El oráculo Caribe sigue bravo

Ramiro De La Espriella

Dilma Rousseff es dueña de un apartamento en Bogotá, en cuya sala está un cartagenero de 90 años, en bata, eligiendo entre vino chileno y whisky escocés para servirse un trago. El cartagenero se llama Ramiro De La Espriella, y esta Dilma no es la presidenta progresista, sino su gata. Gobernante de 40 hectáreas de un jardín de sábilas y enredaderas; todo un Brasil para ella sola.

Él, antiguo congresista combativo, fundador del Movimiento Revolucionario Liberal, amigo “desde hace mil años” de Gabriel García Márquez, enemigo desde más o menos el mismo tiempo de Alfonso López Michelsen, profesor de la Universidad Sergio Arboleda, director de la revista Crónica Universitaria, y oráculo de la histórica gesta por la Región Caribe, asegura que la dueña de su casa es la gata. Y su única compañía.

“Los gatos son los seres vivos más inteligentes. Y con un gran sentido del humor. No hacen sino lo que quieren, cuando quieren”. Con sigilo, Dilma llegó hasta debajo del sofá. Ramiro pone la botella en la mesa, y empieza a caminar por la galería de sus pasillos, con una copa de vino tinto. Va como habla, pausado, pero sagaz, seguro. Pasa por retratos pintados de sus gatos, sus viejos camaradas: Lenin (líder bolchevique detrás de la URSS), Fouché (genio político de la Revolución Francesa), y Pachita (amiga por 15 años).

Los nombres lo mueven a recordar sus debates en el Congreso.

Siendo presidente Alberto Lleras, a quien consideró “un gran escritor y locutor, no un estadista”, se opuso a la política internacional del Gobierno. “Debatí la adición de Colombia al acuerdo de San José de Costa Rica, que abjuró los principios internacionales por erradicar a Cuba de la OEA. La ONU sí había recibido a la URSS y luego China, y debatía entre diferentes tendencias… la intemperancia ideológica”. Alza la voz. Es fácil imaginarlo ante un micrófono. Cada 2 meses vuelve a Barranquilla o Cartagena a ‘descachaquizarse’. En ciertas palabras, aún la R le suena un poco a D.

A medida que empina el vino cita más nombres, eventos y acuerdos jurídicos de los que podrían caber en este periódico. “Fui joven hasta los 70 años”, dice en alusión a que tomó y gozó sin cuidados especiales para cuidar su memoria. El abogado sigue ejercitando su intelecto. Lee o relee 2 libros al mes. “Uno se encuentra con cosas que lo sedujeron de joven, a las que ahora ya no les ve gracia”, y muestra la palma de la mano, como esperando explicación. A veces bromea sin sonreír. Las cejas blancas, siempre inclinadas formando una V sobre su frente, le dan aspecto de enfado permanente. Pero su bigote blanco, igual de puntiagudo, le da un matiz pícaro, malicioso. Gabo lo llamaba moscovita.

Ramiro señala un óleo: recrea la calle en la que creció en Cartagena, con sus 5 hermanos. Abajo, hay una mesa de mármol con fotos de su papá y su mamá, José Antonio y Tomasita; de su hija, Claudia, agregada cultural de la embajada de Argentina, y de su fallecida esposa.

Pinturas de parrandas y corralejas en Montería, canoas y otros motivos Caribe, llenan el resto de paredes. Se los regalaron artistas conocedores de su insistencia en la reivindicación de la Región. “En Colombia hay 2 países: uno metropolitano constituido por Bogotá, Medellín, Cali; y el resto, el colonial. Teniendo una identidad sociológica libre, habiendo aportado a las revoluciones políticas, no tiene la representación debida en el país oligárquico”.

Indignación tiñe su voz cuando aborda el tema. Cuando piensa que el discurso de la autonomía se quedó en discurso, y los más de 2’500.000 votos que la respaldaron en 2010 pasarán a la historia como una cifra más. “Ha faltado liderazgo para lograr un equilibrio.

