La Chinita, el barrio que parió a Teófilo

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En La Chinita el fútbol se abre paso en una cancha de arena, al borde de un arroyo negro y espeso donde flotan esqueletos de televisores, neveras y sofás. Una paredilla con redes agrietadas, rayada con grafitis, separa la portería de la calle. Tras los arcos se ve uno más grande, el que forma el puente Pumarejo sobre el Magdalena. Del lado del terreno, 10 niños se alistan para un partido bajo el sol. Del lado de afuera, tres gaticos abandonados agonizan en la sombra. A nadie parecen importarles, en un barrio en que las autoridades han registrado ocho muertes violentas en lo que va de 2014; dos más que todo el año pasado. De los goles que anotan sus hijos, en cambio, no existe mayor registro ni interesan mucho; excepto los de uno: Teófilo Gutiérrez.

Aquí, en este barrio que amanece enguayabado, creció uno de los protagonistas de una escena sucedida el sábado 28 de junio en Brasil, destinada a tatuarse en la memoria de los fanáticos del fútbol en Colombia, y a ser repetida por los siglos de los siglos en los noticieros de televisión y YouTube. Cuadrado aguijonea por la banda derecha, descarga en Teo. El barranquillero galopa al medio y la toca a Jackson, que abre para Armero. El coreógrafo centra. Una melena como de palmera la cabecea hacia atrás y entra James, a romper por segunda vez la red uruguaya y la historia del fútbol colombiano. Cumbia en el Maracaná. La Amarilla vence a los charrúas en los octavos del Mundial, y clasifica a cuartos de final por primera vez.

Son las 8 a.m. de un domingo trasnochado. Los alrededores de la cancha están sembrados de cuerpos tirados. Zombies de la rumba, que aún no reciben el golpe de conciencia que los llevará a renquear en busca de sus casas. Una calle está pavimentada, otra no. Una partida, otra no. Una sucia, y la otra también. El negro viscoso de las bolsas de basura desparramadas, el polvo y los charcos en el piso contrastan con los intensos azules, zapotes y verdes limón que colorean las fachadas. Las asfaltadas vías principales son acuchilladas por los lados por una especie de caminos. Cuadras que parecen abiertas a machetazos entre una maleza de casas y árboles frondosos. Solo dan espacio a motos y bicicletas, un montón de niños corriendo en calzoncillos y el perro flaco que nunca falta. Pasa un tipo flaco y bigotón llevando una jaula con un canario amargado que pondrá a competir en un torneo de canto en una tienda de por ahí.

La Chinita no parece uno de los puntos más peligrosos de Barranquilla. En la mañana después de la gesta más grande del fútbol nacional, Medicina Legal reportaba la entrada de cuatro cadáveres, pero no son de La Chinita. Julio Méndez Torres, 55 años; Octavio de Jesús Monroy Guerra, 40 años; Javier Antonio Brochero Montero y Viviana María Arévalo Mendoza. La Policía dice que los últimos dos están asociados a los festejos. Casi imposible establecer una conexión, cuando el promedio de muertes violentas en los fines de semana ronda los 6 y 7 casos en la ciudad, haya fútbol o no.

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“Aquí no hay pandillas, sino grupos peleando el poder”, dice Reinaldo Garizábalo, presidente de la Junta de Acción Comunal de La Chinita. No lo dice para tranquilizar, sino al contrario. El flaco quemado y arrugado como leña habla sentado en un quiosco de venta de gaseosas en la esquina de la cancha. Está en la salida hacia Santa Marta, en el corazón de una zona disputada por bandas llamadas los Rastrojos, los 40 Negritos, los Papalotes y otros eufemismos adoptados por viejos miembros de grupos paramilitares. Los que luego de la desmovilización realizada en el gobierno de Álvaro Uribe optaron por quedarse con el negocio del narcotráfico.

Esta cancha nació en 2001. Hasta entonces era un terreno encerrado, plagado de monte, con paredillas ahuecadas. “Lo tumbamos porque aquí violaron a una muchacha. Era de Bucaramanga, y la vimos salir de aquí en la noche llena de sangre”.

Teo tenía para esa época 16 años. Todavía nadie le decía problemático ni pistolero. Esa etiqueta se la ganaría mucho después, gracias a varios choques y reportes de indisciplina, cuya cúspide fue el haber sacado un arma de aire comprimido en una discusión en los vestidores del equipo Racing, de Argentina. Para entonces, Teo, en comparación con sus vecinos, era un alma de Dios.

