El día que no se firmó la paz en La Habana

Alfredo BestAlfredo D. Pérez, periodista de Radio Habana Cuba.

El dominó en Cuba llega hasta el doble nueve, tres familias de fichas más que en Colombia. Eso suma 55: 10 para cada jugador y 15 “se duermen”, no entran al juego. Para darse cuenta solo hay que caminar un rato por el centro de La Habana. En cualquier día común y corriente aparecerá pronto un grupo en medio de un andén, como el que está ahora en la calle Paseo, en una tarde tranquila en la que ninguno se pregunta si se firmó o no la paz entre el gobierno colombiano y las Farc.

“Hemos hecho todo lo posible para que Colombia firme la paz ”, dice Alfredo D. Pérez, dejando su ficha sobre la mesa con un golpe.

Hay que preguntarles para que toquen el tema. Comentan los ecos de la visita de Obama, la derrota de la selección nacional de béisbol ante un equipo estadounidense, el concierto gratuito de los Rolling Stones y la bendita lluvia que por fin se fue. Pero nadie dice nada de aquello que se supone pasaba hoy (ayer).

No tenían presente que esta fecha, el 23 de marzo, había sido anunciada -inicialmente por el presidente Santos- como el día definitivo en que se firmaría el acuerdo final para acabar el conflicto que ha desangrado el país por más de 50 años.

“El pueblo cubano está ansioso de que termine la carnicería, sobre todo porque afecta a la gente más inocente”, explica Alfredo, sin afanes. Es un periodista de Radio Habana Cuba que viste un impermeable de tono verde revolucionario, y que cumplirá 82 años el viernes. Tiene los ojos lacrimosos y arrugas como huellas en la arena. “Trabajé con Gabo en Prensa Latina, fui uno de los fundadores”, dice con orgullo.

DominóLos cubanos admiten el factor incertidumbre y son buenos para la paciencia, apelando a la metáfora numerológica del dominó. Es lo que da a entender también Alfredo: van a apoyar hasta cuando sea necesario, por eso no estaban pensando en la fecha límite.

Arriba del grupo que juega dominó, en una columna derruida de una casona, hay un letrero con una flecha que apunta a un callejón. Dice ‘La Riquera’. Gran parte de la vida habanera tiene lugar en callejones

Allí han montado un pequeño negocio Néstor y Carmen, una pareja joven que forma parte de la generación de nuevos emprendedores que empieza a crecer con la flexibilización de las políticas para la propiedad privada en la isla. Venden conos a 1 CUC, o peso convertible, la moneda de manejo para los extranjeros, que equivale a poco más de un dólar. Ellos preparan el helado y el punto de atención es la puerta de su casa.

Helados

“La paz tiene que existir en todo el mundo entero”, reflexiona él. “Los cubanos estamos dentro de nuestros propios problemas, necesidades, pero también pendientes de lo que sucede en el mundo. Que sigan adelante, ojalá se logre esa paz que están buscando”, dice ella. Tampoco sabían nada de la fecha. Sonríen despreocupados, enmarcados por una pared color vainilla y fresa.

“Despidió Raúl a Obama”, “Lo que dice y no dice Obama”, y “Tarde de lazos beisboleros” son los principales titulares en la primera página del periódico Granma, edición del miércoles 23 de marzo de 2016. En este día, el órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba no le dedica ni una sola letra a las negociaciones de paz colombianas que alberga, como país garante, en el Palacio de Convenciones. Aunque en las páginas interiores, al lado de las parrillas de programas de televisión y la agenda de eventos, hay una buena reseña del concierto que tendrán los Rolling Stones el viernes, bajo el título: “Cuba, un escenario para el rock and roll”.

Es el primer día desde que Obama se fue, y con él se marchó lo peor del frente frío. Acaba de terminar la primera visita de un presidente estadounidense desde el triunfo de la Revolución Cubana, y por fin, luego de tres días, ha salido el sol. Ya las olas no parecen a punto de devorarse los carros que pasan por el malecón. Ya no hay policías en cada esquina y las calles no están igual de vacías. La ciudad empieza a recuperar su tono habitual.

Carro calle

Sin embargo, en el hotel Palco sí hay una agitación inusual. Decenas de periodistas de medios de comunicación colombiana se arremolinan en el lobby. Entre las sillas y mesas luchan con las tarjeticas prepago que traen los códigos para conectarse a la red wifi. Hace dos años una hora costaba 10 CUC, ahora cuesta dos. Ya saben todos que no se firmará la paz, pero eso no ha diluido la expectativa.

Alistan trípodes, hacen pruebas de audio, toman fotos. Bombardean con preguntas a los miembros de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, porque hay que saciar la sed informativa del día que iba a ser histórico; mínimo con algún anuncio importante, el que sea.

En el Palacio de Convenciones los salones están vacíos. Tampoco hay preparado ningún dispositivo especial en el lugar donde se ha vuelto costumbre ver dando discursos a Iván Márquez o Humberto De La Calle, jefes de las delegaciones negociadoras de Farc y Gobierno, con el gran anuncio azul de DIALOGOS DE PAZ sin tilde en el fondo.

