El Bosque de fábulas sin moraleja

Hay un ex alcalde y un ex secretario de educación del municipio de Soledad recluidos al lado del mecánico Roland Alberto Mariano. A ellos los acusan de nexos con paramilitares y contrataciones ilegales por 9 mil millones de pesos; a él, de haberse robado 250 mil pesos de una maquinita tragamonedas. Habitan la primera de las cuatro plantas del Bosque de Barranquilla; una jungla de barrotes, concreto, contradicciones y seres que huyen del sueño.

Es noche de viernes. Afuera, la libertad embriaga a la ciudad. Botellas, cuerpos y luces rebullen en las esquinas; carros y motos seguirán surcando hasta la madrugada calles solas, bañadas de naranja. La curiosidad y el aburrimiento, conjurados en el periodismo, me traen aquí, adentro, adonde los llamados culpables. Vengo a encerrarme con ellos, con una propia carga de culpa: esto no es un zoológico. Los ladrones y sicarios de la cárcel Distrital no están en exposición. Algunos detestan que les interrumpan su cotidianidad, así sea huérfana de libertad. A otros, como Roland, les satisface por un rato la curiosidad sobre ese mundo que sigue andando afuera, y les sacude el aburrimiento acumulado por meses.

Para llegar a la cárcel se debe surcar una espesura de calles recién pavimentadas en el suroriente. Sucesivos recodos y callejones destapados confluyen en las vías principales a lo largo del camino. Cordilleras que hacen rebotar o reventar llantas. Recuerdan porque a Barranquilla solía llamársele La Arenosa. Fue antes de la era del concreto y las fiestas de pavimentación. Antes de que los 21 ríos urbanos que la recorren en corrientes violentas forzaran el nuevo mote de La Arroyosa. Cuando había más bosques de árboles.

Este Bosque es un bloque de cemento que ocupa dos cuadras, con alambre de púas en los bordes. Está incrustado en lo profundo de un barrio que lleva su nombre, rodeado de casas, tiendas y ventas de minutos a celular.

La luz sale cortada y titilando entre barrotes por decenas de ventanitas en el cajón gris. Desde afuera se presienten las vidas rebullendo al otro lado de las paredes de este mastodonte despellejado, pero no hay forma de saber que en el patio, entre murallas de 10 metros de alto, bajo la mirada atenta de guardias y escopetas, los internos están inflando una piscina de plástico estampada con ositos en pañales.

 

EL ROBADOR DE MONEDAS

Roland es uno de 12 que coordinan sus movimientos para forrar la pileta con una lona. Se entremezcla con ex funcionarios públicos como Alfredo, y pastores penales como Eduardo Barraza. Hoy todos visten el mismo uniforme de costeño en tarde de domingo: chancletas, camisillas desteñidas y pantalonetas sueltas. Dejan la piscina lista. Mañana celebrarán su primer día de la familia. Muchos hijos vendrán a bañarse. Los de Roland no.

Agita con celeridad brazos y piernas, sin desplazarse de la misma baldosa. Corre a toda velocidad en una caminadora eléctrica imaginaria fuera de control. Trata de explicarme cómo fue que “pilló a correr” tan pronto vio “la murga” que se formaba en aquella tienda de esquina que fue acusado de robar. Dos policías lo persiguieron, lo capturaron, y lleva 2 años y medio encerrado.

Con su hablar atropellado jura que no iba armado, que no es el ‘capo’ de ninguna banda, que llegó a “tomarse una fría”, que huyó por miedo, que responderá por sus hijos, que no los ha abandonado, que está aquí por error, que el abogado que tenía “me salió torcido, se me fumó la plata”, que no tiene nadie que lo apoye, que es un “pelao decente, nunca he matado ni robado a nadie”.

Es blanco, flaco y bajo, con marcas en la cara que hacen parecer 36 los 26 años que tiene. Los extremos de su cresta rubia terminan en zigzags. Podría ser confundido con cualquier miembro del casting de ‘La Vendedora de Rosas’, o con Gollum el personaje digital de ‘El Señor de los Anillos’. Afuera vivía entre aceite y tuercas, por eso se ganó el trabajo de revisar los carros de los funcionarios en la cárcel.