En La Chinita “hay unas 2.984 viviendas. Multiplícalo por 6 personas. Aunque pueden haber más”, dice Reinaldo. La multiplicación arroja que son unos 18.000 residentes de la Localidad Sur Oriente de Barranquilla, que en total tiene unos 370.000 habitantes distribuidos en 40 barrios. Aunque los ojos de Teo parezcan un poco rasgados, no tiene nada que ver con el nombre del barrio. Está formado por tierras que pertenecían, en la década del 50, a Rita Alzamora de Mancini. Se las tenía alquiladas a unos asiáticos que no vivían en casas sino en granjas con criaderos de gallinas y hortalizas. En los 70 se marcharon, y la zona fue invadida por familias provenientes de distintos lugares. A mediados de los 90, el Consejo de Estado ordenó a la Alcaldía de Barranquilla pagar unos 898 millones de pesos por los lotes a Alzamora de Mancini; luego, legalizó los predios de unos 2.000 hogares criollos que crecían en estas tierras sembradas por orientales.

Muchos de los que llegaron al barrio eran desplazados. Gente que tuvo que abandonar sus parcelas y dejar sus pueblos atrás, ante la entrada de esos mismos paramilitares que, décadas después, les siguen jodiendo la vida. Tipos que cambiaron las botas y los rifles por motos y pistolas. En el mundial del desplazamiento forzoso, Colombia es segunda, con unos 5,7 millones, según el Consejo Noruego para los Refugiados y la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Solo nos gana Siria.

 

El partido de todos los días

 

Una forma de saber que se está llegando a La Chinita es que empiezan a aparecer bicitaxis por todos lados, manejados por pelaos flacos. Nairos Quintana del rebusque pedaleándose la vida, llevando señoras caderonas a la iglesia. El público que los anima son jovencitas morenas con piernas torneadas aunque nunca hayan jugado al fútbol, saliendo a comprar el desayuno en shorts de jean. Sudan entre nubarrones blanquecinos, como de niebla. Humo de las palanganas de fritos, las vértebras del barrio. Están instaladas a mitad de cada cuadra y en cada esquina. Las misceláneas y tiendas de “Todo a $5.000 (unos dos dólares)” dominan el panorama económico. Lo recorren burros arrastrando carretillas que los duplican en tamaño, cargando montañas de arena.

 

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En una esquina resuena un picó que lleva más de 15 horas prendido, como su dueño. Lejos de su natal Carolina del Sur, James Brown sigue vivo y sonando al sur de la capital del Atlántico. Hasta dos cuadras a la redonda se escuchan sus alaridos y guitarrazos funk. El ‘Dany Mega Show’ está en sesión y, aunque solo sea un pequeño parlante, tiene garra como para batallarle a cualquier grande. Su principal audiencia son cuatro viejos tomando aguardiente Cocoanís, comentando todavía las jugadas.

La respectiva venta de fritos de esa cuadra ya está humeando, pero la masa aún no toma forma de empanadas. El leño que las hará dorar arde al pie de una casa rojiblanca, en todo el sentido de la expresión. Un barrote rojo, uno blanco, uno rojo, uno blanco; sillas plásticas rojas y blancas, marcos de ventanas rojos, paredes blancas, y en la terraza redunda un joven con camiseta de Junior. Está sentado al lado de la vendedora, Erika Truyol Gutiérrez. Una morena de 22 años y carnes firmes que la asemejan a Catherine Ibargüen, y que espera que su abuela saque la línea titular de frituras. Cinco libras de maíz, cada una a 800 pesos. Con esa inversión hacen cerca de 150 fritos. Cada uno lo venden a 300 pesos, lo que representa unos 45.000 en un buen día. En un mal día, lo que no venden se lo comen. El dinero de la venta alcanza para preparar un buen almuerzo que alcance para los seis que viven en la casa, y que rinda para la cena.

La vendedora que explica la ecuación y se prepara para aportar su granito de arena a la obesidad de los vecinos dice ser prima de Teo. Las palabras de Erika resultarían creíbles si no fuera por la sonrisa pícara que la delata. Está a unos 10 metros de una casa más pequeña, escondida entre escombros y tablones mohosos, con paredes agrietadas y manchadas como galletas mordisqueadas. Según los borrachos que están al frente, fue la primera casa de la familia de Teófilo Gutiérrez. Ahora viven en Las Nieves, otro barrio un poco menos al sur, un poco menos problemático. “Subió de estrato”, dicen los ebrios que se juegan un tiempo extra.

La Chinita - Iván Bernal Marín

Los fritos en La Chinita de Teófilo. Foto: Iván Bernal.

