Santiago García o el teatro sin tentaciones comerciales

El teatro La Candelaria es una casa colonial, en el corazón de un antiguo barrio bogotano que lleva su mismo nombre. Sus pasillos blancos están invadidos de espejos de Santiago García.

Cuando él se mira en ellos, su reflejo es un payaso triste para siempre, un político convenciendo a una muchedumbre o un revolucionario ruso. Y no se ve tan arrugado. Son cuadros, fotografías enmarcadas, que retratan momentos de sus 45 años como actor y director de teatro.

Hoy, este precursor del arte dramático en Colombia tiene 82 años. Camina erguido y rápido, como habla y manotea y ríe; sin indicio alguno de concesiones a la edad. “Son los sufrimientos. Las peripecias lo ayudan a uno. La calma es lo que agota y mata a la gente”. El 6 de junio de 1966 fundó un grupo llamado La Casa de la Cultura. Sería el germen que desencadenaría la explosión de grupos de teatro en el país.

Cejas y bigotes plateados y tupidos, quijada hundida, nariz prominente, gafas de marco grueso, ojos almendrados, voz intensa y rítmica, actitud vibrante. Por sus rasgos profundos, casi exagerados, cuando García habla parece caracterizar perpetuamente un personaje jocoso. Parece siempre a punto de irrumpir en un escenario.

Habla de las peripecias que creen le han inyectado vitalidad. La que ha necesitado para dirigir los hilos de la Fundación Teatro La Candelaria, evolución de La Casa de la Cultura. “Las circunstancias económicas a veces han sido muy complicadas. También la necesidad urgente de que el grupo no se repita, no se anquilose; estar constantemente renovándonos, cambiando el repertorio. Estar siempre buscando nuevas obras, creando permanentemente, eso es lo que ha permitido que tengamos un público muy asiduo. Es lo que nos ha mantenido todo este tiempo: el público”.

Habla sentado en una mesa de madera rústica y verde. Como la madera rústica y verde de las barandas que rodean la terraza en medio de la casa. Un paso sembrado de piedras lisas y enredaderas, en torno al espiral de una fuente de agua. Se trata de una típica casa de este barrio de callecitas estrechas, portones enormes y tapias. Solo que en un extremo tiene una moderna sala de teatro, con 150 puestos.

“Es una proeza que en un país como este una agrupación teatral haya permanecido todo este tiempo con una sala, y con un equipo de gente muy asiduo, muy activo”. La Candelaria ha montado más de 25 obras originales, entre las que destaca Guadalupe años 50. Relata la gesta de Guadalupe Salcedo, y permite conocer “esos años 50 tan agitados que vivió Colombia. El cruce de caminos en política, economía y cultura. La época de Rojas Pinilla, de una agitación muy grande en todo sentido”.

El grupo actual sigue estando conformado por 13 actores; la mayoría vienen trabajando juntos desde ese 6 del 66.

Estrenan obras cada 8 o 10 meses. Han sido invitados a festivales en Francia, Alemania, Brasil, Argentina. También han montado obras de otros autores, de Shakespeare, Lope de Vega, Arthur Adamov, Bertolt Brecht y otros dramaturgos contemporáneos europeos y latinoamericanos.

Ahora en La Candelaria se está presentando un repertorio de cinco obras, en conmemoración a los 45 años: A manteles, El Quijote, A título personal, El paso y De pecaos y de pacaos.

La entrada cuesta 10 mil pesos para estudiantes, y 20 mil para particulares. Quienes asistan pasarán por los corredores rumbo a la sala, y podrán ver en uno de los cuadros una programación de hace unos 40 años. Una hoja que parece sacada de un pocillo de tinto. Proyecciones de películas de Agnès Varda; la obra Soldados según la novela de Álvaro Cepeda Samudio, a beneficio del Festival de Teatro de Cámara; conferencias como ‘La teatralidad en Colombia’, o ‘Significación del nadaísmo y la rebelión’. La entrada costaba entonces 10 pesos, y un abono para seis meses salía por 100 pesos. Eso es lo que García se arrugó haciendo.

“Desgraciadamente nunca hemos tenido ninguna subvención estable del Gobierno. A veces nos dan uno que otro apoyo, pero nos mantenemos básicamente con la boletería de las funciones”. García guarda en un cuarto una colección de medallas y trofeos que ha recibido como reconocimiento a su labor.

Estudió arquitectura en la Universidad Nacional. Ganó una beca para estudiar arquitectura en Francia, donde se “entusiasmó mucho” por el teatro. La conexión fue por la ruta de la escenografía, una de las materias que recibía.

Cuando regresó a Bogotá, apenas empezaba el movimiento teatral. Amigos como Aristides Menegueti y Dina Moscovici jugaron un papel importante para que dejara de ver el teatro como una diversión, y se convirtiera en su profesión.

Estudió entonces actuación en España. “Ha habido una evolución muy grande. Hace 45 años éramos dos o tres patos haciendo teatro. Hoy hay más de 30 grupos funcionando activamente, asociados en la Corporación Colombiana de Teatro”.

Al fondo de la casa se encuentra el Centro de Documentación del Teatro. Siete mil registros de fotos, recortes, guiones, premios, afiches, antecedentes metodológicos.

También se ve una cartelera con anuncios de talleres de formación teatral e historia actoral. Aparecen fotos con García Márquez, y títulos e imágenes de algunas de las obras montadas en la metodología de creación colectiva: El diálogo del rebusque, La trasescena, Golpe de suerte, Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed.

“Hemos tratado al máximo de hacer un teatro muy contemporáneo, muy a la manera del pensamiento de Bertolt Brecht. Un teatro socio-político, sin descuidar el aspecto artístico. Lo político y lo social es lo que nos enriquece artísticamente. Todas nuestras obras llevan un carácter social”.

Esa determinación de imprimir un mensaje social es lo que ha supuesto más peripecias para García y su equipo. “Uno tiene que abstenerse de muchas tentaciones que le pone el medio comercial. Tiene que rechazar muchas cosas. Siempre está el peligro de caer en la trampa comercial, y menguar la calidad artística”. Por la vía de ese compromiso con la calidad no ha obtenido satisfacciones económicas, pero sí mucha satisfacción personal.

“Mantenemos el espíritu de que lo que tenemos que hacer es de alta calidad artística. No caer en la ramplonería de las comedias, o la cosa coloquial. Evitar la trampa económica. Hemos perdido actores que por cuestión económica tienen que pasarse a trabajar en telenovelas, un medio más solvente. Pero muchos han permanecido fieles”.

Santiago García tiene lo que quiere. No le ha hecho falta venderse. Vive a unas cuantas cuadras de su teatro, en otra casa colonial del barrio La Candelaria. Y sigue haciendo papeles pequeños en obras. Como en A manteles, en la que canta una canción y desaparece. Un nuevo espejo cada función.

 

Por Iván Bernal Marín

Publicado originalmente en la revista Dominical, de El Heraldo:

http://www.elheraldo.co/relatos/santiago-garc-a-o-el-teatro-sin-tentaciones-comerciales-32488

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Acerca de Iván Bernal Marín

Editor y periodista con estudios en filosofía. “La libertad del cronista permite contar mejor la verdad”, EMcC.
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