Felipe Noguera: el actor de los colores

Julio Flórez

El poeta de la muerte, Julio Flórez, volverá a la vida en la cara de Felipe Noguera. Quizá usted recuerde haberla visto en televisión, personificando a un director de una escuela de fútbol en el seriado noventero ‘De pies a cabeza’, o un ciego en ‘Mesa para tres’. Él es un actor de sangre costeña que nunca ha representado el papel de un costeño, y que es almirante del Arca de Noé en Bogotá; esta sí una escuela real.

Aunque no tiene ni el más mínimo rastro de acento o aspecto caribe, Felipe es uno de los ocho hijos de Hernando Noguera Noguera, un abogado samario que vino a estudiar a la capital del país y se quedó a pasar el resto de su vida. Felipe aún pasa todas sus vacaciones en Santa Marta. Pero esa aparente falta de costeñidad juega a su favor para encarnar a Flórez.

“Una de las cosas interesantes del poeta es que vivió los últimos 13 años de su vida en Usiacurí (municipio de Atlántico) y nunca adquirió nada del acento costeño, para nada; y era muy pintoresco porque mantenía su pinta, de montañero, de aquí”, dice en el ático de una casona, al norte de Bogotá. Aquí, entre muñecos de Bob el constructor, Nemo y rinocerontes sin bautizar, colgó un atuendo que le acaban de traer: el gabán, la corbata y el sombrero negro que usará en la obra que se presentará el 10 y 11 de agosto en Barranquilla.

Julio Flórez nació en Chiquinquirá. Municipio de Boyacá, donde “de pura causalidad yo voy mucho, porque la familia de mi esposa, Catalina Pizarro, tiene una finca allí. Vamos bastante y siempre paramos en el parque Julio Flórez. Lo había oído nombrar mucho”. Una estatua y uno que otro poema era lo poco que conocía de esa figura a la que le dará vida en el teatro.

Preparándose para el papel, ha descubierto que Flórez era un ídolo de los años 20 en Colombia; hablando en el lenguaje de la popularidad.

Ha encontrado un “personaje fantástico, un poeta increíble con unos poemas bellísimos y una vida muy interesante”. Pero lo que más lo ha cautivado es que “para el momento en que vivió era como decir en este momento un Ricky Martin . Un poeta en ese entonces era el gran ídolo, la gente se enloquecía por verlo, llenaban teatros para oírlo declamar. Su poesía era bastante popular y le llegaba a todo el mundo. Fue coronado, se le hacían homenajes, viajaba y lo recibían grandes personalidades del mundo”.

 

Navegando el arca.

Felipe Noguera lleva cerca de año y medio alejado de las cámaras y los escenarios. Tiempo en el que se ha entregado de lleno a representar el papel que más disfruta, ante un público que oscila entre los dos y cuatro años de edad. Es el alma de un sueño de colores y juguetes y diversiones: el jardín infantil Arca de Noé, que fundó hace 17 años. Una casona de ladrillos y tapias opacas, enmarcada por arbustos, y que esconde un arco iris por dentro; mil metros cuadrados divididos en tres pisos, que bien podrían formar parte de esa fábrica mágica de chocolates dirigida por Charlie Wonka.

“Esta es mi mayor entretención”. Felipe eligió la mansarda para atender esta entrevista, dado que es donde se desarrollan la mayoría de sus clases. Cuando está grabando telenovelas activamente, siempre coordina que le dejen dos mañanas libres para venir. Se desempeña como profesor “de jugada; la clase se llama gimnasia, pero es de jugar, de brincar, de montar en triciclo, subir por un lado, bajar por el otro”.

Además de ser el inversionista es el constructor, puesto que cada año dirige una nueva obra en el jardín: la instalación de columpios y pasamanos, o la siembra de grama artificial en el segundo piso. “Me toma mucho tiempo diseñar, conseguir los materiales. Son todas cosas nuevas, no se van y se compran, tengo que buscar el que hace una cosa, el que hace otra”.

