El candidato de la paz, en eterna campaña

La plaza principal de la capital del país está enmarcada por colosos de rocas opacas. Al fondo el Capitolio Nacional, al frente el Palacio de Justicia, a lado y lado la Catedral Primada y el Palacio Liévano. En medio de ese paisaje ocre y gris, al pie de la estatua de Simón Bolívar y sus palomas inquilinas, hay un resplandor multicolor. Es un candidato presidencial en campaña eterna, que dice ser la reencarnación de Gandhi, la continuación de Martin Luther King, al tiempo que una especie de Papa colombiano; aunque su atuendo recuerde más a Gadafi, el excéntrico líder libio.

En su piel tostada contrasta una banda de lentejuelas doradas, con 20 banderas de todo el mundo en un redondel, sobre un chaleco de destellos plateados serpenteantes. Pasamontañas tricolor con un diamante de plástico en la frente, gafas marrones de aviador, pulseras amarillas, barba canosa, y una gran boca que abre a plenitud mientras lanza un discurso: “No queremos más bombas atómicas. ¡La ONU no puede ignorar al presidente de la paz!”. Apunta con el dedo hacia una Biblia en su atril, mientras su voz ronca se difumina en la plaza, entre un eco de arrullos quejumbrosos.

Se llama Milton Siriaco Amú, y los únicos oídos que lo atienden a la 1:30 de la tarde del jueves son los de un periodista y una anciana vendedora de chicles.

Vendedores de paletas pasan alrededor, parejas se sientan en bordillos cercanos, policías con boinas verdes y fusiles Tavor rondan por allí entre el batallón de palomas responsable del arrullo. Artesanos ofrecen collares y alguien sostiene una lama, esperando que otro alguien pague por tomarse una foto a su lado.

Al que llegan a tomarle fotos es a Milton; un tipo en saco y corbata, con un Blackberry, que luego se va sonriendo y dándole la espalda. El candidato permanente le pareció la mayor curiosidad, sin siquiera escucharlo. Como está en medio de un discurso, le pide a William Ribón que explique su misión aquí. Lo llama su “apóstol”, el primero y el único; aunque, más bien, vendría siendo su fórmula vicepresidencial.

William nació en Santa Marta hace 35 años, y luce un sombrero blanco con la insignia del ‘presidente de la paz’ pegada. “Hace 10 meses estamos aquí expandiendo, propagando el mensaje de la paz”. William fue soldado del Ejército, sufrió una úlcera gástrica que lo tuvo hospitalizado, se sanó y lo atribuyó a un milagro. Soltó el fusil y agarró el pincel. Se volvió pintor. Vino a Bogotá a probar suerte. En una exposición de sus obras, hace 6 años, conoció a Siriaco. Desde entonces lo acompaña.

“Somos heraldos de la paz. Queremos despertar conciencia en esta Nación resquebrajada, no solo por culpa de los gobernantes, sino de todos”, dice sereno, con mirada sincera. Durante años viajaron por el país. Luego recorrieron varios puntos de la ciudad. Se establecieron en la Plaza de Bolívar porque la consideran “la Atenas de hace 3 mil años”, con los congresistas, jueces, funcionarios de la Alcaldía y sacerdotes como vecinos. Los poderes ejecutivo, judicial, legislativo y religioso en torno suyo. “Estamos en el corazón de Colombia”, se le oye vociferar a Milton al fondo.

Milton instala su atril y tiende su Biblia de lunes a viernes, desde las 12 del día. Puede pasar el día entero dando discursos y leyendo pasajes de evangelios, o solo media hora; depende de cuánto público se acerque a la plaza. Para sostenerse reciben contribuciones voluntarias, o venden libros y pinturas que guardan en un cesto de mimbre.

Campaña.

Milton terminó su alocución. Ahora explica que no ha inscrito oficialmente su candidatura, porque no lo considera necesario. Tampoco ha registrado en ninguna parte su partido pacifista, de dos hombres. “Mi gobierno no es de Colombia. Es de Dios, es universal. La paz debe estar en todos lados, y soy un candidato permanente hasta que el mundo lo comprenda”, enfatiza los gestos faciales y acentúa el final de cada palabra.

