Rellenos para los glúteos: trampa mortal

nalgas

La rebosante ilusión de muchas (y muchísimos) puede terminar en pesadilla

A Luzmila* todavía le duele la cicatriz que dejó la media nalga que tuvieron que arrancarle, a veces cuando se sienta. Se le había puesto negra y dura como una panela, un mes después de que un médico le inyectara algo en un centro de estética de Barranquilla. Le dijo que era ácido hialurónico para rellenar y levantar sus glúteos rápido y sin problemas. A Sandra* la mantienen viva los aparatos de una unidad de cuidados intensivos; está hospitalizada por creer esa misma promesa de belleza instantánea.

La Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, capítulo Atlántico (Sccp), advierte que día a día se multiplica vertiginosamente el número de mujeres que cae en la misma trampa que ellas, ante la mirada condescendiente de las autoridades de salud locales y nacionales: se inyectan la muerte, disfrazada de vanidad.

(Lea el caso de la presentadora de televisión colombiana Jessica Cediel)

Estadísticas. Una vez dentro del cuerpo, puede llevarle días o años revelar su rostro, escondido tras la redondeada figura levanta miradas; pero al final lo hace. Tarde o temprano estalla en úlceras, malformaciones e infecciones, como le ha ocurrido a más de 120 barranquilleras en el último año.

En todo el país se han reportado 453 casos de complicaciones vinculadas a la aplicación de rellenos en el trasero. Algunas han aparecido hasta 10 años después de la inyección.

Dos de las pacientes no soportaron el peso de ver su cuerpo deformado, y se suicidaron.

Cada uno de los 60 especialistas de la Sociedad en Barranquilla ha atendido de dos a tres pacientes con serias complicaciones en sus glúteos, o a raíz de ellos. Los médicos han corroborado que son consecuencia de la aplicación de supuestos rellenos corporales, en el 70% de los casos efectuados por personas que ni siquiera son profesionales de la salud.

Algunos de estos, como el producto de marca Hialucorp, incluso muestran registro sanitario aprobado por el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos, Invima. De hecho, este es uno de los ganchos que se suelen usar para convencer a las tentadas a inflarse las nalgas.

A Sandra y a Luzmila les dijeron que no iba a pasar nada, que podían estar tranquilas, y que la prueba era que la sustancia que les inyectarían estaba certificada por la autoridad, como mostraba la etiqueta.

Pero la Sccp alerta que todos los rellenos que se emplean para esos procedimientos contienen biopolímeros, silicona líquida, que causa daños irreparables al ser irrigada dentro del cuerpo. Lo grave es que ellos se lo advierten a todas sus pacientes, pero el problema sigue hinchándose.

Los especialistas Leonardo Forero y Freddy Rodríguez, por ejemplo, han manejado cada uno cerca de 12 pacientes con traseros ya atrofiados. Pero han atendido más de 60 que se les nota que se inyectaron, y están condenadas a que la bomba estalle con el tiempo.

mas problemas

Los daños aparecen después de años. Suelen ser irreparables.

Responsables. “Aumento de glúteos sin cirugía, sin dolor, en dos horas”. Cada vez que un cirujano de la Sccp ve ese tipo de promesas en centros de estética, sabe que está frente a los culpables de las complicaciones que tantas lágrimas le causan a sus pacientes.

EL HERALDO intentó contactar a 3 centros de estética con avisos como ese, para conocer su explicación sobre los cuestionamientos en su contra, pero fue imposible.

La sociedad de especialistas denuncia, además, que vienen proliferando al parecer sin control alguno. Hasta se hacen aumentos corporales en garajes. Los cirujanos no se explican por qué si la Secretaría de Salud es tan rigurosa cuando les realiza controles a sus consultorios, permite que en esos sitios sean inyectadas sustancias que a todas luces son irregulares, por personas que no están permitidas para realizar procedimientos invasivos por la ley, como esteticistas.

Por problemas con los rellenos en Colombia han sido encarceladas tres cosmetólogas, tras perder una demanda penal. Otras ocho tienen demandas pendientes, y cuatro han tenido que salir del país.

Imposibilidad. Cirujanos plásticos como Rafael García, Rafael Hernández y Freddy Rodríguez pueden afirmar que ninguno de los rellenos de glúteos que se hacen en la ciudad son con ácido hialurónico, como dicen ser, gracias a una sencilla ecuación matemática.

Cada centímetro cúbico de esta sustancia original le cuesta a los médicos unos $500 mil. Aplican inyecciones únicas, para rellenar arrugas marcadas de la cara. En cambio en las sesiones de aumento de glúteos a las mujeres les alcanzan a introducir hasta 300 centímetros en cada nalga. Si fuera lo que dicen que es, solo el valor de los materiales ascendería a más de $300 millones, abismalmente superior a los $2 o 3 millones en los que se suele ofrecer el procedimiento.

Por eso aseguran que el Hialucorp no tiene ácido: les venden el frasco de 500 centímetros a $600 mil. Por eso afirman que tiene silicona, “y quién sabe qué más”. Por eso, y porque le han tenido que extraer pedazos solidificados con piel y músculos a sus pacientes.

Aunque se tratara realmente de ácido hialurónico, cantidades tan grandes esparcidas dentro del cuerpo causarían enfermedades del colágeno, como lupus o artritis.

Alarma. Los únicos aumentos adecuados para las nalgas son los que se realizan con la misma grasa de la persona, o con implantes sellados. Eso le explican los miembros de la Sccp a sus pacientes una, otra y otra vez. Otros métodos que parecen más seguros que una cirugía traen riesgos que van desde desfiguraciones acompañadas de infecciones profundas, como la que sufrió Luzmila, hasta daños en toda la circulación, que causan la muerte.

problemas

La sustancia se solidifíca y va quemando los tejidos

Estudio Nacional de casos

El especialista Felipe Coiffman ha recopilado la información de todas las deformaciones faciales y corporales que se han presentado en Colombia por causa del uso de diversas sustancias de relleno. Señala que se han presentado cerca de 15 mil casos, incluyendo problemas con parafina y silicona en el rostro. Denominó la situación como alogenosis iatrogénica, por ser causada por sustancias ajenas al organismo, y por inyecciones de médicos, conscientes o no del daño que causan. Ha encontrado que un 97% de los pacientes son de género femenino, y que todas salen satisfechas inmediatamente termina la implantación. Solo se quejan de ligeras molestias. El periodo de manifestación de síntomas varía entre unas horas hasta los 25 años. Coiffman señala que uno de cada 5 pacientes tuvo que recurrir a tratamiento psiquiátrico.

 

Esperanza. A Luzmila le hicieron una pequeña incisión en el coccix, masajearon la nalga para moldearla a medida que entraba la sustancia y una hora después le amarraron una faja. El médico que lo hizo tuvo que pagarle $15 millones de indemnización, por todo el pus que le tuvieron que drenar, y la carte gangrenosa que hubo que cortar. Sandra está crítica por un problema pulmonar.
La Sccp explica que además de extenderse en los tejidos y coagularse, a veces los biopolímeros migran a otros órganos. Aún así, es posible que algunas inyectadas salgan ilesas.

Pero Luzmila no cree que valga la pena el riesgo de perder la nalga, solo por querer tenerla más bonita. Es costumbre valorar más lo que ya no se tiene. “Uno peca por confiado, pero ahora me doy cuenta que es un engaño. Eso que soy bacterióloga”. Accedió a contar su historia, mientras se mantuviera bajo reserva su identidad, porque quiere que otras se den cuenta del drama que esconden esas agujas, sin necesidad de que les cercenen la vida.

