Un parque sitiado por cartuchitos

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Había una vez un palacio de la descomposición humana, llamado la Calle del Cartucho, donde ahora hay un parque de planicies verdes llamado el Tercer Milenio. Donde, ahora, crecen pétalos en las mejillas de las hermanitas Sara y Ruth Escárraga, de 7 años. Y donde, todavía, rondan viejos habitantes como Jhon ‘Solamente’, de 33. “Cada uno son 10 muertos”, dice, señalando con un gesto de labios una serie de postes de luz, inclinados y en forma de cruz, que se ciernen sobre la cancha donde a las niñas les pintan las caras.

Él está a 40 metros, en una banca. Es uno de los 8.500 indigentes, recicladores y drogadictos que se calcula habitan las calles de Bogotá. Es la misma cantidad de población que vive en Usiacurí, Atlántico. Hasta 1999 habían tenido como centro de reuniones, trabas, atracos y descargas de cadáveres los 28 predios que ocupaba el Cartucho. A todos los expulsaron de aquí cuando la Alcaldía demolió todo eso para darle espacio a los juegos que disfrutan las Escárraga.

Paisaje.

En las imágenes satelitales de Google Earth, el parque es una gran esmeralda cuadrada, en la que cabrían 10 de esas cuadras grises que lo rodean. El rango de la mirada no alcanza para verlo completo al llegar a pie a la estación de Transmilenio, enfrente. Del lado de la Avenida Caracas, uno de sus vecinos es un batallón del Ejército. Otro es una estación de Policía, en cuya puerta se alistan 7 agentes con boinas negras, chalecos antibalas y fusiles Tavor. También está la pescadería Marexpo, el Imperio del Caucho y Frutisánduches. Y las funerarias Gámez, La Oración y San Javier, que ofrecen planes a crédito.

Al fondo se ven los cerros de la iglesia de Monserrate y Guadalupe, a cada lado. La impresión es que el Tercer Milenio está en medio y es un valle bendecido. A 2 cuadras está el palacio de la institucionalidad colombiana, el de Nariño. Hacia allá limita con la carrera 10; una oruga formada por buses colectivos avanza lentamente por allí, tan pegados entre sí que parece el Transmilenio más largo del mundo.

A un lado, se derraman basuras de un parqueadero: cáscaras, platos, pañales. Un coctel que dota a la brisa fría de pestilencia. Y al otro, casonas antiguas de muros roídos, tablones y varillas emergiendo entre grietas, sangrando moho, inclinándose y amenazando con caer sobre los callejones sin pavimentar que enmarcan. Emanan calor, de fogatas y pipas encendiéndose a los pies de una decena de indigentes agachados.

Historial.

Hace 9 años que Liliana Quintero vende dulces y tintos a 500 pesos frente a Medicina Legal, enclavado en el viejo Cartucho.

“Ocupaba todo esto, desde la octava hasta la sexta”. Liliana tiene 39 años, una melena roja, con arrugas y mirada también rojiza, cansada. Su negocio es un carrito bajo un árbol. “Recién hecho, por aquí venían los colegios, pero ahora es poco lo que frecuentan”.

Su hija mayor tiene 14 años, y siempre la acompaña. “Comparar esto con lo de antes es comparar la noche con el día”. Pero cuando el sol se va, las sombras traen recuerdos de esa larga noche; de lo que ocurría antes de que el Cartucho amaneciera llamándose Tercer Milenio. Por eso recoge todo a las 5:30 de la tarde. Se va, y vuelven los viejos inquilinos. Nunca se han ido del todo. “Siguen por ahí, algunos lavan carros”.

Relata que otros usan las piletas, charcos de fuentes apagadas, para bañarse. Ahora hay un perro callejero jugueteando allí, con pelaje de Chau chau pero cara larga y flaca de criollo. “Se fueron y siguen en el otro Cartucho, detrás del Batallón,…‘La L’, o ‘5 vueltas”.

Ella viene todos los días al parque, y nunca lo ha visto lleno. Siempre pasa gente, pero nunca mucha.

En 2009, ya en el parque, había muerto una niña indígena infectada con el virus AH1N1. Fue cuando mil familias de desplazados se habían tomado el lugar. Cuando estalló el escándalo de seis auxiliares de Policía que violaron a una niña de 13 años aquí.

