Fuera de la selva, pero todavía secuestrados

Salió de la selva hace 10 años, pero sigue estando prisionero. Ya no hay guerrilleros, ni fusiles, ni barro, ni mosquitos. Hay abogados y funcionarios detrás de ventanillas, problemas psiquiátricos y muchos papeles. Como el que le acaban de firmar en el piso séptimo de un edificio del centro de Bogotá.

Robert Vargas Mercado nació hace 35 años en Maicao, La Guajira. Desde los 5 años vivió en Barranquilla. A los 19 ingresó al Ejército, a prestar servicio obligatorio.

Entonces un cáncer mató a su mamá, Narcisa, de 45, y él no vio razones para volver a ser civil. Ahora tiene en las manos un documento de Fondelibertad. Certifica que tres años y cuatro meses de su vida se perdieron en la jungla.

Estuvo secuestrado desde el 5 de marzo de 1998 hasta el 28 de junio de 2001. Fue uno de los 43 soldados aprisionados por las Farc en la toma de El Billar, Caquetá, tras 4 días de combates. Otros 63 militares murieron. Robert dice que su Batallón, el 52 de la Brigada Móvil 3, apenas tenía un mes de entrenamiento. Y que los enviaron a zona roja solo con fusiles y munición básica: cuatro proveedores de 25 balas, 75 adicionales y dos granadas.

Intentó escapar de su cautiverio a los seis meses. Con un cortaúñas zanjó las mallas que lo encerraban a él y sus compañeros. Pero la selva parecía confabulada con los guerrilleros. Su espesura le cerró el paso, y lo recapturaron. Lo confinaron dos meses en un hueco cavado entre lodo y raíces; una especie de madriguera con una puerta de palos, por entre los que le pasaban la comida. Otra vez lo intentó, y otra vez cayó.

Cuando lo liberaron, su papá, Pedro, de 69 años, cumplía 40 días de haber fallecido por cáncer de próstata. El Ejército le brindó a Robert atención médica por 10 meses en la Segunda Brigada en Barranquilla. Luego le dijeron que no era apto para seguir activo, por tener un 28% de discapacidad. No por la cojera que le dejó una bala cerca de la rodilla, sino por problemas psiquiátricos.

“Lo que ellos dicen es que vinimos de allá con ideas guerrilleras, y por eso querían salir de nosotros, pss”, levanta la barbilla y mueve la cara a un lado, como apartándose del absurdo en sus palabras. “El Estado nos abandonó totalmente”. Recuerda que le prometieron una casa, estudio, trabajo. Recordarlo le hace fruncir el ceño. Las manos tiemblan un poco.

La hoja que prueba todo eso que vivió es parte de su más reciente intento por librarse de la realidad que lo asfixia. Debe presentarla ante Acción Social, en un proceso para reclamar una reparación directa por su secuestro. Un proceso que inició desde 2009, cuando llegó a Bogotá.

Vino luego de separarse de su esposa, Karen Miranda, quien se quedó en Barranquilla con sus dos hijos: Eliza de 9 años, y Abel de 8. “Era muy agresivo con ella, peleábamos mucho”.

Sostenía el hogar trabajando como obrero. “No duraba mucho en ningún lado, por el mismo problema”. Alguna vez se desempeñó como vigilante, pero el manejo de armas no fue buena idea. Terminó disparándole en la pierna a un supervisor. “Cuatro años aguantando humillaciones pa’ que venga cualquiera a humillarlo a uno”.

A su llegada a Bogotá, otros antiguos secuestrados le brindaron un catre y un rincón para dormir. Estuvo tres meses en la casa del cabo primero Alfonso Beltrán, quien permanece secuestrado. La madre del Cabo lo acogió y le acondicionó un cuarto, mientras Robert empezaba a conseguir encargos como albañil.

En 2009 interpuso una tutela, para exigir al Estado tratamiento psiquiátrico. En Barranquilla, sus problemas lo habían llevado a pasar varias semanas interno en el Hospital Cari de Salud Mental. “No podía dormir, me levantaba de madrugada”. Cuando sentía un avión, corría a apagar las luces, como acostumbraba con las velas en la selva para ocultarse de los bombardeos.

La tutela fue fallada a su favor, le diagnosticaron estrés post traumático y esquizofrenia. Le pagaron una indemnización de $15 millones. “El abogado se quedó con el 50%”. Le ordenaron medicación diaria, y una pensión de $740 mil. Se diluyen entre lo que envía a sus hijos, buses, comida, y los $300 mil que paga para dormir en una habitación de unos tres metros. No mucho más grande que ese hueco al que lo echaron dos veces.