 

Hoy todos quieren tener un vínculo con ese jugador que hizo un gol en la máxima vitrina del fútbol internacional, la Copa Mundial, y se lo dedicó al lugar de su cuna. “Me siento orgulloso del barrio donde nací, La Chinita, de mi origen popular y de todos los momentos vividos que me ha dado el fútbol”, dijo él, antes de abandonar el estadio Mineirao, de Belo Horizonte. Había marcado un gol en el debut de Colombia, en la derrota 3-0 contra Grecia, cuando apenas empezaba la mejor campaña de la Selección en un Mundial: Brasil 2014.

La miniatura de Macondo que lo vio nacer en el Caribe colombiano sigue afectada de espasmos felices por el triunfo de su hijo. El combo dirigido por el argentino José Pékerman rompió una sequía de 16 años sin mundiales, 24 años sin superar la fase de grupos. Por eso aquí lo celebran como si hubiéramos firmado el fin del conflicto, armado hace más de 50 años.

El ‘Dany’ repite ahora la narración de un gol, cuando marcan las 9 a.m. y el sol despunta. Uno de los de Freddy Rincón a Argentina en 1993, en el 5-0, el máximo recuerdo glorioso del fútbol colombiano. Quien puso a sonar la grabación es Jorge Maturana, un conductor de carretillas de 50 años, a quien cuya camisilla verde y complexión negra y fibrosa le dan un aire camerunesco. Es propietario del picó, bautizado en honor a su séptimo nieto. Lo escucha sentado, sin dar muestra de mayor emoción, como los viejos ebrios. Se están despidiendo en silencio de ese recuerdo. La mirada se les pierde en el infinito, como hurgando en la nostalgia, o viendo con claridad que, ahora, Colombia está escribiendo otras memorias que perdurarán, incluso con más grandeza. También es que el ‘Dany’ no tiene conexión a Youtube para reemplazar la transmisión por una más reciente; lo que suena es un DVD pirata que recopila viejas grabaciones, y a ellos les falta dormir.

Hay optimismo, hay fe. El siguiente reto es una pentacampeona del mundo que luce más destronable que nunca.

El ‘Jogo Feíto’ de Neymar y Scolari no tiene pinta de amenaza seria. Nadie sospechaba lo que terminaría haciéndole la capoeira a la cumbia, al ritmo de los árbitros.

 

Fábrica de árbitros

No muy lejos de allí, un árbitro de apenas 19 años les cuenta a 12 niños la importancia de la hazaña que acaba de lograr un delantero criado y formado como ellos. “Teo no es goleador. La vaina es cómo se acomoda en la cancha, cómo pone el pase”, dice Éder Bárquez minutos antes de dar el pitazo inicial en la cancha enmarcada por el puente Pumarejo. Dice que Gutiérrez abre la defensa para que entren James y Cuadrado a hacer los goles, y suena más claro que cualquier comentarista hablando de esféricas que interpelan el perpendicular, la dialéctica del contragolpe y otras cosas de estilo ‘velezciano’. “Todos quieren ser goleador, porque los equipos dicen ‘si haces un gol, te damos un millón de pesos’. Pero no es siempre. Teo trabaja para el equipo”. Los niños sentados a su alrededor lo miran boquiabiertos, le creen sin parpadear. La idea está sembrada y se dispone a crecer. Con algo de suerte y mucho de trabajo, alguno, o varios, germinarán en un Teo del futuro, que pondrá a vibrar a este mismo barrio y todo el país en unos 10 años.

 

Hoy Teófilo Antonio Gutiérrez Roncario tiene 27 años y un valor en el mercado del fútbol que ronda los 3 millones de dólares. Acaba de salir campeón en Argentina con River Plate, otro equipo de blanco y rojo llamado por unos el ‘más grande’, y por otros, ‘los millonarios’. Ya es el chinitero más caro de la historia.

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Éder empezó como él, entrenando desde los 7 años. Pero a los 14 le enseñaron el reglamento, porque a esa edad a los niños de La Chinita ya les exigen en sus casas conseguir plata. Hoy además de árbitro es entrenador, de una escuela que en realidad es un garaje: Independiente Framy. A sus espaldas, una anciana pela zanahorias y mazorcas sobre un fogón de leña, y se lee el letrero de la tienda La Bendición de Dios. Ofrece víveres, verdura fresca y carne, “y todo a muy buen precio”.

