
La actriz y modelo estadounidense Sydney Sweeney cuadruplicó su fortuna mientras mantuvo vivo ese batiburrillo espeluznante en que se convirtió Euphoria, la serie de HBO Max, en su tercera y última temporada. Aquí un vistazo al imperio económico que puso en marcha: con su par de ojivas nucleares detonó las pantallas y trazó el rumbo para convertirse en la valla publicitaria humana más cotizada del planeta.
Euphoria dejó de ser una reflexión sobre los estereotipos de belleza, las drogas, las formas de amor o lo que fuera que intentaba parecer en sus inicios, y al final uno de los mayores atractivos que mantuvo a la serie de HBO Max con vida fue mostrarla a ella en pelota.
Sydney Sweeney disfrazada de perrito, de la señora que colabora en la casa, posando en cuatro en una piscina, amarrada boca abajo en una cama, ultra zoom anatómico a todos sus pliegues, apertura total, espernancada con un chupo de bebé en la boca o siendo tratada como una perra.
Suena mal pero literalmente pasó y BOOOM. El rating se fue al cielo como un cohete de SpaceX, erección total, como pantaloneta de niño de 13 años en la primera convivencia del colegio.
Aunque el consenso global entre la crítica y la audiencia es que la temporada 3 de la serie apesta, es ridícula, un ‘La rosa de Guadalupe’ con más presupuesto, una parodia de sí misma. Solo alcanza un 39% de valoración positiva en Rotten Tomatoes, es una vaina podrida.
Con un presupuesto de US$200 millones, un promedio de US$25 millones por capítulo, Euphoria se mantiene como una de las series más lucrativas para HBO, solo superada por Game Of Thrones. Es la número 1 indiscutible de manera constante en 54 países, según la plataforma FlixPatrol.
¿Cómo se explica esto? ¿Nos gusta la porquería?
Hay una fórmula infalible: nalgas, tetas, culos, escenas provocativas y exponer las partes carnosas de sus protagonistas en situaciones cada vez más absurdas.
La temporada 3 se centra en establecer un paralelo entre la prostitución en bares de mala muerte, la trata de personas y la evolución que estas dinámicas han experimentado con las redes sociales y plataformas de venta de contenido íntimo, bajo una moraleja que termina siendo infantil: si te portas mal, obtienes tu merecido.
Como un cuento de hadas sobre la explotación femenina. Y entre todas, la perra más perrona, la bichota, la que más logra vender, ya sabemos quién es.
La serie es tan consciente de ese gran atractivo que representa Sydney Sweeney que juega con eso desde su primer capítulo, retratando a una niña inocente muy pero muy parecida a ella, el mismo biotipo, rubia, de ojos azules… pero inocente todavía, en el campo. Te la muestro primero pura, ingenua, llena de sueños, porque luego te la voy a exponer bien puteada en la ciudad, dominando el mercado de contenido para adultos y totalmente prostituida sin límites, nos anuncia el malote de Sam Levinson, el escritor.
Últimamente Sydney aparece en todos lados, es como la nueva Pedro Pascal que viene desde debajo del Mandaloriano, hasta el hombre elástico de los 4 Fantásticos y Gladiador 2. Atraviesa todos los universos cinematográficos, y ella le sigue los pasos.
Pero donde Sydney saltó al ruedo de la desnudez y provocación, con toda, fue en Euphoria, y es allí donde se guardan sus mayores revelaciones. Donde más le sacan el jugo a todo su talento, y exprimen todo el potencial que esconde su piel.
Ella había salido antes en El Cuento de la Criada, en Once Upon a Time en Hollywood, hasta en apocalipsis zombies por allá en 2010. Pero nunca así. Porque en efecto, las mayores revelaciones de Sydney Sweenie se dieron de manera masiva en esta temporada tristemente escrita. De manera colosal.
Digamos que las tetas de Sydney son a Zendaya lo que los centinelas a los X Men. La señora tiene dos armas de destrucción masiva que fueron presentadas a modo Godzilla en una metáfora para nada sutil, como gigantes irrumpiendo en la oficina de uno de sus clientes. Era un grito a la cara de los espectadores, un escupitajo, más allá de las alusiones al clásico de ciencia ficción ‘El ataque de la mujer de 50 pies’. A esto vinieron, aquí lo tienen en tamaño súper iMAX y full HD.
Por eso y por otras apariciones medio forzadas y retorcidas, muchos señalan al director y guionista Levinson de que la serie se ha vuelto un pretexto para darle rienda suelta a sus fetiches y depravaciones personales… y bueno, no es mi mejor idea para pasar un domingo, pero sí que entretiene y algo hay que ver mientras vuelve La Casa del Dragón.