Luzmila dice que era “agraciada”, que quizá no requería ese procedimiento que casi la deja desgraciada de por vida. No hubo voz que la alertara; que le dijera que desistiera; que querían explotar su vanidad y sacarle plata a costa de su salud. Tal vez sea esa voz para quienes lean esto.

aumento nalgas

Ningún aumento de glúteos realizado con rellenos de sustancias es apropiado, afirma la Sccp. Todos traen complicaciones.

 

La situación se propaga por toda Latinoamérica

El cirujano Felipe Coiffman calcula en su investigación que más de un millón de personas en toda Latinoamérica se han inyectado sustancias peligrosas. Justamente esta semana la popular cantante mexicana Alejandra Guzmán fue operada de los glúteos para retirarle una sustancia que le había sido inyectada, y que provocó una infección que puso en riesgo su vida. Tras estar dentro de su cuerpo “se convirtió en plástico”, dijo la cantante, que teme que haya compromiso de su musculatura. Incluso, hubo riesgo de que la necrosis llegara a afectarle los nervios o el cerebro, y dejarla paralítica.

La cantante anunció que demandará a su cosmetóloga, Valentina de Albornoz, por el procedimiento que le practicaron en una de sus clínicas. “Quiero buscar lo justo para todas las personas que ya han pasado por esto. Algunos han muerto y no se vale que la gente se lucre con esto”, declaró.

 

Invima dice que Hialucorp no aparece en sus registros

La Sccp señala que el Hialucorp está aprobado por el Invima con el registro sanitario número 2007DM0000814. Y así aparece en varias actas de los años 2007 y 2008 publicadas en Internet. No obstante, la Subdirección de Insumos para la Salud del Invima informó a EL HERALDO que actualmente no encuentra en sus bases de datos de registros un producto con ese nombre o número.

En un acta de abril 16 del año pasado la Comisión Revisora del Invima había conceptuado que era necesario llamar a revisión al producto Hialucorp Bellaform, que aparecía con ese número de registro, puesto que el uso propuesto de “relleno muscular” y la presentación en grandes volúmenes, 50 y 250 ml, pueden generar riesgos para la salud de los pacientes. Por eso había pedido al titular del registro presentar estudios clínicos que respalden la seguridad de esa indicación y los volúmenes administrados.

Ahora, el registro de Hialucorp no aparece en vigencia. El producto más parecido en los listados del Invima es el ácido hialurónico original, el único autorizado por la Sccp en pequeñas cantidades.

producto peligroso

Médico fue capturado por falsificar Hialucorp con aceite industrial

La Sijín de la Policía Metropolitana de Cali capturó en abril 17 de 2008 al médico odontólogo Ernesto Roque Orozco, por comercializar aceite industrial que hacía pasar por Hialucorp, producto que luego era utilizado en procedimientos estéticos. Esa noticia que leyó en el portal de Internet Terra es uno de los motivos de mayor preocupación para el cirujano plástico Rafael García Di Zeo.

“Si eso hacía un médico que pudieron detectar, cuántos más habrá falsificando estos productos, inyectándole cualquier cantidad de cosas a las mujeres”, afirma en su consultorio. De acuerdo con lo informado por la Policía, el médico detenido había distribuido la sustancia durante año y medio en clínicas, usurpando la marca patentada con registro Invima. Se dedicaba a falsificar las etiquetas de Hialucorp y reembasar el aceite.

Le incautaron siete galones de silicona industrial, así como 2.800 estampillas falsas de la empresaAmerican Medycal System, a la cual suplantó, y 450 frascos para envasar.

Por Iván Bernal Marín

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El corroncho no es como lo pintan… es más colorido

Una corronchada sin igual, con vallenato, gaitas, décimas poéticas, cuentos mágicos, anécdotas picaras y mamaderas de gallo antológicas, se celebró el sábado en San Jacinto, Bolívar, para elevar un clamor ante la Real Academia de la Lengua.

La autoridad del idioma español concede siete acepciones a la palabra corroncho: aluden a especies de peces toscos y ásperos, conchas de animales, superficies duras y escamosas, arroz pegado en el fondo de la olla o personas torpes. Pero el vocablo es más conocido popularmente por un uso desdeñoso; para referirse en forma despectiva a ciertos costeños, en especial aquellos que llegaban de las zonas rurales a chocar con un mundo desconocido y hostil: la capital.

Es aquí donde tuerce el rabo la puerca. Eso diría un buen corroncho, como el artífice de la corronchada, Hernán Villa, presidente de la Fundación Cultural Corronchismo.

Corronchin

Así de lindo es el pez del que surge el apelativo de Corroncho

La primera exposición en el evento que organizó, el II Conversatorio sobre Corronchismo y encuentro de narradores orales de historia, propugna por la creación de una nueva ciencia: la Corronchología, ciencia que tratará de las personas originales, auténticas, sinceras, afectuosas y dicharacheras, que en honor a sus costumbres vernáculas propenden por la realización de las cosas sin tanta suntuosidad ni perendengue. Características que suelen emerger cuando cualquiera, sea de donde sea, se enfrenta a la cultura de ciudades más grandes y avanzadas que la de su tierra nativa.

En esencia, esa es la verdadera connotación que ha cobrado hoy la palabra corroncho, de acuerdo con Hernán y los más de 200 curiosos, intelectuales, cuenteros, músicos y periodistas que se congregaron en el Club de Leones de San Jacinto para participar en el Conversatorio.

Y esa connotación, libre de las manchas peyorativas que tuvo en su origen, es la que piden que figure en los diccionarios. “En el inicio fue discriminatorio contra los costeños de estrato bajo, como algo feo y torpe. Pero hay que aclarar que es una expresión cultural del hombre que reconoce su identidad y la defiende, que es natural, espontáneo, que no es pomposo y no rechaza su origen”, dijo José Pereira, otro ideólogo del corronchismo.

“La connotación la de la necesidad de comunicar, y en eso los diccionarios se han quedado cortos”, añadió Hernán. Suena contradictorio, pero argumenta que es una corronchidad que el término de la Real Academia se limite a lo negativo.

Así, se escucharon justificaciones académicas muy serias en torno a un tema ligado a la mamadera de gallo, en consonancia con esa tesis tan defendida en vida por el gramático Luis F. Palencia Carratt: “El corroncho es universal”. Aunque también, anécdotas en consonancia con la corronchería, que la corronchología define como: dícese de una gran acumulación de corronchos.

“El ser corroncho es relativo”, dijo el filósofo sanjacintero Numas Armando Gil. “Todos llevamos un corroncho dentro”, dijo Armando Tapias, director del festival de Gaitas del pueblo de los Montes de María. Ambos explicaron que incluso cuando el citadino va al campo, se comporta como un verdadero corroncho, para ese entorno; se cae de la burra, se resbala. “El corronchismo no es una carencia intelectual, sino una diferencia cultural”, defendió Gil.

Tapias explicó que es un comportamiento legítimo que surge cuando un provinciano arriba a cualquier capital, pero que cuando se sale del país digamos a Estados Unidos, hasta Bogotá se queda como una provincia.

A un lado de la tarima del Club de Leones había unas 5 mesas de billar arrinconadas, y al otro un enorme palo de mango. Había además dos torres de parlantes, por las que se escuchaba el estruendo del vallenato de Héctor Romero y su conjunto, y luego el adolescente Angel Reyes.

El presentador del evento, Jesús Arrieta, se transformaba en cantante. En la esquina, afuera, el narrador oral Alfredo Martelo le echaba un cuento a 15 personas que lo rodeaban, sobre la preocupación del burro cuando se enteró de una frase condenatoria: “con la misma vara que mides, serás medido”. Alguien contó que cuando vio un semáforo por primera vez, en Bogotá, creyó que “estos cachacos si son malos, se quedan en las esquinas pa echa mocho (carreras)”.