Franklin Ramírez convierte un solar en la cancha, espolvoreando cal con un pote de pintura. Es el director de la escuela, que fundó hace 25 años. Era jugador ‘de barrio’, pero reconoce que nunca fue muy bueno. Dice que Independiente Framy no lleva logos ni publicidad en su camiseta, y que el escudo es un sol porque “no depende de nadie”. Fue el primer entrenador de Téofilo.

Los niños ya juegan. Franklin los mira desde un lado del campo. Hasta acá llega el bajo y los punteos agudos y acelerados de una champeta gritada por un picó diferente al ‘Dany’. “Junior tu papá” dicen los grafitis, con letras rojas iguales a cortadas. Los gaticos siguen ahí. Solo uno se mueve, el blanco. Levanta la cabeza y deja ver la sangre coagulada que le tapa el hocico.

Franklin dice que Teo siempre jugó de 10, de 10 goleador. Que destacaba, cuando por televisión todos veían a Maradona y Zico. Hacía goles de tiro libre y las canchas se llenaban para verlo. Algo como James hoy. O como el Pibe, el de las publicidades mundialistas y el barrio Pescaíto, de Santa Marta, al otro lado del río.

Gaticos en La Chinita - Iván Bernal Marín

Gaticos en La Chinita. Foto: Iván Bernal.

 

Su nombre empezó a ser reconocido en el circuito local. Tanto, que Franklin le daba una camiseta con el número 6 para distraer a los rivales, que salían a marcarlo. Recuerda que a Teo le gustaba cuando iban a jugar al barrio Las Flores, en el extremo donde el río se encuentra con el mar, porque al fondo pasaban los barcos cargando mercancías hacia el puerto de Barranquilla. Llegaban allá luego de 45 minutos en un bus, al que entraban por la puerta de atrás. Les regalaban los uniformes, hasta que una vez Franklin no quiso recibirlos más porque venían con una etiqueta: “Denles los más baratos, que son de La Chinita”. Desde entonces, hace rifas y sancochos, para financiarse.

A los 13 años, Teo presentó pruebas con Junior, el principal equipo de la región Caribe colombiana. Fue aceptado y dejó a Independiente Framy, el único de su barrio. La mayoría de los compañeros que comparten esos recuerdos hoy tienen más cosas en común con Éder, que con el número 9 de la Selección Colombia. Hay cinco que son árbitros del torneo de la Asociación de Escuelas de Fútbol. Hay otros dos que pitan en la segunda división del fútbol profesional. Aunque no sean goleadores, Franklin dice que le ganaron un partido a la violencia cruda que los acorrala. “Aquí difícilmente se puede uno salvar. El escape está en el fútbol”.

Él, el primer maestro futbolístico del temperamental delantero, es de los pocos que no está muy feliz en el barrio. Más allá de sus triunfos, ve que La Chinita se está quedando sin canchas. El campo donde surgió Gutiérrez fue utilizado para la ampliación del colegio Luis Carlos Galán Sarmiento. Al letrero de la institución ya se le cayeron las O. En otra cancha están construyendo un centro de salud. El Gobierno Nacional invierte unos 6.500 millones de pesos allí, y espera ofrecer servicios de urgencia y especialidades a nueve barrios y el corregimiento de Palermo, del otro lado del río. Parece un contrasentido cuestionar la llegada de más educación y salud, pero Franklin teme que se agoten las cunas para más Teos. “¿Cómo se van a salvar los niños de aquí, si no hay espacio para jugar?”.

Es un testarudo. Ha aprendido a serlo, le ha servido. Aprieta la cara, enrojecida. La arena arde y se refleja en sus ojos, la brisa trae de repente la pestilencia del caño circundante. Respondan o no a su llamado, Franklin se ve decidido a seguir poniendo balones en los pies de los niños, o pitos en sus manos, en lugar de puñales. Quiere anotarle más goles a la muerte. Así como su antiguo pupilo venció las críticas y doblegó a sus demonios. La Chinita lucha hasta el final, como James, Cuadrado, Bacca, Yepes, Ospina, Teófilo. El barrio y su gente pelean contra titanes; como los que desafiaron esos 23 gladiadores, que nos hicieron creer a los colombianos que se le podía ganar a Brasil, a la Fifa.

El juego de los niños sigue. Los vecinos del frente salieron a recoger los gaticos. Prometen cuidarlos. Siempre es un buen día para cambiar la historia. O, por lo menos, intentarlo.

 

Por Iván Bernal Marín y William Cano

Publicado originalmente en Latitud, la revista Dominical de El Heraldo, el 7 de julio de 2014.

http://revistas.elheraldo.co/latitud/la-chinita-el-barrio-que-pario-teofilo-131443

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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