Siendo justos, Euphoria hizo desde hace rato los méritos para ser calificada como fenómeno. La segunda temporada promedió 16,3 millones de espectadores por episodio y ha ganado 9 Emmys, entre ellos el de mejor actriz principal para Zendaya. El primer episodio de la tercera temporada alcanzó 8,5 millones de espectadores en sus primeros tres días.
No podemos decir que todos vengan únicamente a verle los melones a Sydney.
Seguro que a muchos otros les encanta ver a Zandalia por ahí como una gamina, siempre vestida a mitad de estar en pijama y ser un skater boy, con la pinta de ir a la farmacia un domingo a las 3 de la tarde, pasando de mula a agente secreto 007 por el poder de la fe.
Otros amigos más pasarán a ver a mi amiga Hunter Schafer pintando penes, entre otras cosas (ustedes saben quiénes son). Prácticamente no hace más nada en la serie pero sí que aparece, muy regia con su pincel.
Y claro, también está Jacob Elordi que pues Frankenstein, Cumbres Borrascosas; todo un proyecto de Ashton Kutcher alargado y empericado para las nuevas generaciones.
¿Pero qué está haciendo con ellos? Sydney terminó protagonizando un carnaval de fetiches en una especie de fábula tipo Cenicienta modernizada.
Un comentario crítico sobre algo que estamos viviendo hoy en nuestra sociedad: la máquina devoradora de individualidades en que se convirtieron las redes sociales, el sacrificio de la dignidad y el amor propio por cautivar la atención de los otros.
Que todo el mundo compite por vender contenido personalizado, que los pajeros del mundo vuelven millonarias a chicas que cobran por su ropa interior usada, por mensajes con su nombre. Otro día en la oficina en Only Fans.
En el proceso de exponer estas tendencias, la serie las romantiza y trivializa. Lo vuelve un chiste. Como ocurre con su retrato de las drogas, lleno de hipérboles y desfases, que terminan siendo una exposición de juegos pirotécnicos.
Así como retratan las trabas de Rue como si Alicia en el País de las Maravillas hubiera entrado en un videoclip musical de Daft Punk: efectos de movimiento supuestamente reflejan alteraciones de la percepción y terminan mostrando a la persona drogada como si bailara en la melena de un super sayayin viajando por Namekusei.

El intercambio de la forma por el fondo
Euphoria se convirtió en un pastiche narrativo, el ejemplo de una serie exitosa que pierde el rumbo al ser prolongada a la fuerza. En el caso de Sydney Sweenie y lo que supuestamente busca proyectar, es como si Sam Levinson se burlara de los espectadores: el papel que ella hace es casi exactamente el mismo que ella representa para la promoción de la serie en la vida real.
Cassie es Sydney y Sydney hace el papel de Cassie, en un ejercicio cínico de metalenguaje al nivel de Ryan Reynolds y Deadpool – burlándose del cine de superhéroes mientras logra una de las películas más taquilleras del género.
Porque entre otras cosas, los melones de Sydney son un ícono de empoderamiento femenino. Es una metáfora redonda. No son tetas, son unos planetas que ponen a girar la economía del entretenimiento, diría Chat GPT si le preguntáramos.
Apalancada en su rol en la serie, la actriz y modelo estadounidense va camino a convertirse en la mayor valla publicitaria ambulante que puedas imaginar, muy consciente del poder de exposición que tienen sus protuberancias frontales.
Sydney Sweeney tiene hoy una fortuna estimada en más de US$40 millones de dólares. La cuadruplicó en los últimos dos años. Eso son unos $164.000 millones de pesos colombianos. Pueden equivaler a la construcción de un hospital regional, unas 2.000 viviendas de interés social o decenas de kilómetros de vías, acueductos, colegios. O traernos a Taganga desde el Magdalena con unos helicópteros e instalarla en Monserrate.
Ella está “nadando en dólares”, según The Sun. Tenía un patrimonio de $10 millones de dólares hace un par de años, según Celebrity Net Worth, y lo multiplicó por 4 sacándoles el máximo provecho a sus más de 20 millones de seguidores en Instagram. Ordeñándolos, construyó un imperio de patrocinios y contratos publicitarios con marcas como Miu Miu, Cotton On, Guess, Parade, Laneige, Armani, Ford y Samsung.
Ella no rehúye la polémica. Así como su personaje, se vende y hace todo lo que haga falta, a consciencia, se muestra dispuesta a todo, es lo que se necesita para triunfar, dice. Si el mundo no me abre las puertas yo las derribo con este par de arietes.
La Cassie de la vida real abraza la controversia y la mejor muestra de ello es la campaña que protagonizó con la marca de jeans American Eagle. Con el juego de que tiene “Good jeans”, que suena como “buenos genes”, logró lo impensable: unir a las feministas del mundo en un solo grito de indignación mientras disparaba en 10% las ventas de la marca y se posicionaba entre el público masculino de derecha.