La luz entra a la mansarda por grandes ventanales. Se refleja cálida en el piso y las paredes de madera. Entre peluches y naves intergalácticas, hay un armario lleno de disfraces: piratas, ositos cachetones y cumbiamberitas, por supuesto. Hay una habitación de lavadoras miniatura, de unos 30 centímetros. Arriba hay un sistema de redes y cabuyas para escalar a compartimentos secretos en el techo. Aparecen enormes tuberías de plástico que rodean las escaleras. Los niños pueden deslizarse por allí para caer en una piscina de colchones en el segundo piso.

“La vida de los niños es jugar, así es que aprenden, así se relacionan con el mundo. Yo he aprendido más de ellos que ellos de mí”. Cada año se gradúan unos 45 niños, y asisten a clase un promedio de 120. Noguera trabaja con un equipo de 35 personas, entre profesores de música, psicólogas, terapistas y fonoaudiólogas. “Lo que hacemos es intentar por todos los medios que sean felices, que se diviertan y se rían aquí”.

En el Arca de Noé los cursos reciben nombres de grupos de animales: hay ardillas, lagartijas, delfines, tucanes, tortugas, osos de anteojos. Cada rincón parece extraído de un sueño infantil. Hacia el primer piso, los pasillos están tapizados de papeles blancos para que el que quiera raye lo que quiera. Una pecera sirve de bulevar.

A un lado de anaqueles de libros hay una choza de sábanas para oír cuentos. Dos terodáctilos de cartón, risueños y dentones, sobrevuelan un curso; en otro sonríe una gallina gigante con una cola de hojas secas; y otra la ocupa una estampida de dinosaurios sobre una alfombra de flores. Por un camino de piezas de rompecabezas se llega a un baño de lavamanos e inodoros miniatura.

“A raíz de mi conocimiento de los niños, de estar jugando con ellos tantos años, he aprendido a saber qué les gusta para estarles diseñando cosas”. Las hermanas de Felipe son mucho mayores que él; por eso desde que tenía 11 años tuvo muchos sobrinos, a quienes les inventaba cuentos y juegos. Cuando terminaba el bachillerato en el Gimnasio Moderno trabajó en recreación. Cuando empezaba a estudiar economía en la Universidad de los Andes era voluntario en una escuela que había para los hijos de los empleados. Cuando tenía el primero de sus tres hijos, le peoponía a su esposa fundar una escuela. Así nació el arca que navega entre olas de sonrisas.

A Noguera le había gustado la actuación desde que estaba en el colegio. Confiesa sin tapujos que estudió economía “como por entrar a los Andes, sin saber mucho qué hacer”. Luego, en 1987, sufrió la conversión. Volando por los aires en una cometa, se estrelló. Un mes hospitalizado, cuatro meses en silla de ruedas, y cerca de tres años en recuperación. “A raíz de eso dije, no, vamos a hacer algo más rico que ser economista, y empecé a estudiar actuación”.

Hace 21 años comenzó su carrera actoral, protagonizando una serie llamada ‘El Carretero’. Vino ‘El Gato’, de ‘De pies a cabeza’, un papel en una novela llamada ‘Pocholo’, y muchos más. La obra que protagonizará ahora se titula ‘El poeta y las luces’.

Se trata de cinco momentos de la vida de Julio Flórez. Desde que llegó a vivir a Usiacurí por motivos de salud, en busca de sus aguas medicinales. Cuando sufrió una conversión. “Empieza otra faceta, había tenido una vida muy bohemia, de tragos, de fiesta y muchas mujeres. Pero llega y se enamora perdidamente de una niña de 15 años, se casa con ella y tiene 5 hijos. Cambia las visiones que había tenido toda su vida. Tiene los años más felices de su vida”.

Cada acto, cada momento, tendrá una canción y un color. Plasmará lo que vive internamente el poeta. Un baño cromático para reflejar su transición a la plenitud y la felicidad. Un caleidoscopio de tonos mágicos, ensoñadores. Como esos que ahora llenan la vida de Noguera, desde que empezaron sus años como actor y profesor.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en Latitud, diario El Heraldo, 10 de julio 2011
http://www.elheraldo.co/documento/el-actor-de-los-colores-28758

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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