Camina por el patio hacia su celda, manotea agitado entre cerdos y gallinas que duermen plácidos en corrales a su alrededor; repite y repite que tiene dos hijos aunque ni siquiera sepa cómo se llama el segundo. El primero se llama como él. Su esposa es una empleada de servicio doméstico llamada Wendy. Estaba embarazada cuando lo arrestaron. Roland se la quedó esperando un día de visitas. Al día siguiente, ella le prometió por celular que no lo vería nunca más. El Bienestar Familiar le quitó la custodia de los niños.

Su suerte fue jugada en esa máquina de azar y perdió. Por el saqueo del bulto de monedas de 100 pesos le impusieron 9 años de condena. Jura que “devolvimos la plata al cachaco y todo”. Sigue hablando mientras recorre los comedores vacíos y la sala de billar desolada. A la entrada del pabellón 1A, un guardia le apunta un bastón a la cara y le advierte que mañana lo despertará a las 4 de la madrugada para que revise el carro del director. Cierra la reja con candado. Un gato negro que merodea por allí se escabulle entre la jaula, hacia ese espacio al aire libre ahora prohibido para Roland.

En el primer piso la luz es blanca, así las paredes, las baldosas y las puertas de las celdas. Se le conoce como ‘alojamiento’. Desde el pasillo central se pueden ver los tres pabellones de arriba, a cada lado. Balcones de 30 metros de largo, uno sobre otro como cajones apilados. Vallenatos, champetas, reggaetones y locutores braman desde parlantes roncos a lo alto. Botellas de gaseosa llenas de agua, brazos y miradas sombrías se asoman colgando entre varillas. Abajo, hay que atravesar otras dos rejas, con el aval callado de los guardias, para llegar a la celda de Roland. Está a un lado del baño: un par de regaderas e inodoros, con 6 tiras de jabón escurriéndose en un muro. Si alguno de los 6 recursos de este nivel necesita usarlo, debe esperar que le abran las dos barreras metálicas. Así traiga afán.

La celda no se diferencia de una habitación de hostal barato. Mide un par de metros, y cuenta con un par de gavetas elevadas y estantes, que Roland mantiene llenas con camisetas que le han regalado sus 7 hermanos. Afiches de poesías declamadas por Piolín decoran las paredes. Hay un televisor de 14 pulgadas y un ventilador de patas, heredados de otros que se fueron en libertad. Sin duda está más alojado que encarcelado. Roland le da play a uno de sus DVD favoritos. Suena un embutido de champeta, electrónica y hip-hop. Dos morenas bailan en bikini en una tarima en la playa, rociadas de cervezas. Una multitud las vitorea. La cámara se queda fija en un primerísimo primer plano sobre las caderas de una de ellas, deslizándose la tanga hilo dental por la entrepierna. Lo hace tal como se limpian las encías atascadas con hilachas de carne. 9:30 de la noche. Roland por fin se queda en silencio; desiste de pensar en sus hijos o en los carros o años que le faltan. Se arrellana en la colchoneta, deja descansar su mirada en la redondez saltarina, y libera una sonrisa ciega.

 

CUELLO BLANCO

Alfredo, el recluso que solía sentarse tras los escritorios de la alcaldía de Soledad, vino acompañando a Roland desde el patio. Las llaves que venía balanceando en la mano son de su oficina. En la cárcel también consiguió un escritorio tras el cual sentarse. Maneja el archivo, una caverna de fólderes con las historias de los convictos que han estado encerrados aquí desde 1995. En enero de ese año la inauguraron, y siete días después, ocho reclusos se fugaron. El expediente del Bosque se siguió manchando con asesinatos, disturbios, destituciones de directores, y escándalos por extorsiones perpetradas desde sus celdas. “Eso era antes. Ahora llevamos dos años sin un accidente de sangre ­– me había explicado Alfredo a la llegada, mirando por encima de sus lentes – antes esto olía a droga, a sudor, a orín. Ahora la mantenemos limpiecita”. Pasa los días organizando los datos en el único computador, bajo el único aire acondicionado al alcance de los presos.