El conversatorio comenzó desde las 9 de la mañana. Cerca de la 1 de la tarde se presentó en tarima el reconocido periodista Andrés Salcedo, con una pinta muy común entre la concurrencia: camisa de flores, pulseras y gorra. Aunque llevaba zapatos, y la mayoría estaba en abarcas. Habló del corroncho alemán, y como en su opinión los nativos de ese país son los corronchos por antonomasia. “El corronchismo es una condición humana, presente en cualquier sociedad”.

El evento fue en honor al fallecido escritor David Sánchez Juliao, de quién se leyeron algunos textos. Además se le rindió homenaje a un narrador oral de la región, Miguel “el de Eloy” Brieva. Nacido en 1927, antiguo amigo y compañero creativo de íconos del folclor vallenato como Adolfo Pacheco Anillo y Andrés Landero. Subió a tarima con un bastón, que de pronto se convirtió en una metralleta imaginaria con la que disparó al público, y luego un paraguas. “Ya me dan el pésame de aquí pa’ abajo”, dijo señalándose hacia la cadera.

Hace unos años sufrió un infarto, una trombosis que le dejó paralizada una pierna. Aún así no quería soltar el micrófono, echando cuentos sobre una abuela que se comparaba ante su nieto con un estropajo. ¿Y el palo? Preguntaba el niño –lo tiene tu abuelo en el monte–, respondía ella. El viejo bailó, se subió al pantalón y todos rieron cuando dijo que le tocaría poner a cocinar la placa que le entregarían, para poder almorzar algo. ¿Qué sintió por el homenaje? “Una rasquiña en el jo..”, respondió él, mascando el agua. Más corroncho, imposible.

 

Por Iván Bernal Marín

San Jacinto, Bolívar
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El librero juniorista que llega a trabajar a las 11

Este personaje me hizo volver a la aldea de letras ya leídas:

La mayoría de ventas de libros usados alrededor llevan un par de horas abiertas. Son las 11 de la mañana y él no aparece. Es el tercer día intentando contactar al barranquillero que resucita biblias y colecciones de fascículos en una feria de libros permanente en Bogotá. Y no aparece. Como los días anteriores, sus vecinos cachacos vuelven a decir que “como buen costeño” nunca abre su negocio temprano. Llega a las 9:30, o a las 10, o al medio día, o en la tarde, dice Vanessa Pérez, la vendedora del local de enfrente, sonrojándose en una sonrisa complacida.

Por un corredor del centro comercial Tercer Milenio entra un flaco trigueño de bigote canoso, columpiando largo los brazos y los pasos. “¡Habla burrro!”, exclama apuntando el dedo a la cara de uno de los que se regodeaba hablando de él. Sube la pestaña metálica de un local, y deja a la luz un escudo del Junior resplandeciendo en un afiche; un dálmata manejando un triciclo, y Muhammad Ali conectando un zurdazo. Nadie debe presentar a Eduardo Sierra para descubrir que es él, el barranquillero inscrito en la Biblioteca de Babel del centro de Bogotá. Como esa biblioteca mística concebida por Jorge Luis Borges, 4 cuadras de la capital del país parecen contener infinitas veces todos los textos posibles; en ellas se intercambian, recuperan y renegocian letras leídas y releídas.

Eduardo ha sido agente de estos intercambios los últimos 24 de sus 54 años. Tiene funciones específicas, entre los centenares de locales y puestos callejeros tapizados de títulos. Llegó con rollos de papel bajo los brazos; ahora corta bordes de hojas encuadernadas, les aplica goma y ajusta una caratula. Compra libros y biblias desbaratadas por 2 mil pesos. “Los libros de segunda son como mejores”, disfruta saber que alguien ya disfrutó ese texto, que restaura para alguien más; le gusta el eterno retorno de las obras ya consumadas, ya leídas, que siguen reviviendo siempre en la lectura de otro y otro. “Los dejo otra vez bacanos”.

Les acomoda páginas, les confecciona portadas en cuero o percalina. Uno bien rehabilitado lo puede vender hasta en 10 mil pesos. No mucho, y casi todos los vendedores hacen trabajos parecidos. Ante la competencia Eduardo se ha convertido en una especie de cazador, de un improbable tesoro del mundo editorial: se especializa en los fascículos educativos que, hace meses o hace años, circularon en los periódicos de todo el país. “Los recojo, los colecciono y armo un libro”. Tiene a sus espaldas unos 100 empastados en la estantería. “La gente me los trae, les faltan uno o dos fascículos. Se lo cambio. Le doy uno armado, me quedo con el que trajo y le cobro lo que vale el fascículo y el montaje”.

Historia universal, valores humanos, recetas caseras, geografía, universo, palabras que se leen en los lomos. En los filos de las repisas los acompañan botas de cerámica juniorista con lapiceros, camisetas rojiblancas de 2 centímetros y un reloj tiburón. Eduardo asegura que su nicho es muy conocido. “La gente llega vendiendo fascículos y les dicen: ves donde el costeño que es el man que trabaja con eso y te compra”. Por este local con aspecto de armario, de dos metros y medio de ancho, paga 150 mil pesos mensuales. Le acondicionó un equipo de sonido, y un reproductor DVD.

Suena un reggae. Recién llegado otros vendedores le intentaron hacer competencia. Palparon la oportunidad de negocio cuando venían compradores buscándolo. “Esto tiene su secreto”. Eduardo compara los fascículos con las laminitas de los álbumes de fútbol o chocolatinas. Algunos son difíciles de ubicar, “porque de pronto ese día se vendió más el periódico por una noticia que salió, y ya no se encuentra”. Él sí sabe cuáles son los más apetecidos, y ofrece la armada. Los otros no, así que desistieron.

“Hay manes que vienen de pueblos a comprarme, sobre todo profesores, médicos y arquitectos”. Llega uno de sus compradores fieles, el “viejo Ángel” Arévalo. Un bogotano de ojos verdes, arrugada piel y pelos blancos. Hace 6 años le compra. En su local, Eduardo vende una colección armada por 30 mil pesos. Ángel los revende. Va de casa en casa pidiendo por ellos 50 ó 60 mil pesos, para negociarlos a un precio mínimo de 45 mil. “Los requieren mucho. Cuando las cosas son escasas, se valorizan más”, dice el viejo, hincha de Santa Fe.

Al Filo del Caos, El Universo Desbocado, La Última Oportunidad, son algunos de los títulos en el mostrador de Eduardo. Cuestan 8 mil pesos. La venta de colecciones y libros le ha permitido sostener 3 hijos. Lina y Junior ya están en la universidad; Cesar aún no termina el bachillerato. Vive con ellos lejos del centro; a veces dura 2 horas metido en una buseta para llegar al local. “Es como si todos los días me fuera de Barranquilla a Cartagena, Bogotá es un caos, nunca tranquila”.

Llegó a esta ciudad sin planearlo. Un día sentado en la puerta de su casa, en el barrio Sevillar en Barranquilla, sus hermanos le dijeron que metiera 2 pantalones en una maleta y se subiera al Renault 4 porque venían para la capital. Ellos se devolvieron. No les gustó el frío que a Eduardo sí. Un hermano es escritor y el otro hace historietas. Todos viven de las letras, indirectamente. “Es una vena que viene de la enseñanza de mi abuela”. Se llamaba Romualda Vargas, era de Aguachica, Cesar, y se pensionó como maestra de primaria en Magdalena. “Nos llevó a la lectura. Era de esas que cogían el brazo y se lo amarraban a uno para hacer planas”.

