Estos dedos practican abortos

Si una mujer quiere abortar pero no encuentra argumento legal para justificarlo, Rosaura le da una mano. Literalmente. Sin otro instrumento que sus dedos y uñas ocres, ella ha escarbado este año dentro de más de 20 embarazadas; les ha arrancado la vida que germinaba en sus vientres.

“Sale es pura sangre, ahí todavía no hay pelao”. Rosaura se inclina y habla en voz baja; una risita nerviosa va tensionando sus arrugas de 62 años hasta estallar al final de cada frase, cuando aparta la cara y se tapa con las manos carcajadas que dejan ver por un instante los dientes que le quedan. Rememora 30 años de abortos clandestinos, como una niña revelando secretos de una travesura.

Está sentada en la terraza de su casa, ante el fango de una calle del barrio Carrizal. Interrumpir embarazos es para ella una rutina cotidiana, con la que dice sostener a un hijo drogadicto. Así, nunca llevó cuenta de la cantidad de mujeres que han llegado hasta allí a encontrar la solución prohibida, ni de cuántos bebés dejaron de nacer por el batir de sus dedos.

Llegan del norte y del sur, en carro o moto-taxi . La mayoría son adolescentes; han venido colegialas de 14 años, vistiendo aún sus uniformes. Le pagan 10 mil o 15 mil pesos. Aunque muchas que se acercan a pedir su intervención son tan pobres que no encuentra qué cobrarles. Lo asume como una particular forma de labor social.

“Son drogadictas y ‘coleticas’ que ya tienen mucho pelao y ni tienen para mantenerlos”, ese es el perfil de algunas, pero también hay otras a las que “el marido las deja solas con un poco de hijos, o cualquiera le hace un pelao por ahí”. Se convierte en su hada abortiva.

De vecina a vecina se fue regando la voz de lo que hacen los dedos de Rosaura.

Un hada que en lugar de varita mágica cuenta con uñas desgarradoras, convencida de que cortar la gestación de la forma en que lo hace no es peligroso. Una mujer de 23 años murió la semana anterior debido a una infección severa por un aborto rudimentario. Por la misma causa, se habían reportado en 2009 las muertes de dos madres que no querían serlo más.

Ella dice que ninguna de las embarazadas que ha “ayudado a abortar” ha muerto como consecuencia de sus oficios. “Las que se mueren son las que les meten pinzas y sondas”.

Lo que Rosaura hace es algo más artesanal. Mucho más.

¿CÓMO?

Los dedos son robustos, macizos, largos, como si hubieran desarrollado musculatura. Los ha ejercitado introduciendo pastillas que desencadenan la reacción abortiva, para lo cual extiende el corazón y recoge los demás, formando una vulgaridad clásica.

Tuerce dos como una garra. Está mostrando cómo los usa para extraer los restos, raspando los cuellos uterinos.

Rosaura suele realizar el procedimiento en casa de las embarazadas. Rehusa practicarlo si tienen más de dos meses de gestación. Cuando son niñas las atiende en un cuarto de su propia vivienda, de paredes con grietas taponadas de mugre, y techo de vigas expuestas, abrazadas por telarañas y comején.

Lo primero que hace es poner a hervir agua. Luego les pide que se sienten en una bacenilla llena del líquido caliente. “Para que se distensionen”, una vez dilatadas, les mete dos pastillas de Misoprostol.

Algo que ella no sabe es que es el genérico de un medicamento destinado inicialmente para tratar la gastritis. Espera un poco, 15 minutos con algunas, una hora, dos o más con otras. De repente empiezan a sangrar, “las limpio con bandas”. Las inyecta para detener el sangrado.

“Uno hace es que se les venga la regla, soy como una enfermera”. Entonces usa su garra para “sacar el huevito”. Ilustra los movimientos rascándose la pierna. Después de un rato, las mujeres pueden ir a intentar olvidar lo que acaban de hacer.

Cada vez son menos las que buscan los servicios de Rosaura. “El año pasado venían casi todos los días. Vamos a mitad de año y no he llegado a las 30”. Ahora venden el Misoprostol en cualquier farmacia sin problema, por apenas $4.800, en muchas formas comerciales; como Citotec, la más popular. Ella siempre guarda algunas.

Son tan conocidos sus efectos, que incluso los médicos las emplean para los abortos legales. Muchas embarazadas que se topan con impedimentos para deshacerse de su condición creen que lo más fácil es comprarlo, introducírselo, y luego ir a las clínicas a que las limpien; desangrándose en el camino, o infectándose. Son clientes que Rosaura pierde. Hace 5 años le iba mejor, cuando el proceso era más escabroso: inyectar agua con detergente en los úteros para desatar las contracciones. Ahora, para que le alcance para vivir, alterna el tiempo de sus manos: cuando no las usa como abortadora, amasa panes en una tienda.

Rosaura dice que cumple una función: mientras las mujeres quieran abortar y no puedan, allí estará ella.