Sonríe. Las arrugas de la cara se le extienden hasta una incipiente calva cercada de canas, iguales a las que se le estiran en el bigote. Abstraído junto a Roland en las nalgas canela de la bailarina, cómplices en la risa, desaparece el abismo que los separa. La anestesia erótica se disipa en un instante. Alfredo cierra la puerta y la fraternidad pasa al olvido. Otro reo llega a tocar con una película de Jet Li en mano, dispuesto a aprovechar el reproductor de Roland y no dejarlo dormir.

A Roland ya lo sentenciaron por casi una década, en cambio el juicio de Alfredo sigue en proceso. Él confía en que su acusación se resolverá en cualquier momento, máximo un par de meses. “Tengo la certeza de que voy a salir, eso se cae porque se cae –dice señalándome con un dedo– si tuviera esos 9 mil millones no estaría aquí”. En cambio Roland, lo poco que espera es que pronto le asignen otro abogado del Estado.

Tan solo por este párrafo no les creamos. Son presos… siempre van a decir que son inocentes. Pero supongamos que ambos son culpables. Se entendería entonces que saquear un tragamonedas ofende más a la sociedad que dejar sin escuelas y hospitales a un pueblo pobre. Si asumimos que la unidad de medida creada por la Justicia para determinar la gravedad de un delito es el tiempo, el hurto simple resulta más grave que el concierto para delinquir, el peculado por apropiación y la contratación ilegal juntas.

Alfredo cree en la Justicia. Esta noche cumple el papel de guía explorador del Bosque, encargado por el director del presidio. No quiere que se conozca su apellido, ni los detalles del juicio que se le sigue. Cualquiera lo puede encontrar a una googliada de distancia. Va a un extremo del primer piso y se hunde en la oscuridad de un pasadizo. No hay focos en el espiral de escaleras, apenas la luz que sale entre varillas de cada pabellón. Un olor agrio duele en la nariz. El recorrido ciego por la gruta ascendente termina en el cuarto piso, cuando Alfredo grita tres veces “¡18!”, mientras dos vigilantes hacen rechinar el óxido contra el óxido abriendo los candados. Los prisioneros alistan su mejor cara y esconden todo indicio de drogas y armas, gracias a esa voz de alerta de que la guardia va entrando. Alfredo sabe cómo hacerse querer de la gente.

 

ARMAS PARA ESPANTAR PESADILLAS

Ariel Ibarra salta de la melancolía a la euforia, y de regreso, como solo saben hacer los artistas en tarima. Se presenta como El Guajiro Cantautor. Así se ve pintado con amarillo y naranja en una pared de su celda, con letras de cartel de parranda popular. Completan el escenario una caja y una guacharaca en un rincón; amuletos para invocar un espíritu de fiesta al fondo de la jungla de culpa y remordimientos. Luego de un son de lamentos por el hombre que asesinó, por la mujer que lo abandonó y por los 8 hijos que no ha vuelto a ver hace año y medio, su voz da un giro repentino hacia un ritmo entusiasta. El guardián del último bastión de la alegría tras las rejas, se deja contagiar de un público que de pronto lo aplaude, sus hermanos de penas e insomnio. A los que les canta cuando se cansan del televisor; o cuando se acuerdan que es viernes y quieren sentir que celebran unos minutos, aunque no tengan razón. O como ahora, arrebatado ante la cercanía de una grabadora periodística. Baila, menea los brazos. Sus versos vallenatos resuenan en toda la cárcel y hace reventar a los reos en carcajadas.

“Los sábado’ en la tarde cuando se lava la cancha/

se oye en los pabellones como si hubieran manadas:/

Mañana vienen ellas, mañana vienen ellas/

mañana vienen ellas compadre que vaina tan buena/

Compadre los domingos me levanto madrugau’/

y salgo para el baño entonando una canción/

Después me pongo puppie y arranco para abajo/

y espero a la mujer pa’ que me brinde su amor/

Yo me pongo contento y la recibo es a besitos/

me la traigo a la pieza y hago de todo un poquito/

Después salgo con ella, pal’ patio abrazadito/

saludo a mis amigos, por que los quiero a toditos”.

