoteo olvidado en el cuarto de San Alejo, mira sin ver hacia la calle. Una mano en su mentón la reflejan derrotada, sin fuerzas. Afuera, en la vía arenosa que Graciela ve sin ver, una esbelta mujer de ébano sonríe satisfecha luego de tomar un sorbo de cerveza. Más allá, dos jóvenes calman su hambre con empanadas de carne.

VI

Se va solita…

El domingo caribeño termina de desperezarse y está a punto de salir con su resplandor abrasador. Son las cinco de la madrugada y en el patio de la familia Salinas los que no aguantaron la vigilia, y se durmieron en incómodas sillas plásticas, despiertan y se masajean los cuellos. La última escena del rito mortuorio está por comenzar, atrás quedaron las horas de baile en homenaje a Dolores. Los tambores, por primera vez en nueve días, no se escuchan.

Extrañamente blanco en una ceremonia de orígenes africanas, el rezandero Jaime Ramírez, de 27 años, retira la cruz que está sobre la mesa-altar y la coloca boca arriba en el piso de tierra de la sala. La cabeza de la imagen, iluminada por una vela, señala hacía la puerta.

El oficiante toma un manojo de hojas recién cortadas, las remoja en un vaso de agua y las agita sobre un cuadro, como bendiciéndolo, para luego apagar una de las 18 velas que están en el altar.

Retírese cuerpo santo. Retírese cuerpo en paz. Retírese que Dios la saque de pena y la lleve a descansar- repite cada vez que retira una de los tres cuadros religiosos o apaga uno de los cirios.

Las velas van desapareciendo junto con las imágenes religiosas. Del altar sólo queda una sábana blanca pegada en la pared. El calor ahogante y los empujones hacen imposible mantenerse entre las cuatro paredes, por lo menos para el cronista que retroceda hasta quedar bajo el marco de la puerta. “No se ponga ahí. El alma va a salir en unos momentos. Deje la puerta desocupada”, la sugerencia-orden proviene de una mujer con cara de preguntarse qué hacía ese tipo, libreta en mano, en un momento tan íntimo para su familia.

El rezandero se agacha. Apaga el último cirio. Cuidadosamente recoge la cruz plateada del suelo marrón, ya cumplió su misión: no permitir que el alma de Dolores tocara el suelo de su casa y se quedara a vivir una vida fantasmagórica.

VII

Oye, la vida vale la pena…

El sol en Palenque llega como todos los días. Pero a diferencia de otras ocasiones, hoy el pueblo que alumbra no tiene 3.500 sino 3.499 habitantes. Su luz deja al descubierto a un par de borrachos durmiendo la mona. Para ellos el homenaje a la difunta les pareció una fiesta patronal.

Con el deber cumplido, los hijos de Dolores agradecen la compañía y despiden a sus allegados. En el ambiente queda un sentimiento encontrado de dolor y alegría porque la muerta no desandará sus pasos.

La maldita vieja, en el callejón. La vieja, en el callejón. Jajajajá, jajajajá, jejejejé, jejejejé. Dame la chu, dame la chu, la chu chu chú…. La pantalla del computador muestra a Dolores cantar burlonamente, mientras Graciela a su lado mueve la pollera. Ambas sonríen. Seguramente así será el día que se reúnan de nuevo.

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El Santos luruaquero que vende butifarras en Bogotá

Recorre las calles capitalinas tras lo que podría considerarse un propósito insólito: vender el embutido en el páramo. Fotos: Jhonny Hoyos

Es muy difícil encontrarse un gato callejero en Bogotá. Resulta demasiado improbable que estas butifarras sean hechas con las colas de mininos, como advirtiera el mito que persigue al popular y tradicional embutido costeño en su tierra de origen.

Es muy difícil imaginar a Hayder, el atlanticense de apellido presidencial que las vende, agachándose en las esquinas de la capital del país a la cacería de los poquitos gatos de por ahí.
Él es un Santos demasiado improbable. No es político ni periodista sino funcionario del rebusque ambulante; es de Luruaco, Atlántico, cuna de ese fenómeno masivo conocido como arepae’huevo, aunque venda un platillo nacido en otro municipio, Soledad.