Nació hace 42 años en Buenaventura. Su gesta por la paz es hija de la violencia. A los 4 años quedó huérfano. Su padre era sindicalista de Puertos de Colombia y fue asesinado. Un crimen que solo recuerda su familia. Su mamá era ama de casa, pero de súbito quedó desamparada; tuvo que salir a trabajar para darles de comer a él y a sus dos hermanas. Luego de trabajar como marquetero, como obrero, como carpintero y como sastre, Milton empezó a recorrer el país como “caminante por la paz”. Estuvo en Barranquilla, en Cali, en el Cabo de la Vela y en Nariño. Incluso dice haber ido a Chile y Brasil. Al cabo de unos años, se consideró a sí mismo “soldado de la paz. Pero me di cuenta que ya yo estaba para general de la paz”. Y ahora considera que ya está para presidente.

“El artículo 22 de la Constitución dice que la paz es un derecho, un deber obligatorio. He estudiado mucho y me llevó a entender que la Constitución también defiende el voto en blanco. Es el voto de la paz, que es lo que yo promuevo”. La propuesta de Milton es sencilla. Les pide a todos los ciudadanos que voten en blanco, como protesta contra la violencia. Y como el blanco es el color de la bandera de la paz, entonces el triunfo sería para él, el candidato de la paz.

“Si se logra, está ganando la paz. Se lograría lo que defendía Galán, que el pueblo es superior a sus dirigentes. Pero la gente está acostumbrada a que le compren la conciencia, y por eso estamos aquí en el centro de los 4 poderes. A honoris causa”, dice, en el lugar que se pronunciaron los primeros gritos de independencia de Colombia; donde se realizan las posesiones del Presidente de la República. “Así la ONU debería darnos un espacio entre los demás presidentes”.

Milton está casado con una bogotana, y es padre de un niño de 7 años, Jonathan Siriaco. A su espalda se pueden leer las placas instaladas bajo el monumento de bronce de Bolívar. “Tan solo el pueblo conoce su bien y es dueño de su suerte. Pero no un poderoso, ni un partido, ni una fracción, nadie sino la mayoría es soberana. Es un tirano el que se pone en lugar del pueblo y su potestad”. También se leen grafittis y rayones: “like a rolling stone”, “anarquistas”.

Milton personifica la línea divisoria entre un pastor evangélico y un político

De pronto, el discurso de Siriaco se explaya en alusiones religiosas. “Queremos que la gente comprenda que Dios existe. Soy como el Papa, un padre de la patria, que da amor a sus hijos. Soy la resurrección de esos hombres que han dado su vida por la paz”. La mayor parte del tiempo, sus palabras suenan más como las de un pastor evangélico que como las de un político. Personifica la línea inexistente entre los dos discursos.

Le pregunto por su vestimenta, y me explica que él mismo cose y diseña sus prendas. Hizo la banda con lentejuelas doradas, para representar la riqueza de Colombia; la riqueza históricamente usurpada, por farsantes disfrazados de políticos, dedicados a robar al pueblo. Entonces, habla de que a veces ha recibido aportes millonarios para seguir su labor. Invita a otro que desde lejos le toma fotos a que se acerque, lo invita a comprar algún libro o colaborarle con la causa.

¿Y por qué el diamante en la frente? “Porque este es el ojo de Dios. Él es el único que puede ver con la verdad”, dice Milton, y se quita las gafas oscuras de un manotazo. Su voz deja el tono grandilocuente, y se torna solemne. “Porque estos que están aquí, estos, son los que están engañando a la gente”, dice apuntándose hacia la mirada entrecerrada.

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud
Diario El Heraldo, 19 de junio 2011
http://www.elheraldo.co/reportaje/en-bogota-un-candidato-en-eterna-campana-26003

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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2 respuestas a El candidato de la paz, en eterna campaña

  1. Alexa Supertramp dijo:

    Historias reales… en tiempo real. Me gustó.

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