Eduardo se quedó y bautizó su negocio Piedra de Horeb, en honor a la historia bíblica de Moisés y las tablas de los mandamientos. Es evangélico, y la más sincera razón de la escogencia es que ya conocía muchos Ríos de Agua Viva y Monte Síon, nombres que se le ocurrieron primero. En medio de las colecciones, erigida al lado de una biblia azul, un libro rojo consagra la devoción que inspira sus únicas prédicas: Una Historia de Diamantes. “Ser hincha del Junior aquí es duro. Todos los cachacos, del Medellín, América, Caldas, van a que Junior pierda. Cuando perdemos la montada es brava”. Es un ejemplo de resignación y sacrificio. Aunque siempre que puede, pontifica. “Pero el último campeón que vio el Viejo Ángel fue cuando tenía como 10 años… vagamente se acuerda, se volvió viejito y nada”, el hincha de Santa Fe lo mira, calla, y rápido cambia el tema pidiendo que baje una colección de biología.

El Viejo también había llegado desde las 10 de la mañana a la feria del libro permanente, buscándolo. Eduardo jura que se levanta temprano a coser libros en su casa, a recorrer barrios y sectores donde lo conocen, a buscar fascículos, o a negociar bibliotecas enteras con gente que lo llama. “Creen que es por ser costeño que llego a las 11, pero cuando vengo aquí ya vengo laborando”. Ahora el Viejo Ángel vuelve a sonreír.

 

Por Iván Bernal Marín

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La aldea de letras ya leídas

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Hay una aldea donde en vez de monedas o billetes, las palabras escritas son el principal objeto de intercambio; allí convergen todas las letras que han escrito todos los hombres en la historia, y las que faltan. O eso parece, si usted camina por los adoquines rojos de la calle 15 entre carreras 8 y 10 del centro de Bogotá.

Los cuentos completos, de Germán Espinosa, Las Aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; Toda Mafalda, de Quino; l sueño del Celta, de Mario Vargas Llosa y El gran diseño, de Hawking. Además, Harry Potter, Walter Riso, Deepak Chopra, Vanity Fair, Pulgarcito, Condorito, X-Men y Alf. Le salen al paso alfombras con textos de todo tipo; los ve colgar de cables, formar altas paredes sobre estantes, o rebosar los cubículos de un edificio de dos pisos: el Centro Cultural del Libro.

Este cumple la misma función de las iglesias en los pueblos. Alrededor se articula la vida de la aldea librera, con decenas de ventas ambulantes sobre taburetes, y decenas de locales de librerías con avisos tipo peluquería: Yeimi’s, Katherins, Afrodita, Omar, Sagitario y Richard’s.

Adentro, en el primer piso del templo suena El santo cachón. Ese vallenato noventero, alegre himno de tantos tristes, brota de un radiecito incrustado entre murallas de hojas amarillentas, en uno de los 350 negocios de compra y venta de letras en el lugar. Es el de José Iván Cabrera. Nació en Huila hace 65 años, y hace 22 fundó este local, “El Intelectual”. Él viste un buzo de lana beige, y una corbata azul. Lleva bigote.

Arriba de su cabeza, de una varilla en el techo, cuelgan algunos de los 1.500 libros que ha comprado y regateado, como: Kama-Sutra Ilustrado, El Drogadicto y la familia, y un compendio de reseñas bajo el nombre de Películas tristes. “La gente trae sus libros de segunda y se les cambian. A veces dan el libro y un poco de plata por otro que buscan”.

La valoración se realiza según “la temática, la actualidad, el autor y el estado de conservación”.

Algunas veces, es a José a quien le toca pagarles algo a los que traen títulos recién publicados, para intercambiar. “El libro ha bajado mucho por eso del Internet, las universidades muchas tienen sus bibliotecas, y sacan fotocopias. Las ventas no están tan bien, estamos es sobreviviendo”.

Son las 9:10 de la mañana del viernes. El jueves las ventas de José apenas le alcanzaron para reunir $35 mil.

En un buen día, en fechas de inicio de calendario educativo como febrero o julio, alcanza $70 mil. Apenas la mitad de lo que conseguía a diario hace un par de años; o en las épocas gloriosas como vendedor callejero en la plaza de San Victorino, antes de que lo reubicaran.

En la aldea también hay espacio para otras cosas. Al frente del templo suena un chillido de Trance, y en lugar de libros hay portadas de dvd piratas de juegos de X-Box. También hay indigentes merodeando, carritos de tinto y arepae’huevos, la cevichería El Pulpo, palomas escapando pisadas vadeando un río de transeúntes, y parrillas de arepas paisas humeando. Antonio Hurtado come una mientras espera que abran Merlín. Son casi las 10, y las persianas metálicas de muchos negocios siguen abajo. Antonio es de Ibagué, tiene 36 años y va a comprar La Odisea. Cada dos meses pasa a comprar un libro. Aún no se ha terminado el último que compró, Marco Polo. Antonio es militar.

Los clientes más usuales son estudiantes como Cindy y su novio Juan, de paso hacia una universidad del Centro. Él vino por Vida de un escritor, de Guy Talese. Lo encontró en la librería Arte y Libros a $30 mil, $25 mil menos que en librerías de centros comerciales. Viene con las páginas sucias, marrones en los bordes, pese a estar forrado tras una sospechosa bolsa transparente. Ella acaba de descubrir que el libro que compró hace dos días en un centro comercial para sus clases de francés, Alter Ego, cuesta aquí $75 mil. Allá le costó $100 mil.

Para llegar a la villa del libro usado, Juan y Cindy tuvieron que pasar por callejones de adoquines, bajo balcones de madera y enredaderas de flores, tejados rojos y columnas de mármol, con arcos y cristales. Ese paisaje republicano la hace idéntica a cualquier esquina del centro amurallado de Cartagena, solo que con aire acondicionado.

En el camino les ofrecieron Casi toda la Verdad, de Maria Isabel Rueda, a $10 mil, y tras una bolsa parecida al de Talese. “Revíselo, tiene las páginas completas. Si me lo trae después, se lo recibo y le devuelvo $3 mil”, dijo la vendedora. Juan lo revisó, pero no para comprarlo. “Esas bolsitas se las ponen ellos”. Fue curiosidad, para verificar si era como la versión que compró de El silencio no termina de Ingrid Betancourt, que salta de la página 46 a la 70, sin explicación. Aún siente curiosidad por ese tramo del drama, perdido para siempre en el hoyo negro de la piratería.

En Arte y Libros, los atendió Isabel Vargas, vendedora de libros desde hace 40 años, cuando su pelo aún era negro, sin canas. Es una lectora de profesión. “Hay que leer mucho, para enterarse de qué libro nuevo llega. Es una obligación y un gusto”. Explica que la literatura, y los textos universitarios e infantiles, son los que menos han decrecido en ventas. “Los libros antiguos no los encuentran en Internet”. Las enciclopedias o documentos culturales, sí que no los compra nadie”.

De la puerta del negocio de Isabel cuelga una cartelera con ejemplares de Santo El enmascarado de plata, Kaliman, Kendor, Batman y un Superman ingenuo. “Es lo que más se vende. Hace 40 años la gente se divertía y aprendía a leer con eso”. Los vende desde $2 mil, hasta $10 mil. Son reliquias, valiosas para algunos, “toca rebuscarse con eso porque el Internet acabó el problema del libro”.

Algunas semanas vende hasta 50, otras, ni uno. Suelen llegar a sus manos cuando el dueño original fallece, y los hijos o esposa “salen a vender lo que tiene el señor. No saben su valor”.