También nació en Luruaco su compañero Luis Alberto Castro, el otro responsable de la penetración de la butifarra en tierras capitalinas. A las 10 de la noche del jueves, el tazón metálico que le cuelga de la cintura queda vacío, y sus bolsillos llenos.

La jornada de venta termina en la carrera séptima con calle 57, frente a la discoteca Guadalupe. Habían iniciado hace 7 horas, con un cargamento de 170 ‘butis’. El portero del lugar es un samario llamado Jaime, que devoró las últimas siete que les quedaban.

Hoy viernes, a las 5:45 de la tarde, inicia su día otra vez. Llegan a aprovisionarse a una tienda de otro ‘arepae´huevo’, como le dicen al también luruaqueño Jesús Jiménez. En el segundo piso de allí, arriba de las neveras con gaseosas y de dos enormes computadores con acceso a Internet, almacenan las butifarras que van preparando día a día.

Las fabrican moliendo trozos de carne seleccionada, y amarrando, con una técnica aprendida en el Atlántico. Luis alcanza a meter 100 en el tazón metálico, enrollándolas como una serpiente encantada. Hayder Santos mete otras 200 en un balde que se encarga de llevar, junto con pacas de huevos cocidos, municiones de limones, pimienta, servilletas y bollos limpios envueltos en hojas de plátano. ‘Por ahora toca hacerlos con Promasa”.

Los dos morenos comparten también la edad, 35 años. Cada uno dejó dos hijos en la Costa, y tiene otro acá en Bogotá. 17, 13 y 6 años tienen los de Hayder; 10, 8 y año y medio, los de Luis. Ambos visten jeans y van enfundados en chaquetas anchas que acentúan su delgadez. La de Luis es amarillo intenso.

Él tiene bigotes y el pelo crespo como un casco, Hayder tiene el cabello castaño y una mochila terciada. Luis porta guantes de bolsa plástica como los usados para comer pollo, listo para cazar apetitos universitarios. Hayder es quien recibe los pagos y suple el tazón cuando es necesario.

Apenas salen de la tienda, un joven alto, flaco, blanco, de pasamontañas y acento paisa les compra la primera del día. “Una en $500, las tres en $1.500”, dice Luis, y sonríe con una mirada que permanece seria. No es error. Ni siquiera si la piden sin bollo rebajan, ‘da la misma vaina’. El infante García toma una y dice que están ‘bacanas’. Ha probado las butifarras en vacaciones en la Costa, su mamá es barranquillera. Suena el vallenato de su celular, y se va contestándolo.

“Todos los días uno vende de 150 a 180. Pero los viernes alcanzamos las 300”, dice Hayder tras recibir la primera moneda de $500 del día. Si sus pronósticos se cumplen, terminarán la jornada con $150 mil vendidos en butifarras. Él recogerá y “a la noche partimos”. Si además venden los 150 huevos con pimienta, serán $37.500 más para cada uno.

Irán caminando y vendrán desde aquí, la carrera 13 con calle 45, hasta la séptima con 57; una y otra vez hasta agotar el inventario entre los universitarios. “Afuera de las discotecas es que se forma el tumulto de pelaos”, dice Hayder. El sueño del descanso está lejos. Ambos viven a una hora de aquí, en barrios periféricos.

Los $112 mil que podrían darles hoy las butifarras son una fortuna, comparado con lo que ganaban antes de incursionar en el sector gastronómico. Hayder y Luis se conocían desde Luruaco, “somos como familia, prácticamente”, dice el de bigotes. Llegaron hace 13 años a Bogotá, “por conocer, por aventurar”. Sobre todo por aventurar en la búsqueda del sustento diario.

Comenzaron trabajando “en casas de familia”, haciendo todo tipo de oficios, desde jardinería hasta plomería. Cocinar arepas y butifarras era una ventaja en su trabajo. Luego se instalaron en los alrededores de la Registraduría, “pasábamos jalando foticos, pa’ documentos”. Eso fue hasta hace 4 meses, cuando “un paisano nos montó el plante de vender butifarras”.

Ahora dominan un mercado libre de competencia, en Chapinero, sector central de la capital. Evelio, el otro costeño colega, vende en el Centro. La venta les permite mantener a sus hijos de aquí y allá, y pensar en expandir el negocio. La muestra es que no los han dejado avanzar ni media cuadra. Nicolás Hidalgo, un vendedor ambulante cartagenero, con trenzas rastas y gorra brillante, le está pagando butifarras a otros tres cartageneros vendedores de mangos y piñas en la zona.