Es una necesidad que viene desde el propio Bolívar, que quería fortalecer la unidad de destino de la Gran Colombia. Despertó la animadversión de los caudillos; se desvertebró su idea, y el país”.

Desestima el usual argumento a favor de la centralización de los recursos: la corrupción regional. Para él, es solo otra manifestación del desequilibrio. “Más que las instituciones, hay es que reformar la clase dirigente, el poder político metropolitano que con la compra y venta de votos corrompe todo. Que la suceda en el poder una clase que represente los intereses de la unanimidad, no de 5 grupos que lo absorben todo”, bate la copa, un trago, voltea y sigue caminando.

¿Por qué el irreconciliable pleito con López Michelsen? La versión breve es que Ramíro sostiene que el ex presidente no es el padre del MRL como siempre se ha creído, sino que se montó en el bus cuando ya estaba en marcha. El Movimiento de izquierda surgió tras la fundación, en 1958, del semanario La Calle, liderada por Álvaro Uribe Rueda, Jaime Izaza, Indalecio Liévano, Ramiro y otras leyendas de la política. “Cuando le dijimos a su papá, L. Pumarejo, que invitamos a su hijo a participar y obstinadamente se negaba a complacernos, nos respondió: es que Alfonsito no es político, es negociante”.

Por las “diferencias políticas y temperamentales” se opuso a la elección de Michelsen en 1974. “Pretendía era ser presidente él, y no el MRL para hacer las transformaciones que aún está exigiendo el país. Terminó entregándose oficialismo”, vuelve a la sala, a servirse más.

Dilma sale. Pasa a sus pies. La llama, ella no hace caso y se escabulle. Entramos al estudio, donde Ramiro escribe editoriales y prepara discursos. Aún dicta conferencias bajo la condición de que “yo digo lo que quiera”. Una esquina la ocupa un escaparate de madera caoba, con miles de adornos. Un pegaso de cobre cabalga entre gatos de cerámica, y una mojarra disecada mira desde un disco de cristal. Todo detalle en tonos ocres, marrones, grises azulados; los muebles, la alfombra, las cortinas, la bata y el cielo afuera.

En el estudio hay un lienzo en el que aparece sentado al lado de Gabo; con cabello, cejas y bigotes marrones, sin los surcos por los que ahora se le escurre el rostro. También una estantería llena de libros que parecen a punto de desparramarse. La última vez que habló con el Nobel, este le preguntó si había leído sus memorias.

“Le dije: no leo sino los libros que me regalan, porque ya no tengo dónde poner más. Me lo mandó con dedicatoria”. A los 15 días, le confesaba por teléfono que era bastante mala, porque no siguió su advertencia de no escribir sobre política. Gabo confundió a dos personajes históricos: Vásquez Cobo con Abadía Méndez.

En la pared contraria al retrato hay una serie de caricaturas inspiradas en Ramiro, firmadas por Osuna, del diario El Espectador.

“Como editorialista me tocó enfrentarme con gobiernos liberales orientados no a la realización de la democracia, sino a sus intereses”. Tituló “Cadáver insepulto” uno escrito en pleno proceso 8 mil contra el presidente Samper. La libertad de prensa, el valor civil de decir lo que se cree correcto, lo asaltó desde niño. En el colegio tenía su periódico, una hoja fotocopiada, en la que criticaba a los profesores. En vez de regañarlo, estos le preguntaban “¿a quién vas a darle palo hoy?”.

Será por eso que mantiene las caricaturas colgadas igual que diplomas. Allí se ve con las cejas y los bigotes erizados, largos, sobresalen del rostro como rasguños. Lo dibujaron casi exacto a un gato. De los animados, tipo Tom, Garfield o Silvestre. Solo que una versión gruñona.

En esas ilustraciones de hace 20 años, sale reclamando ya la “renovación de la clase dirigente”. Parecidas a sus palabras de hoy, cuando las arrugas profundizan sus rasgos gatunos. Cuando la memoria demuestra ser la misma de siempre; o quizá, como las convicciones, estarse concentrando con los años. Añejándose, como un buen vino o un whisky.

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en la revista Latitud del diario El Heraldo, el 2 de abril de 2011

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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