A dos cuadras hay otra aldea librera, El Tercer Milenio. Aquí no hay sábanas cubiertas de portadas desteñidas, sino dos largos pasillos con unos 100 cubículos. Desde uno se desparraman cajas de cartón y miles de revistas. Un tipo de barba roja, tenis de cordones rojos, un ojo café y otro azul, está sentado en la puerta leyendo una Gatopardo. Es Pablo Cañadulce, un bogotano que lleva 10 años vendiendo libros para vivir. Cada vez le resulta más imposible. Antes vendía cinco libros diarios. Ahora, tres como mucho. Y los precios están bajando. “Uno se guía por el precio de catálogo, y le rebaja 40%”. Pero consigue algo que pocos disfrutan y muchos añoran: trabajar con lo que lo apasiona, leer, leer y leer. “Los más o menos nuevos los compro a $7 mil y los vendo a $15 mil. Eso uno que en el mercado valga $35 mil”. Él, como todos en esta y la otra aldea, sienten que viven de un sueño que muere.

Mientras llega algún cliente a preguntar, lee Las aventuras de Sherlock Holmes, cómics como El eternauta, o cuentos de autores latinoamericanos como Julio Cortázar.

Antes de Twitter, Facebook y los blogs, Cortázar había descrito en su cuento Fin del mundo del fin, los peligros de la sobreabundancia de escritores y publicaciones. Claro, él habla de un mundo consumido por impresos; relata cómo llegan a haber tantos que es necesario usarlos como ladrillos para construir casas; terminan amontonándose en el fondo del mar hasta secarlo, luego formando montañas en las ciudades; al final, condenan a los lectores y escribas al aislamiento, a la extinción.

José, Isabel y Pablo, no escriben nada. Promueven el reciclaje de la lectura, ante el torrentoso caudal de textos y publicaciones desbordándose desde computadoras. Como en el cuento, son las mismas letras las que amenazan con extinguirlos.

 

Por Iván Bernal Marín

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Ada Luz, la de la casa en el aire

Ada Luz

Al pie de la Sierra Nevada, entre sus llanuras laterales y un río de aguae’panela llamado Guatapurí, queda una ciudadela de musas. Las esposas, novias y cachos de aquí, de Valledupar, llevan un siglo inspirando borbotones de vallenato, inundando de acordeonazos los bares, discotecas y busetas de toda Colombia, del mundo. La equivalente a ‘la mamá de las musas’ vive al final de un pasillo de flores amarillas, blancas y moradas. Y aborrece su propio nombre. Ese que ha conmovido la imaginación de miles de enamorados, siempre inalcanzable, en un letrero de nubes blancas sobre la casa en el aire: Ada Luz.

Ese es el único reproche de la hija de Rafael Escalona hacia su padre. Ahora, está sentada en la sala de su casa en la tierra. La rodean retratos de él, fallecido hace casi dos años. Llevamos una hora hablando, suficiente para que surjan de cuando en cuando carcajadas a interrumpir sus palabras, cada vez menos tímidas. Se sigue sonrojando. El reproche ya se lo había expresado en vida, con esos chistes que disimulan las verdades difíciles de decir.

—¿Por qué el nombre?

—¡Ada Luzzzz! —dice aumentando el tono. Acomoda mejor los cojines del sofá beige que ocupa media sala. Se arregla las mangas de su blusa de seda atigrada que le deja al descubierto los hombros.

—Exacto, ¿así se llamaba su abuela, o un familiar

—No. Él dice que es por una señora que se llamaba así, lo escuchó, le gustó y me lo puso. Yo siempre le preguntaba que por qué me había puesto ese nombre… porque a mí no me gusta.

—Ah, a ti no te gusta?

—¡Noooo! —en esta ocasión Ada alarga las vocales más de lo que suele hacerlo al final de cada frase, clave del cantadito que define su acento de la costa norte de Colombia. Se cubre la risa con las manos—. Yo le preguntaba y le preguntaba: ¿por qué me pusiste ese nombre? Y él, por molestarme, me decía que era de una comadre, pero solo era una señora muy amiga.

—¿Qué hay de malo en Ada Luz

—¡Nooo! —para esta ocasión también aplica todo lo descrito en su respuesta anterior—. Me parece horrible (risas)… no me gusta… Jum, ni sé cuál me hubiera gustado. ¡Cualquier otro!?

—Y si hubieras tenido una hija, ¿cómo la habrías llamado

—A una hija mía, un nombre horrible.

—¿Cuál?

—Contadinella.

Ada creció con ese nombre en la cabeza: Contadinella. Así se llamaba la primera muñeca que recuerda haber tenido: “Cuando tuve uso de razón y ya sabía leer, el Niño Dios me trajo una muñeca inmensa, inmensa”. En cada uno de sus tres embarazos, familiares y amigos cruzaban los dedos para que no naciera niña. Le advertían que mataría a su hija con ese nombre. Entonces, Ada insistía. “Sea feo, sea lo que sea, ese es un nombre que ninguna lo tiene. Y te cuento que así le hubiera puesto”. Y ahora no responde qué encuentra de malo en Ada Luz.

Bautizó José Juan al primero de sus hijos, que ahora es un ingeniero industrial de 27 años y vive en Bogotá. En Valledupar ella vive con Camilo, un zootecnista de 24, y Sergio José, un estudiante de Ingeniería de Sistemas que tiene 22. “Son mi vida. Me hacen una mujer muy feliz”. Sus amigos los conocen como ‘los hijos de la casa en el aire’. A veces, cuando sale a caminar con el mayor, le dicen “joda, José Juan, tu mamá no parece tu mamá, parece tu hermana”. Eso cuenta Ada. Conserva un aire de vitalidad y juventud; con su cabello largo y rojizo, su collar de conchas, su figura estilizada y el pantalón ceñido. Pómulos, nariz y ojos perlados, son exactos a la imagen recordada de su padre. No acepta revelar su edad, ni la fecha de su matrimonio ni del divorcio. Luego, gracias al oráculo de nuestros días, Google, me enteraré de que nació en 1951. La cuenta da 60 años.

No los aparenta. Menos por teléfono, con su hablar descomplicado y su voz suave. Habíamos hablado a lo largo de la semana para concertar el encuentro de hoy, tarde del sábado, en su casa. Ya no es requisito ser aviador ni llegar en una nube, como exige la canción; ahora es una agenda copada de viajes y visitas planeadas con días de antelación la que se interpone en el camino a los que quieren hablar con ella. Muchos aspiran a un minuto con la más grande de las musas. Es apenas justo llamarla así en esta tierra de apelativos especiales, donde nació el “Papá de los amores”, Peter Manjarrés; donde se agotan al instante los lanzamientos del autonombrado “Papá de los pollitos”, Diomedes Díaz; y donde los que quieren expresar su superioridad ante un grupo de amigos se proclaman “el chivo que más mea”.

Y así, Ada le concede una cita. Usted aterriza en el Olimpo Caribeño que es Valledupar, y en lugar de túnel de descenso del avión pasa por un corredor de laureles arqueados. Lo reciben iguanas curiosas, asomadas desde ramas sin intimidarse a su paso, mirándolo verde y desafiante. Siente el calor como un peso en las mejillas, y el sol cayéndole desde arriba y reflejándose desde abajo.

En la tarde el sol se pierde, el clima se vuelve gris y las nubes revientan en un aguacero. Durará hasta el lunes; a ratos amaina, a ratos se vuelve a intensificar. Los abanicos y las luces se apagan en su hotel; la energía eléctrica deja de funcionar. Y llega a considerar que la canción de Escalona es una especie de maldición aún vigente. Que el cielo se empecina en mantener aislada a Ada Luz, oponiéndosele a usted. Aunque ella ya no sea señorita, ni pretenda conquistarla como advierten las estrofas que también se sabe.

Ponte a pensar cómo será’e bonito vivir arriba de todo el mundo, allá en las nubes con los angelitos, sin que te vaya a molestar ninguno. Si te preguntan cómo se sube, decile que muchos se han perdido. Para ir al cielo creo que no hay camino, nosotros dos iremos en una nube. Porque si no vuela no sube a ver a Ada Luz en las nubes… quiero hacer mi casa en el aire, pa’ que no la moleste nadie.