“Día a día salen más”, dice Hayder, refiriéndose no a que lleguen más costeños, sino que suelen quedarse sin mercancía a mitad de camino por ser poco ambiciosos en los cálculos. Y mientras Luis las taja a la mitad y las baña con limón, expone sus planes de montar un establecimiento exclusivo de butifarras. “Ese es el pensao”’.

Pese a los enigmas que la sazonan de mala reputación, la butifarra callejera constituye otro símbolo culinario de la costeñidad abriéndose camino en Bogotá. Se ve en las caras tostadas y un poco arrugadas de Luis y Hayder, en busca de cumplir su ‘sueño neveriano’.

Gris con vetas negras, picante, pegajosa, exquisita entre el ruido, el esmog, los cafés y las almojábanas. Resulta demasiado improbable que un cliente cachaco conozca el mito del ingrediente felino. Y a clientes como Nicolás, los otros cartageneros, el samario Jaime, o los vendedores mismos, esa historia solo los mueve a compartir carcajadas. Sí, es difícil ver gatos callejeros por acá, pero “es por el frío, no es que nosotros nos los hayamos acabado”.

 

 

Por Iván Bernal Marín

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El candidato de la paz, en eterna campaña

La plaza principal de la capital del país está enmarcada por colosos de rocas opacas. Al fondo el Capitolio Nacional, al frente el Palacio de Justicia, a lado y lado la Catedral Primada y el Palacio Liévano. En medio de ese paisaje ocre y gris, al pie de la estatua de Simón Bolívar y sus palomas inquilinas, hay un resplandor multicolor. Es un candidato presidencial en campaña eterna, que dice ser la reencarnación de Gandhi, la continuación de Martin Luther King, al tiempo que una especie de Papa colombiano; aunque su atuendo recuerde más a Gadafi, el excéntrico líder libio.

En su piel tostada contrasta una banda de lentejuelas doradas, con 20 banderas de todo el mundo en un redondel, sobre un chaleco de destellos plateados serpenteantes. Pasamontañas tricolor con un diamante de plástico en la frente, gafas marrones de aviador, pulseras amarillas, barba canosa, y una gran boca que abre a plenitud mientras lanza un discurso: “No queremos más bombas atómicas. ¡La ONU no puede ignorar al presidente de la paz!”. Apunta con el dedo hacia una Biblia en su atril, mientras su voz ronca se difumina en la plaza, entre un eco de arrullos quejumbrosos.

Se llama Milton Siriaco Amú, y los únicos oídos que lo atienden a la 1:30 de la tarde del jueves son los de un periodista y una anciana vendedora de chicles.

Vendedores de paletas pasan alrededor, parejas se sientan en bordillos cercanos, policías con boinas verdes y fusiles Tavor rondan por allí entre el batallón de palomas responsable del arrullo. Artesanos ofrecen collares y alguien sostiene una lama, esperando que otro alguien pague por tomarse una foto a su lado.

Al que llegan a tomarle fotos es a Milton; un tipo en saco y corbata, con un Blackberry, que luego se va sonriendo y dándole la espalda. El candidato permanente le pareció la mayor curiosidad, sin siquiera escucharlo. Como está en medio de un discurso, le pide a William Ribón que explique su misión aquí. Lo llama su “apóstol”, el primero y el único; aunque, más bien, vendría siendo su fórmula vicepresidencial.

William nació en Santa Marta hace 35 años, y luce un sombrero blanco con la insignia del ‘presidente de la paz’ pegada. “Hace 10 meses estamos aquí expandiendo, propagando el mensaje de la paz”. William fue soldado del Ejército, sufrió una úlcera gástrica que lo tuvo hospitalizado, se sanó y lo atribuyó a un milagro. Soltó el fusil y agarró el pincel. Se volvió pintor. Vino a Bogotá a probar suerte. En una exposición de sus obras, hace 6 años, conoció a Siriaco. Desde entonces lo acompaña.