Es la primera grabación oficial de sus 101 éxitos inéditos. Las carcajadas de los reos desaparecen, con la fugacidad de estornudos.

Manos que terminaron bañadas en sangre por empuñar cuchillos y pistolas, ahora se manchan de pintura; otras, las de Ariel, le arrancan gemidos a instrumentos musicales para matar la desesperación en el silencio nocturno. Tendrán más tiempo del que quieren para componer y crear artesanías. Las condenas de los asesinos confesos del pabellón 4A oscilan entre los 10 y 25 años. A las 10 de la noche, el pabellón es una honda mazmorra de espectros noctámbulos con aroma a cenizas. Hasta el final del pasillo hay once celdas, no más grandes que armarios para guardar traperos.

Una es el nicho de composiciones de Ariel, un negro rapado, flaco, de cara larga y piel tallada a los huesos como un boxeador. Nació hace 40 años en Camarones, una ranchería de La Guajira. “Tenemos las mejores playas que hay compadre, tenemos de todo, salinas, carbón… las mejores playas que hay compadre”. Su paisaje ya no va más allá de las mismas cuatro paredes. Compone canciones para exorcizar las noches de encierro. Pero elige la prosa para contar los errores que lo tienen prisionero. Ocurrieron en Sourdis, un barrio cercano a El Bosque. Discutió con unos “muchachos que se la pasaban atracando”. Fue a su casa armado con un revólver: “Yo solo iba a asustarlos. El papá me reclamó que si yo me creía el chachito”. Forcejeando se le salió un tiro. Sin darse cuenta, se había quedado cargando un cadáver. Huyó a su tierra natal. Intentó entregarse a las autoridades en Riohacha y Maicao, dice que por remordimiento, también por el miedo a represalias. Pero no había orden de captura en su contra. Finalmente logró ponerse de acuerdo con un Fiscal en Barranquilla. Le prometió reducirle mitad de la pena. “Después se me torció, dizque porque fui con ganas de matar”. Nada de beneficios por colaboración con la justicia. Homicidio agravado, por la alevosía demostrada al ir a buscar un arma. Lo condenaron a 25 años de cárcel. Interpuso una apelación, pero dice que los abogados asignados por el Estado también se le torcieron. Le restan 23 años y medio para afinar sus composiciones y acumular un vasto catálogo musical, por si alguna vez vuelve a ver a su familia. Venezuela fue el lugar que escogieron para ir a olvidarse de él.

Una figura oscura y descamisada se asoma en medio del callejón de 20 metros de largo, formado entre la malla de hierro y el muro de las celdas. Brillan los ojos de Jorge Rosanía, bajo rizos engominados. Entra a su pequeña cueva y vuelve a salir con algo en la mano. Se acerca riendo. Las marcas que desde la distancia parecían ser cicatrices en el pecho van tomando forma de estrellas tatuadas. Lo que trae en la mano es un portarretratos con una rosa pintada y un marco fucsia. Lo ofrece por 25 mil pesos. Lo hizo trenzando papel de bolsas de harina mezclado con granito. Tapizó la cara interna de su puerta con mujeres en bikini y jugadores de fútbol recortados de revistas, para “taparle los hoyitos”, y garantizar la intimidad de su metro y medio de espacio personal. A diferencia de otros reos, Jorge es tan sonriente que no parece darse cuenta de todo el tiempo que le falta aquí; son más días de los que ha vivido hasta ahora. Será la juventud. Tiene 24 años, y lo condenaron a 25 por homicidio. Mató un hombre en el barrio Galán; barrio en el que nació, en el que solía armar canchas de fútbol con piedras separadas 10 pasos entre sí. “No tengo abogado, ni nada. Voy a hablar con la Defensoría a ver qué me consiguen”. ¿Pero qué fue lo que pasó? Ofrece el portarretratos por 20 mil, sigue sonriendo y solo dice que fue “un problema con un amigo”. Pierde el interés en confesarse y vuelve a recluirse frente a un televisor de señal distorsionada; apenas se adivina un recuento de goles del fútbol colombiano. Descubrió que los regateos por el portarretratos, y los recuerdos, no llevarán a ninguna parte.