ORIGEN

Rosaura comenzó trayendo bebés al mundo. Desde su niñez aprendió el oficio con su abuela, una partera de San Estanislao, Bolívar, que nunca practicó un aborto. “Decía que era pecado”. Rosaura se instruyó en esas nuevas artes ya en Barranquilla, por fuerza de la demanda del mercado.

Con la introducción del Sisben, “vinieron los carné para todo el mundo, y todas se iban a parir a los puestos de salud”, dice llevándose un dedo a la garganta, frunciendo la boca. Empezaron a pedirle el servicio contrario al que acostumbraba brindar.

Vive con una hermana cristiana evangélica, que crítica su oficio, pero le deja hacerlo. Rosaura cree en Dios, pero no se siente culpable de pecado, “ahí todavía no hay nada vivo”. En el primer mes lo que ella llama ‘huevito’ es un embrión que pesa 0,5 gramos, con botones que crecerán para formar brazos y piernas. Su corazón late desde el día 25. Mide unos 9 milímetros, por lo que para el bebé en gestación la uña de Rosaura es, en proporción, más grande que la mandíbula de un Tiranosaurio para un adulto.

Rosaura entiende que lo que hace es ilegal. Se lo ha dicho insistentemente un nieto que se está preparando para ser agente de policía, y que le ha pedido que deje su actividad. Por él pidió que no se mostrara su rostro. “Disque le voy a dañar la carrera”, dice sonriente.

No muestra temor de la cárcel, ni remordimientos que manchen su conciencia. Ni siquiera al decirle que los embriones que echó a la basura podrían ser hoy niños tan bonitos como sus dos sobrinas: bebés de 3 y 4 años, cachetonas, de pelo fino ensortijado, vestidas de rosa y azul cielo. Llegan a pedirle que les abra un tetero, labor sencilla para sus manos. Lo hace, las abraza y sigue sonriendo.

Extrañamente, Rosaura quisiera que fuera legal abortar, “la que no quiera tener hijo, que no lo tenga y ya”. Aunque le quitarían su trabajo las clínicas que lo harían limpio y seguro. Pero no tendría que hablar bajito.

 

PELIGRO MORTAL

El médico ginecobstetra Álvaro López advierte que los procedimientos de Rosaura son sumamente peligrosos, “queda abierta la matriz y por ahí entran infecciones que van hacia arriba”. Además puede cargar suciedad entre las uñas, y si no retira bien los residuos también se producen infecciones internas. El procedimiento legal se hace en un quirófano higiénico, con pinzas delgadas especiales, ecografías y medidas para controlar el sangrado luego que las contracciones desprenden el embrión.

 

¿CUÁNDO ES LEGAL?
La Corte Constitucional estableció el 4 de septiembre de 2006 tres circunstancias excepcionales en las cuales se puede solicitar un aborto legal. El Ministerio de la Protección Social definió en el Decreto 4444 el reglamento para la interrupción voluntaria del embarazo.

Los casos admitidos son: cuando el embarazo es fruto de una violación, cuando pone en riesgo la salud de la mujer o cuando haya una malformación del feto inviable con la vida. El artículo 122 del nuevo Código Penal Acusatorio establece que la mujer que cause su aborto en condiciones ilegales, por fuera de estas circunstancias específicas, tiene de 16 a 54 meses de prisión como sanción, así como cualquier persona que se encuentre vinculada en el hecho.

Una práctica clandestina, difícil de controlar

La muerte de Cindy Galvis, 23 años, conmocionó la ciudad la semana anterior. Fue la más reciente víctima de los abortos clandestinos. No obstante, en 2009 ya habían muerto dos mujeres por esa causa.

El ginecobstetra Álvaro López, quien atiende pacientes del Hospital Niño Jesús y la Clínica Prevenir, advierte que mensualmente son provocados clandestinamente más de 50 abortos.

La Secretaría Distrital de Salud reconoce la problemática y la dificultad para controlarla. Añade que es casi imposible determinar si una mujer se ha inducido el aborto, o que falleció por esa causa.

En el Hospital General de Barranquilla se atienden mensualmente 130 abortos. Se calcula que solo el 20% son espontáneos. El 15% de las consultas de aborto está representado por adolescentes entre 14 y 23 años.

En Barranquilla se han practicado 11 interrupciones voluntarias de embarazo legales, desde que la corte lo despenalizó en casos específicos. El principal argumento ha sido peligrosas malformaciones, pero también se le practicó un legrado a una niña de 14 años que fue violada. Tan solo dos personas han sido judicializadas en Barranquilla por practicar abortos ilegales.

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en el diario El Heraldo

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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Una respuesta a Estos dedos practican abortos

  1. ROSITA dijo:

    PS IOO KREO KEL ABORTO ES ALGO K LA GENTE NO PIENSA BN ANTES DE PRATIKARLO IOoo TENGO UNA NENA II TENGO 17 AÑOS

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