“Somos heraldos de la paz. Queremos despertar conciencia en esta Nación resquebrajada, no solo por culpa de los gobernantes, sino de todos”, dice sereno, con mirada sincera. Durante años viajaron por el país. Luego recorrieron varios puntos de la ciudad. Se establecieron en la Plaza de Bolívar porque la consideran “la Atenas de hace 3 mil años”, con los congresistas, jueces, funcionarios de la Alcaldía y sacerdotes como vecinos. Los poderes ejecutivo, judicial, legislativo y religioso en torno suyo. “Estamos en el corazón de Colombia”, se le oye vociferar a Milton al fondo.

Milton instala su atril y tiende su Biblia de lunes a viernes, desde las 12 del día. Puede pasar el día entero dando discursos y leyendo pasajes de evangelios, o solo media hora; depende de cuánto público se acerque a la plaza. Para sostenerse reciben contribuciones voluntarias, o venden libros y pinturas que guardan en un cesto de mimbre.

Campaña.

Milton terminó su alocución. Ahora explica que no ha inscrito oficialmente su candidatura, porque no lo considera necesario. Tampoco ha registrado en ninguna parte su partido pacifista, de dos hombres. “Mi gobierno no es de Colombia. Es de Dios, es universal. La paz debe estar en todos lados, y soy un candidato permanente hasta que el mundo lo comprenda”, enfatiza los gestos faciales y acentúa el final de cada palabra.

Nació hace 42 años en Buenaventura. Su gesta por la paz es hija de la violencia. A los 4 años quedó huérfano. Su padre era sindicalista de Puertos de Colombia y fue asesinado. Un crimen que solo recuerda su familia. Su mamá era ama de casa, pero de súbito quedó desamparada; tuvo que salir a trabajar para darles de comer a él y a sus dos hermanas. Luego de trabajar como marquetero, como obrero, como carpintero y como sastre, Milton empezó a recorrer el país como “caminante por la paz”. Estuvo en Barranquilla, en Cali, en el Cabo de la Vela y en Nariño. Incluso dice haber ido a Chile y Brasil. Al cabo de unos años, se consideró a sí mismo “soldado de la paz. Pero me di cuenta que ya yo estaba para general de la paz”. Y ahora considera que ya está para presidente.

“El artículo 22 de la Constitución dice que la paz es un derecho, un deber obligatorio. He estudiado mucho y me llevó a entender que la Constitución también defiende el voto en blanco. Es el voto de la paz, que es lo que yo promuevo”. La propuesta de Milton es sencilla. Les pide a todos los ciudadanos que voten en blanco, como protesta contra la violencia. Y como el blanco es el color de la bandera de la paz, entonces el triunfo sería para él, el candidato de la paz.

“Si se logra, está ganando la paz. Se lograría lo que defendía Galán, que el pueblo es superior a sus dirigentes. Pero la gente está acostumbrada a que le compren la conciencia, y por eso estamos aquí en el centro de los 4 poderes. A honoris causa”, dice, en el lugar que se pronunciaron los primeros gritos de independencia de Colombia; donde se realizan las posesiones del Presidente de la República. “Así la ONU debería darnos un espacio entre los demás presidentes”.

Milton está casado con una bogotana, y es padre de un niño de 7 años, Jonathan Siriaco. A su espalda se pueden leer las placas instaladas bajo el monumento de bronce de Bolívar. “Tan solo el pueblo conoce su bien y es dueño de su suerte. Pero no un poderoso, ni un partido, ni una fracción, nadie sino la mayoría es soberana. Es un tirano el que se pone en lugar del pueblo y su potestad”. También se leen grafittis y rayones: “like a rolling stone”, “anarquistas”.

Milton personifica la línea divisoria entre un pastor evangélico y un político

De pronto, el discurso de Siriaco se explaya en alusiones religiosas. “Queremos que la gente comprenda que Dios existe. Soy como el Papa, un padre de la patria, que da amor a sus hijos. Soy la resurrección de esos hombres que han dado su vida por la paz”. La mayor parte del tiempo, sus palabras suenan más como las de un pastor evangélico que como las de un político. Personifica la línea inexistente entre los dos discursos.

Le pregunto por su vestimenta, y me explica que él mismo cose y diseña sus prendas. Hizo la banda con lentejuelas doradas, para representar la riqueza de Colombia; la riqueza históricamente usurpada, por farsantes disfrazados de políticos, dedicados a robar al pueblo. Entonces, habla de que a veces ha recibido aportes millonarios para seguir su labor. Invita a otro que desde lejos le toma fotos a que se acerque, lo invita a comprar algún libro o colaborarle con la causa.