No todas las ciudades de la costa son como Barranquilla. En Valledupar no hay arroyos que arrastren carros y ahoguen gente; los cerca de 350.000 habitantes de la capital del Cesar están acostumbrados a caminar bajo paraguas, acompañados de un ruido de crispetas que explota sobre su cabeza, y el alcantarillado pluvial que ruge bajo la calle. Cualquier sitio está a 15 minutos a pie, o a 4000 pesos de distancia: es lo que cobran los taxis a todos lados. Eso cobra un gordo canoso y de piel tostada llamado Adanín Barrios rumbo a casa de Ada; la de muros, no la etérea.

—Esa dirección creo que es por el barrio Los Ángeles —Adanín sigue serio, mirando hacia el frente mientras habla, mientras el limpiavidrios baila con el agua—. Está raro, porque la carrera 13 llega apenas hasta la calle tercera.

—Espere yo llamo a ver.

—Sí, pregunta porque eso no sale —dice y sigue andando.

Es como para convencerse de la maldición de la canción. Llamo y Adanín reconoce pronto que hablo con Ada—. Ahhh, vas pa’ la casa de la hija de Escalona… eso sí queda por la cuarta pero con calle 13, no carrera. Eso es el barrio Nogalito —su explicación destruye mi pretensión de escribir una bonita figura, que hubiera intentado si Ada viviera en Los Ángeles, como mi mal anotada dirección indicaba.

Ada está en la Calle 13, grupo que musicalmente hablando no le gusta. Se disfruta las versiones que han hecho de La casa en el aire artistas mexicanos como Linda Vera, la de ritmo gitano interpretada por la española Lola Flores, incluso una titulada versión cósmica, la electrónica del compilado Colombian Chill. Pero el reguetón no le va.

Su casa blanca está al final de una calle que es igual a todas las de Valledupar, enmarcada por árboles de mango, laureles y flores. Un corredor de sombra que llena la nariz de un aroma dulce y fresco.

Ada sonríe al lado de una palma en una matera, que deja afuera todas las noches y que nadie le roba. La terraza está protegida de la lluvia por las hojas de un olivo; lo rodeó de ‘corazoncitos’, enredaderas que apenas le están subiendo por la cintura al tronco. Me recibe en la puerta, y mientras hablamos, la mantiene abierta con una ahuyama seca, más amable que una piedra.

Alguna vez hubo una finca en el aire.

La sala del hogar terrenal de Ada son 40 metros cuadrados despejados, listos para una fiesta. El techo alto le da aspecto espacioso, como si cupieran parlantes de más de dos metros. A los lados hay tres cuartos. Más allá una cocina, llena de vacas lecheras regordetas y sonrientes: dibujadas en el reloj, en los cubiertos, en las vajillas, en las servilletas. Además del sofá y dos sillas, la sala es apenas ocupada por pinturas de frutas y mochilas abstractas, un comedor de madera oscura, un par de floreros y una mesa de centro de cristal, con fotos de un Rafael Escalona veinteañero. Parece un galán de una vieja película mexicana. También hay dos obras literarias: El Quijote de la Mancha al lado de La casa en el aire. No tiene nada que ver con la canción de Ada, es un libro que su padre escribió sobre vivencias y cuentos que le narraba su abuelo. Solo comparten la magia del título.

Ada aterrizó aquí desde que se casó, hace unos 30 años. Antes, su vida había transcurrido en casas en el aire, al lado de su papá y su mamá, Marina Arzuaga, ‘la Maye’.

Desde su nacimiento vivió en Chapinero, no el barrio bogotano sino una finca a 20 minutos de Valledupar, por la vía al municipio de Fundación. “Esto era muy sano, no había atracos, ni guerrilla, ni paracos, ni delincuencia común, vivíamos divinamente, no había nada”. Su papá cultivaba algodón. Ada recuerda que en las vacaciones de diciembre veía hasta 150 trabajadores recogiendo esos manojos esponjosos y blancos que rodeaban la hacienda, con la inmensidad azul al fondo. En mi vuelo de regreso, caeré en la cuenta de que allí en el aire, donde su papá soñaba un hogar para Ada, las nubes son idénticas a algodón regado. Infladas y de un blanco sin mancha, como el cultivo de la finca. Aunque cuando el avión se eleva más, las nubes también parecen esas crispetas que resuenan en los paraguas.

La familia Escalona se vino a vivir al cuarto piso del edificio Montero, ante el aumento de la inseguridad. Ada vivía con sus cinco hermanos de padre y madre: Rosa María, Rafael, Margarita, Juan José y Perla. En total, al prolijo compositor se le atribuye la autoría de 19 hijos y 200 canciones. Ada trabajó muchos años en la organización del Festival Vallenato, en la Oficina Departamental de Turismo. Su padre no pudo evitar que se casara y se mudara a ras de piso, a esta casa de hoy.

Al fondo se escuchan relámpagos, que obligan a la musa a hablar más fuerte. “Encarna el amor de ser padre por primera vez. Pienso que es esa emoción, la sensación de tener algo nuevo. Y nazco yo, una niña. Imagino que él no quería que nadie la tocara, que nadie le hiciera daño cuando creciera, y se le ocurrió la magia de esa canción”. Escalona fue un mujeriego consagrado, les compuso a decenas de novias. Quizá cuando tuvo su hija, lo primero que se le ocurrió fue protegerla de otros como él. Aún así, los enamorados llegaban. Todos le decían que eran el piloto, que iban a tocar las nubes. En realidad, nunca fue pretendida por ningún aviador.

“Mi papá era celosísimo, no aceptaba enamorados ni novios, era tenaz”. Una vez le mandó a averiguar la vida completa a un enamorado proveniente de Sincelejo. Cuando la veía hablando con amigos en fiestas, se acercaba a preguntarle qué le estaba diciendo. Pretendía que a los 17 años siguiera usando media tobillera, como las niñas, y desaprobaba el maquillaje y la depilación de cejas. Lo que Ada sabe sobre cómo compuso la canción es que una tarde el maestro silbaba una melodía en el río Urumita, La Guajira. Le confesó a su compadre Carlos Aponte que pulía un paseo, para dejarles claro a los hombres que su hija iba a tener una casa arriba, a salvo de todo el mundo.

La Ada de ahora tiene 349 amigos en Facebook. “Tengo amigos por todas partes. Todos me solicitan porque quieren saber sobre la música de mi papá”. Ha escampado, y suena un pájaro cuyo nombre vulgar imita el sonido de su canto, pero termina siendo grotesco: una chuchafría. Ada relata cómo chatea con contactos de 24, 25 y 26 años en México o en Italia. “Yo acepto a todo el mundo en Face”. Les cuenta su sencilla percepción sobre ese hito del folclor. Comenzó como una canción de cuna cuando apenas tenía un mes de nacida, por lo que no recuerda haberla escuchado en cierto momento por primera vez. “Crecí con esa canción. Era mi hermanita, me llevaba agarradita de la mano siempre. Para mí nunca fue nada nuevo. No es como que estés grande y te compongan una canción y digas: huy, qué rico”. Se acostumbró a ella; se la cantaban los compañeros y amigos en todas las fiestas a las que llegaba. Como ahora hacen sus hijos. Nunca llegó a molestarle. Siempre incitó comentarios agradables hacia ella. Su recuerdo más grato asociado a la canción sucedió en Barranquilla, donde estudió primaria y bachillerato. Un día pidió una paleta a un carrito de helados, y cuando fue a pagar, salió un señor de una casa al frente y la pagó por ella; había reconocido que se trataba de la dueña de la Casa en el aire.