Faber Antonio Salazar es otro costeño que se intentó escapar de su secuestro, y también vive solo en un cuarto, estirando una pensión para sostener a dos hijos. Nació en Achí, Bolívar. Fue secuestrado en la toma de Miraflores, el 3 de agosto de 1998 y liberado en 2001.

Un día huyó de su cautiverio con un compañero. Pero era invierno, el río estaba crecido y llovía y llovía. El otro soldado perdió las botas y lo mordió una piraña. Al tercer día, agotados, decidieron volver al campamento de las Farc. Fáber pasó tres meses amarrado a un árbol con un lazo al cuello, en un corralito de palos. Al resto de soldados les dijeron que lo habían encontrado muerto en un caño, y rezaron una novena por él. Cuando volvió, lloró hasta secarse. Pesadillas lo acompañarían por siempre.

Esos momentos se siguen viendo terribles a lo lejos. Pero no superan el que afronta ahora: sentirse amarrado ante el hambre de su familia, alejada de él por seguridad.

Como Robert, tuvo que recurrir a una tutela para obtener tratamiento especializado y una pensión.

“Y eso porque metí la tutela, sino estuviera llevao. Hay un poco de compañeros que están en la inmunda”, afirma Robert, saliendo del edificio. La firma que requería llegó tras una hora de espera, y un par de visitas previas. De manos gruesas; que solo sabían agarrar un fusil, y ahora le sirven para vender camisetas y bufandas en la calle.

La alternativa a la indigencia es terminar como ratero. “Trabajando por raticos”, explica el flaco Fáber, dejando a medias una sonrisa resignada. “Cuando piden el carné en una empresa, dicen: usted no sirve para nada, usted es loco”. Solo puede conseguir dinero con actividades que no implican vinculación laboral, como la albañilería o pintar casas.

En la calle están los únicos trabajos a los que pueden aspirar. Por la discapacidad nadie les da trabajo. Aunque los medicamentos regulen sus ataques de agresividad y ansiedad. Allí, en la calle, murió William Giovanni Domínguez. Era otro soldado que estuvo secuestrado por las Farc. Lo mataron el 3 de septiembre, a tiros y puñaladas.

Según las autoridades era un indigente drogadicto. En total han sido asesinados 7 de los liberados de El Billar y Miraflores.

“Eso va en la forma de vivir de cada cual”. Robert ha luchado por superar el nuevo aprisionamiento con que se encontró cuando lo liberaron. Su familia lo apoyó, y en Bogotá otros antiguos soldados le dieron la mano. Pero ha extrañado el cumplimiento de esas promesas que tanta falta le hicieron a William y a otros, y que hoy son malos recuerdos. “A los liberados de ‘Jaque’ y después del 2007 les han dado casas, estudios fuera del país, de todo. Quisiera poder darles una casa a mis hijos, el Estado nos la prometió. Pero nada, pura agua y sal”.

Fáber y él son parte de esos liberados que no han escrito libros; liberados en la época de Pastrana, que suelen estar fuera del foco de las cámaras, que no estuvieron con políticos u oficiales. Vivieron lo mismo que los otros, arrastrándose en el fango para sobrevivir. Pero sus historias carecen de figuras mediáticas. No evocan gestos de gran valor. Tan solo son tristes.

Fuera de la selva no encontraron verdadera libertad. Todavía se tienen que arrastrar, pero de una oficina a otra. Prisioneros del abandono. Y ya no tienen para dónde escapar.

Por Iván Bernal Marín

Publicado en la revista Latitud, del diario El Heraldo
http://www.elheraldo.co/reportaje/fuera-de-la-selva-pero-todav-a-secuestrados-38974

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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2 respuestas a Fuera de la selva, pero todavía secuestrados

  1. Vicky Abelli dijo:

    Robert, soy venezolana, tengo 41 y pase 45 dias en la selva, de eso ya hace 3 anhos, y hoy llorando le pedi a Dios por conseguir a alguien con quien compartir experiencias, alguien que me entienda. A pesar de que he tratado de llevar mi vida lo mas normal posible, hay dias que no puedo, el terror se apodera de mi. No he podido encontrar una pagina on line para alguien en mi situacion. Es que siento que si hablo al respecto, se va desapareciendo. Necesito ayuda!

  2. Cesar garcia dijo:

    Excelente artículo. A todos los ex secuestrados los deben atender igualmente bien. El gobierno está en la obligación de indemnizarlos.

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