¿Y por qué el diamante en la frente? “Porque este es el ojo de Dios. Él es el único que puede ver con la verdad”, dice Milton, y se quita las gafas oscuras de un manotazo. Su voz deja el tono grandilocuente, y se torna solemne. “Porque estos que están aquí, estos, son los que están engañando a la gente”, dice apuntándose hacia la mirada entrecerrada.

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud
Diario El Heraldo, 19 de junio 2011
http://www.elheraldo.co/reportaje/en-bogota-un-candidato-en-eterna-campana-26003

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El general sale a exterminar a Charlie Cong

Comparto una lectura  imprescindible para los interesados en el periodismo narrativo. De entrada condensa la historia en una frase, y deja la puerta abierta a la lectura. Luego, una sucesión de imágenes trepidantes, diálogos descarnados y unos cuantos detalles plagados de significado; sin olvidar ubicarnos sobre la dimensión de la guerra de Vietnam, a partir de una operación concreta. Hechos que hablan por sí solos. La mejor manera de denunciar es describiendo, simple y llanamente, lo que importa. IBM

 

Por Nicholas Tomalin

El pasado viernes, después de un almuerzo ligero, el general James F. Hollingsworth, del Halcón Rojo, despegó en su helicóptero personal y mató más vietnamitas que todas las tropas bajo su mando.

La historia de la hazaña del general empieza en la oficina de la división, en Ki-Na, a 32 kilómetros al norte de Saigón, donde un coronel del cuerpo médico me explica que cuando recogen las bajas enemigas se encuentran con más de cuatro heridos civiles por cada vietcong… algo inevitable en este tipo de guerra.

El general entra a zancadas, cuelga dos medallas al mérito militar del pecho de uno de los médicos de campaña del coronel. Entonces sale de nuevo a zancadas hacia su helicóptero y extiende un mapa plastificado para explicar nuestra expedición vespertina.

El general tiene un rostro grande, genuinamente americano, que recuerda a todos los generales de las películas. Es de Texas y tiene 48 años. Su rango actual es general de brigada, subjefe de División, 1ª División de Infantería, Ejército de los Estados Unidos (esto es lo que significa el gran dibujo rojo de la divisa de su hombro).

-Nuestra misión de hoy -gruñe el general- es alejar a esos malditos vietcongs de las carreteras 13 y 16. Éstas son las carreteras 13 y 16, que van del norte de Saigón a la ciudad de Phuoc Vinh, donde tenemos la artillería. Cuando llegamos aquí por primera vez, limpiamos estas carreteras y expulsamos a Charlie Cong, y así pudimos transportar nuestros aprovisionamientos. Creo que desde entonces hemos ido en misión de acá para allá y el Vietcong ha creído que podría volver a infiltrarse. Ha hecho propaganda de que iba a interrumpir nuestro derecho a circular por esas carreteras. Por eso el objetivo de hoy es exterminarlo, exterminarlo y volver a exterminar, hasta que no quede ni uno solo. Sí, señor, Vamos.

El helicóptero UH 18 del general lleva dos pilotos, dos artilleros a cargo de las ametralladoras de calibre 60, y su ayudante, Dennis Gillman, un subalterno de California con mejillas de manzana. También lleva la carabina personal M16 del general (colgada de un tirante), dos docenas de bombas de humo, y un par de bombas de gas CS, cada una del tamaño de un pequeño cubo de basura. Casi tocando al general hay una radio que le permite sintonizar las órdenes dadas por los jefes de batallón en los helicópteros que vuelan debajo del suyo y por los jefes de compañía que vuelan a su vez en helicópteros debajo de aquéllos.

Bajo esta formación de helicópteros se extiende el paisaje aparentemente pacífico junto a las carreteras 13 y 16, lleno de granjas y campesinos que plantan semillas y arrozales. Por hoy, las cosas no han ido demasiado bien. Las compañías Alpha, Bravo y Charlie han asaltado un supuesto cuartel general vietcong, para encontrar unos pocos túneles pero ningún enemigo.

El general se sienta en el hueco de la puerta del helicóptero, con las rodillas separadas. Y con sus lustrosas punteras negras colgando en el espacio, balancea sin cesar un cigarrillo con filtro entre sus dientes, y piensa.