En el fondo se oye aún el carraspeo de la guacharaca de Ariel. Su eco acompañará toda la madrugada a un tipo extrañamente obeso llamado Giovanni Morillo, desvelado al lado del Guajiro en una celda convertida en taller de pintura. Ambos parecen haber pasado tanto tiempo durmiendo, que podrían quedarse despiertos por el resto de sus días. Agachado, Giovanni hace florecer rosas de tinta en cofres y espejos. Tiene 33 años. Dibuja “lo que alcancé a aprender hasta segundo de primaria”. No se molesta en interrumpir su concentración para hablar del homicidio por el cual lo sindicaron hace 32 meses. No da detalles, pero deja pintada una sentencia: “uno sabe cuando entra, no cuando sale”.

DEL LADO DE LOS BUENOS

Quizá no exista una persona más ardida que Adolfo debido a la sentencia de Giovanni; es su propia maldición. Nadie se le acerca en la cárcel, quizá porque es un agente del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía (CTI), adscrito al Gaula del Ejército, o porque está acusado de paramilitarismo post-desmovilización. Es blanco, quizá 1,65 de estatura, fornido, de pelo castaño y crespo. Hasta Alfredo se le queda a tres metros de distancia, y apura entre dientes para que la conversación sea breve. A los internos no les importa que el pasillo a las afueras de su celda sea el lugar más fresco de todo el Bosque encerrado. Un gran ventilador de tres aspas cuelga del techo al pie de su puerta, y refresca el equivalente a su terraza en el tercer piso.

Llegó hace 7 meses, proveniente de la cárcel de Sabanalarga. Llevaba 2 años y 3 meses preso, vinculado a un operativo del Gaula en el que “fabricaron 6 bajas en Caño Dulce”. No hubo pruebas en su contra. Demostró que no participó en la matanza y el primero de septiembre lo absolvieron de la investigación. Ordenaron su excarcelación. Sus cuatro hijos menores de edad y su esposa lo esperaban afuera, para gritarle algo como “bienvenido a la libertad”. En el último momento, una llamada de la Fiscalía frenó su salida. “Esa vaina me marcó. ¿Por qué se empeñan en tenerme aquí? No estoy untado. Siento una persecución. Como si yo fuera un peligro. Y mi familia esperándome”. Adolfo trabajó 10 de sus 37 años en el CTI; llenando cárceles, jugando en el supuesto equipo de los buenos en la película de la realidad. Alcanzó a ser jefe de la unidad investigativa. Manejó la red de informantes. Ahora afronta un nuevo juicio acusado de concierto para delinquir por intermedio de esa red, y de pertenecer a la banda criminal de Los 40, surgida tras la desmovilización del Bloque Norte de las AUC.

“No han tenido compasión conmigo. A otros les han dado detención domiciliaria. A mí me tuvieron 3 años aquí. Me siento ardido, dolido – dice cruzado de brazos, con la cara enrojecida y los ojos inyectados, pero sin alzar la voz aún – ¡yo no participé en homicidios, ni secuestros!”. Todos sus vecinos, esos ladronzuelos y asesinos que antes jugaban el papel de los malos, repiten un libreto parecido respecto a cada uno de sus casos.

CREYENTES Y VIOLADORES

Hacia el nivel inferior, el pasadizo de las escaleras se aclara. Un bombillo cuelga del techo en la entrada al pabellón 2A. Un guardia lo enciende y aparece a la vista el cielo, pintado en un mural: palmeras enmarcan canoas en una bahía paradisíaca, con mujeres en bikinis rojos, nubes blancas, arena amarilla y agua azul profundo. El grito de “¡18!” no logra ahuyentar el aroma de tabaco, que se funde en un vaho de orines. De los 50 presos, apenas 7 fuman, y aquí hay varios. Alfredo se despide, y vuelve al computador del archivo, a jugar solitario hasta que el peso de los parpados se lo permita. “¿Qué más va a hacer uno aquí? Matar el tiempo y ya. Cartas o lo que sea pa no andar pensando”, dice, estrechando mi mano.