“Yo pienso: ‘¿Qué hay más propio de una chica que ser dueña de tu cuerpo y hacerlo por ti misma?’”, respondió en un arrebato de genialidad y manejo de prensa, cuando le preguntaron si lo hacía por satisfacer a los hombres.
Se convirtió en una de las actrices mejor pagadas al cobrar US$7,5 millones de dólares por su papel en ‘La Criada’. Es hoy por hoy una de las actrices más solicitadas en Hollywood, aunque acumula también fracasos como ‘Christy, el combate de su vida’, donde se salió del molde de los roles típicos sexualizados que la catapultaron en popularidad.
Invierte en bienes raíces, comprando y vendiendo casas en Los Ángeles y Washington. Tiene una empresa de producción a su nombre, Fifty Fifty Films. Está pasando de los patrocinios a ser empresaria: lanzó una marca de productos para el hogar y el cuidado personal. Y más recientemente, en enero de 2026, lanzó al mercado su propia marca de lencería.
Su marca de lencería Syrn presentó la línea Seductress: Seductora, con la que entró a competirles en el negocio a figuras como Rihanna y Kim Kardashian.
De hecho, aprovecha la serie directamente como ventana de exposición. El corsé con el que salió disfrazada de perrita en una de las escenas más polémicas de la temporada final, es parte de su propia colección. Cuesta unos US$239 dólares en Syrn, más de $800 mil pesos colombianos al cambio, sin contar impuestos y costos de importación.

Lo más asombroso no es que ella misma modele los diseños de su lencería, que es lo que esperábamos todos. Lo más sorprendente es que, según FOX Business, este proyecto de Sydney Sweenie es respaldado nada más y nada menos que por el fundador de Amazon, Jeff Bezos. Uno de los calvos más insignes del planeta tierra, fuerte candidato para reptiliano y uno de los mayores multimillonarios del mundo. Alguien que no apuesta a perder: la marca proyecta ingresos por US$20 millones de dólares en su primer año.
Sydney aún permanece lejos del top de los artistas de Hollywood más ricos. En cuanto a dinero. Allí apenas llegan al top 5 la Roca – Dwayne Jonhson, Arnold Schwarzenegger y el gran Jerry Seinfeld, con fortunas entre los US$1.000 millones y los US$800 millones de dólares. Frente a eso todavía pueden parecer poco los US$40 millones de Sydney, ¡pero ella tiene 28 años! Y todo un mundo por delante.
En el marco de la última temporada, de hecho, creó una nueva compañía de producción: Honey Trap, que cuenta con un acuerdo preferencial con Sony Pictures.
Una cosa jala la otra. Por todo eso y más ella es hoy la gran protagonista de las publicidades de Euphoria, y el mayor gancho de expectativa. Ella encarna eso mismo que está “criticando” esta fábula hollywodense que desde hace rato cayó en el más básico ridículo, pero que todos seguimos viendo.
¿Por qué? Porque refleja el mayor ideal para millones de personas en todo el mundo.
Antes todos querían ser famosos, ahora todos quieren convertirse en una valla publicitaria ambulante. La ultracomercialización autónoma del individuo es el ideal supremo de esta civilización del espectáculo 2.0 que vivimos, la “libre” explotación de nosotros mismos.
Con el mayor acceso a dispositivos y conectividad para todos, pudimos pasar de usuarios y consumidores a creadores. Cada vez es más común ver a nuestros amigos y familiares intentando “monetizar” su vida, divulgar y vender lo que viven, a donde quiera que vayan.
Que si hoy almorcé aquí, fue gracias a este @arrobanosequiencito. Que si van a pasear en tal lugar, no se pierdan los tures guiados de @arrobaperencejito. Que compré esta camisa súper bonita, sigue la cuenta de @arrobafulanito.
Cada vez más uno abre las redes sociales y parece estar viendo la franja de comerciales en la vieja televisión abierta de los 90. Y se ven cosas como: mírenme aquí haciendo fila para entrar a Creps, qué bonitos baños tiene Corona, etc. Cada instante cotidiano, cada momento íntimo, como una experiencia comercializable.
Ahora llevamos las pantallas en los bolsillos y todos podemos protagonizarlas.

Como Cassie Howard, como lo logró Sydney.
Quieren que les patrocinen hasta las cagadas. Lo entiendo. A mí también me gustaría, hasta cierto punto.
A fin de cuentas, ese es el ideal que nos vende Euphoria, la serie más taquillera, tanto desde la pantalla como desde fuera de ella. Pero no todos tienen unas tetas Godzilla que lo hagan valer la pena para los demás.
Por Iván Bernal Marín
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