-Bájeme al cuartel general del batallón -le dice al piloto.

-Según los informes, en esta área hay tiradores ocultos, general.

-Al diablo los tiradores, limítese a bajarme.

El cuartel general del batallón es en este momento un área defoliada de cuatro acres. Equipada con tiendas de campaña, transportes para la tropa, helicópteros y atareados infantes. Tocamos tierra entre olor de hierba aplastada. El general desciende de un salto y a grandes zancadas cruza por entre sus tropas.

-Vaya, general, debe excusarnos, no le esperábamos aquí -dice un sudoroso mayor.

-¿Mataron a algún cong, ya?

-Bueno, no, general, supongo que hoy nos tienen mucho miedo. Carretera abajo tuvimos dificultades, una excavadora se cayó por un puente, y camiones que atravesaban un pueblo chocaron contra el pabellón de una pagoda budista. Saigón nos ordenó por radio que reparásemos ese templo antes de continuar… como acción cívica, general. Eso nos retrasó una hora…

-Ya. Bueno, mayor, amplíe un poco su perímetro, y luego póngase a matar vietgongs, ¿quiere?

Vuelta al helicóptero por la aplastada hierba.

-No sé qué pensará usted de la guerra. Tal como lo veo, soy como un jefe de empresa cualquiera, que hace moverse a la gente, sólo que no gano dinero. Sólo que mato a unos, y salvo la vida de otros.

En el aire, el general mastica otras dos puntas de filtro y parece cada vez más triste. Ninguna acción en la carretera 16, y otro general del Halcón Rojo ha ido con su helicóptero para inspeccionar el colapsado puente, antes que nosotros.

-Demos otra vuelta -ordena el general.

-Fuego de metralletas ahí delante, señor. Bengalas de humo cerca. Van a atacar.

-Busque ese humo.

Un penacho blanco se eleva entre la densa selva tropical en presencia de un avión de reconocimiento Bird Dog. La carretera 16 a la derecha; más allá, un extenso poblado de casas con tejados rojos.

-Nos estamos acercando, señor.

Dos jets F105 aparecen en formación en el horizonte, se separan, entonces uno pasa sobre el humo, soltando un rastro plateado, como de latas de sardinas. Después de cuatro segundos de silencia, un fuego naranja pálido explota en pedazos a lo largo de un área de 45 metros de ancho por un kilómetro de largo. Napalm.

Los árboles y arbustos arden, vertiendo un espeso y negro humo en el cielo. El segundo avión se lanza en picado y el fuego cubre toda la faja de bosque denso.

-Aaaaah -exclama el general-. Bien. Bien. Muy limpio. Baje, vamos a ver quién ha quedado ahí.

-¿Cómo saben que los guerrilleros vietcong estaban en esa faja incendiada?

-No lo sabemos. La posición del humo fue una conjetura. Por eso arrasamos el bosque entero.

-Pero ¿y si había alguien, un civil, caminando por allí?

-Vamos, hijo, ¿cree que hay gente husmeando flores en una vegetación tropical como ésta? ¿Con una gran operación por los alrededores? Todo el que ande por ahí abajo, seguro que es Charlie Cong.

Señalo un arrozal lleno de campesinos, a menos de un kilómetro.

-Eso es diferente, hijo. Sabemos que son de verdad.

El piloto grita:

-General, vista a la derecha, dos que corren por ese matorral.

-Los veo. Baje, baje, maldita sea.

En un solo movimiento, coge con un tirón su M16, introduce de golpe un cargador y se asoma a la puerta, colgándose de su cinturón de seguridad para disparar una prolongada descarga en dirección indeterminada al matorral.

-General, hay una abertura, quizás un búnker, ahí abajo.

-Bomba de humo, rodéelo, desvíese.

-Pero general, ¿cómo sabe que no son campesinos asustados?

-¿Corriendo? ¿De ese modo? No me haga llorar. Los cargadores, los cargadores, ¿dónde diablos están los cartuchos en este cacharro?

El ayudante suelta un bote de humo, el general encuentra su munición y el artillero de la ametralladora de estribor dispara rápidamente sobre el matorral, mientras rebotan sus proyectiles por el suelo circundante.