Los violadores están confinados en el mismo pabellón que los sacerdotes encargados de la fe tras las rejas. La relación religión-accesocarnalviolento es solo una cínica coincidencia, no un cálculo panóptico en la clasificación de los reos de la Cárcel Distrital El Bosque.

Acá en el segundo piso está Eduardo Barraza, un flaco de 38 años ojerosos. Cumple el tercero de sus 4 años de condena por haberse robado una moto en el barrio El Santuario. Desde sus calles descendió al Bosque, para ascender y convertirse en guía espiritual de los internos. El templo donde dirige las oraciones es un auditorio de 20 metros con puertas de vidrio, recuperadas de las ruinas de un conjunto residencial que se derrumbó en la ladera occidental de Barranquilla, el Carson Mirador. Mientras otros miran televisión, o tejen forros de celular o revisan fólderes de sus casos, Barraza se desvela leyendo la biblia y agradeciéndole a Dios por estar aquí. Insiste que lo que más hace es agradecer. ¿Disfruta el encierro? ¿Se amañó? Responde que no. Fue que enjaulado, experimentó su conversión religiosa. Habla como todo un pastor, aunque reclinado sobre una reja, levantando la barbilla con desgana. Para él todos los días son el mismo, domingo de culto. “Para Dios no hay casualidades. El propósito de venir a este lugar fue conocer su misericordia. Le sirvo aquí, en la misión de restaurar al hombre”. Palabras reposadas. “Era parte del problema, ahora soy parte de la solución aquí… para que salgamos, para ser buenos padres”. No me quita la mirada de los ojos, ni se conmueve al hablar del futuro que planea. Había dicho que no tenía hijos, ¿qué quiso decir con eso de ser buen padre?. Piensa montar una iglesia cuando vuelva a su barrio, “para seguirle sirviendo al señor”. No le niego que sea el uso más sensato para la experiencia de redención que está acumulando en la prisión. La graduación como pastor le servirá cuando salga libre. Físicamente, porque dice que espiritualmente ya lo es, pese a las cuatro paredes que lo aprisionan.

Su feligresía escucha el discurso desde las celdas contiguas. Uno es Jesús Rosito, en juicio por violación. Según él, debido a una novia que abandonó y “se puso a inventar muchas cosas. Aquí me convertí a Dios”. Y en la subsiguiente, Luis Miguel Hurtado. Tiene 47 años, y lleva 21 meses en el Bosque. Lo acusan de haber violado a un amigo en Villa Esperanza, barrio de Malambo. La misma víctima presentó los cargos. Tiene un ojo que mira para donde le da la gana cuando le da la gana, bemba y nariz pronunciadas, y manos que hacen sentir un niño a quien lo saluda. Es un campesino negro y ancho como un escaparate, de Soplaviento, Bolívar. “Yo me crié en el campo, aquí me he dedicado a eso”. Se encarga de aplicar las enseñanzas de su abuelo en el huerto de la cárcel. Cuida las maracuyás que le dan vida al jugo favorito de todos, según él, y siembra plátano y yuca en los platos de otros reos. Pasa los días en el patio, al lado de la cancha de fútbol, en cultivos de cebollín, guayaba, tomate de árbol y ají. Una cinta amarilla con vetas negras, usada en  escenas de crímenes, sirve de cercado para evitar que pies destructores afecten las parcelas que nutren la cocina del penal. También hay un galpón donde crían 150 pollos, y una porqueriza con unos 20 cerdos apiñados tras mallas metálicas. Pueden ser los únicos que roncan imperturbables en el Bosque; libres de pesares abre-párpados, y de recuerdos imborrables fundiéndose en un caos de pesadillas.