“Mi sobrinita, por ejemplo, me pide que vaya al colegio con ella, porque sus amiguitas me quieren conocer. A los niños les gusta mucho”. Cuando es así, va. Por un instante Ada deja de verse orgullosa. Es cuando habla de las hijas de la última pareja de su papá. Ellas eran apellido Zambrano, y su papá biológico está vivo. Sin embargo, se cambiaron el apellido a Escalona tras la muerte del compositor. “Lo hicieron para sacar provecho, para hacerse pasar por hijas de él —dice Ada, pero la solemnidad no le dura mucho—. Ellas sí están en el aire”, termina sonriendo.

Ada se levanta y me conduce al patio, al fondo de la vivienda. Trabaja independiente, vendiendo joyas y mochilas de La Guajira. “Me gusta rebuscarme como sea, soy muy aterrizada”. De vez en cuando dicta conferencias sobre el folclor vallenato, y practica la jardinería. Se queda mirando la lluvia que cae otra vez, y reconsidera. Ahora más que nunca le gustaría tener una casa en el aire. “Con los maremotos y los terremotos y con estas lluvias, ¡estaría bien para la ocasión! ¡Protegida!”, da un aplauso antes de cubrirse una carcajada que estalla.

El patio es casi el doble de grande que el resto de la casa. Pasa las tardes ahí, cuidando una galería de palmas, pinos y coralitos; arbustos que recuerdan arrecifes, con sus tumultos de diminutas flores rojas, amarillas y púrpura. No hay nubes, ni angelitos, y está bastante lejos de la bóveda celeste. Pero es todo el cielo que Ada necesita. Hace rato entregó en arriendo su Casa en el Aire. La dejó disponible para todo el que quiera soñar con amores imposibles. Nunca faltan.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en la revista SoHo
Parte del especial: Visita a las Musas

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Viacrucis y abstencionismo, ganadores de la SND

La Society of News Design, SND, le otorgó seis «Awards of excellence» al diario El Heraldo en 2011, por mejor diseño de información en las páginas locales.

Resulté galardonado como redactor de dos de los reportajes. Además de conseguir y procesar la información, participé en la concepción de ambos, conjuntamente con el editor de arte Fabián Cárdenas y el editor general Ernesto McCausland.

El Viacrucis de los Barranquilleros

Viacrucis de los Barranquilleros

http://office.snd.org/competitions/contests.lasso?contest=32&ID=475

El candidato de mayor votación fue el abstencionismo

El candidato ganador fue el abstencionismo

http://office.snd.org/competitions/contests.lasso

En la página: http://www.disenodelainformacion.com.ve pueden encontrar mayor información sobre el reconocimiento de la SND.

 

Iván Bernal Marín

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¡Viven los macondos!

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El Macondo verdadero, enterrado allí en el jardín de Vera de Tcherassi, engendra tanta magia como el pueblo que germinó en la imaginación de Gabriel García Márquez. Ahora lo balancea la brisa de un viernes barranquillero; es flaco y despeinado. Pasarán los años, engordará y se alzará más de 50 metros hacia el cielo; se le oirá hablar de vez en cuando, y sus flores serán faroles que saldrán a volar una noche de cada abril. Sí, como las mariposas amarillas que llenan el firmamento del Macondo soñado.

El rescate de este árbol es una historia real, aunque bañada de fantasía y situaciones que parecen extraídas de una obra del Nobel de Literatura. El que se ve como una escoba intimidada, entre laureles y almendros en el jardín de Vera, tiene 3 años. Es el primogénito de un coloso de 11 adoptado por ella; el último de su especie que quedaba sembrado en la Costa Caribe; un niño para los 700 años que vive si se salva del machete.

La mujer encontró al árbol en 2007, en una finca del Atlántico. Supo que estaba en peligro de extinción, y empezó a recoger semillas para cambiar ese destino. Hoy el ‘pelao’ Macondo es padre de una descendencia de más de 800 troncos que se robustecen día a día.

Vera había iniciado su búsqueda de macondos arbóreos en octubre de 2006. Leyó sobre ellos cuando estudiaba las decoraciones de las casas garciamarquianas y documentos históricos para la adecuación del hotel que inauguraría en Cartagena su hija, la diseñadora barranquillera Silvia Tcherassi.

Siempre había creído que Macondo era un pueblo nunca existido, que se convirtió en un “estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere y verlo como quiere”, en palabras de Gabo. Pero descubrió que Alexander Von Humboldt lo había identificado en sus exploraciones botánicas de 1800, por encima de los bosques situados detrás de volcancillos de lodos en Turbaco, Bolívar.

“Sus flores parecían linternas suspendidas en el aire al anochecer”, fue la frase que nunca se le olvidó. La movió a investigarlo todo sobre la especie, y preguntar a todos sus conocidos y desconocidos, autoridades, biólogos, si sabían del paradero de alguno. Transcurrió un año, y conoció a un campesino atlanticense que le mostró fotos que comprobaban las ensoñadoras descripciones, y además le contó cosas más impresionantes de lo que imaginaba.

Cada abril el macondo se quita su ropa de hojas verdes, para vestirse enteramente de flores doradas. Están formadas por cuatro aspas. Le sirven para surcar el viento y trasladar sus semillas a tierras lejanas, más allá de las copas de los otros árboles que le llegan, digamos, a la cintura. El campesino dice que algunas flotan hasta hora y media. Son traslúcidas, lo que explica que se vean como luciérnagas superdesarrolladas en el cielo nocturno.

La madera del tronco es porosa. Almacena los ruidos circundantes, y en algunas noches los expele, en una mezcolanza que cualquier desprevenido podría interpretar como lamentos en una lengua ancestral.

Con una caja de flores secas, y dos retoños de macondos en platos de papel aluminio, Vera imagina un macondo gigantesco en cada capital de la Costa. Mejor un bosque de macondos rodeando un edificio cultural, con vista al río y el mar. Lo imagina lanzando música durante todo el día, y que cualquiera pudiera recorrer el bosque y escuchar la melodía reinterpretada por los troncos. Imagina una nube de flores revoloteando, cubriendo el cielo en un abril inolvidable.

Sus proyectos son factibles, maravillas a concretar, no cuentos ni ‘realismo mágico’. Macondo vive. No solo en el mundo de las letras cada vez que alguien lee a Gabo. Vive en este mundo, y es un árbol. Hoy sus características pueden hacer recordar más bien películas como Avatar, de James Cameron. Esa cinta animada que desató el furor por el cine 3D, que trata sobre extraterrestres azules y un planeta vivo en riesgo de morir por una invasión de humanos.

El rescate del Macondo árbol es una realidad que supera cualquier ficción, hollywodense o caribeña. Por ser real, las sierras y hachas casi lo confinan a un recuerdo perdido entre bibliotecas. Pero lo salvaron; le dieron otra oportunidad para demostrar esa magia de la que es dueño. La de ser natural.

‘Transmetro’ de aborígenes

La madera tipo balsa, los casi 3 metros de grosor y la gran altura, hacían al macondo el árbol perfecto para construir canoas. “Sólo era cortarlo y ya. Era el ‘Transmetro’ de antes”, dice Vera Tcherassi. Además, con éste se hacían las cucharas de palo. Gabo ha dicho que no sabía qué significaba el nombre cuando lo usó en sus obras, y que lo tomó de una finca bananera que cautivó su atención. Luego averiguó, y dijo que era un árbol que no servía para nada, sólo para hacer trastos de cocina.

Información científica

El compañero de Alexander Von Humboldt, Aimé Bonpland, le dio al macondo el nombre científico de Cavanillesia platanifolia. En la página Web de la Biblioteca Luis Ángel Arango se afirma que existe en Antioquia, Bolívar, Cesar, Córdoba y Magdalena. Es de la familia de las Bombacáceas, semejante a la ceiba. Se cree que su nombre es de origen africano, y que un esclavo se lo habría dicho a Humboldt, puesto que en esos idiomas hay palabras parecidas que se refieren a árboles.