Volamos en el sentido de las agujas del reloj, en círculos cada vez más estrechos y bajos, todos disparan. Una ducha de fundas de cartucho usadas brota de la carabina del general para caer, tibia, sobre mi brazo.

-QUIERO… QUE… DISPAREN… DIRECTAMENTE… AL… CULO… DE… ESE… REFUGIO.

A la cuarta vuelta los proyectiles penetran directamente por la diminuta abertura de sacos de arena, perforando los sacos, llenándolo todo de arena y humo.

El general retrocede de su cinturón de seguridad a su asiento, súbitamente relajado, y suelta una risa afable, singularmente femenina.

-Eso es -dice, y se vuelve hacia mí, apretando índice contra pulgar según el signo de complacencia de un chef francés.

Volamos ahora sobre un edificio de una planta, hecho de cañas secas. La primera descarga hace saltar el techo, destruyendo una pared y la granjilla de pollos, que se convierten en fragmentos de paja desparramada y plumas que vuelan al viento.

-Exterminar, exterminar, exterminar -exclama el general. Ahora utiliza el dispositivo de disparo semiautomático, la carabina tiembla entre sus manos.

Pum, pum, pum, suena el fusil. Todos los ruidos de la querra tienen un sonido extrañamente tejano.

-Bomba de gas.

El teniente Gillman asoma el bote por la puerta. A la señal del piloto, lo suelta. Una explosión de vapor blanco se extiende por el bosque, unos buenos 90 metros en la dirección del viento.

-Por los clavos de Cristo, teniente, eso no sirve.

Inmediatamente el teniente Gillman se encarama por encima mío para coger la segunda bomba de gas, empujándome a un lado, hacia su propio asiento. Con notable pánico me enredo con un cinturón de seguridad desconocido, al girar y ladearse el helicóptero un ángulo de cincuenta grados. La segunda bomba de gas explota perfectamente, junto a la casa, cubriéndola de vapor.

-Ahí no queda nada con vida -dice el general-. O habrían salido. Sí, ahí está, diablos.

Por primera vez veo la figura que corre, a través de la granja, deteniéndose y acelerando hacia una arboleda, vestido con un pijama negro. Ni sombrero, ni zapatos.

-Ahora déle al árbol.

Damos cinco vueltas. Las ramas caen del árbol, las hojas vuelan, su tronco está envuelto en polvo y destellos de proyectiles. Gillman y el general disparan ahora sus carabinas desde la puerta, uno junto a otro. Gillman me ofrece su fusil:

-No, gracias.

Entonces, un hombre sale corriendo del árbol, en cada mano una flamante bandera roja que agita desesperadamente por encima de su cabeza.

-Alto, alto, se rinde -grita el general, golpeando la ametralladora de modo que los disparos sales despedidos hacia el cielo.

-Voy a bajar a cogerlo. Ahora todos atentos, mantengan el fuego indirecto, puede tratarse de una emboscada.

Rápidamente nos clavamos en el campo, delante del árbol, disparando cada tirador ráfagas preventivas entre los arbustos. La figura se nos acerca.

-Seguro que es un cong exclama triunfalmente el general, y con hábil movimiento agarra al hombre por el corto pelo negro y de un tirón lo sube a bordo. El prisionero choca con el teniente Gillman y cae sobre el asiento, a mi lado.

Las banderas rojas que divisé desde el aire son sus manos, enteramente bañadas en sangre. Bajo su camisa brota más sangre, que se derrama sobre sus pantalones.

Ahora volvemos a estar a salvo en el aire. Nuestro prisionero no debe tener más de dieciséis años, su cabeza apenas lega a sobrepasar el nombre bordado en blanco -Hollingsworth- sobre el pecho del general. Está aturdido, conmocionado. Sus ojos miran despacio, primero al general, después al teniente, después a mí. Parece un animal salvaje, minúsculo y hermoso. Tengo que mantener mi mano firmemente apretada contra su hombro para mantenerle derecho. Está temblando. A veces su pie izquierdo, por algún impulso nervioso, golpea con fuerza contra la pared del helicóptero. El teniente aplica un torniquete a su brazo derecho.

-Pida una ambulancia a la base. Que venga el oficial de información con una cámara. A este maldito comunista le quiero vivo hasta que lleguemos… quédate con nosotros sólo hasta que te lo digamos, pequeño.