Una voz que le truena desde el pecho a Luis, contrasta con el suave balanceo de brazos que acompaña sus palabras. Explica sus labores matutinas: meter pala, rociar agua, recortar ramos y sacar raíces. Una biblia, un ventilador y ya, hacen ver su rincón de reposo vacío, más amplio que el resto de celdas. Exhala un aliento ácido, sudor con olor de frutas impregnado todavía. La fe trasnochadora es su instrumento para olvidar el calendario; lo tiene sin cuidado saber cuándo es miércoles de visita conyugal, sábado de visita de barones o domingo familiar. Qué más da, nadie viene a verlo nunca. La biblia tiene suficientes páginas. Y los cultivos y corrales necesitan mantenimiento todos los días por igual.

11:45 de la noche. Arrastran el tedio de un día iniciado a las 5:30 de la mañana, pero no se ve nadie dormir. La vida se consume lento. Entre una cueva y otra pasan sombras de ojos rojos. Se oye el restregar de ropa bajo regaderas sin luz. Verbenas que invitan a despelucarse murmullan desde pantallas, rodeadas de hasta tres reos metidos en una sola celda para verlas. Comienzan partidas de damas chinas con tapas de Big Cola, sobre cartones de cuadros dibujados a mano. En esta prisión, la falta de sueño iguala a todos los hombres. Sin distinción de religiosos, ni asesinos, ni ladrones, ni violadores, ni corruptos, ni policías; sean beneficiados por la Justicia, o sean olvidados. Todos encarnan historias sin moralejas. En el Bosque se narra un cuento eterno. Aislado. No tiene hadas, elfos o seres mágicos, solo un revoltijo de la monstruosidad humana enlatada.

El único encantamiento sería su inmunidad a la deforestación. Y el hechizo que protege a sus resignados habitantes contra los brazos de la noche. Aunque no quieran.

Los presos no duermen; les sobra tiempo para hacerlo. El insomnio es el clima perpetuo. Cada cual encuentra en sus terrenos un tratamiento para su pena particular. Como incapaces de descansar realmente, como si fuera parte de esa libertad que los rehúye. Será la culpa, o el miedo a las pesadillas, o la decepción de alcanzar a soñarse libres y despertar con el mismo muro al frente. O algo más. Donde el sueño y la vigilia mezclan sus primeras aguas, pueden mantener los fantasmas de los recuerdos a raya; imaginar que las cosas son como quieren.

Los libres de afuera se empantanan en alcohol hasta lograr un chapuzón de felicidad. A los culpables de adentro les pasa parecido. El cansancio amontonado termina por confundir la mente. Van perdiendo conciencia de sus males, y las ilusiones se hacen más fáciles de hilvanar: Eduardo salva vidas en un templo. De paso, recauda grandes sumas de dinero y anda en camioneta, capítulos no confesos de su sueño de ser pastor. En los silencios, entre sus versos, el Guajiro Cantautor se ve grabando un disco, cantando en una tarima en Camarones. Miles lo aplauden, entre esos sus hijos y su esposa, que sube y lo abraza.

Roland carece de elaboradas fantasías para sumergirse. Solo lo persiguen deseos contados a susurros, apartado de los demás. Bautizar a su segundo hijo, y darle monedas para que juegue “a lo bien”, en esas maquinitas tragamonedas que dice que no se robó. Se conformaría con verlo llegar a reír en esa piscina que armó hace un rato.

¿Alfredo?, no me contó pero seguro se pinta de concejal, trabajando por el pueblo.

Esas ideas van y vienen. Son el único paraíso a su alcance. Se arraigan y toman más fuerza, con cada momento que transcurre sin que se vuelvan realidad. Mientras, los reos van y vienen entre la espesura de rejas y de cinismo. Sombríos divagan; ahuyentan la claustrofobia con sexo imaginario; intercambian películas; juegan cualquier cosa y se burlan a cada hora; cuando los guardias pasan del lado de la libertad con cara de sueño, envidiando en silencio su colchoneta.

Por Iván Bernal Marín
Publicado originalmente en la revista literaria costeña Labra Palabra, octubre de 2011

http://issuu.com/revistalabrapalabra/docs/labrapalabra-8?mode=window&backgroundColor=%23222222

Anuncios

Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
Esta entrada fue publicada en Crónicas, Labra Palabra y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s