“Todavía hay mucha cautela, no por lo que pase, sino por lo que sea que haya pasado”, dice una joven barranquillera delgada, de visos morados en el cabello, Angélica Bermúdez. Venía paseando su perro, Tyler, un Bullterrier, que se quedó jugando con el otro sin nombre ni raza. Corre el mito de que los viejos habitantes sentenciaron que recuperarían la zona. Ella no cree. “Hasta hay baño ($400), mejor que muchos parques”.

Los perros jugando la arrastran a un jardín de alfombras de flores amarillas, púrpuras y fucsias. En medio se alza un monumento a la vida y el desarme: 3 niños con palomas en las manos. “Cuando construyeron esto encontraron la de cadáveres, un montón de cuerpos –dice alzando un poco la voz; explica que el viejo Cartucho se fragmentó en ‘cartuchitos’, colonias de adictos alrededor –si te ven pagando, aprovechan. Y en esa ‘L’, entras y nunca sales”.

Optimismo.

Las niñas Sara y Ruth Escárraga viven en Las Cruces. Ahora están en una cancha central con otros 98 niños de ese barrio y otros adyacentes, como Egipto y Belén. Son las casitas apiñadas que se ven subiendo los cerros. Unos juegan basquetbol.

Otros corretean al perro callejero, venido hasta acá. La cancha está entre colinas verdes. Detrás hay un portal con Internet gratis, una plaza, chicos practicando trucos en patinetas, una pareja besándose, y niños columpiándose o recorriendo túneles de plástico. No se ven más de 200 personas. De vez en cuando pasan rascándose indigentes de ropas negras y barbas coaguladas. También, grupos de a 3 policías.

“Ha cambiado, sin dejar de lado que es una zona peligrosa, con ‘ollas’ alrededor”, dice Julián Roncancio. Su chaleco azul advierte que es coordinador del Centro de Desarrollo Comunitario CDA, que lidera la actividad con hijos de desplazados o damnificados en la zona. Sale corriendo detrás de David, uno que se le escapa de vista. Lo trae cargado, mientras llora. “Después de cierta hora, llega mucho indigente”. Pero este valle rodeado de maldad puede servir para que, por un rato, sean felices Sara, Ruth y David, cuando se calme.

Nostalgia.

Jhon estaba rebuscando una caneca, sacando del fondo unos tenis descuadernados, cuando nos topamos. Saludó amable y empezó a contar que ha leído los 8 Caballo de Troya, de J.J. Benítez, Nietzche, Sábato y Mi lucha, de Hitler. Su papá es librero, pero no vive con él. Vive en “la first one, la lleca. Parcho por las universidades”, dice ahora arrellanado en la banca de cemento, con los brazos colgados del espaldar y las piernas estiradas y cruzadas.

Dice vender incienso, pero que se le acabaron. Relata que venía “desde siempre” al Cartucho, y que se refina al hablar, “para transmitir confianza, para darle motivos para pensar a la persona y acercarme”. Usa gorra militar, pantalón de pana vinotinto, buzo marrón roto, Converse negros, y cresta saliéndole por la nuca. Ojos verdosos que no parpadean, y piel cuarteada como los muros de las ‘ollas’ vecinas.

“Donde estamos era la ‘olla’ PPC. Había otras poderosas: la gancho azul, verde, amarillo. Había como 50. Eso de allá pavimentado era el callejón de la muerte. Lo diseñó uno que estaba acá, en las drogas”. ¿Qué drogas? “Bazuco. Como todos. Para nivelarlo uso marihuana, ‘Chamberlain’ (alcohol industrial con saborizante)”. Lo de allá pavimentado es un bulevar central que atraviesa el parque. A cada lado se enfilan 10 postes, los que dice representan 10 muertos cada uno. Llama el Bronx a ‘La L’. “Ya existía, eran hoteles para las ratas. Era más caliente acá. Picaban gente”.

‘La L’ es ahora el nuevo ‘palacio’ de la descomposición, donde pasa todo eso. ¿Por qué viene acá, si no a buscar a quién quitarle tenis? No convence. Es que lo dejaron sin casa. Este es su vecindario, donde se rayó el cerebro tantas memorables veces. Así le hayan cambiado la fachada, y en la mañana sea recorrido por mil otros. Así haya un nuevo cartucho, lleno de balas dispuestas a dispararse. Balas humanas, como él.

Por Iván Bernal Marín

Especial para EL HERALDO
Publicado en la revista Latitud

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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