Coco

La fiebre en el hotel Palco no es un indicador de la temperatura del resto de la cuidad. Un mejor termómetro lo suele ofrecer el gremio transportador. En especial si se trata de Cocotaxis. Son básicamente unos mototaxis de chasis redondo y amarillo, únicos en su tipo, con conductores que traen incorporado chip de guías turísticos, y desde cuyos asientos se siente más La Habana. Sobre todo porque en cada curva el pasajero siente que va a salir volando, o rodando.

“Primero se reconcilia Estados Unidos con Cuba que la guerrilla y el gobierno en Colombia”, dice el cocotaxista Frank Querol, bajando a toda por la avenida de Los Presidentes. “Ya aquí hicimos la iniciación. Ya ellos deben terminar”, remata.

Tras reconocer que no sabe mucho cómo va eso, Frank da un tour. Nada parece especialmente distinto en la cotidianidad de La Habana a simple vista. Todo sigue allí, muy igual. El olor a gasolina y cigarrillo que se asienta en sus calles. Habitadas a pesar de frío y brisa por mujeres con shorts cortos, y las piernas al aire, y hombres con camisetas sin mangas, y los brazos al aire.

Carros calle

Las aglomeraciones en los bordillos en las esquinas con wifi habilitado por el Gobierno. Los balcones de sus edificios. Cajas de fósforos pegadas a las fachadas, con flacos descamisados asomando la cabeza. Otros balcones de columnas robustas y largos ventanales como coronas. Otros casi terrazas elevadas, con plantas y mecedoras.

En ‘La casa de Benny Moré’, un bar esquinero en honor al bárbaro del ritmo, tampoco nadie sabía nada. Fernando Carrasedo y Carlos Mena son dos cubanos que se toman un mojito allí a mitad de tarde, en una añeja barra de madera que forma una U. Rayos entran por las ventanas y bañan todo de una luz ocre, que destella en la piel de las meseras. Cuando se les menciona Colombia solo hablan del narcotraficante Pablo Escobar y lo “verraco” que era. Reconocen sin ruborizarse no saber nada de “los convenios” para la paz. Hay varias banderas colgadas en las paredes, no la colombiana.

Benny More 2

“El pueblo cubano no se siente un actor en el proceso de paz”, resumirá Harold Cárdenas, fundador del blog ‘La Joven Cuba’, en una conversación más tarde.

“No tenemos tanta conciencia de cuál es nuestro rol. Sabemos que estamos prestando el país”, agrega. Tiene una razón para que no haya en las calles expectativa mayor sobre la supuesta fecha del fin del conflicto, y la impresión de poca participación: “los protagonistas tienen que ser los colombianos. Esto es sencillamente prestar el lugar, para que ustedes se pongan de acuerdo. Hay un tema de soberanía”.

Calle

Uno de los callejones donde se hace la vida habanera concentra raíces culturales de todo el continente. Y allí, entre rostros y ojos multicolores que salen de los muros en esculturas del artista Salvador González, incluso hay una explicación para la fe a ciegas, la fe sin plazos en la negociación.

En el Callejón de Hamel, corazón de la afrolatinoamericanidad, el historiador Elías Aseff se confiesa “orgulloso” de “poder ser escenario para terminar un conflicto que engendra tanta crisis”. Es blanco pero lleva una camisa con el continente africano estampado. Con un gorro de colores rastafari, bajo una enredadera de hojas otoñales, dice que como él son muchos más los orgullosos de que Cuba sea “la capital de paz que ayude a arreglar conflictos en nuestro hemisferio”.


El historiador Elías Aseff  en el Callejón de Hamel, La Habana, Cuba. 

Una vez más, la tensión entre EEUU y Cuba surge como parangón a la luz del cual los habaneros miran la situación colombiana.

“Colombia lleva muchos años de conflicto. No va a arreglarse así de un momento para otro”. Recuerda que Castro y Obama iniciaron conversaciones desde diciembre de 2014, “y todavía no hemos llegado a un acuerdo completo. Están en negociaciones y se van a demorar más”.

¿Qué son tres años en una isla que ha resistido 50?

Aseff se despide. Tiene que atender a una pareja sueca que llega a preguntar por las obras de Salvador. El lugar es, al mismo tiempo, una galería urbana abierta día y noche. “Nunca ha sido y nunca va a ser la paz algo fácil. Sobre todo cuando hay tantos intereses de por medio. Lo importante es que se logre”, concluye el historiador.

El lugar está lleno. Convergen aquí muchas formas de espiritualidad, y es Semana Santa.

Hay unos niños comiendo helado encima de un Chevy viejo y gordo, adaptado como ornamento al lado de obras hechas con bañeras, rines y otras piezas de chatarra. Turistas pasan alrededor disparando flashes como flechas, de un lado a otro.

Este 23 de marzo sí es importante para el callejón. Pero solo porque se celebra un festival de salsa. Y la de aquí es una rumba célebre, conocida en toda la ciudad como una que “nadie se quiere perder”.

 

Por Iván Bernal Marín
Texto y fotos
Publicado originalmente el jueves 24 de marzo de 2016 en el diario El Heraldo.
http://www.elheraldo.co/internacional/el-dia-que-no-se-firmo-la-paz-en-la-habana-250519

Y a continuación, un repaso audiovisual de mi visita a la mayor de las Antillas:

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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