 

Por Iván Bernal Marín

Fotos: Johan Osorio
Publicado en el diario El Herado

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Comida toscana, Italia en Bogotá

Para sentirse en Italia no hace falta pagar un pasaje de vuelo internacional.

Basta con llegar a la calle 79B número 8 – 61, sentarse en una mesa de mantel a cuadros, entre un jardín de enredaderas o ante la chimenea, degustar una pasta tagliatelle en base de queso emmental, disfrutar una copa de vino Brunello di Montalcino a la luz de las velas, escuchar los violines de la ópera napolitana al fondo y olvidarse que está en Bogotá.

Si quiere acentuar tal impresión puede conversar un rato con Gianni Imbastari; un romano canoso y bronceado de 70 años, que solo habla italiano pero que, con mucha gracia, se hace entender en español. Él es el propietario del restaurante Il Tinello, enclavado entre árboles y palmeras que parecen proteger este pedacito de Italia al norte de Bogotá.

Don GIanni al fondo

El tagliatalle en creación, ante ojos de don Gianni... Foto: Jaime Jiménez

Ambiente íntimo
Lo más probable es que lo encuentre sentado en el vestíbulo, frente a un panal de botellas y corchos, una prensa de madera llena de trozos de leña y una bandera de más de 150 años. El aviso del lugar, sobre un tablón envejecido, apenas se nota en la calle de Los Anticuarios.

Adentro, Otoniel Murillo, 50 años, jefe de meseros, le mostrará una carta con especialidades como: Ossobuco de ternera, una parte de pierna de la res en verduras y salsa vino tino con risotto a la azafrán, por $34.500. Podrá presenciar una preparación con visos de espectacularidad por parte del chef si pide el plato principal de la casa, el tagliatelle, por $27.500.

Puede optar por uno de los preferidos tradicionalmente, el risotto ai funghi porcini, una exquisitez ligada a la vida campesina italiana, servida en un molde de queso parmesano, a un costo de $29.900. Este lugar hasta hace 4 era tan solo una enoteca. Ahora, ofrece una completa gama de platillos de cocina «italiana toscana de antaño, no moderna ni contemporánea», dice Fabio Rodríguez, 38 años. Es el chef, y aunque nació en Bogotá, durante cuatro años recibió formación culinaria de los dueños del restaurante. Recién llegado a Colombia, Imbastari lo fundó con su socio Leonardo Salviatti, fallecido hace dos años. Ambos sabían cocinar muy bien.

Imbastari asegura que es tradición en su país de origen, que «todos los hombres saben cocinar bien». Así surgió la idea de inaugurar un lugar especializado en la comida de su tierra, por una mezcla de melancolía y de respeto hacia esa tradición.

María Cecilia Arias fue la diseñadora de interiores. La responsable de los pisos de madera reluciente, las lámparas de cálida media luz, las sillas de cojines crema y las pinturas de planicies y bosques italianos. «Medio toscano, medio romano, para conservar todo a la memoria de Leonardo». La atmósfera, entre tapias, barriles y flores que incitan al romanticismo, parece extraída de un cuento de hadas. «El 70% de nuestros visitantes es conformado por parejas».

El lugar es frecuentado por varias personalidades de la ciudad. Pero además, Imbastari precisa que llega «mucho cliente extranjero. Para el italiano es muy difícil comer afuera, prefiere cocinar en casa, pero aquí tiene un sitio especialmente italiano».

El propietario del restaurante explica que el nombre es en honor a una especie de bodegas tradicionales, que se solían utilizar antiguamente en Italia. Eran cuartos que quedaban al fondo de los restaurantes, que se llenaban con bloques de hielo para almacenar los alimentos.

Desde que adquirió la casa donde funciona, adecuó una cava especial para vinos exclusivamente italianos. En el lugar se manejan 20 cepas de vino italiano. Hay botellas desde los $30 mil hasta los $425 mil. Raboso del Piave y Marchese Antinori son algunos de los nombres más selectos. A la antigua casa Imbastari le instaló también neveras. Así, puede ofrecer para finalizar una velada italiana Dolci Torta di castagne con gelato, a $15.900. «Helado», resume el chef Fabio.

Con ingredientes importados de Italia
En el restaurante Il Tinello trabajan en total 15 personas, con un personal distribuido entre meseros y cocineros. El propietario del establecimiento, Gianni Imbastari, sostiene que la inversión que se ha hecho en este sitio se ha producido durante tantos años, que no resulta sencillo calcularla. Los platos se preparan con ingredientes directamente importados de Italia. En el restaurante hay capacidad máxima para 80 clientes. Está abierto de lunes a sábado desde las 12 del mediodía hasta las 11 de la noche, y los domingos atienden hasta las 4 de la tarde. Por las reservaciones no hay costo adicional, solo se cobra el consumo. Los viernes suele haber música en vivo.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado en el diario La República
el 24 de mayo de 2011
http://www.larepublica.com.co

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Volar un avión es más relajado que un carro

Un suave movimiento de la mano basta para que la avioneta se ladee de súbito. Surca el aire a 180 kilómetros por hora. En la ventana la tierra gira; pasan deprisa el cielo y el filo en que se funde con el mar, y aparece el suelo barranquillero. A 1.000 metros de altura la vista del matorral de edificos convierte el abdomen en un vacío frío. El estómago, los intestinos y todo parece recogerse en torno a la columna.

Todo es un leve movimiento de manos… Foto: Jhonny Olivares

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El pueblo devastado que anhela revivir

Santa Rita es un corregimiento de Magdalena formado por una procesión de esqueletos despellejados que no va a ningún lado. Ruinas de más de 350 viviendas, desmoronándose en la arena de las calles que enmarcan.

Hace 10 años se les fue la vida. Sus 3.800 habitantes escaparon ante el olor de fusiles y el rumor de botas marchantes. Hoy, el único olor entre los cadáveres de cemento es del sancocho vegetariano que prepara Aura Eucaris Retamozo, y el mayor ruido es el eco de un vallenato llorón en sus paredes huecas.

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Alternativa Mente

Mis artículos, reportajes y crónicas andan por ahí flotando en el ciberespacio… muchos ya se han perdido en el infinito de un servidor averiado, otros están en el fondo de mi Laptop. La necesidad de organizarlos, de no desperdiciarlos, y sobre todo de compartirlos, me movió a coleccionarlos en este espacio. Fueron escritos con la humilde intención de no amarrarse a fechas; que su lectura pudiera disfrutarse en cualquier momento.

Además, aquí estaré publicando lo que sigo escribiendo día a día para distintos medios.

También compartiré investigaciones y trabajos periodísticos de otros autores, cuya calidad admiro. Algunos clásicos, otros textos contemporáneos. Aprovecharé para mezclarlos con uno que otro comentario y reflexión sobre el ejercicio del periodismo, y sobre la actualidad de nuestro mundo en eterna convulsión. Una mirada a lo que vivo, a lo que retrato de la realidad. Ya ustedes leerán y dirán que tan alternativa es.

Todo es susceptible de ser discutido. Yo, por ejemplo, sigo prefiriendo los medios impresos…

Alternativo: 3. adj. En actividades de cualquier género, especialmente culturales, que se contrapone a los modelos oficiales comúnmente aceptados. Cine alternativo.Medicina alternativa. (Definición Real Academia de la Lengua)

Relativo: 2. adj. Que no es absoluto. 4. adj. Discutible, susceptible de ser puesto en cuestión.

Bienvenidos entonces a mi producción periodística, con algunos bonus tracks..

Iván Bernal Marín

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