Olimpiadas dedicadas al dios de la recuperación económica  

El profundo valor religioso y cultural que tuvieron los Juegos Olímpicos en la antigua Grecia, ha sido reemplazado por su valor como motor de reactivación económica. O por lo menos, son muchos los que rezan porque así sea en las justas que se celebraron en Londres 2012. En la era moderna, la máxima contienda deportiva intercontinental ha cobrado un carácter profundamente distinto al que tuvo en su origen, allá en el año 776 antes de Cristo. Poco a poco se ha desvanecido la pretensión pacificadora, y la intención de intercambio cultural. Sigue siendo una fiesta, sí, pero que gira en torno a nuevos ídolos, que trascienden la competitividad, la disputa de honor o la demostración de superioridad a través del desempeño atlético.

En el pasado la llama olímpica se mantenía encendida en el altar de Zeus, el padre de los dioses en la mitología griega y a quien se le dedicaban las justas. La tradición se mantiene, pero ha evolucionado: la antorcha se enciende con los rayos del sol en Olimpia, pero es transportada a la sede de turno. Y al único dios al que se le dedica el evento es al de la recuperación financiera.

 

Los Juegos de Londres 2012 se celebran en tiempos de convulsión económica. Imponen una realidad muy distinta para los 10.500 atletas que participan, puesto que competirán con el trasfondo de pulsos económicos entre multinacionales y gobiernos.

 

Una de las múltiples pruebas de ello es la relación directa entre ingreso per capita y número de medallas ganadas. Está demostrado que la prosperidad económica redunda en más preseas. El vínculo entre el poder económico y el éxito deportivo resultaría inexplicable para los deportistas antiguos, que ponían a prueba cuerpo contra cuerpo, no billetera contra billetera.

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Además, las marcas tendrán su propia competencia olímpica en Londres. Las compañías Visa, Samsung, P&G, Panasonic, Omega, GE, Dow, Atos, Acer, Coca-Cola y McDonald’s desembolsaron US$50 millones cada una para ser patrocinadora oficial, con lo que pudieron exigir exclusividad de sus productos en la Villa Olímpica. Al final resulta un buen negocio, puesto que Visa aspiraba que se facturaran con sus tarjetas de crédito más de US$10 millones, solo en el primer día. Nike se valorizó en la Bolsa de Valores de Nueva York un 25% más que en las anteriores olimpiadas. Y Adidas reportó un incremento en el valor de sus acciones en el 12%.

 

Y sobre Coca-Cola, basta con decir que el que quiera conseguir una Pepsi tendrá que salir a buscarla a algún pueblo cercano, algo como el Chía de Londres.

 

Esos desembolsos millonarios de un lado a otro explican por qué todos los países quieren ser los anfitriones. No es un asunto de promoción de su cultura, una manifestación de orgullo patrio de cara al mundo, o una extensión del espíritu deportivo.

 

En esa otra carrera de naciones compitiendo por el derecho a organizar el siguiente evento, Brasil consiguió que Río de Janeiro sea la sede de las Olimpiadas en 2016. El gigante carioca hace carambola, puesto que realizará el Mundial de Fútbol 2014. De hecho, el Gobierno de Lula Da Silva presentó con audacia las obras realizadas para el Mundial como garantía para los olímpicos. Y aprovechó la fortaleza de su emergente economía para anunciar una inversión de US$11.000 millones en infraestructura.

 

Es una apuesta segura, según parece. No hay muchas dudas sobre la relación costo-beneficio, como demostraron los juegos Olímpicos de Beijing 2008. China recibió más de US$25.000 millones en inversiones. En ese entonces fue récord, pero cómo demuestran las transmisiones de las justas en Londres día a día, los récords están para romperse. Es el desafío que enfrenta Inglaterra.

 

Las oraciones rogándole misericordia al dios de la economía, suscitadas ante la realización de los Juegos en plena crisis europea, parecerían haber sido escuchadas si se miran las cifras de desempleo en Gran Bretaña. Pese a que el país está seriamente golpeado por una recesión, la tasa de desempleo bajó al 8,1%. Es la más baja desde mayo de 2011, y por debajo del pronóstico que era de 8,2%.

 

Además, el primer ministro, David Cameron, calcula que los juegos les generarán ganancias de US$20.000 millones en cuatro años.

 

Las Olimpiadas implican movilizaciones de mano de obra y capital, un impulso para reactivar el mercado laboral. Estadios, villas, hoteles, restaurantes, marketing con toda clase de productos alusivos a la Union Jack.

 

Olímpicos son sinónimo de construcción, y construcción es sinónimo de empleos y generación de riqueza. Eso en cuanto a los efectos directos, puesto que además, el Reino Unido ha asumido esta como la oportunidad de atraer negocios y destacar el turismo de su país, que ostenta la séptima economía del mundo.

 

Para ganarse esta posibilidad, la ofrenda que tuvieron que hacer los británicos fue cuantiosa. El presupuesto destinado a la organización del evento cobra visos de sacrificio en este momento de crisis financiera. Cualquiera consideraría que es una hora de austeridad y de apretar el cinturón del gasto, pero tan solo la ceremonia de inauguración costó 27 millones de libras. Es decir, fueron US$42,3 millones para llevar la antorcha hasta lo alto, para reunir a James Bond, Mister Bean, la Reina Isabel, David Beckham y Paul McCartney en un solo lugar, y declarar abierta la temporada de enfrentamientos trasnacionales. El reto: alcanzar una audiencia global de US$1.000 millones.

 

Claro, es necesario una gran inversión para apostarle a obtener multimillonarias dividendos. A Colombia  todavía le falta mucho para competir en esta categoría, como lo destaca el comentario económico de Anif (Asociación Nacional de Instituciones Financieras) del 25 de julio:  “En hora buena Colombia se sacó de la cabeza la loca idea de realizar mundiales y olímpicos en el país. Primero tenemos la urgente tarea de dotar al país de la infraestructura más básica y, la verdad, estamos teniendo serios problemas para lograr sembrar el actual auge minero-energético bajo dicha forma. Estamos en mora de impulsar reformas estructurales en el frente tributario, pensional y laboral, antes de distraernos en juegos mundiales fiscalmente peligrosos.”

 

 

 

En las gradas del estadio Olímpico el viernes 27 de julio había 120 jefes de estado, entre los más de 80.000 asistentes. Aplaudían el espectáculo de los más de 10.000 atletas y bailarines en la pista atlética. Quizá expectantes de ese otro oro que no cuelga de los cuellos, que solo se ve en pantallas de ordenadores y extractos bancarios, pero que pesa muchísimo más.

 

Iván Bernal Marín

(Publicado originalmente en el diario La República el 20 de julio de 2012)

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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