El general hurga con su carabina, primero en la mejilla del prisionero para mantenerle la cabeza levantada, después en la parte inferior de su camisa.

-Mire esto -dice, volviéndose hacia mí-. ¿Aún cree que son inocentes campesinos? Mire su arsenal.

El prisionero lleva un cinturón de tela con cuatro cartucheras de munición, una cantimplora (sin tapón), un diminuto rollo de vendas y un panfleto propagandístico, que luego resulta ser una colección de canciones vietcongs, con un billete doblado de veinte piastras (unas cuarenta pesetas).

El teniente Gillman parece intranquilo. «Okay, estás bien», le vocifera al prisionero, que en ese momento se vuelve hacia mí y con un gesto sorprendentemente vigoroso mueve su brazo hacia mi asiento. Quiere tumbarse.

Cuando me he sujetado a un nuevo asiento ya volvemos a estar en el campo de aterrizaje. Los sanitarios suben a bordo, le ponen morfina, le desgarran la camisa. Es evidente que una llamarada de fuego le ha destrozado el brazo cerca del hombro. Por la camisa rota surge una gran protuberancia colgante de tejido rojo-azul, salpicada su superficie de fibras nerviosas blancas y astillas de hueso (¿cómo se las arregló para mover este brazo en señal de rendición?).

Cuando la ambulancia se4 ha marchado, el general nos hace posar a todos alrededor del guerrillero para una fotografía de grupo, cual pandilla de pescadores afortunados, después sube de nuevo a la cabina, a mi requerimiento, para una foto ilustrativa de cómo exterminó a esos vietcongs. Está eufórico.

-Jesús, estoy satisfecho por su presencia, ha sido todo de primera. Han escrito mucho sobre mí en los Estados Unidos sobre cómo cazo los vietcongs, pero ningún periodista me había acompañado hasta hoy.

Hasta encontramos un agujero de bala en una de las aspas del rotor del helicóptero.

-Prueba evidente de que no dejaban de dispararnos. Y dispararnos primero, muchacho. Demasiado para esos chicos que llevan flores.

Me da la cantimplora del vietcong, como recuerdo y como prueba. Es una cantimplora comunista. Pekín por todas partes.

Más tarde el general me llama a su despacho para decirme que al prisionero habían tenido que amputarle el brazo, y ahora está en manos de las autoridades vietnamitas, tal como dictan las leyes. Antes de que se lo llevaran confesó a los intérpretes del general que formaba parte del núcleo de una compañía regular vietcong, cuya misión era minar la carretera 16, cortarla y disparar a los helicópteros.

El general es magnánimo en su victoria sobre mis escrupulosas precauciones civiles.

-Mire, hijo, vi que ese primer par de hombres que corrían llevaban rifles. No se lo dije entonces. Y a propósito, no crea que en aquella casa hubiese campesinos de verdad, cuando sea tan veterano como yo sabrá eso por instinto. Admito que de un poste había colgados pollos para comer. No vio nada más grande, como un cerdo o una vaca, ¿verdad? Entonces bien.

El general no estaba seguro de si aquella noche otras tropas irían a la granja para comprobar quién murió, aunque por allí cerca debía haber patrullas.

Andar de noche por la carretera 16 no era seguro, al día siguiente había otra gran operación en otra parte. El Halcón Rojo siempre está en movimiento.

-Pero cuando los vietcongs vuelvan a hostigar la carretera 16, los exterminaremos de nuevo. Y cuando más tarde regresen, volveremos a exterminarlos.

-¿No sería más fácil quedarse allí todo el tiempo?

-Vaya, hijo, no tenemos las tropas suficientes.

-Los coreanos lo consiguen.

-Sí, pero ellos tienen que proteger un área menor. Porque el Halcón Rojo se extiende por doquier… quiero decir hacia la frontera de Camboya. No hay lugar en este mapa que no hayamos pisado.

Añadiré que sus generales ingleses quizá no crean que mi modo de hacer la guerra sea del todo convencional, ¿verdad? Bueno, ésta es una nueva clase de guerra, flexible, de movimientos rápidos. Nosotros los generales tenemos que dirigir nuestras tropas sobre el terreno. El helicóptero añade una nueva dimensión al combate.

No hay mejor modo de luchar que salir a cazar vietcongs. Y no hay nada que me guste más que matar congs. No, señor.

 

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